18 de febrero de 2011

La Dama del Claro XVII

Despierto al cabo de las horas. Sigo atado al árbol, aunque ahora lo hago amparado por la oscuridad y el silencio. El campamento duerme y puedo sentir el aroma a leña quemada. Las ascuas de las hogueras son las únicas que permanecen inquietas, como si presintiesen lo que está por venir. Son muy pocos los humanos destinados a la guardia. Creen haber derrotado a mis hombres, creen estar a salvo.

Idiotas.

No recuerdo cómo me dejaron unas horas atrás, aunque un molesto dolor de garganta me indica que, probablemente, me decapitaron. Supongo que para cualquier humano es imposible reponerse de algo así… pero los de mi linaje somos diferentes, es tan difícil matarnos completamente que son muy pocos los que conocen ese secreto que continúan con vida. Nos ocupamos de que así sea…

Mi sonrisa se ensancha. Esta noche se llevarán la sorpresa más desagradable de sus vidas. Me recuerdo a mí mismo que no debo matar a todos, que debo dejar a algunos vivos para que corran la voz de mi presencia, de mi peligro. Aunque aquellos que sí mueran hoy, lo harán de una manera que hará enloquecer a los que sobrevivan. De ser ellos, no sé en qué puesto me gustaría estar. Miento, sí lo sé, sería mejor morir.

Miro a mi alrededor, no hay armas a la vista… peor para ellos, así, sin armas, siempre es más doloroso todo. Los dedos y los colmillos, la fuerza bruta siempre es más dolorosa. Con un arma eres más eficaz y menos burdo…

Es un recuerdo, lo sé. Sé que estoy recordando, que debería estar a una distancia inmensa de aquel lugar bañado por el fulgor de la luna. Debería estar lejos de las hogueras y de los hombres a los que estoy a punto de asesinar… no debería asesinarlos a sangre fría, debería ser más justo y luchar de frente, debería ser menos cruel.

Estoy lejos de allí, en el espacio y en el tiempo. Debería tener algo entre los brazos que ya no tengo, debería estar desnudo en una ciudad de hollín y muerte… pero estoy en uno de los frondosos bosques de mi país natal y estoy a punto de acabar con la amenaza de un ejército invasor.

Padre estará orgulloso de mí.

Se llevarán una sorpresa.

Sonrío.

Las cuerdas que intentan retenerme suspiran al romperse, ni siquiera he tenido que hacer demasiada fuerza para desentrañar su abrazo de mijo. Por lo menos no han decidido quemarme. No es que sea más o menos molesto que un hacha que te rebane el cuello o una soga de la que pender, pero si me hubiesen quemado ahora estaría desnudo en medio del bosque. Por lo menos, aunque estén agujereadas y ensangrentadas, sigo teniendo mis ropas.
Me deslizo en silencio hacia el campamento. El recuerdo de lo que está a punto de suceder me hace salivar. El ansia me lleva. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba del placer de la sangre ¿desde cuándo no saboreo la sangre de un humano?

Padre estará orgulloso.

Aleph…

Solo tengo tiempo de escuchar el alarido aterrado del primer guardia con el que me encuentro, después desato mi ira y me dejo llevar por mis instintos animales. La bestia que anida en mi interior ruge satisfecha y pronto el campamento de mis enemigos se convierte en un caos de sangre, fuego y muerte.

Una hora, ese es el tiempo que ha resistido ese batallón. Necesito un esfuerzo inmenso para no asesinar hasta el último de esos guerreros, al final permito que tres o cuatro de ellos se alejen, aunque todos ellos llevan un recuerdo de mi furia en su carne.

Tras ese tiempo me siento frente a una hoguera y dejo que mis ojos se posen durante largos minutos en el bailoteo de las llamas anaranjadas. Estoy bañado en la sangre de mis enemigos, me relamo. Estoy saciado… por el momento.

Padre estará orgulloso de mí.

Es solo un recuerdo…

¿Dónde está ella? ¿Dónde estoy?

Siento mi cuerpo pesado, rígido, la cálida sangre que me baña se vuelve pegajosa. Intento moverme, pero me es imposible hacerlo. Entonces caigo en la cuenta, No debería estar aquí, esto sucedió hace años… debería estar en una ciudad oscura, arrasada por el fuego y por la guerra. No debería estar allí.

¿Dónde estoy? ¿Dónde está la mujer a la que persigo?

Y recuerdo, como si saliese de un trance violentamente, que aún debo encaminarme al norte.

Algo más se cuela en mi mente, un aviso chillón que me impulsa a despertar, que me obliga a moverme, a abrir los ojos y regresar a la ciudad arrasada.

¿Dónde está la niña que llevaba en brazos?