17 de marzo de 2011

La Dama del Claro XXVII

Me adentro en la fortaleza y el portón se cierra a mi espalda.

Sonrío.

Camino sin prisa, saboreando el encuentro de antemano, saboreando cada alma que mi espada siegue en honor de la pecosa, tenía razón, somos viejos amigos, ahora soy capaz de recordarlo todo con nitidez, ahora sé quién soy. Ahora sé que en este castillo se encierra la clave de mi condena, que puedo dar marcha atrás y volver a ser quien era. Mi castigo puede ser borrado, puedo volver a ser el adalid de la noche, el general oscuro, la siniestra guadaña de la muerte.

Ahora lo recuerdo.

Sé quién soy.

Miro a la niña. Ya no me mira, ya no sonríe. Se ha quedado dormida y ni siquiera sus runas de plata se dignan a lucir. No me teme, esta niña sigue sin temerme, a pesar de saber quién soy sigue tranquila en brazos de un asesino despiadado. De un heraldo insaciable del Mal…

Peor para ella, puede arrepentirse.

A los pocos pasos me topo con las caras llenas de pústulas y heridas de tres hombres ajusticiados. Sus gestos son los de aquellos que han sufrido lo indecible antes de morir, los tres están clavados en picas, como siniestra bienvenida a visitantes inesperados, sobre ellos hay cuervos que picotean y rasgan su piel oscurecida por la muerte. No me impresiona, he visto cosas peores, he hecho cosas peores.

Continúo y llego a una plaza ennegrecida por el fuego. Centenares de cadáveres se arraciman unos sobre otros. Recuerdo el sitio, recuerdo los cuerpos lanzados desde las catapultas al interior de las murallas, Recuerdo la viruela y la lepra y la peste. Recuerdo cómo disfrutaban las bestias que yo gobernaba cuando ensartaban a los hombres con sus armas. Recuerdo cómo disfrutaba yo mismo en la batalla.

El sitio fue terrible. Pero los humanos fueron valientes, no se rindieron, lucharon hasta el final y cuando ya no tenían fuerzas para hacerlo siguieron peleando hasta que todos cayeron bajo el filo de las armas o las garras…

No todos tuvieron la suerte de morir.

No todos murieron…

Otros fueron apresados.

Mi caminar me lleva entre las jaulas de hierros oxidados en los que se apiñaban los supervivientes. Jaulas que les llevarían al sur, a las minas de sal y carbón. Jaulas en las que muchos morirían antes de alcanzar cualquier destino.

Jaulas sangrientas.

Una mano se asoma entre los barrotes de una de esas jaulas. Una mano infantil, roñosa y ensangrentada.

No vayas, no mires esa jaula, no juegues con el destino, Ahora puedes volver a ser quien eras, recuerdas hasta el último detalle. No mires tras los barrotes de esa jaula. No, no vayas.

Me acerco a la jaula.

Aleph.

Roña y sangre recorren un brazo infantil. Un ogro lanza un latigazo y el brazo del pequeño se contrae, la sangre brota a chorros del brazo encogido, pero mientras me acerco vuelve a extenderse, valiente, decidido, arrogante.

No vayas.

Me acerco a los barrotes y cuando el ogro lanza un nuevo latigazo se topa con mi brazo desnudo. Dejo que el látigo desgarre mi carne y después lanzo una mirada repleta de odio a la bestia, que huye despavorida.

No debería asomarme a los barrotes, no debería mirar de quién es ese brazo. Lo recuerdo todo, lo recuerdo todo y sé que es un error mirar hacia dentro, hacia la oscuridad y la muerte y la mugre y el miedo y la sangre… es un error.

Pero la niña se encuentra a salvo entre mis brazos.

Y ella me ha guiado.

Y mi alma se conmueve una vez más, como entonces.

Aleph.

No debería haber mirado…

Y, como entonces, mi cólera se hace eterna y me embriaga de dolor.

Allí dentro está el pequeño que perdí en la ciudad. Malherido, roñoso, desnutrido, enfermo, moribundo… allí está el pequeño que perdí. Yo le he hecho esto. Yo le he condenado.

Mi rugido hace temblar los cimientos del castillo, mi ejército se detiene sin saber qué es lo que ocurre, qué me hace temblar de esa manera.

Los humanos tiemblan de terror.

Ahora lo recuerdo todo. Podría dar marcha atrás, podría olvidarme de él, podría volver a ser parte de la noche… pero ella está conmigo y mi juramento es eterno.

Ahora lo recuerdo todo. Aleph. Lo siento pequeño, lo siento tanto…

Sollozo… ¿qué hago sollozando?

La ira remueve mi conciencia. Aunque cierre los ojos sigo viendo la sangre y la roña y la muerte en la piel de mi pequeño.

Lo perdí y acabo de encontrarlo. Ya estoy condenado.

Lo sabía, no debería haber mirado entre aquellos barrotes oxidados.

Mi espada negra está en mis manos y antes de darme cuenta de lo que hago empieza la matanza.

Aleph…

1 comentarios :

La atalaya de la bruja dijo...

Impresionante. Me gusta mucho el giro. Espectante ante el próximo capitulo.