8 de marzo de 2011

La Dama del Claro XXI


La sangre púrpura colorea las piedras a mi alrededor, ¿cuántos eran esta vez? ¿Diez, cien, mil? Da igual, todos terminan sucumbiendo ante mi bestia interior, ante mi sed de venganza y mi destreza, aunque en esta última ocasión ha sido diferente, lo he notado, he notado que todo era distinto esta vez.

No venían a por mí, venían a por ella.

Venían a por esta niña que se acurruca entre mis brazos y ronronea como un gatito recién nacido. Venían atraídos por el plateado de sus runas, por su piel tersa y delicada, venían a por ella y mi furia ha alcanzado cotas que ni yo mismo pensaba que pudiese alcanzar. Mi fuerza y agresividad se han multiplicado al saber que era ella el objetivo de su ataque, que querían matarla. Me he dado cuenta entonces de algo en lo que aún no había caído hasta ahora. Mi vida no importa, no guardo un apego especial ni por mi cuerpo ni por mi alma, no reparo en los peligros a los que me enfrento, es como si morir no me importase lo más mínimo. Algo me dice que no valgo nada, que mi vida es una moneda de cambio prescindible, un despojo que pocos ansían poseer. Sí, me han atacado por el camino, he derrotado a bestias inimaginables hasta alcanzar este paso montañoso regado con la sangre de mis últimos enemigos, pero no me atacaban por ser yo. No había un motivo especial para hacerlo… simplemente estaba en su naturaleza atacarme, actuaban por instinto, incluso los inteligentes Colosos solo me atacaron porque me crucé en su camino, no por considerarme un objetivo a abatir.

Y sin embargo ella… ella sí que es un objetivo a destruir, es una criatura señalada. Me he dado cuenta en seguida, en cuanto las he visto venir a por ella. Mi presencia no importaba salvo como la de la muralla que se tiene que derribar para masacrar a los habitantes de una fortaleza. Solo soy una muralla, un impedimento, solo soy un estorbo peligroso… pero ella, ella es mucho más, lo sé, algo me lo grita insistentemente, ella es importante.

Lo he sabido en cuanto he visto a las asesinas venir en su busca, nunca había visto a las damas de negro fuera de sus templos y de sus rezos. Nunca. Y sin embargo han venido a por ella, eran decenas de asesinas y todas tenían un único objetivo, matar a la pequeña… ahora sus cuerpos esbeltos, esculpidos por años y años de duro entrenamiento militar, forman parte del paisaje a mi alrededor. Sus velos negros flotan en el aire, sobre la nieve que calma las heridas de mis pies. Sigo sangrando. Mi cuerpo y mi alma se desangran, aunque no me importe, aunque no sea más que un ser desechable, aunque solo sea una muralla.

Ella es la importante, me lo dice el corazón, aunque creía que ya no lo tenía, que lo había perdido en el pasado. Sigo sin saber quién soy, pero ya sé algo más, sé que ella es importante y que volverán a intentar matarla, ahora lo sé. Ella es importante y todo mi mundo gira en torno a sus tres runas de plata y su piel blanca.

Soy un peligro y ellos lo saben, todos lo saben. Me temen. Mejor, así mi nuevo trabajo será ligeramente más sencillo. El norte ya está cercano, lo presiento.

Me detengo un instante, para contemplar la cara de la niña. Es preciosa y siento que mi alma se conmueve, aunque creía que ya no tenía alma alguna. Mis runas se calientan, el picor me avisa de un nuevo peligro que nos acecha y sonrío. Este viaje es cada vez más interesante.

Soy un peligro y haré que todos lo recuerden.

Soy una muralla y mientras yo siga en pie ella seguirá estando a salvo.

Es entonces, en la cima de la montaña nevada, rodeado de un sinfín de cimas blancas, cuando hago el juramento. No sufrirá daño alguno mientras esté conmigo. Desde ahora mismo soy su protector, no dejaré que nada la dañe, ella es mi misión, mi viaje. Ella es mi destino.

Lo he jurado.

Ya no soy uno, mi corazón y mi alma están empeñados. Ella es mi destino.

Vuelvo a mirarla y no puedo evitar una sonrisa al verla sonreír. ¿Qué me está pasando? ¿Quién soy? ¿Quién es ella? ¿Qué ser es capaz de hacer sonreír a un asesino despiadado?

Lo he jurado.

No correrá peligro alguno. Mi alma está empeñada en protegerla. Ella es mi destino. Lo he jurado sobre la sangre derramada de mis enemigos.

Ella es importante, lo presiento, lo sé.

Un impulso repentino me hace rozar las plata de sus runas y siento un calor inesperado en las yemas de mis dedos. Al levantarlos veo plata en ellos y siento un ardor inaudito en mis propias runas.

Caigo de rodillas al suelo nevado y blasfemo en voz alta. Me doblo por el dolor y grito. Mi alarido levanta ecos infinitos entre las cumbres montañosas.

Todo pasa de pronto. El dolor, el ardor, el fuego… pero algo llama mi atención. En mi mano izquierda ha aparecido una nueva runa…

Una runa de plata.

Ella es mi destino.

1 comentarios :

Anónimo dijo...

simplemente,precioso