16 de marzo de 2011

La Dama del Claro XXVI


He llegado. Esta vez sí que he llegado, aunque no esperaba encontrar algo así en el norte. No esperaba encontrar una fortaleza, una fortaleza humana.

La he visto despuntar desde la distancia. Desde que solo era un punto negro sobre una colina nevada he sabido que iba a apestar y a ser un nido de muerte y podredumbre. Desde lejos podía notar el mal que la acechaba y aun así he venido, aun así estoy ante su portalón y su muralla. El Mal está instalado en su interior, confortable y caliente. Lo sé, puedo percibirlo en la distancia, reconozco el Mal en cualquiera de sus formas pues yo fui Mal en el pasado y no sé si lo seguiré siendo en el futuro.

Fui Mal y solo cuando hice el bien fui infeliz. Tiene gracia cómo juega con nosotros el destino. Nunca sufrí tanto como cuando necesité servir a la luz y enfrentarme a las sombras. Nunca sufrí tanto como cuando me enfrenté al Mal.

Y sin embargo, a pesar del sufrimiento, soy un alma condenada, soy un espíritu errante en busca de un destino. Un ser que ni siquiera recuerda más que retazos de sí mismo, retazos inconexos y dolorosos.

Soy un sentimiento de culpa eterno. Un ser perdido. Una sombra.

Sonríe, mi pequeña sonríe y por fin ha abierto los ojos. Me está mirando y me sonríe. Soy una sombra que ha jurado proteger a un retoño perdido, quizás eso me convierta en un ser completo, en algo más que un espíritu errabundo. Debería alegrarme de tenerla.

Pero fui Mal, eso lo recuerdo, pertenecí a sus huestes oscuras, llevé la muerte al mundo, fui una peste… y nunca dejaré de pertenecer a su estirpe. Por eso soy capaz de saber que entre esas murallas se acomodan las sombras. Me están esperando.

Una vez me enfrenté a ellas en el pasado y salí vencedor, las derroté y extirpé de un mundo condenado, destinando con ello mi alma a un destierro eterno. Una vez derroté al Mal y por eso este me odia y me aguarda con ansias de venganza.

Sonrío.

Ya le derroté una vez, seguro que el enfrentamiento es divertido.

Las runas arden.

La niña sonríe.

Mi juramento es eterno.

Poso mi diestra en la madera carcomida del portón y este se abre con estrépito. He llegado, ya estoy en casa. La lucha se acerca.

Me preparo. Ardo en deseos de entrar en combate, de comenzar la refriega, pero nadie me sale al encuentro. Todo es silencio en el interior de las murallas. Todo es penuria y sufrimiento allí dentro. Ni siquiera la nieve ha osado profanar aquella tumba.

Recuerdo este castillo, ya estuve aquí en el pasado.

Aquí inicié una revolución. Yo, que era el paladín del Mal, su arma más mortífera, su aprendiz. Yo que era su mano derecha inicié una revuelta… y fue allí mismo. Eso lo recuerdo y recuerdo que la culpa la tuvo Ella.

Ella, a la que odiaba y amaba al mismo tiempo.

El Mal nos odió a ambos, pero más a mí, que había sido su aliado, el general de sus huestes infernales. Por eso mi condena fue más cruel, por eso continúo errando a través de este mundo sin consuelo, condenado por toda la eternidad. Por eso tuve que matarla para poder salvar al resto de los hombres, a mis enemigos ancestrales.

Un fogonazo de recuerdos me fustiga.

Mi vida pasada pasea frente a mí como un azote, pero mi castigo es no tener nunca el recuerdo, perderlo siempre.

Ella fue la causante de mi desgracia.

Nunca sufrí tanto como cuando decidí enfrentarme al Mal.

Soy mi propio enemigo.

Pero está ella. Esta pequeña es mi tabla de salvación, es mi juramento, es la que hace que sea algo más que una sombra sin rumbo. Gracias a esta pequeña y a sus runas de plata soy mucho más que un vulgar asesino, gracias a ella estoy aquí, firme frente al enemigo, con la espada en la mano, esperando.

Adelante.

Que todos tiemblen, pues el azote del mundo ha llegado a su destino.