18 de marzo de 2011

La Dama del Claro XXVIII


Ishbell.

Ahora te recuerdo.

Ahora sé quién soy y por fin te recuerdo.

Ishbell, mi querida Ishbell. La del sol oculto entre sus rizos de oro y la mirada limpia como un claro bajo la luz de la luna. No sabes cuánto te he echado de menos en mi destierro, no sabes cuánto te he añorado en estos años, no sabes cuánto te amé por fin al perderte para siempre…

Ishbell…

No quedará piedra sobre piedra.

El Mal te alejó de mi lado… el Mal y mi pérdida, mi terrible pérdida. Perdí a Aleph en la ciudad, allí, en el sitio de Yoll´bell perdí mi alma. La perdí para encontrarla oculta en una jaula oxidada, la encontré pútrida y desnutrida. Te amaba Ishbell, no sabes cuánto te amaba. Pero perdí al niño ¡lo perdí! Y al encontrarlo supe al fin cuánto dolor había causado, supe el sufrimiento que mis actos provocaban.

Nunca dejé de odiarte, nunca dejé de morir por ti, nunca dejé de amarte. Eras una cadena inquebrantable, las raíces que me mantenían en la tierra. Gracias a ti no llegué a perderme del todo, un resquicio de mí se quedó en alguna parte de tus rizos, escondido en tus pupilas… un resquicio que se hizo un todo al ver a aquel pequeño enjaulado como una alimaña.

Yo era el Mal, yo era el causante último del mal que sufría el pequeño que había de cuidar.

Había jurado proteger su vida de cualquier peligro… y fui yo… fui yo Ishbell, fui yo quien le maté, quien le convirtió en un despojo ensagrentado…

Fui yo…

¡Por todos los demonios del Abismo! ¡Fui yo!

Tú fuiste la que hizo que sintiese compasión, tú me obligaste a cuidarle… y te fallé, me fallé a mí mismo. Te odio Ishbell, te odio, nunca antes había odiado de esta forma, por tu causa… fui yo… yo fallé. Hiciste que sintiese compasión y por primera vez en mi vida algo me dañó de veras.

Fuiste tú Ishbell…

Me dañaste.

La visión del niño tras los barrotes me hizo enloquecer, me desterró del mundo que conocía, me convirtió en un proscrito, en un enemigo de mis antiguos aliados. La visión del niño…

Estoy sollozando… ¿por qué sollozo?

En mis brazos algo se remueve y me hace volver al presente. Es la niña, la niña está inquieta y llora, está llorando. Algo la ha asustado. Miro a las jaulas de barrotes oxidados, están vacías… el niño ya no está. Fallé en el pasado… fallé… y eso me volvió loco…

La niña está llorando.

Esta vez nadie me ha obligado a cuidar de ella, yo he elegido protegerla, lo he jurado. En el pasado no fui capaz de mantener mi juramento, fallé, no volverá a ocurrir… nunca más romperé un juramento.

No quedará piedra sobre piedra…

Se acercan, mis propias tropas se acercan a mí, me rodean… aquella vez también me rodearon. De pronto las jaulas vuelven a estar llenas de despojos con apariencia de hombres… y en el fondo de una de ellas le veo, allí está, allí está el pequeño que juré proteger… mi respiración se agita, mi pecho arde, mis puños se contraen. Esto ha dejado de ser un viaje, es algo más. Sé que es algo más.

La pequeña sigue llorando y es entonces cuando veo de nuevo a Ishbell, mi amada, la mujer que más he odiado en toda mi existencia. Allí está, tras las filas de enemigos que corren a mi encuentro. Estoy preparado para la batalla.

Mi espada negra rompe los candados de las jaulas y una multitud de harapos intenta huir desesperada, las flechas emponzoñadas de mis bestias acribillan a los hombres… en mi intento de salvarles he terminado de condenarles a la muerte.

Aleph…

Nunca volví a ver a mi pequeño. Había jurado protegerle…

Maldita seas Ishbell. Me obligaste a sentir compasión. Maldita seas…

Miro a la pequeña, vuelve a estar tranquila, sabe que esta vez no fallaré, sabe que esta vez cumpliré mi juramento.

Sonrió con calma aunque mis enemigos me acechen a la carrera y enarbolando rugidos de venganza. Ya he pasado por este trance y sé cómo va a terminar. El viaje ha concluido.

Deposito a la pequeña en una de las jaulas con ternura. No quiero tenerla entre mis brazos para lo que estoy a punto de hacer… les veo llegar con la ira y la sangre en los ojos. Las runas arden en mi piel, pero la runa de plata que ella me ha regalado hace que ya no me duela su fuego, es un presente.

La espada negra está en mis manos, un ejército de bestias corre hacia mí y yo sonrío con tristeza.

No quedará piedra sobre piedra.

Estamos todos condenados.

La batalla es atroz.

Dejo que los primeros atacantes se acerquen y los parto en dos con un único mandoble. Varias flechas se clavan en mi pecho, pero las arranco de cuajo mientras emito un grito de cólera. Hasta aquí ha durado su ataque. Ahora llega mi turno.

La batalla solo dura unos minutos, no me ha hecho falta mucho más.

Regreso a por la pequeña, sigue dormida. La regojo con cuidado y la envuelvo con mi brazo. La espada ha vuelto a cobijarse tras mi carne. La fortaleza se desmorona, la tierra tiembla, he vuelto a cumplir con mi palabra.

Atravieso ríos de sangre que se cruzan bajo mis pies y evito los cuerpos de los enemigos derribados. Truena y empieza a llover. Podría correr, podría correr a cobijarme, pero dejo que la lluvia nos empape y limpie los restos sanguinolentos que me cubren. He vencido, una vez más he cumplido el juramento.

Esta vez no perderé a mi protegida.

Esta vez el juramento es eterno.

Ishbell no volveré a fallarte jamás.

Abandono la fortaleza caminando con desgana. Mi mundo ha quedado atrás, como ya quedó en el pasado, el viaje ha terminado. Nunca perdonaré que Ishbell me perdonase antes de morir. Nunca podré perdonarla por obligarme a matarla. La odio, la odio tanto…

Mis lágrimas se confunden con la lluvia que me empapa, pero sé que estoy llorando, lo sé… y ella lo sabe.

Atrás, bajo el umbral de piedra de la fortaleza derruida, una mujer esbelta de cabellos dorados, piel blanca y mirada cristalina mira cómo me marcho. Puedo sentirla a mi espalda, puedo verla, puedo recordarla… ahora puedo… y desearía no haberla recordado jamás. El dolor es demasiado profundo para seguir adelante… y aun así, continúo caminando.

El viaje ha concluido, lo presiento.

Ya estoy en el norte aunque aún no haya alcanzado mi destino último.

Lo siento Aleph, siento haberte fallado.

Miro a la pequeña y no puedo evitar sentir calor en su presencia. Esta vez mi juramento es irrompible, esta vez no habrá quien lo quebrante. Esta vez no fallaré… esa es mi promesa.

La niña sonríe entre mis brazos.