28 de febrero de 2011

La Dama del Claro XX



Me adentro en la noche sin luna del desfiladero. La niña rebulle inquieta entre mis brazos, protesta y balbucea un berrinche. No tengo ninguna experiencia con bebés o con niños… o eso recuerdo y sin embargo me queda claro que la niña no quiere que me adentre en la oscuridad. Pero tengo que hacerlo, la he perdido allí dentro. Ella está en algún lugar de este camino, entre la roca no tiene escapatoria, tiene que estar ahí delante, a unos pocos pasos. La niña protesta aún más fuerte y mis ojos oscuros la miran en la sombra. Quiero gritar que se calle, quiero lanzarla contra el suelo y olvidarme de su cálido peso entre mis brazos, quiero olvidarla a ella y a la mujer que me atormenta, quiero estar a mil kilómetros de ambas. Mas estoy aquí y al mirar a la niña mi corazón se descoloca, mis manos tiemblan… y me trago las palabras que quería dedicarla. No puedo hacerla daño, no quiero. No quiero gritarla un reproche, quiero cuidarla y protegerla, quiero que no sufra daño alguno. La miro y siento calor en el corazón, un calor infinito que no recuerdo haber sentido en el pasado.

Ni siquiera pierdo ese calor al saber que tengo a la espalda algo enorme y monstruoso, algo con un aliento fétido y putrefacto, algo que me hace estremecer. Un ronquido gutural hiela la sangre de mis venas. Mis runas enloquecen y mi mente me grita que me mueva. Aun así permanezco inmóvil, en medio del desfiladero, notando el sonido sinuoso del ácido golpeando contra el suelo.

Y la miro. Miro a la pequeña y a pesar de la noche que nos envuelve puedo verla. Puedo ver sus ojos claros y su sonrisa, puedo incluso contar sus pecas, puedo ver cómo será en el futuro, cuando crezca, porque sé que ella no va a morir esta noche en mitad de un desfiladero, porque sé que daría mi vida por ella con gusto.

Ella lo sabe y me sonríe. Sabe que estoy con ella y que la defenderé de todo mal. El tiempo parece detenerse unos instantes. Me calmo. El destino es una broma grosera y a veces intenta lanzarte al barro… de ti depende permanecer en el suelo embarrado o levantarte lo más limpio posible. La miro y la regalo una sonrisa. La primera sonrisa sincera que esgrimo desde que desperté a lomos de mi viejo caballo. El recuerdo de leviatán me enerva, hace que mi cuerpo tiemble de cólera. Mis ojos refulgen al ardor de mi ira.

La niña me sonríe, no me teme, ni con toda mi furia podría hacerla temblar. Ella me entiende, me quiere. Puedo notarlo y renuevo mis votos hacia ella. Daría mi ser por ella, me condenaría a una eternidad de sufrimientos por su bienestar.

A mi espalda la bestia ruge. Es inmensa y su rugido azota mi espalda, provocándome llagas y quemaduras. Mi cuerpo está herido, pero mi alma está sanando. Tengo alma, creí que la había perdido para siempre. Tengo alma… olvido el dolor de mi carne. Olvido mis heridas y me giro, haría cualquier cosa por esa niña, cualquier cosa.

Incluso una criatura como yo tiene por obligación que estremecerse ante el monstruo que se erige ante mí. Es un titán, una bestia gigantesca y atroz, un asesino más eficaz que yo… porque carece de sentimientos o de intelecto, es una criatura que se mueve por puro instinto. Incluso en la oscuridad puedo distinguir su forma gigantesca y retorcida, aunque no alcance a ver por entero la enormidad de su cuerpo. Carece de ojos o de fosas nasales, en su cabeza gobierna únicamente una boca inmensa capaz de devorar una montaña de un bocado si lo pretendiera. ¿Cómo voy a matar a una cosa así? ¿Hay criatura en el mundo capaz de hacerlo?

Miro a la pequeña y la descubro sonriente.

¿Por qué sonríes? ¿Crees que seré capaz de derrotar a este engendro?

Por primera vez me descubro derrotado antes de la batalla y en unión con mi primera sonrisa sincera hacen demasiadas primeras veces para un solo momento. Tengo que hacer algo, tengo que pensar. Esa bestia es monstruosa y parece inabarcable, pero sé que puedo derrotarla, solo tengo que descubrir el modo.

De pronto el desfiladero se ilumina. Se hace de día en un segundo. La criatura chilla y mientras la veo encogerse de dolor y retroceder, veo que su piel sonrosada y translúcida arde, la luz la está matando…y cada vez hay más luz, tanta que el resplandor provoca que mis ojos acostumbrados a la oscuridad me traicionen. La luz sigue creciendo, cada vez es más intensa, mis runas arden, la misma piedra que nos rodea parece arder.

Con un esfuerzo inhumano abro los ojos y la miro, miro a la pequeña y la veo sonreír… y algo más, veo de dónde procede la luz. Sus tres runas plateadas. La luz ardiente y poderosa procede de la pequeña.

¿Quién eres? Me pregunto por vez primera mientras veo a la lombriz gigante derritiéndose ante mis ojos doloridos. Pronto no queda de la bestia más que un líquido espumoso por el que chapoteo para atravesar el desfiladero. La niña se duerme y las runas plateadas terminan por apagarse. Una vez más nos quedamos al amparo de mi querida oscuridad y continúo hacia el norte, sin dejar de preguntarme quién diablos es esta pequeña que me acaba de salvar la vida.

¿Quién eres?

¿De dónde has salido?

¿Quién soy yo?

Mi sangre arde, tengo el cuerpo destrozado por las quemaduras y las heridas de mis pies, me estoy desangrando poco a poco, pero ella sonríe, la pequeña sonríe y su calor templa mi corazón y mi espíritu.

Tengo que continuar hacia el norte.

He de darme prisa.

4 comentarios :

La atalaya de la bruja dijo...

Esto cada vez se pone más interesante.

Yosu Rc! dijo...

La maldita gripe me tuvo desconectado de todo por más tiempo del que hubiese querido, pero ya me he puesto al día con la "señorita del claro". Me he bajado 15 partes de una atacada.
Sigue, sigue... que nosotros también te seguimos...

Javi dijo...

Me alegra que estés de vuelta Yosu. A ver si esta misma tarde te puedo ofrecer dos nuevas tandas, que he estado un poco vaguete...

Anónimo dijo...

Esa otra que fui,
paloma ciega
abismada niña
me grita
arroja puñados de sal
en mis heridas.

Todas alguna vez fuimos una niña que por momentos nos duele en la memoria.