3 de febrero de 2011

La Dama del Claro XI


He perdido la noción del tiempo.

Quizás sea que el tiempo ha dejado simplemente de existir. Tengo la sensación de llevar meses caminando entre las dunas, tropezando en esa sal que desgarra mi garganta y enrojece mis ojos con cada nuevo soplo inclemente del viento que me azota. Mis ropas dejaron de cubrirme hace semanas por lo que tengo la piel lacerada y sangrante. No sé si mis pasos son certeros o si mantengo un rumbo fijo, no sé si estoy caminando en círculos o si, sencillamente, este desierto no tiene ningún fin.

Creo que me he perdido, mis pasos me llevan hacia delante casi sin pretender hacerlo y mis huellas se desvanecen a los pocos segundos de mi paso. El desierto nunca acaba.

He tenido la tentación de detenerme, de rendirme, de tumbarme a dormir en la sal y dejar que esta se pose sobre mí para siempre. Pero siempre sigo caminando, subiendo una última duna a la espera de percibir cualquier cambio en el paisaje, por leve que este sea.

No sé rendirme. No puedo hacerlo, sencillamente no puedo.

Pero nada ha cambiado desde que me adentré en este desierto. Todo continúa bañado por el tinte carmesí que me sigue recordando a sangre derramada. Este desierto está repleto de sangre inocente, puedo olerlo tan claramente como si yo mismo despidiese ese olor, aunque no sea posible, mi sangre no es inocente. Yo no lo soy.

Yo soy un asesino.

La sigo buscando a cada momento, espero verla detrás de una esquina o caminando a lo lejos o tocando alegre su flauta. No la he vuelto a ver y su ausencia es un puñal clavado en mi pecho. No la he vuelto a ver y la echo de menos… y la odio por burlarse de mí, por haberme abandonado a mi suerte ¿Dónde estás? Intento gritar una maldición levantando el puño al cielo, pero la voz no me sale, no sé si recuerdo cómo se hablaba.

Mis pasos son torpes, vacilantes y el calor es extremadamente alto. La sal y mi propio sudor me impiden ver con claridad, pero mi piel desnuda siente los cambios que se suceden entre los días y las noches, pues hay momentos en los que mi sudor se hiela en mi frente y me provoca escalofríos.

Debería estar muerto. En todo este tiempo no he comido ni bebido nada, ni tan siquiera me he visto en la necesidad de pararme a descansar… ¿quién soy? ¿Por qué no necesito comer, beber o dormir?

Hace un rato he escuchado ruidos a mi espalda y me he vuelto con la necesidad de encontrarme con alguien, con un enemigo que me permitiese desahogarme, con cualquier cosa, por peligrosa y monstruosa que fuera. Pero no había nada ni nadie a mi espalda, solo ha sido un cruel espejismo…

¡Maldita sea!

Quiero una criatura frente a mí, un enemigo. Un ser al que destripar con mis propias manos, una criatura a la que matar… creo que me estoy volviendo loco, ¿quién puede desear encontrarse con cualquiera para matarlo sin estar loco? Me estoy volviendo loco… o ya lo estoy... o peor aún, ya lo estaba.

Este desierto es el peor de los infiernos. No hay en todo el mundo un lugar peor.

De pronto, tras una loma, veo el primer cambio en el paisaje, el primer síntoma real de que no estoy caminando en círculos. Allí, a poco más de dos centenares de metros, se erigen unas ruinas polvorientas de lo que debió ser una próspera ciudad, o eso parece a juzgar por su tamaño. La piedra en la que están levantadas las pocas columnas que quedan es oscura.

Mi mente me grita una advertencia, ese lugar es peligroso y entonces sonrío, sabiendo que acabo de llegar al final del desierto.

Las runas de mi brazo empiezan a picar…