8 de febrero de 2011

La Dama del Claro XIV


A mi alrededor todo es silencio y quietud, si no fuera por las gasas negras que continúan ondeando al compás del viento que se cuela por el umbral que me vio llegar hasta allí. Me rodean los cuerpos sin vida de todas esas hermosas doncellas que un Dios se dedicó a mancillar para incrementar su harén de esclavas asesinas. Me arrodillo junto al rostro de la Hermana mayor y veo en sus ojos aún abiertos una muda expresión de agradecimiento. Acabo de liberarlas de su juramento eterno. No creo que su dios esté demasiado contento conmigo.

El ambiente de la sala se espesa y sé que aún estoy en peligro allí abajo, los cuerpos corruptos de las Criadas son trampas mortales tras su muerte, pues desprenden gases nocivos que ya han acabado con muchos héroes sin conocimiento de las artes de los Oscuros. Sin detenerme un segundo más atravieso la estancia, dejando atrás un mar de blancos, negros y rojos, en el que la sangre se mezcla con sus eternos ropajes negros y sus pieles blancas como la sal que llevo tanto tiempo recorriendo. Antes de perderme en la penumbra de las escaleras me giro para contemplar aquel océano de muerte y, a pesar de todo, a pesar de encontrarme ante los cadáveres de asesinas despiadadas, siento un peso en el corazón que me hace tambalear. Miro al niño y le veo sonreírme. Él también es blanco, como ellas… y sé que es la razón de mi estado de ánimo.

El sol, de pronto radiante, me hace entrecerrar los ojos al salir de nuevo a la superficie. Tanto el niño como yo estamos completamente desnudos, por lo que procuro buscar las zonas sombrías y protegidas de aquel sol inclemente, mientras me preguntó qué hago yo con un bebé en los brazos.

¿Qué hago ahora con él?

¿Dónde está ese supuesto mar en el que estará a salvo?

No me gustan los bebés, ni los niños en general. No me gusta involucrarme en los problemas ajenos ¿por qué he tenido que salvarle? ¿Por qué lo he hecho? Y aunque me lo pregunto sé por qué lo he hecho, porque era una injusticia y porque odio al dios de las Criadas, lo odio con todo mi ser.

Por primera vez desde que estoy caminando, dudo. Dudo sobre qué hacer o hacia dónde ir y no dudo por mí, sino por el bebé, ¿cómo va a soportar un bebé una marcha a través del desierto?

Podría degollarle ahora mismo, podría hacerlo sin problemas y me libraría de su carga, podría simplemente abandonarlo a su suerte o lanzarlo contra una de las columnas que se erigen a mi alrededor… podría olvidar el lastre que representa para mí… pero no lo hago. Cuando decidí salvarle de las Criadas decidí llevarlo conmigo adonde quiera que yo me dirija, al menos hasta el momento en el que encuentre a alguien que se haga cargo de él.

Escucho su sonrisa y mi corazón se desboca. Está sonriendo, en mi brazo, en brazos de un asesino despiadado, está sonriendo, feliz. Acomodo su cuerpo pequeño en mi brazo y las mismas rumas parecen abrazarlo… entonces, a la luz del sol, me dedico a contemplar sus enormes ojos verdes, a descubrir que en realidad se trata de una niña y a observar con asombro las tres rumas que tiene en un lateral de su cuello.

No son como las mías, eso puede apreciarse a primera vista, porque los trazos de sus runas son de formas suaves y redondeadas, mientras que las mías son mucho más contundentes. Además, sus tres runas son plateadas.

Aún pasa algo de tiempo antes de que decida moverme de nuevo.

Descarto la opción del desierto de sal, no solo por la niña, prefiero pisar, al menos por un tiempo, piedra firme en vez sal ardiente. Así que decido adentrarme en las runas de la ciudad, que se extienden durante kilómetros. Además, aunque he perdido por completo la orientación, creo que sigo caminando hacia el norte.

Escucho el susurro de unas patas almohadilladas y sigilosas… y sé que la manada de lobos sigue tras de mí.