11 de marzo de 2011

El escritor y su musa. El escritor en el banco 3.0


Se abre el telón. En el escenario, sobre un fondo oscuro (en el que puede haber o no una luna llena difuminada por la luz o las penumbras) solo hay un banco de madera alumbrado por una farola (lo deseable sería que la luz parpadease de tanto en tanto). Si hubiese posibilidad de añadir árboles de hoja caduca (desnudos o con muy pocas hojas castañas ya), mejor, así se daría a entender que estamos en otoño.

Tampoco sobraría una fuente de piedra (de cartón) situada junto al banco.

De la oscuridad surge un joven de aspecto desaliñado sin llegar a la exageración, lleva una bolsa de tela o cuero al hombro y camina despistado. Al llegar al banco y tras dar una vuelta completa a su forma decide sentarse. Se recuesta hacia atrás y sonríe, como si estuviese en el Paraíso. Abre los brazos y los apoya en la madera del respaldo. Cierra los ojos y respira hondo. Después abre los ojos y se queda un tiempo mirando a lo alto.

En ese momento se apaga la luz y se enciende en otro lugar del escenario, donde hay una chica, puede estar quieta o bailando o moviéndose distraída, al gusto del montaje. En la oscuridad se escucha la voz del joven recitando un poema. Aunque también existe la posibilidad de que sea la chica la que lo recite.

Miradas infinitas, ensueños.
Noches eternas de insomnes desvelos,
perenne agonía, rincón apartado,
pozo sin sombra que oculte mi cuerpo
y evite que se abrase con el ardor
de tus ojos de noche, donde me pierdo,
donde me pierde el deseo.

Quiero escapar de ti,
mas a ti me acerco.
Quiero dejarte atrás,
pero me sigues en sueños.

Vivir, morir, soñar o sentir,
Tanto da, pues soy incapaz de
borrar tu recuerdo.

Condena. Condenado soy a morir en tus besos
o dejarme llevar al infierno de una vida sin ti,
sin mis sueños.

No sé si podré vivir o será mejor morir cuerdo.

La luz vuelve a apagarse al cabo de los segundos… se vuelve a iluminar el banco donde está el joven. Este se inclina y abre la bolsa, de su interior saca un cuaderno de cuadros y un bolígrafo, cruza las piernas para apoyarse y empieza a escribir. Su voz será siempre tenue y cadenciosa.

Se me hace raro estar en este banco sin ella, escribir sin ella, estar sin ella. Se me hace raro el mundo sin su voz y su sonrisa. Me parece vacío… es curioso que me encuentre aquí, precisamente aquí, escribiendo estas líneas y recordándola, es curioso…

Todos me llaman escritor, todo el mundo lo hace. Y son muy pocos los que saben por qué escribo… o mejor dicho, por qué empecé a hacerlo, ¿por qué escribo? Me lo he preguntado muchas veces sin poder darme una respuesta concreta. No sé si lo hago por placer, por vanidad o por antojo. No sé por qué siempre acabo escribiendo sobre casi cualquier cosa. No sé por qué escribo, nunca soy capaz de responderme a esa pregunta. Aunque de algo estoy seguro, si empecé a tomarme esto de escribir en serio, si empecé a empeñarme en escribir, fue por Ella.

Se enciende el punto de luz que la ilumina. El joven sigue mirando al papel o al público, pero ella no deja de mirarle, aunque sin moverse, por miedo a que él la vea o por pura prudencia. Aún no se sabe y se debe dar esa sensación de apuro o temor de cara al espectador. Este poema lo recitarán los dos actores, entrelazando sus voces, como si lo compusieran al unísono.

No me mires así, con esos ojos oscuros
envueltos de piel castaña,
no vaya a ser que me enamore
y te pida que pases conmigo
el resto de tu vida.

No me lances esas miradas dulces,
furtivas e incisivas
que me lanzas y me clavas en el alma,
no vaya a ser que mi deseo
se vuelva de pronto más fuerte
que mi endeble templanza.

Por favor, morena, piel tostada
¡no me mires así!
No me arrastres.

No me sueñes en alto,
no suspires,
no respires a mi lado, susurrando,
no murmures frases bellas,
no me incites con tus dardos, quizá envenenados.

No, te lo suplico,
no me roces con el terciopelo de tus manos,
no te acerques callada,
no me abraces,
no me beses con tus jugosos labios,
no te me muestres desnuda
y anhelante,
no me invites a amarte.

Pero si lo deseas de verdad,
si lo haces,
si me arrastras,
si me sueñas en alto,
si suspiras,
si respiras a mi lado, susurrando,
si murmuras frases bellas,
si me incitas con tus dardos, quizá envenenados,
si me rozas con el terciopelo de tus manos,
si te acercas callada,
si me abrazas,
si me besas en los labios,
si me amas…

¡Ámame! –este verso se debe recitar al unísono si es posible.

Porque yo ya
sólo vivo

esperando. –acaba en un susurro


Es curioso que ella no esté aquí conmigo, incitándome a escribir, susurrándome al oído las palabras justas, aunque… quizás siempre me acompañe, quizá una parte de ella siempre esté conmigo.

Me gusta escribir, la verdad es que no sé cuándo me asaltaron las ganas de hacerlo, no creo que eso se decida un día en concreto, no soy capaz de recordarlo. No creo tampoco que esto sea algo que se decida o se busque, a mí, simplemente me pasó. Pongamos que es como una enfermedad crónica de la que algunos incluso llegan a morirse. Pero es que esto de ser escritor es algo que viene con uno de serie, no puede decidirse, no se puede rechazar. Si eres escritor lo serás para siempre, aunque nunca llegues a escribir nada.

Fue Ella la que me incitó a escribir, sabía que me gustaba y me pidió que la dedicase unos poemas… para ella escribí los versos más cursis que haya escrito en toda mi vida… espero que, ahora que ya no está, ahora que me ha dejado, no se acuerde de esos poemas tan malos y sencillos…

Espera, no, no voy a tachar esa última frase, pero no es verdad, espero que sí se acuerde de esos poemas cursilones y fáciles que escribí para ella, porque eran para ella y para nadie más y porque la encantaba saber que yo me pasaba horas y horas pensando en ella y trasmitiendo esos pensamientos en poemas dedicados. Ojalá nunca se olvide de esos poemas.

Ayer recorrí pasillos infinitos,
y volé por un cielo despejado,
ayer creí estar dormido, estar soñando.

En tus besos me perdí,
y la salida busqué desesperado,
pero al ver tus ojos,
al verte a ti,
deseé estar para siempre allí encerrado.

Allí, los dos,
para siempre, abrazados.

Sé que poniéndome melancólico no lograré que vuelvas, lo sé y aun así necesito rodearme de esta melancolía. No valdrá para mucho escribirte esta carta, pero es saludable contarse a uno mismo lo que se siente por dentro y la mejor manera de hacerlo es desangrándose poco a poco en una hoja de papel. No conozco un modo mejor. No hay mejor psicólogo que uno mismo y lo bueno del papel es que es casi imposible mentir, por mucho que lo intentes, por mucho que te engañes y te digas que no te reflejas en tus escritos, que no estás ahí, por mucho que lo hagas, siempre terminas estando, de una u otra forma. El papel en el que escribes es un espejo certero del que muy pocos son capaces de escapar y del que, añadiría yo, nadie escapa nunca por completo.

Ella me incitó a escribir, y nunca le di las gracias por hacerlo… nunca logré tratarla como se merecía. Siempre fui un tipo despegado e irónico que hacía chistes sin gracia, que hacía comentarios fuera de lugar. Solo mis escritos me comprenden. Ella dejó de hacerlo hace tiempo.

La chica sonríe y se acerca al joven sin que este se dé cuenta. Se agacha junto a su oído y recita un poema…

Soy la que te ama en el silencio
y te mira deambular en la penumbra,
soy yo la que te ansía beber entero
y se asoma al balcón de tus aromas.

Soy yo la que te quiere y no te olvida,
la que no es capaz de dejar atrás los versos
que grabaste en mis soles y mis sombras.

Me escribiste mil poemas,
diciendo en todos ellos que me amabas,
y te creí hasta que no me vi capaz
de enfrentarme a tu cuaderno,
a tus escritos,
a tus verdades esculpidas en mil hojas.

Aquí estoy, soy yo
¿Me recuerdas?
¿Recuerdas el sabor de mis suspiros?
¿Recuerdas mis tormentas?

Soy yo
sigo siendo yo,
siempre seguiré escuchando tus palabras,
aunque no me atreva a confesarlo.

Soy yo, amor.
Sigo aquí,
esperando que te acuerdes de mi sombra.


Siempre escribía por ella, siempre fue ella la que me guió a través de los cuadernos. Ahora lo sé. Han pasado los años, muchos años. Yo sigo escribiendo casi a diario, de casi cualquier cosa. He escrito poemas, relatos, cartas… incluso alguna que otra novela. Ella ya no está, hace tiempo que dejó de estar interesada en mis escritos o en mi vida… hace tiempo que se marchó para siempre… nunca volverá a leer mis poemas y sin embargo se los sigo escribiendo en este banco y lo seguiré haciendo para siempre.

Porque escribir es sacar las espinas que te atragantan, es contarte a ti mismo cómo estás, es sentir que tienes algo que decir. Porque escribir es mi vida. Ella ya no está conmigo, se marchó. Aunque en mis cuadernos viejos siempre estará el recuerdo de su sonrisa. Gracias a la escritura siempre podremos recordar las cosas más hermosas de nuestra vida.

Creo que ya he divagado demasiado por hoy. Gracias por estar siempre ahí querido cuaderno, gracias por estar ahí…

No creo que esto llegue a oídos de nadie o que se publique en un enorme mamotreto de memorias, pero si alguien lo lee o lo escucha solo le diré una cosa, que si le gusta escribir, si de verdad ama la escritura tanto como yo, nunca deje de amarla ni de escribir. Escribe siempre, aunque nadie llegue a leerte. Escribe y disfruta haciéndolo. La escritura es un mal acechante que nos atrapa, pero bendito mal que saca siempre lo mejor de nuestras almas furtivas y murmuradoras.

Adiós cuaderno, hasta la próxima. Gracias una vez más por estar siempre a mi lado.

El chico recoge el cuaderno, suspira y se levanta. Al hacerlo, de repente, se encuentra de frente con la chica, se acercan…

Eso de la escritura y el cuaderno está muy bien, en serio, me encanta que escribas y que me escribas, pero a veces es mejor dejarse de cuadernos. ¿No crees?

Se funden en un abrazo y si el director lo requiere se besan. La luz se apaga lentamente y se cierra el telón. FIN