14 de marzo de 2011

La Dama del Claro XXIII


He llegado.

Después de tanto caminar he logrado alcanzar el norte… y aun así sé que aún no he alcanzado mi destino.

La brisa me salpica con su aroma salado. Frente a mí se extiende un oleaje infinito, impetuoso. El mar… recuerdo haber amado profundamente el mar. Recuerdo haberlo surcado en mil navíos, haberme enfrentado a sus enfados y sus caprichos. Recuerdo haber maldecido y añorado su oscuridad impenetrable, sus misterios. El mar… no podría haber sido de otra forma, mi viaje solo podría haber concluido frente a un mar de aguas espumosas y salvajes.

He llegado al norte.

Las runas de mi brazo rugen, pero por primera vez hago caso omiso de su señal inequívoca de peligro. La visión del mar me embruja y me atrae. He amado tan profundamente el mar, lo he echado tanto de menos.

Salto hasta la orilla. La arena, húmeda y refrescante, calma el dolor de mis pies descalzos. Me siento flotar sobre la playa y noto que el agua brava me espera, me está llamando. La pequeña parece presentir lo que me ocurre porque llora con todas sus ganas. Sus runas plateadas relucen a la luz de un sol radiante. He jurado protegerla de todo mal, he ligado mi alma a su destino, he realizado un juramento sagrado… y aun así soy incapaz de alejarme de las aguas. El mar me está llamando.

He estado tan lejos…

Aún no recuerdo quién soy, pero, ahora que lo tengo cerca, sé cuánto he añorado el salitre azotando mis sentidos, cuánto anhelaba la espuma, la sal y el oleaje. Cuánto necesito el mar.

He estado tan lejos…

Ella llora con todas sus fuerzas, el colgante reluce al son de sus runas de plata, mis propias runas negras me abrasan por dentro. Mi propio instinto de supervivencia me grita que me aleje, intenta avisarme. Todos lo intentan y como he hecho tantas veces en el pasado, procuro no escuchar sus advertencias.

La dejo en el suelo, con cuidado y haciendo gala de una ternura impropia de mis actos. La amo. Daría cualquier cosa por ella. He realizado un juramento. No sufrirá ningún mal. Chilla y llora con toda la fuerza de sus pulmones, no quiere que me aleje de ella, no quiere que me adentre entre las olas.

Miro a mi alrededor en busca de peligro. Solo encuentro arena y agua y olas y espuma y sal… no hay peligro, está a salvo. Aun así decido frotar el colmillo de lobo y pronto se encuentra rodeada por la manada. Está protegida.

Y es entonces cuando me decido. Olvido el resto del mundo y me lanzo hacia las olas. No hay nada más, solo yo y ese mar encabritado. Soy incapaz de calcular el tiempo transcurrido. El agua me incita a quedarme siempre entre sus olas, a ser uno más con ella. Podría quedarme allí, podría dejarme llevar y mecer para siempre por la espuma, podría ser feliz.

Decido quedarme. Decido quedarme para siempre entre las olas…

Y es entonces cuando, por encima del estruendo del oleaje, escucho el débil gemido de un lobo. Es un sonido lastimero y dolorido, es un sonido de muerte… ¡la niña! ¡Está en peligro!

Debería salir del mar, debería acudir en ayuda de mi pequeña protegida, pero se está tan bien en el agua… aquí me siento en paz, soy uno más con el océano. Podría dejarme llevar al olvido para siempre.

Pero las runas queman y tengo la sensación de estar en un peligro inminente.

Estoy tan bien entre las aguas que no deseo salir de ellas nunca más.

Hasta que la veo. La veo radiante en la orilla, bañada por la luz de un sol deslumbrante. Sonríe y se mueve con soltura, desde donde estoy parece que baila… sí, está bailando. La mujer de blanco baila y tras ella corretean juguetones sus rizos amarillos. ¡Es tan bella! Me gustaría abrazarla y besarla, desentrañar su misterio… pero eso es imposible, siempre desaparece sin dejar rastro. La mujer de blanco…

No quiero salir del agua, el vínculo que me incita a abandonarme entre las aguas es poderoso, me mantiene anclado entre las olas.

Y sin embargo… el vínculo que me arrastra hacia ella es mucho más fuerte.

De pronto me mira… ¡me está mirando!

Aleph.

¿Quién eres? Me gustaría gritar en la distancia, pero una vez más se desvanece antes de que pueda preguntarla.

Y los veo, los veo venir a por la niña.

Ella llora por mi suerte. He estado a punto de dejarme llevar por el agua… pero estoy aquí, en este mundo inhóspito y mortal. Soy un peligro y he jurado proteger a esta pequeña. La decisión está tomada.

He realizado un juramento.

Los lobos aúllan sobre la arena de la playa.

Ya vienen…

Y cuando por fin me decido a marchar, una mujer hecha de espuma marina me abraza y me lleva a las profundidades.

2 comentarios :

OSCURA FORASTERA dijo...

Muy bueno, me ha gustado mucho, felicidades, un beso.

Un corazón enamorado dijo...

Javi esto tiene muy buen sabor....