2 de febrero de 2011

Esperando al autobús


Te conocí una gélida tarde de febrero, esperabas el autobús y como yo, te habías despistado en cuanto al horario. Pasamos en silencio más de una hora, unidos sin conocernos, sabiendo de la soledad del otro pero sin atrevernos a torcer nuestro gesto sereno ni nuestra mirada ausente.

Al llegar el autobús te cedí el paso, como me habían enseñado las buenas formas aprendidas de los libros y el cine clásico. Solo había dos asientos libres, así que terminamos sentados juntos. Un simple cabeceo y una sonrisa me indicaron que no te importaba estar a mi lado. Tenías una sonrisa encantadora y supe que podrías llegar a ser la mujer de mi vida.

Quiso la casualidad que bajásemos también en la misma estación. Yo saboreaba cada uno de tus pasos a través del pasillo del autobús, imaginando que te volvías hacia mí y me besabas. Casi podía saborear la miel de tus labios prendada en los míos. Pero no te volviste. Al llegar a la calle tomamos rumbos diferentes y nunca volví a verte en toda mi vida. Fue la última vez que soñé con una mujer y aún recuerdo esa sonrisa con la que me enamoraste para siempre.


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