8 de marzo de 2011

La Dama del Claro XXII

La veo llegar enseguida, aunque tampoco ha hecho nada por ocultarse de mí. Su figura es menuda y su caminar resuelto. A distancia parece frágil pero cualquier viajero sabría que hay que protegerse de aquellos caminantes de aspecto frágil e inofensivo.

Cuando está algo más cerca descubro que se trata de una niña y mi preocupación es aún más evidente. La conozco. Conozco a esa pequeña. La recuerdo perfectamente y no me hace ninguna gracia volver a encontrarme con ella. Es una niña pequeña, de unos cinco o seis años, de cara angelical, rizos dorados, ojos azules y sonrisa cálida. Unas pecas traviesas juguetean por su piel. Viste un vestido blanco y me mira con candor, ofreciéndome una dentadura perfecta a través de una sonrisa abierta. Me pongo en guardia, es la criatura más peligrosa con la que me he topado hasta entonces.

Las runas de mi brazo arden una advertencia, aunque no necesite de ellas para darme cuenta del peligro en el que estamos. Ella sabe que la temo y sonríe más abiertamente.

Sus pasos siguen resueltamente hacia mí. Sé que este será el trance más peligroso de todo mi viaje en busca del norte que nunca llega.

Miro a la pequeña que sonríe entre mis brazos. Continúa dormida, tranquila. Sabe que mientras siga contando conmigo no sufrirá daño alguno. Sus runas de plata reposan apacibles.

Esta vez el nervioso soy yo.

Sé quién es la niña que se nos acerca. Y la temo. Ella lo sabe y sonríe. Estamos en peligro. No hay criatura en la existencia más peligrosa que ella. Se detiene apenas a un metro de distancia y me mira condescendiente. Sabe que la temo. Sé quién es y la temo… no. Ya no. La temí en el pasado y mi mente ha reaccionado ante ese recuerdo. La temí en el pasado. Ya no.

-Me alegra que me recuerdes –me dice tendiéndome una mano menuda.

-Podría decir que me alegro de verde de nuevo, pero no es así –respondo antes de saber qué estoy diciendo.

-Nunca cambiarás ¿eh? Aunque no recuerdes quién eres no puedes dejar de ser tan impertinente como siempre. Eso es lo que me gusta de ti. Tu impertinencia y tu arrogancia.

La veo mirar a la pequeña de reojo, justo antes de sentarse en el suelo, frente a mí. Me mira y me invita con un gesto de la mano a sentarme a su lado. No sé qué hacer, por primera vez no sé qué hacer. Ella se muestra tranquila en mis brazos. Sospecho que la niña ha venido a llevársela. Siempre lo hace. Siempre se lleva a aquellos a los que he jurado proteger. Doy dos pasos hacia atrás, para alejar a la pequeña.

-¿Qué te hace pensar que no me la llevaría si así lo quisiera? Solo he venido a charlar con un antiguo amigo, con uno de mis mejores amigos. No sabes cuántas almas has traído hasta mí. ¿Alguna vez te lo has preguntado? ¿Te has preguntado cuántas almas me has enviado? No ¿verdad? Siéntate. No tengo ganas de jugar. Hoy no.

-Esta vez es diferente –esgrimo- esta vez no te la llevarás, lo he jurado. Hagas lo que hagas no te la llevarás.

-Siempre digo que tu impertinencia y arrogancia son tus mejores virtudes. Si tuviera que llevármela me la llevaría, quisieras tú o no. Pero puedes estar tranquilo, aún no ha llegado su hora. No he venido a por ella.

Al final me siento. La recuerdo bien y tiene toda la razón, si tuviese que llevársela lo haría y yo no podría impedirlo. Lo intenté en el pasado. Lo intenté con todas mis fuerzas y no pude evitarlo. Es la criatura más peligrosa de toda la Creación.

-Espero que no me guardes rencor viejo amigo. Sabes que mi trabajo es complicado y que nunca puedo elegir, aunque me gustaría poder hacerlo. Tú mejor que nadie deberías saberlo.

-Lo sé. Ahora lo sé y no te guardo rencor. Solo espero que te mantengas alejada de esta niña que he jurado proteger con mi alma.

-Vaya… ¡has hecho un juramento! Nunca lo habría pensado de ti. Pero eso es bueno. Mejor de lo que piensas. Me alegro de que, entre todos, hayas sido tú el que la haya encontrado…

-No te entiendo.

-Tranquilo, es mejor así. Cuanta menos información tengas mejor, créeme.

-No te entiendo, pero sé que ella es mi destino y la protegeré de cualquier mal que la aceche, incluso de ti…

-No podrías hacerlo, pero me halaga que me consideres un peligro, viejo amigo.

-No soy tu amigo.

-Puede que ya no, pero lo fuiste en el pasado. Es una larga historia. En fin. Bueno, ya me voy. Me alegro de que seas tú el que la haya encontrado. Volveremos a vernos…

Y desaparece en la noche, dejándome el recuerdo de sus pecas bailonas y su sonrisa. Dejando en el ambiente el rubor de sus rizos dorados.

La niña rebulle entre mis brazos. Es mi destino.

He jurado protegerla y no dejaré que nada la dañe.

Debo continuar mi viaje. Estoy cerca, presiento que estoy cerca del final de este viaje.

La pequeña sigue durmiendo y sonríe en sueños. El recuerdo de los ojos azules de la Muerte aún me ronda durante algunas horas…

-Ella estaría orgullosa de este juramento –escuchó soplar al viento y entonces la vuelvo a ver. Vuelvo a ver a la mujer que persigo y la vuelvo a odiar y a amar al mismo tiempo. Corro hacia ella jadeante, ansioso por atraparla y descubrir su misterio. Pero se desvanece ante mis ojos como por arte de magia y me quedo solo y vacío y sombrío… hasta que la pequeña se vuelve a mover y me recuerda que he realizado un juramento inquebrantable.

Mi alma es suya. Pasa siempre.

Entonces los veo venir. Al menos una docena de trasgos envueltos en ropajes coloridos y brillantes. Mis runas rugen de calor y me siento bien, me siento en mi lugar. Solo cuando lucho estoy en casa. Están muy cerca. Mi espada negra les espera. Mi espada negra y mi sonrisa. Hay almas que enviar de visita a las pecas de la Muerte.