23 de marzo de 2011

La Dama del Claro XXIX


Estoy cansando de este viaje.

Estoy muy cansado…

Mi cuerpo sangra, mi propia alma está sangrando. Estoy cerca del final de este viaje sin retorno y aún no sé si llegaré a ninguna parte. Este es mi castigo, ahora lo sé, estoy cumpliendo mi condena por matarla… estoy cumpliendo la condena que yo mismo me impuse por matarla. La amaba tanto… la odiaba tanto.

Este es mi justo castigo.

Había perdido al niño ¡lo había perdido! Y ella volvió a perdonarme, siguió creyendo en mí, a pesar de todo siguió haciéndolo… y yo… yo tuve que matarla. No quedó otra opción. Mi hoja negra atravesó su corazón y su piel y su alma.

No quedó otra manera.

He enviado miles de almas a la pecosa, he sido amigo suyo, la Muerte siempre me ha tratado con respeto, creo que incluso podría decir que me tiene cierto cariño, si es que es capaz de albergar un sentimiento semejante. Nunca he tenido reparos en enviar almas a conocer sus pecas sonrientes, pero con Ella… con Ella todo fue diferente, lo fue. Y antes de que todo ocurriese ya sabía que lo sería, matarla fue como arrancarme el corazón de cuajo, como matarme a mí mismo. Matarla fue una condena y aún sigo errando en mi destierro.

Estoy cansado del camino.

Nunca llegaré a ese norte que me arrastra.

Las ruina de la fortaleza han quedado lejos hace tiempo cuando sale la luna llena, es una luna enorme y roja, tal y como debe ser cuando se ha derramado sangre en el ocaso. Es una noche perfecta para dejarse llevar por el olvido, para morir después de tanto tiempo… puedo hacerlo, sé que puedo hacerlo. Solo tengo que rendirme… pero yo nunca me rindo, nunca rompo una promesa.

Prometí cuidar del niño y no lo hice, y después, tras matarla, juré ante su sangre y la hoja negra de mi espada que hallaría la forma de vengarla, que encontraría el norte, costase lo que costase.

Nunca rompo una promesa. No si puedo evitarlo.

Pero aquella vez fallé y esta vez… creo que esta vez nada será diferente. No podré cumplir mi promesa, no podré llegar al norte. Las runas lo gritan en la noche, su fuego lo proclama. No podré alcanzar el norte, tampoco cumpliré esa promesa.

Entonces le veo venir hacia mí. Es alto y su caminar arrogante. Se atavía con ropas oscuras y luce un cabello largo que se agita a su espalda. En sus manos porta un arma fabulosa, una espada reluciente y brillante. Sus ojos me miran con odio y una sonrisa taimada me saluda en su gesto desafiante.

Suspiro.

Es la última batalla del viaje.

Más allá de este enemigo está el añorado norte que me arrastra.

Es el último obstáculo.

Podría dejarme derrotar, podría dejarme llevar a la nada del olvido, pero entonces recuerdo a la pequeña y me enfurezco, he realizado un juramento. No dejaré que nada la haga daño. Estoy presto para la batalla.

Es un solo hombre y solo porta una espada. Su mirada es de acero y su porte soberano y recio, sabe luchar, es peligroso, quizás sea el ser más peligroso con el que me he cruzado en mi destierro. Pero solo es un hombre. Solo un enemigo.

He realizado un juramento.

Estoy ligado a la pequeña.

Me preparo.

Rozo mi amuleto con la diestra y dejo que la pareja de lobos que aún vive se haga cargo de la niña, para este combate he de estar concentrado. No puedo distraerme. Antes de depositar a la pequeña en el suelo la beso en la frente y realizo un nuevo juramento, diciéndome a mí mismo que no debería implicarme tanto y menos aún implicar para ello mi alma. Da igual, no puedo evitarlo. Lo hago, juro que, pase lo que pase, no dejaré que me derrote, voy a vencer.

Estoy ligado a ese cuerpo menudo que sonríe, cobijado entre dos lobos furiosos. Estoy ligado a ella y esta vez no estoy dispuesto a fallar en mi cometido. Esta vez no cometeré ningún error. Esta vez no habrá enemigo que me separe de mi pequeña.

Mi espada no refulge, yo tampoco. No necesito subterfugios para ser peligroso y mortal. Miro a mi enemigo y me doy cuenta al instante de que parezco su sombra. Soy él… soy su otro lado. Él sonríe con malicia, es todo lo que yo fui en el pasado: cruel, arrogante, poderoso, inteligente… ya no soy nada de eso, solo soy un viajero, un superviviente con una niña a su cargo. Él no tiene nada que temer, nada que proteger, él es aún un ser completo, yo… yo soy solo una sombra.

Una sombra que ha realizado un juramento.

El combate comienza, la primera sangre es suya, como no podría ser de otra forma. Al cabo de los minutos de guerra sin cuartel, ambos estamos malheridos, pero seguimos en pie y luchamos como si nada nos dañase. No sé bien cuál de los dos soy yo, si el personaje vestido de negro que me ataca o por el contrario el desnudo y ensangrentado que se le opone. Solo soy una sombra de lo que fui y él lo sabe y toma ventaja en la contienda, en un par de ocasiones está a punto de ensartarme mortalmente, pero termino esquivándolo con mucha fortuna.

Va a derrotarme, solo soy una sombra de lo que era…

Volveré a romper mi juramento.

Y entonces la escucho, escucho llorar a mi pequeña y algo se remueve en mi interior, algo empuja mi espada. En el último momento detengo su última estocada y la desvío. La lucha se reanuda y hay algo que me otorga una energía que no recuerdo haber poseído nunca, ¿de dónde sale? Y de pronto lo sé y me asusto. Sale de mi propio juramento, sale de mi alma condenada.

Sale del amor a esta pequeña.

Adquiero velocidad y me percato al fin de la realidad, la verdadera sombra es él, yo soy quien incumplió una promesa, quien perdió al pequeño, quien mató a su amada. Yo soy quien está condenado a vagar para siempre en busca de un norte que nunca encuentra. Yo soy real y él es una mera sombra de mi alma.

La hoja negra de mi espada le atraviesa.

Cae.

Está muerto.

El viaje ha terminado.

Al fin, después de tanto tiempo, he llegado a mi destino…

La niña vuelve a sonreír.

Estoy en el norte.