7 de abril de 2011

La Dama del Claro XXXII



Estoy en paz.

He llegado al norte.

Por fin estoy en paz.

Y de pronto algo turba mi descanso, algo hace que intente levantarme.

Y allí están, ante mí, las pecas traviesas de la Muerte. Por fin… pero algo no encaja, algo no está bien. Muerte no está sola, ¿quién es esa mujer que la acompaña? La furia me invade y todo remedo de paz desaparece de mi cuerpo. Siento que la cólera regresa y azota mi alma. ¿Qué está ocurriendo aquí?

Escucho una sonrisa. Es la niña, está riendo a carcajadas, mientras que los dos lobos están sentados junto a ella, protectores, pero tranquilos, demasiado tranquilos. Noto mi cuerpo fuerte y descansado y mi sorpresa crece al ver que ya no estoy herido y que las runas han vuelto a mi brazo. Soy yo, otra vez, completo. ¿Por qué? ¿Acaso no me he ganado aún el descanso?

Escucho nuevas risas. Son las pecas de la Muerte las que ríen y yo no puedo menos que estremecerme.

Intento levantarme, he jurado protegerla. He jurado mantener las pecas alejadas de ella. Esta niña no merece morir y Muerte lo sabe, me lo había prometido, éramos amigos en el pasado, confiaba en ella, ¿por qué ser ríe? ¿Qué le resulta tan gracioso?

Mis heridas ya no duelen, al menos las físicas, aunque el recuerdo de Ishbell y Aleph es la peor de mis heridas, es una herida que no sanará jamás. Intento levantarme.

No puedo. No puedo levantarme.

He jurado proteger a la pequeña, ¿por qué ni siquiera puedo levantarme?

Me siento débil e inútil ante las pecas de la Muerte, ¿quién está con ella? ¿Qué es esa luz que irradia? ¿De qué se ríen?

Muerte me mira a través de sus ojos claros y sus pecas me indican que me calme. Debería creerla, podría llevársela si quisiera, pero aún no lo ha hecho. Podría llevársela y yo sería incapaz de impedírselo. Lo sé, siempre lo he sabido.

Y la pequeña sonríe junto a los lobos, no hay temor en su mirada. Solo yo me siento inquieto y aturdido.

¿Esto era el norte? ¿Para esto he realizad un viaje tan largo?

No es posible. Hay algo más. Tiene que haber algo más.

Este es mi castigo. Ahora lo sé. Este es el castigo que me impuse después de matarla… después de perder a Aleph… este es mi propio castigo. Sé que era inevitable, que había realizado un juramento y no podía romperlo, sé que me vi obligado y que no tuve otra opción, pero la maté ¡Por todos los demonios del abismo, la maté! ¡Maté a Ishbell! Y no pude menos que condenarme a un destierro eterno. No pude menos que ocultar mis runas malditas y mi alma marchita.

Yo mismo me desterré a esta lucha eterna en la que habito.

Había realizado un juramento.

Mi castigo era para siempre. Muerte me ayudó… hace tantos años de entonces, llevo tanto tiempo buscando el norte y persiguiendo el fantasma de mi amada. Llevo tanto tiempo…

Había realizado un juramento. No pretendo comprenderlo ni justificarlo. No habrá perdón, mi castigo es para siempre. Yo la maté, yo los maté a todos…

Y ella me ha elegido. Esta pequeña me ha elegido, nuestras almas están vinculadas… y Muerte se ríe de mí por mi estupidez, por creer que habrá perdón para mi alma, que puedo encontrar el norte. Maldito iluso.

Pero ella me ha elegido. He realizado un nuevo juramento y sí, estoy en el norte. He llegado al mar… estoy cerca de la salida de este Infierno en el que me he condenado a mí mismo.

Estoy en el norte, podría volver… podría…

No. Hice un juramento y mi castigo será eterno.

Aunque ella me haya elegido…

Esto no estaba previsto, esta pequeña no estaba en mis planes. Ni tampoco volver a encontrarme con la Muerte.

Creo que finalmente he terminado por enloquecer, tal y como predijo aquella bruja hace tantos años.

Intento levantarme. Tengo que defender a la pequeña. He jurado que lo haría…

Esgrimo toda mi fuerza de voluntad para ponerme en pie y un dolor lacerante recorre mi cabeza.

Vuelvo a la oscuridad total…