4 de febrero de 2011

La Dama del Claro XII



Están ahí, llevo mucho tiempo viéndolas, pero por más que avanzo nunca me acerco a ellas.

No sé si son reales o un espejismo cruel que me hace correr impaciente. Las columnas están ahí, delante de mí… pero no llego a alcanzarlas.

Y sé que son reales. Incluso creo que debería recordar la ciudad a la que pertenecieron en un pasado marchito. Están ahí, pero son tan fantasmales como esa mujer odiosa que no he visto desde mi llegada a este desierto. Hay pocos centímetros de mi cuerpo que no estén cubiertos con costras de sal o con yagas y heridas producidas por el viento que me azota de tanto en tanto. No me importa, hace demasiado tiempo que nada me importa y que solo persigo un sueño, un espejismo. Ni siquiera puedo asegurar que yo mismo sea real.

Pero tengo tantas ganas de llegar a esas columnas…

Y de pronto, tras meses observándolas frente a mí, como si mi simple deseo bastara para alcanzarlas, noto que las plantas abrasadas de mis pies desnudos pisan un material frío y limpio de sal. Antes de mirar sé que es piedra.

He llegado.

Finalmente he llegado a las ruinas.

Las recorro en silencio, poniendo especial cuidado en los umbrales de edificios oscuros y ruinosos, atento por si he de defenderme. Mis pasos me encaminan a través de la ciudad sin un asomo de duda, lo que me hace percatarme de que conozco su trazado, lo conozco a la perfección. Esa ciudad debió ser enorme, pero ahora no es más que un esqueleto podrido.

Las runas de mi brazo no han dejado de picarme y algo me dice que estoy en peligro y que me cuide de la oscuridad. No importa, estoy preparado para todo… excepto para ella, allí va de nuevo. La veo encaminarse a uno de los pocos edificios de más de una planta que permanece en pie y perderse en la oscuridad protegida por sus ornamentadas paredes. De hecho, al llegar junto al edificio me doy cuenta de que es un lugar imponente y repleto de energía arcana, las runas arden de excitación en mi piel e incluso yo mismo estoy verdaderamente inquieto

No sé qué es lo que habrá allí dentro, pero pronto voy a averiguarlo.

Al atravesar la puerta y penetrar en sus tinieblas comienzo a escuchar los susurros apagados de varias voces en mi cabeza, voces que discuten sobre algo que soy incapaz de distinguir, no sé cuántas voces son, pero algo me dice que esa discusión no presagia nada bueno. No sé dónde estoy aunque muy pronto comprendo que se trata de un templo dedicado a los dioses de la Noche. Lo descubro por sus interiores completamente negros y por los frescos siniestros de sus paredes de piedra y los dragones y serpientes labrados en la roca. Ese edificio es peligroso.

Yo lo soy más.

La cadencia de un murmullo llega hasta mí, procede de debajo del suelo y aunque continúe sin recuerdos sé que se trata de una oración dirigida a una deidad siniestra. No sirvo a ningún Dios, esa es una de las cosas que recuerdo de mí con claridad. Pero también recuerdo que los dioses siniestros suelen precisar de una víctima inocente para poder actuar o contestar a las plegarias de sus siervos.

Y es entonces cuando presiento que bajo el suelo de mármol de ese edificio está a punto de ocurrir un terrible crimen.

No es que me importe demasiado lo que ocurra allí abajo o en cualquier otra parte del mundo, pero recuerdo haber jurado alguna vez que procuraría impedir los deseos más mundanos y siniestros de los dioses, de cualquiera de ellos. Los odio. Los odio a todos.

Al cabo de unos pocos minutos me sorprendo acechando una entrada situada al fondo. Supongo que son las escaleras. El murmullo es allí mucho más audible. Están allí abajo. Mejor.

Aún tengo que desahogarme.