19 de febrero de 2011

La Dama del Claro XVIII

Al despertar me siento pesado y encerrado. Me han drogado. Siento el veneno recorriendo mis venas, adormeciendo mis sentidos. Estoy mareado. No veo nada salvo un velo blanco imposible de atravesar con la mirada. Un fluido viscoso me envuelve. Huele a amapolas… no puedo levantarme ni moverme apenas. Siento las runas de mi brazo ardiendo con una furia infinita y sé que debería intentar levantarme, pero algo, una voz infantil y remota, me pide que no me mueva, que me quede allí, arrullado por su canto, que me acurruque en el fluido que me envuelve y me duerma, que me deje llevar por su canto infantil.

Por unos segundos estoy a punto de dejarme llevar de nuevo, de dormirme, de olvidar que estoy encerrado en un fluido orgánico que huele a amapolas. Recuerdo la sangre y la mujer que persigo y el norte. Recuerdo todo como un eco lejano que no necesito comprender, que ya no es necesario comprender.

Empiezo a sumirme de nuevo en el sueño.

Y es entonces cuando el llanto vuelve a abrir los ojos y me saca del trance. Mi cuerpo inhumano expulsa la droga a base de una explosión de adrenalina, mis ojos relucen de odio y presiento la empuñadura de mi espada negra en la palma de mi mano antes de tenerla allí.

Me levanto con un rugido siniestro que hace temblar los mismos cimientos de la ciudad y noto que mis enemigos se encogen ante mi nuevo despertar. Puedo saborear su temor, puedo relamerme con su tacto.

Como si renaciese después de una muerte prematura, desgarro la telaraña infecta en la que he estado atrapado unos minutos. Mi odio es inmenso, no creo que haya sentido jamás un odio así, aunque algo me dice que sí, que este es solo el recuerdo vago del odio que solía esgrimir ante casi cualquier ser.

Un paso, otro, otro. Levanto la espada negra y rasgo. Mis pies desnudos apenas tardan dos segundos en volver a pisar la gélida piedra marchita de la plaza. Y entonces veo. Entonces es cuando sé lo que ha ocurrido y mi sorpresa crece. Algo intenta irrumpir en mi cabeza, un recuerdo, un sabor, un momento… pero no recuerdo nada más. Solo tengo algo en mente. Acabar con esas bestias que acechan a la niña.

La niña ¿Quién es? ¿Qué significan las runas plateadas de su cuello? ¿Por qué tengo esta necesidad indefinible de librarla de todo mal? ¿De protegerla?

No lo sé, pero me lanzo a la batalla, mirando de reojo a la manada de lobos que se enfrenta a los escorpiones negros, impidiendo que estos lleguen a la pequeña. Por fin se han dejado ver. Son siete. Una manada de siete lobos enfrentada a una multitud de escorpiones negros de proporciones gigantescas. Sé que no son rivales para los escorpiones, incluso ellos lo saben y aun así se han arriesgado para salvaguardar la integridad de la niña, ¿Quién diablos serás?

Un aguijón repentino lanza a uno de los lobos contra una columna, dejando su cuerpo desmadejado junto a la piedra derruida. Está muerto. Su dolor recorre mi espalda y hace que una de mis rodillas tenga que posarse en el suelo repleto de cenizas. Estoy sin resuello, de pronto, ¿Qué ocurre? Intento incorporarme para unirme a la batalla, quiero ayudar a la manada, pero no soy capaz de dar un único paso. Otro escorpión lanza un nuevo ataque y atraviesa el pecho de un lobo negro como la noche. Grito de dolor, al sentir la punzada del aguijón en mi pecho. Me siento morir. No puedo respirar y una lágrima oscura brota de mi ojo derecho al saber que un nuevo lobo acaba de morir. Debo llegar a la niña. Quiero protegerla…

Y de pronto allí estoy. Junto a los lobos, enfrentado a los escorpiones. Mi espada gime de dicha ante la batalla. Miro de soslayo a la pequeña para cerciorarme de que está bien. Y lo está, los lobos se han encargado de su custodia. Les miro y ellos se preparan para la batalla, como si yo fuese el jefe de la manada y se lo acabase de ordenar.

Dos escorpiones me lanzan su aguijón, pretendiendo envenenarme por segunda vez, pero en esta ocasión estoy preparado. Sonrío. Esto va a ser muy divertido. Mi espada parece chillar de emoción cuando la lanzo hacia adelante y sesgo los apéndices de las bestias oscuras. Apenas tardo un segundo en dar otro mandoble que atraviesa la coraza de otra criatura, enviándola al abismo.

Se retuerce y parece encoger ante mi vista. El resto recula. Están asustados. Ya saben a quién se enfrentan y están arrepentidos de haberme atacado. Me gustaría saber quién soy para causar tanto temor.

Los lobos rugen y aúllan a la noche. La lucha comienza.

En unos minutos termina todo.

Recojo a la niña y canto una canción de cuna que no recuerdo conocer, pero que calma su llanto y la hace dormirse entre mis brazos. Sus runas destellan cuando duerme. Sonrío con ternura y me asusto ante esa prueba de sentimientos, volviendo a preguntarme quién demonios soy yo.

Los lobos ya no están, han desaparecido, incluso los dos que habían muerto. En la plaza de las columnas solo quedan los restos de los escorpiones. En un arrebato de ira abro la mano derecha y siento un calor inmenso en la piel. Una bola de fuego surge en mi palma. Vaya, con esto no contaba.

Mis pasos me llevan de nuevo hacia el norte, atrás queda la plaza de las columnas, que arde por los cuatro costados. No he vuelto a ver ni sentir a los lobos, pero en mi cuello ha aparecido de pronto un colgante de plata con un colmillo.

Aleph…

Sigo sin saber quién soy.

Sigo sin ver a la mujer que persigo.

Sigo sin saber quién es esta niña y por qué necesito protegerla.

Sigo sin saber quién soy.

Pero sigo adelante, sé que las respuestas están aún lejos, en el norte…

1 comentarios :

La atalaya de la bruja dijo...

Muy intenso e interesante. Te sigo sin apenas respirar. :)