22 de febrero de 2011

La Dama del Claro XIX

Estoy sangrando.

Mis pies sangran y arden ante cada paso que doy. Debería dar un rodeo, debería volver sobre mis pasos y buscar un nuevo paso, pero las prisas me impiden actuar con la cordura necesaria, quiero llegar al norte, quiero hacerlo ya, necesito llegar al norte. Necesito saber quién soy yo y quién es la pequeña que sonríe entre mis brazos. No hay dolor capaz de detenerme, no hay fuerza capaz de impedir que continúe caminando, siempre hacia el norte, buscando algo que aún desconozco qué es. Sigo caminando entre penumbras. Las runas de mi brazo arden y el colmillo de lobo parece refulgir en la noche. Bien, eso quiere decir que el camino se hará más divertido de aquí a unos segundos, tengo que ocupar mi mente en algo que no sean las púas que atraviesan mi carne. Podría haber buscado otro paso, podría haber dado un rodeo, pero continúo adelante mientras reniego de mi estupidez. Los pies ya no me duelen, ya no siento el dolor cuando las púas aceradas atraviesan mi piel. Estoy sangrando, debería detenerme, debería dejar de caminar entre los clavos que surgen de la tierra, debería cerrar las heridas sangrantes de mi piel. Pero sé que debo continuar. No puedo pararme.

Algo me dice que mi tiempo es limitado, que tengo que llegar pronto al norte. Lo antes posible.

Estoy sangrando.

Y sé que no es solo mi carne lo que sangra, mi alma está marchita, puedo sentir su agonía. No recordaba que tuviese alma, creí haberla perdido hace tiempo… aunque ya no puedo estar seguro de nada. Ni siquiera sé si mi sangre es roja, más bien parece negra, como si estuviese podrida o corrupta, como si no fuese sangre ¿la sangre es siempre roja? No sé quién soy. Estoy sangrando y la niña sigue sonriendo.

Mis pies desnudos me llevan hacia un desfiladero estrecho y afianzo el peso de la pequeña en mi brazo. No pesa. La niña parece un apéndice más de mi cuerpo, pero el fulgor de sus tres pequeñas runas plateadas me recuerdan que es otro ser. Un ser frágil e inocente que debo salvaguardar con mi propia existencia. Olvido mis pies y mi alma y mi sangre negra, olvido todo y agudizo mis sentidos antes de entrar en la noche desplegada por el desfiladero. Debo actuar con precaución. Algo me dice que llevar esa niña en brazos es peligroso, que las criaturas oscuras la odian y tratarán de devorarla por todos los medios a su alcance. Que la odian más incluso que a mí, que la temen…

Mis pies me hacen detenerme un segundo. Una púa retorcida y oxidada acaba de atravesar desde la planta hasta el empeine. El dolor es agudo e intenso. Me arranca un grito preñado de cólera y sufrimiento. La niña hace unos pucheros ante mi bramido y tengo que olvidarme de mis pies para susurrar palabras agradables en sus oídos inocentes.

Sigo sangrando y dejando tras de mí un reguero de sangre caliente y humeante.

Pero ella sonríe y se calma y se vuelve a dormir. Una cálida sensación de bienestar me sacude y me asusta al mismo tiempo. No recuerdo quién soy yo, pero yo no me siento bien ante la sonrisa de un bebé. Yo no puedo amar. Mi capacidad de amar desapareció hace tiempo… no puedo amar, eso lo sé.

Soy un peligro y un mal acechante y un asesino despiadado. La sangre y la muerte son mis compañeras de viaje. No puedo amar…

Entonces la veo. A una veintena de metros desfiladero adelante. La vuelvo a ver. Parece una aparición luminosa. Allí está. Me mira y parece dedicarme una sonrisa divertida. La odio. La odio y la necesito al mismo tiempo. Corro en su búsqueda, sin importarme lo más mínimo que mis pies alojen varias puntas aceradas más ni que me siga desangrando poco a poco. Corro hacia sus rizos dorados, hacia sus pecas, corro hacia su figura turbadora e infinita.

Pero vuelvo a perderla y esta vez mi alarido hace temblar las montañas que me rodean. Esta vez no me detengo, mi rugido surge de esa alma que no recordaba poseer. La he vuelto a perder. La odio, la necesito, la amo… aunque no pueda amar…

La niña se despierta y esta vez su llanto es imparable.

La niña se despierta.

Estoy sangrando.

A lo lejos se oye el bramido de una criatura monstruosa. Y mi sonrisa vuelve a aparecer, necesito una criatura en la que descargar todo el peso de mi furia. Necesito olvidar mi alma, mi sangre y mi dolor.

La odio…

Y mi alma sigue desangrándose en medio de un desfiladero oscuro.