8 de febrero de 2011

La Dama del Claro XIII


Me deslizo a través de las sombras, siguiendo la cadencia de la salmodia tenebrosa, al llegar a la estrecha escalera que me invita a descender presiento que un mal intenso se agazapa bajo mis pies, un mal dañino que espera un sacrificio. Una bocanada de aire podrido asciende por el paso y parece ordenar que me aleje de allí, que me vaya. Intenta amedrentarme… y sonrío, ese vacuo intento de asustarme es el único acicate que necesitaba para decidirme al fin a descender.

La escalera es resbaladiza y en más de una ocasión necesito llevar las manos a la pared enmohecida que me rodea para no caer. La salmodia se hace más y más fuerte tras cada peldaño que desciendo. Es un hechizo, algo me dice que es un hechizo que conozco, que ya he escuchado antes. Es un hechizo que yo mismo he utilizado en el pasado… algo que me hace volver a preguntarme quién soy yo…

Es irremediable, cuando uno inicia un viaje corto en dirección a un destino, la mayoría de las veces termina llegando a este y yo no soy una excepción. No me ha llevado demasiado tiempo llegar abajo.

No sé cuánto he descendido, pero calculo que estoy a una veintena de metros bajo tierra… hace mucho calor aquí abajo.

Solo necesito echar un vistazo para hacerme una idea de la desagradable escena que se desarrolla ante mí y siento que el pico de las runas se hace insoportable, hasta el punto de que estas desaparecen de mi cuerpo y noto el peso tranquilizador de mi querida espada negra. Y algo me dice que todo ese largo viaje tenía varios motivos, y que uno de ellos era llegar hasta aquí justo en este instante.

Ya no se escuchan los cánticos. El mundo se ha detenido en las entrañas de la tierra. En mi alma puedo escuchar el gemido agonizante de un dios aterrado, pues sabe que acaba de quedarse sin su preciado sacrificio.

El vello de mi nuca se eriza, estoy terriblemente excitado ante el caos que estoy a punto de desencadenar. Las veo, allí están todas ellas, cubiertas por gasas negras, sacerdotisas oscuras. Y lo que más me excita es que ellas también me han visto a mí y comprenden quién soy y qué he venido a hacer. Ni una sola de ellas se ha movido, ni siquiera la que aún sostiene al bebé humano boca abajo con su mano derecha y sostiene la daga roñosa con la izquierda. Siguen arrodilladas en el suelo, con sus rosarios de restos humanos en las manos. No se han movido aún, pero sé que es cuestión de segundos el que lo hagan. Intentarán matarme, siempre lo hacen, y siempre obtienen el mismo resultado: la derrota.

Hago un recuento rápido para estar preparado y cuento una veintena de Criadas, aunque mi mirada está firmemente posada en la mujer que tengo enfrente. Es la hermana mayor de la Orden, la encargada de los crímenes a favor de su dios enfermo.

Mi cuerpo se prepara para el combate cuando las veo levantarse lentamente, todas al unísono como una sola persona, parecen autómatas. Un golem tiene más vida que una de estas sacerdotisas negras. Estoy en tensión y listo para la lucha. Antes de empezar sé que me van a hacer sudar.

Y de pronto, sin previo aviso, una veintena de sombras negras se ciernen sobre mí a una velocidad pasmosa. Sus ropajes oscuros ondean al viento como si fuesen las olas de un océano invisible, dejando entrever de tanto en tanto la palidez extrema de sus cuerpos mancillados por su dios. Las Criadas son seres sin vida, todas y cada una de ellas entregó su propia alma a su dios hace más de un siglo. Recuerdo haber escuchado relatos terroríficos sobre cómo una joven humana acababa convertida en una Criada, relatos capaces de erizarme la piel incluso a mí.

Veo sus labios rojos e hinchados cerrados en muda determinación y esquipo con muy poco margen sus uñas envenenadas. Matar a una Criada no es sencillo pues no solo flotan en el aire sino que además son muy resistentes a todo tipo de heridas, para matar a una criada es necesario cercenar su cuello. Así que me pongo manos a la obra, aunque antes…

La Criada Mayor chilla estridentemente al ver cómo me llevo lejos a su víctima y grita una orden desesperada. Tres Criadas caen a mis pies, pero sé que derrotarlas a todas no será una tarea fácil y menos con un bebé entre los brazos. Tras esquivar un nuevo ataque por muy pocos centímetros miro al bebé que llevo entre los brazos y me pregunto quién será. De dónde procede. No soy ningún héroe y he matado a decenas de niños como este, eso lo sé a pesar de mi falta de memoria. Soy un asesino, lo soy, no se le puede dar más vueltas… pero algo hace que quiera defender a ese pequeño por encima de cualquier otra cosa y me encuentro preguntándome cómo podría sacar al bebé de este aprieto.

Y de pronto lo sé, llegando con él al mar, a territorio neural.

Parece que ellas también son capaces de hurgar en mis pensamientos, porque de repente hacen todo lo posible por no dejarme salir de allí… aunque las vale de muy poco.

Esa estancia siniestra en las entrañas de la tierra alberga un poder insano, maléfico. Un mal húmedo y lóbrego que me mantiene en continua tensión.

Miro de nuevo al niño y este me mira a su vez con sus enormes ojos verdes… y el odio hacia las Criadas se multiplica. Hubo un tiempo en el que yo fui como ellas, lo sé… quizás por eso las odie tanto.

Noto el calor del niño entre mis brazos mientras recorro la sala negra tiñendo de rojo sangre sus paredes. Las Criadas son peligrosas y me atacan con todo… pero si ellas son peligrosas yo lo soy mucho más. Me lanzo a una orgía de muerte y lucha que termina poco después. No queda en pie ni una sola Criada.

Una vez derrotadas todas las Criadas me acerco lentamente hacia la hermana mayor con el bebé entre los brazos y la miro. Ella se levanta el velo negro en señal de un último acto de rebeldía y casi siento lástima por ella cuando mi espada la atraviesa de punta a punta, casi…
La sangre de la hermosa y joven Hermana Mayor nos baña al niño y a mí, tiñendo nuestra piel de destellos escarlatas.

Y entonces vuelvo a verla sonreír...