16 de febrero de 2011

La Dama del Claro XVI


Al despertar siento un regusto dulzón en los labios. Apenas necesito unos segundos para comprender que se trata de sangre. Mi sangre. Estoy sangrando… me llevo la lengua a mis propios labios y saboreo el dulzor del precioso líquido elemento. La sangre es fundamental para la vida… y para la muerte. Lo sé bien. Puede que demasiado bien.

Me cuesta ubicarme. No sé dónde estoy. Aún tardo tiempo en comprender que estoy muy lejos de la ciudad en ruinas y de la niña que hace un instante se acomodaba en mis brazos. No me inquieto. Lo peor que uno puede hacer en caso de estar perdido o en manos de un enemigo es demostrar que se está inquieto o asustado, eso hace que el oponente se crezca, se sienta estimulado y acapare los ánimos suficientes como para querer demostrarte lo asustado que debes estar en su presencia. No abro los ojos para no dar pistas sobre mi regreso de entre los durmientes. Agudizo el resto de mis sentidos para averiguar que estoy atado fuertemente a un árbol. La soga que me retiene es tan gruesa como debería pero podría romperla si lo pretendiese, aunque de momento prefiero aguardar acontecimientos. El olfato me indica que alguien está cocinando al fuego y que no hay una sola hoguera, sino decenas de ellas. Mis pies desnudos pisan hierba húmeda, así que debe ser temprano, pues el tiempo es muy seco en la época en la que estamos, algo que puedo saber gracias al olor del árbol al que me han atado.

Escucho voces y risas… no sé qué es lo que dicen, así que presto atención unos minutos para recopilar toda la información posible acerca de mis presuntos captores. Esa es otra regla básica en una situación como la mía, saber con quién y con cuántos te la estás jugando. Cualquier otra criatura estaría preocupada en una situación así, pero para mí es simplemente un desafío, un divertimento. Ni siquiera debería estar allí ahora mismo, sino enfrentado a unas criaturas gigantescas en una gran ciudad asolada por la guerra… ¿por qué preocuparme entonces?

Al poco tiempo sé quiénes son, qué hacen allí y por qué me retienen y tengo que hacer un esfuerzo ímprobo para no soltar una carcajada. Desde luego, el destino juega malas pasadas de vez en cuando… sobre todo a mis enemigos. Ya sé dónde estoy… y aunque debería ser un simple recuerdo, algo difuso en mi mente, sé que es tan real como las runas que abrasan mi brazo, como el bebé que me aguarda entre las ruinas abrasadas. Ya sé dónde estoy. Es real, puedo notarlo. Y voy a disfrutar enormemente con lo que estoy a punto de hacer.

Comprendo que es un recuerdo, que no es real, y sin embargo… casi puedo saborear la sangre que estoy a punto de derramar.

Alguien me lanza un cubo de agua emponzoñada a la cara. Abro los ojos muy despacio, mirando con odio exagerado al osado aguador. Fijo su cara en mis retinas. Antes de morir verá cómo le arranco las dos manos y le hago beber un cubo repleto de las mismas lindezas que me acaba de dedicar. Ya no hace falta que continúe fingiendo. Quieren que me despierte… bien, estoy despierto y sonrío divertido al saber que podré gozar una vez más de una sangría que ya me dediqué en el pasado.

Mi despertador se toma a mal mi sonrisa. Iluso. Usa todas sus fuerzas para golpearme con saña, pretendiendo que me duela. Pobre necio. Los humanos son tan predecibles… es increíble que todos caigan en la misma treta. Con este que estoy a punto de masacrar, ya son cuatro los campamentos enemigos que me atrapan…

Idiotas.

Este humano me odia a muerte, puedo verlo en su mirada, en el velo de ira que niebla su rostro. Puedo verlo en su aura enrojecida. Me odia. Y estoy convencido de que tiene razones más que suficientes para hacerlo.

Mi pueblo… ¿tengo un pueblo? ¿Pertenezco a alguna parte? Algo me impide llegar a mis recuerdos por completo. A pesar de esta rememoración de tiempos pasados, a pesar de saber que podré disfrutar de un hecho acontecido en otro tiempo… a pesar de todo sigo sin poder saber quién soy. Y eso me convierte en una bestia.

Pero me calmo. Podría arrasar el campamento ahora mismo. Masacrar lentamente a todos sus ocupantes y estar a kilómetros de allí antes de que llegase la noche. Sería divertido. Pero no sería práctico, tengo una misión. Una misión encomendada por Padre… ¿Tengo un padre?

Tengo una misión… no solo he de matar soldados, debo hacer que todo el ejército enemigo nos tema. Debo hacer que comprendan a qué se están enfrentando.

Sin previo aviso me convierto en el foco de atención. Voy a ser ejecutado. Alguien me dicta una condena a muerte, aunque antes de hacerlo ordena a todos sus soldados que me golpeen una vez por cada familiar perdido en la guerra. Me duelen esos golpes, realmente me duelen, aunque sé que me recuperaré de todos ellos en unas horas. Los aguando estoico, se merecen golpearme. Son muchos los que han perdido un familiar en esta larga contienda… estoy seguro de que muchos de sus familiares han servido de alimento a mi ejército. Son muchos los que han perdido un familiar en esta larga contienda, pero muchos más los que han perdido a más de uno.

Sonrío.

Y eso hace que la paciencia de su regente se agote. Deja que los soldados desaten su ira conmigo y sus golpes me convierten en un bulto hinchado y sanguinolento. Después de que todos y cada uno de ellos se haya sosegado, el mismo regente ordena al verdugo que acabe conmigo. Yo no he perdido su sonrisa y a través de mis labios amoratados hago una advertencia, pues se acerca la noche.

Algunos realizan un signo religioso, otros recuerdan al Creador en una oración improvisada, la mayoría de ellos tiembla… y mi sonrisa es aún más exultante cuando el verdugo, por fin, cumple con su oficio.

Es un recuerdo, lo sé. Y aun así me descubro relamiéndome de placer por lo que está a punto de ocurrir... o precísamente por eso...

2 comentarios :

La atalaya de la bruja dijo...

Intenso y emocionante, pendiente de la continuación.

La atalaya de la bruja dijo...

Gracias por poner el enlace :)