31 de marzo de 2011

El Extraño

Salí del trabajo tarde, como casi siempre. Estaba más cansado y apagado de lo habitual. La calle por la que caminaba hacia la boca del metro parecía contagiada de mi estado de ánimo y se mostraba oscura y más solitaria que de costumbre. Y pasó algo extraño. Todos los días me cruzaba con dos operarios de Telefónica, siempre los mismos... pero aquella noche eran dos personas diferentes...

No le di la mayor importancia, pero a medida que desandaba la distancia que me separaba de mi destino todo se fue convirtiendo en un laberinto de rostros desconocidos que llegaron a preocuparme de verdad. La taquillera del metro era una chica distinta a la de siempre, los cuatro compañeros de viaje en el vagón no se parecían en nada a los que siempre me acompañaban. Al llegar a mi casa y ver cómo echaban los cierres de la Taberna de Aurelio no reconocí al camarero con el que tantas tertulias de bar había compartido...

La verdad es que todo era muy extraño, pero estaba tan cansado que supuse serían cosas mías, me acostaría temprano y dormiría diez horas seguidas, seguro de que al día siguiente todo volvería a la normalidad. Todo era fruto de mi cansancio,... por supuesto. Pero al llegar a casa y abrir la puerta no me recibió mi mujer, en bata y con los rulos puestos, con cara de mal humor por mi tardanza y humor de haber cenado hacía, por lo menos, tres horas. Ante mí estaba mi mujer, que no era la de siempre, era un bellezón espectacular, una mujer que me esperaba en lencería fina y una sonrisa traviesa bajo sus ojos de azabache. ¿Qué habría pasado? ¿Por qué todo el mundo era diferente? Lo pensé lo que dura un parpadeo. Después esa mujer salida de la portada de una revista erótica me abrazó y me besó en la boca con una pasión que me hizo recordar a la adolescencia. No sabía lo que había pasado en mi mundo, por qué todos eran distintos, tampoco me importaba en absoluto. A partir de ese momento dejé de pensar, mi sangre bombeó a un lugar diferente a mi cerebro y decidí que me iría a la cama temprano, como ya había planeado, pero no con a misma intención que antes de besar a ese bombón que me conducía a mi propia cama.

Al pasar frente al espejo aparté un segundo la mirada del cuerpo escultural que me arrastraba a una noche de lujuria y sueños cumplidos. Creí ver a un desconocido mirándome con mala leche y una sonrisa. ¿Quién era ese que me miraba? Mi mente quería gritarme algo... pero yo ya pensaba con otra parte menos inteligente de mi cuerpo.

3 comentarios :

Marcos DK dijo...

¡Qué mal rollo da la cosa! Pero de nuevo se cumple el sabio refranero español cuando dice aquello de "tiran más dos tetas, que dos carretas"

Relatos de sal dijo...

¡Muy bueno!
Me ha gustado cómo ha pasado el tío de la preocupación por lo extraño de la situación, a dejarse llevar por ese pivón. Es que todos los hombres somos iguales...
Un apunte: ¿Crees que esa misma sensación la tendríamos cualquiera de nosotros si, de repente, estuvieramos dentro de nuestro propio cuerpo pero diez años en el futuro? Nadie sería igual que ahora; nuestros seres más queridos serían auténticos desconocidos...
¡Un abrazo!

Javi dijo...

Pues la verdad es que no lo sé. Pero con diez años más de repente nos sentiríamos fatal, seguro. Más viejos, más lentos... no creo que fuese una sensación agradable, vaya...