2 de febrero de 2011

La Dama del Claro X


Hace horas que camino.

Hace horas que dejé atrás el bosque y todo lo que encontré en su interior.

Hace horas que no la veo.

El paisaje a mi alrededor es una continua sucesión de rocas de diversas formas y tamaños. Camino pendiente de cada sombra, de cada nuevo recodo, esperando el siguiente ser al que tendré que enfrentarme, pero transcurren horas sin que me cruce con una sola criatura. Nada crece aquí, ni una sola brizna de hierba. Estas son tierras baldías, marchitas y siniestras. No hay vida aquí. Hace frío, apenas lo siento, pero la brisa que azota mi cara es gélida y algo me dice que debería estar congelándome.

El cielo sobre mi cabeza está vestido de rojos y su mortecino fulgor se extiende a través de las piedras por las que transito, es como si anduviese sobre un manto interminable de sangre. Quizás sea una broma de un dios impertinente o un truco de mi mente, pero parece una alegoría de mi existencia, al menos desde el punto que la recuerdo. Ella no ha regresado. No la he vuelto a ver, pero el ansia de correr hacia el norte aún no me ha abandonado. Puede que ella no regrese y aunque la odie a muerte, la añoro con la misma intensidad que la aborrezco ¿dónde está? ¿Dónde se ha marchado? ¿Por qué ya no me llama?

Necesito encontrarla y ya no estoy tan seguro de odiarla. No estoy seguro de nada de lo que ocurre ni de lo que parece ser. La misma realidad me parece un sueño irreal, todo parece una quimera a mi alrededor, un juego.

Camino a través de un sendero sinuoso que sé encaminado directamente hacia el norte al que me dirijo y es por eso que no me desvío ni lo abandono al llegar al desfiladero, a pesar de suponer que allí puedo ser atacado. Podría buscar un paso más seguro, rodear la montaña o intentar ascender para atravesarla por encima, pero finalmente decido ir por el camino más tortuoso y evidente, por el mismo centro del desfiladero. Es una trampa innegable, pero por eso mismo parece llamarme con tanta intensidad que soy incapaz de negarme su desafío.

Casi deseo que me ataquen, matar o morir, luchar, es mucho mejor que este caminar sin sentido. Es mucho mejor que seguir esperándola.

El paso a través de la montaña es angosto incluso para mi delgada silueta, además, en su interior será imposible usar mi espada o repeler un ataque por sorpresa. No dudo, sé que quienquiera que venga a atacarme se encontrará con los mismos inconvenientes que yo en una confrontación, además, cuando antes entre en esa trampa mortal, antes saldré de ella.

Todos mis sentidos se alertan de repente, como si anticipasen la batalla, como si supieran de antemano que se acerca un peligro. Estoy en un aprieto y lejos de mostrarme agitado o nervioso o asustado, me sorprendo impaciente por conocer el mal que me acecha, feliz ante la cercanía de una nueva batalla a muerte.

Cierro los ojos, tampoco es que llevarlos abiertos me sirva de mucho en aquel corredor tan estrecho y mal iluminado. Así que, cuando se acercan las criaturas las escucho arrastrarse hacia mí. Son más de una docena y casi tan altas como yo. Mis labios dibujan una sonrisa maliciosa y sin abrir los ojos aferro a uno de esos atacantes por la garganta y se la arranco en un vertiginoso movimiento de mi diestra. En la oscuridad escucho el sonido de la piel desgarrándose y la sangre escapándose a borbotones. No necesito abrir los ojos para imaginar la cara de sorpresa que habrá puesto antes de caer a mis pies. Algunas criaturas chillan ante mi repentino ataque y gracias a eso me percato de la llegada de más criaturas a mi espalda.

No tengo que abrir los ojos para saber que son succionadores.

Y un nuevo recuerdo se abre paso en mi mente, sé que son peligrosos, que basta un simple roce de su lengua o sus colmillos para dejarme a su merced. Bien, entonces tendré que ser más rápido y habilidoso que ellos.

Las runas de mi brazo me empiezan a picar y quemar, como si me estuviesen invitando a apartarlas de mí ahora que el peligro de rodea. Como si me aconsejaran hacer uso de su misterioso poder. Pero me basto y sobro sin mi espada para acabar con esas repulsivas criaturas.

Casi una hora después surjo al otro lado del desfiladero. Al lodo y la sangre púrpura del calamar gigante se ha unido la sangre maloliente de casi una treintena de succionadores.

Ni siquiera me han hecho sudar.

Al otro lado de la montaña no hay absolutamente nada.

Empiezo a estar aburrido de este juego.

Estoy al pie de un infinito conjunto de dunas blancas, un inmenso desierto de sal que no parece llevar a ninguna parte, no creo que tenga final, no sé si habrá algún modo de cruzarlo, pero una vez más actúo por puro instinto, algo dentro de mí vuelve a gritar que he de dirigirme al norte y tras un momento de duda, más para luchar contra mi instinto que por una duda real, doy el primer paso.

El cielo continúa teñido de carmines.