30 de abril de 2011

La Dama del Claro XXXIII - 3ª Parte


La cacería - 3ª Parte

El rugido es demasiado intenso como para proceder de un oso o cualquier otro animal de este bosque. Sonrío. Al final resulta que Ullha tenía un último as en la manga. Me encanta que las presas combatan hasta el final. Antes de verlo aparecer por encima de las copas de los árboles ya sospecho que se trata de un Abisal, un ser de los infiernos rescatado de su castigo eterno por un hechizo convocador de mi enemiga. Chica lista, los abisales son peligrosos asesinos, criaturas mortíferas a las que casi nadie se ha enfrentado jamás y que provocan el pánico al dejarse ver en este mundo.

Lástima que yo no sea humano, si hubiese sido así, probablemente ella habría vencido en este combate. Lástima para ella, porque ni siquiera esta jugada maestra la servirá para sobrevivir a la mañana.

Escucho el viscoso sonido de su arrastre a través de la nieve. De pronto el cielo se ha tornado de oscuros y ocres, ¿qué criatura ha convocado? ¿Sabe que una vez convocados los abisales son imparables e incontrolables? Lo dudo, solo busca sobrevivir a mí desesperadamente, sin pensar en las consecuencias que pueden acarrear sus actos.

He estudiado a los Abisales, mi familia poseía una biblioteca muy rica que yo he tenido siglos y siglos para degustar a placer. Nadie, ni siquiera Padre, conoce a todas las razas de Abisales encerrados en el otro plano, condenados a vagar entre la nada durante toda la eternidad, hasta que algún humano engreído o un dios aburrido decide hacerles regresar al mundo del que fueron expulsados en los albores del tiempo. Los Abisales son demonios poderosos, repletos de un aura de magia sobrenatural que les confiere un poder inimaginable. No sé si habrá en todo el mundo alguien capaz de detener a un Abisal despertado… alguien además de mí.

Me preparo, sé que un gran porcentaje de la victoria en este combate está en afrontar el combate como es debido, en discernir lo antes posible qué tipo de Abisal es y cuáles pueden ser sus puntos débiles, si es que los tiene. Ya me he enfrentado con seres semejantes en el pasado y siempre he estado cerca de la muerte. Es imposible enfrentarse a uno de ellos y no acabar herido o muerto.

El rugido hace temblar la tierra bajo mis pies desnudos, provocando ruidosos aludes a mi alrededor. Sus pisadas son veloces y profundas, pero además se arrastra con un sonido que provocaría arcadas a muchos hombres acostumbrados a la guerra y las muertes violentas.

Por fin aparece ante mis ojos y mi sonrisa se ensancha, es un ser con el que no me he topado en el pasado, un peligro real, un enemigo formidable, un desafío a mi habilidad como guerrero.

Desde la oscuridad de un cuerpo semejante a una rocosa y puntiaguda montaña repleta de afilados farallones, me otean tres ojos amarillos velados en sangre y venas de color púrpura oscuro. Intento compararlo con un ser terrestre, pero la comparación me termina resultando imposible, no hay en todo el mundo una criatura como esta. Ullha ha logrado invocar a un ser terrible, seguro que se siente a salvo montaña arriba, lejos de mi espada justiciera, seguro que me toma por muerto. Necia, no sabe con quién se la está jugando.

El Abisal abre una gigantesca mandíbula donde podrían caber hasta cuatro caballos de una sola tacada, mostrando sus colmillos desiguales y afilados. Me ha visto, sus tres ojos amarillos han reparado en mi presencia. Se detiene un segundo frente a mí, como si calibrase sus posibilidades en la lucha, como si me tomase por un enemigo a tener en cuenta, aunque sé que esa es únicamente una pose, los abisales saben de su poder y consideran que no hay ser más poderoso en la Creación que ellos mismos. Dejo que se acerque a mí, tras la mole que es su cuerpo, una cola gruesa y repleta de púas de acero golpea y troncha árboles casi sin querer.

La batalla va a ser larga y dura, pero muy divertida.

Me lanzo a la carga, sin temor, ya he decidido qué punto de su mole voy a atacar en primer lugar. Ya he decidido cómo voy a matarlo.

Mientras corro hacia el Abisal veo que las pupilas de sus tres ojos amarillentos se retraen de temor al verme correr, supongo que en toda su existencia no se habrá topado jamás con una criatura de aspecto tan frágil corriendo a su encuentro en vez de huyendo con todas sus fuerzas, sin resultado, por supuesto.

Con un salto me sitúo frente a sus tres ojos y mi espada negra atraviesa uno de ellos, provocando un chorro de sangre púrpura que me envuelve por completo. Está caliente –pienso, mientras el Abisal ruge de dolor y quiebra más de un centenar de árboles con las púas de su cola.