11 de febrero de 2011

La Dama del Claro XV


Antes de llegar a la plaza sé que tendremos problemas en su interior. Lo percibo desde la lejanía y aun así decido adentrarme en ella. Podría rodearla, podría sortear el mal con un pequeño desvío en mi caminar, pero no soy de los que eluden los peligros, los ataco y si es necesario acabo con ellos para siempre. No me voy a detener por llevar conmigo a una criatura indefensa, no voy a convertirme en un ser débil que rehúya los peligros. Sigo siendo yo, quienquiera que sea, ¡sigo siendo yo! Y sigo siendo el peligro que todos deben rehuir y temer.

Antes de cruzar el umbral desvencijado de cuatro hombres de altura, antes de atravesar sus formas rocosas ennegrecidas, recibo un fogonazo que me hace tropezar. Veo aquella misma puerta, blanca y radiante al sol de la mañana. Veo aquella ciudad por la que deambulo a trompicones, repleta de gentes y colores, sonidos y aromas, veo una ciudad en movimiento. Limpia y blanca y luminosa… veo una ciudad de la que solo quedan las ruinas por las que transito. No sé qué habrá ocurrido, pero ha tenido que ser algo horrible. Las piedras negras que me ven caminar desnudo, con una niña en brazos, eran en el pasado tan blancas como la nieve. Formaban edificios recios y fortificaciones, y ahora solo son retazos ruinosos de una ciudad olvidada.

Al pasar por la piedra me fijo en una inscripción realizada por una daga, no es una herida demasiado profunda en la piedra y tengo que arrodillarme para que mis dedos se deslicen por sus trazos infantiles. Un niño, un niño grabó allí su nombre en el pasado… puedo leer Aleph, está escrito atropelladamente, como si el que se atrevió a arañar aquella pared sagrada lo hubiese hecho a toda prisa o fuese la primera vez que usaba una daga para algo así.

Aleph… sé que ese nombre debería decirme algo, pero no lo hace… o sí. Vuelvo a pasear las yemas de mis dedos por los trazos de ese nombre arañado, la niña rebulle inquieta, aunque un susurro en sus oídos la tranquiliza, no quiero que llore, podría alertar a cualquiera de nuestra presencia. Tampoco quiero que los lobos sepan que tengo un bebé en mis brazos. Si llevan siguiéndome desde el bosque no han tenido mucho que comer… y estarán hambrientos. Aunque algo me dice que esos lobos ya saben que llevo una niña conmigo. Cada vez están más cerca, cada vez se acercan más a mí, así que me encojo de hombros, pues su misterio pronto estará resuelto.

Aleph…

Me fijo en un detalle de aquel grabado, sus trazos atropellados son los únicos resquicios que guardan aún el blanco original de aquellas piedras. El resto es negro como el carbón.

Aleph. Y me quedo con algo de aquella firma grabada. El recuerdo de otros tiempos pasados. Ahora más que nunca, ansío saber quién soy. Me he entretenido demasiado tiempo ya. He de continuar mi viaje. El norte aún está muy lejos.

Al atravesar el umbral la niña hace un mohín en sueños, pero es suficiente como para que me estremezca yo también. Lo ha notado, el bebé ha presentido que estamos en un grave peligro.

Ante mí se abre una plaza inmensa. A mi izquierda y a mi derecha se erigen dos columnatas alargadas de proporciones colosales, algunas columnas están caídas en el suelo y alguna incluso ha rodado hasta el centro de la plaza. Otras siguen en pie. Algo me llama la atención casi en el mismo momento en el que piso su suelo enlosado por primera vez. Algo extraño y oscuro se cierne sobre multitud de columnas, algo que hace que el tamaño de estas parezca una broma. Frente a mí se encuentra el esqueleto de lo que debió ser un edificio enorme e impresionante, aunque ahora está lejos de impresionar a nadie.

Todo aquel lugar ha ardido y yo me pregunto ¿qué fuego es capaz de hacer arder la piedra?

Y es entonces, cuando ya me he adentrado bastantes metros en el interior de aquella plaza negra, cuando noto movimiento a mi espalda y a mis costados. Escucho un desagradable sonido de pisadas en el suelo, pisadas que suenan como si alguien aplastase cucarachas con cada nueva pisada. Mis runas se vuelven locas, me pican y me arden al mismo tiempo, aunque intento controlar el impulso de tomar la espada. Antes quiero saber qué demonios ocurre allí y ante qué enemigo me he de enfrentar.

Cuando los veo venir de entre las columnatas, incluso yo me permito un ligero estremecimiento, son enormes.

Después sonrío. Son un desafío para medir mis fuerzas.