10 de marzo de 2011

El escritor en el banco


Se abre el telón. En el escenario, sobre un fondo oscuro (en el que puede haber o no una luna llena difuminada por la luz o las penumbras) solo hay un banco de madera alumbrado por una farola (lo deseable sería que la luz parpadease de tanto en tanto).

Si hubiese posibilidad de añadir árboles de hoja caduca (desnudos o con muy pocas hojas castañas ya), mejor, así se daría a entender que estamos en otoño.
Tampoco sobraría una fuente de piedra (de cartón) situada junto al banco.

De la oscuridad surge un joven de aspecto desaliñado sin llegar a la exageración, lleva una bolsa de tela o cuero al hombro y camina despistado. Al llegar al banco y tras dar una vuelta completa a su forma decide sentarse. Se recuesta hacia atrás y sonríe, como si estuviese en el Paraíso. Abre los brazos y los apoya en la madera del respaldo. Cierra los ojos y respira hondo. Después abre los ojos y se queda un tiempo mirando a lo alto.
Al cabo de unos segundos se inclina y abre la bolsa, de su interior saca un cuaderno de cuadros y un bolígrafo, cruza las piernas para apoyarse y empieza a escribir (lo que nos irá contando será todo lo que escribe…)

Su voz será siempre tenue y cadenciosa.


17 de noviembre de 2010. Mi nombre es… bueno, mejor no, mejor lo tacho, no creo que a nadie le vaya a importar mi nombre. No soy nadie. No, será mejor tachar eso del nombre. A ver… vamos a empezar…

Me gusta escribir, la verdad es que no sé cuándo me asaltaron las ganas de hacerlo, no creo que eso se decida un día en concreto, aunque siempre que escucho o leo entrevistas a escritores suelan tener clarísimo cuándo decidieron que querían serlo. Yo no soy capaz de recordarlo. No creo tampoco que esto sea algo que se decida o se busque, a mí, simplemente me pasó. Pongamos que es como una enfermedad crónica de la que algunos incluso llegan a morirse. Yo por suerte no lo he hecho todavía. Aunque eso es solo porque no me dedico profesionalmente a esto, aunque no será por ideas… el tiempo, el maldito tiempo es el culpable de que lectores de todo el mundo no tengan mis libros entre sus manos. Si al menos tuviese tiempo… si no fuese por la vida real…

Pero es que esto de ser escritor es algo que viene con uno de serie, no puede decidirse, no se puede rechazar. Si eres escritor lo serás para siempre, aunque nunca llegues a escribir nada.

Antes he escrito que no sé muy bien cuándo empezó este vicio insano de pasarme las horas muertas manchando cuadernos de cuadros y aunque es verdad, aunque nunca sabré realmente cuando se encendió en mí la chispa, cuando supe que quería escribir, aunque no lo sepa en realidad, tengo una respuesta que suele quedar muy bien en las conversaciones. Siempre digo que fue por una chica… y en cierto modo es verdad, no creáis, porque si ya desde pequeño era capaz de coger a esos personajes que leía y llevarles a otros mundos dispares por mi cuenta y riesgo, fue en la adolescencia donde intenté convencer a los demás de que sabía juntar palabras, sobre todo a esa chica que me volvía loco y a la que dediqué los poemas más cursis de la historia de la literatura. Espero que no se acuerde de ellos… uf

Espera, no, no voy a tachar esa última frase, pero no es verdad, espero que sí se acuerde de esos poemas cursilones y fáciles que escribí para ella, porque eran para ella y para nadie más y porque la encantaba saber que yo me pasaba horas y horas pensando en ella y trasmitiendo esos pensamientos en poemas dedicados. Ojalá nunca se olvide de esos poemas. Supongo que eso es lo que pretendían los grandes poetas del pasado, que hubiese alguien que los recordase para siempre. Los hombres somos polvo y energía y todas esas cosas y cuando nos vamos de este mundo solo perduramos en el recuerdo de los que nos quieren… supongo que los escritores queremos perdurar algo más y por eso tenemos esa necesidad infinita de escribir de todo cuanto nos rodea.

Sé que todo esto que estoy escribiendo no me valdrá ni para un cuento ni un relato, ni siquiera me valdrá para crear una historia, pero es saludable contarse a uno mismo lo que se siente por dentro y la mejor manera de hacerlo es desangrándose poco a poco en una hoja de papel. No conozco un modo mejor. No hay mejor psicólogo que uno mismo y lo bueno del papel es que es casi imposible mentir, por mucho que lo intentes, por mucho que te engañes y te digas que no te reflejas en tus escritos, que no estás ahí, por mucho que lo hagas, siempre terminas estando, de una u otra forma. El papel en el que escribes es un espejo certero del que muy pocos son capaces de escapar y del que, añadiría yo, nadie escapa nunca por completo.

Pero volvamos a esta perorata sobre la cosa de escribir. Siempre, de alguna manera, en el fondo de mi corazón he sabido que quería escribir, aunque la vida me llevase por caminos muy diversos antes de dejarme en la estación de los suspiros emborronados y las dichas suspiradas. Siempre lo he sabido. Desde el colegio, cuando los profesores alababan mis redacciones y me reñían por no terminarlas y yo les decía siempre que era para escribir una segunda parte… desde ahí ya sabía que quería escribir, lo sentía en el alma, en la punta de mis dedos, en mis lecturas precipitadas. En esa pasión por las historias que no se puede describir. Lo sabía, aunque lo olvidé hasta conocer a esa chica de los poemas. Entonces recordé cuánto ansiaba la escritura y escribí.

Supongo que la decisión final vino de la mano de un premio literario de escasa o ninguna relevancia. El caso es que un buen día aparté de mí los poemas cursis y me enfrenté a los relatos y de ahí al paso natural que dan muchos aficionados a la escritura. Decidí enviarlos a concursos literarios, con mayor o menor fortuna, aunque nunca como para tirar cohetes. Supongo que empecé a hacerlo por vanidad o por medirme con otros escritores, no sé muy bien por qué lo hice, quizás fue solo por el dinero del premio. El caso es que lo hice. Empecé también a dar el coñazo a mis amigos y familiares con mis cuentos y poemas, a pedir opiniones y consejos, a escuchar programas de radio literarios y leer entrevistas. Empecé a acudir a ferias del libro y a mirar con envidia a aquellos personajes situados detrás de las casetas, firmando decenas o cientos de ejemplares. Me preguntaba cuándo estaría yo allí detrás, cuándo serían mis libros los que se vendiesen en esas casetas…

La realidad se hace dura. Publicar es una odisea y acudir a librerías o pasear por centros comerciales se hace un suplicio difícil de soportar. Hay miles de publicaciones, cientos de estupendos escritores y millones de aficionados a la escritura ¿por qué precisamente me iba a tocar a mí la china? ¿Por qué necesitaba publicar para sentirme escritor?

Ahora lo sé. Han pasado los años, muchos años. Yo sigo escribiendo casi a diario, de casi cualquier cosa. He escrito poemas, relatos, cartas… incluso alguna que otra novela. Me sigo presentando a algunos concursos literarios con relativa fortuna y sigo dando la plasta a mis amigos y familiares con mis historias, pidiendo que se las lean y juzguen. Sigo envidiando a los tipos que hay detrás de las casetas y sigo sin saber cuándo le cogí el gusanillo a esto de escribir. Ninguna editorial se ha fijado en mí, no creo que alcance el éxito… y sin embargo sigo escribiendo, casi a diario. Y aunque tuviese la certeza de que jamás llegaré a publicar seguiría escribiendo hasta mis últimos días. Porque escribir es sacar las espinas que te atragantan, es contarte a ti mismo cómo estás, es sentir que tienes algo que decir. Porque escribir es mi vida.

No sé para qué he escrito esto, no creo que le encuentre ninguna utilidad. Pero ¿veis? Me ha servido de desahogo.

Hoy lo he dejado con la chica de mis escritos, aquella a la que escribí decenas de poemas, cuanto más cursis mejor… pero aunque escriba esto yo solo, sentado en el parque, sin importarme el frío que hace, sé que nunca estaré solo del todo, porque siempre llevaré conmigo mis escritos y mis recuerdos. Siempre estarán ahí.

No sé si dejaré algún legado algún día, pero si lo hago será el recuerdo de esa chica a la que escribí poemas, la misma que hoy me acaba de dejar tildándome de inmaduro e irresponsable por seguir soñando con ser escritor. No creo que vuelva a escribir poemas cursis y si lo hago estarán bastante más trabajados que los que hice para ella.

Lo que sí sé es que, en mis cuadernos viejos, siempre estará el recuerdo de su sonrisa. Gracias a la escritura siempre podremos recordar las cosas más hermosas de nuestra vida.

Creo que ya he divagado demasiado por hoy. Gracias por estar siempre ahí querido cuaderno, gracias por estar ahí…

No creo que esto llegue a oídos de nadie o que se publique en un enorme mamotreto de memorias, pero si alguien lo lee o lo escucha solo le diré una cosa, que si le gusta escribir, si de verdad ama la escritura tanto como yo, nunca deje de amarla ni de escribir. Escribe siempre, aunque nadie llegue a leerte. Escribe y disfruta haciéndolo. La escritura es un mal acechante que nos atrapa, pero bendito mal que saca siempre lo mejor de nuestras almas furtivas y murmuradoras.

Adiós cuaderno, hasta la próxima. Gracias una vez más por estar siempre a mi lado.