7 de abril de 2011

La Dama del Claro XXXIII


La cacería - Parte 1

Vienen hacia mí. Cualquier otro temblaría ante su acometida, yo me limito a sonreír y a cerrar los ojos. No son rivales para mí, lo sé. Por eso necesito darles una mínima oportunidad de derrotarme, aunque esta sea tan escasa que casi siento lástima por ellos, casi.

Ni siquiera uso un arma, no la necesito para encargarme de ellos. Atrás ha quedado el fuego y la batalla y la muerte. Mi agudo sentido del oído puede escuchar el lamento de los heridos y el estertor de los difuntos antes de apagarse y marcharse de este mundo. Atrás ha quedado la guerra. Ahora persigo. Ahora soy un cazador. Pero antes de la persecución, de la excitante caza, he de encargarme de este minúsculo obstáculo que se abalanza sobre mí como una ola salvaje.

Visten de negro y rojo, por los tatuajes de su piel deduzco que pertenecen al gremio de los Asesinos, es evidente que están con ella y que los ha enviado a detenerme. Mi sonrisa se ensancha aún más al pensar en la crueldad de mi presa, tanto ella como yo sabemos que no son rivales para mí. Supongo que no la importará demasiado lo que les pase. Un problema menos, no quiero enfrentarme a una mujer despechada. Eso sí que es peligroso.

Ya están cerca. Puedo escuchar sus pisadas en la nieve y oler su miedo, pero lo que les delata es su violencia, su ira incontenible. Estúpidos, no se puede ir al combate con violencia, hay que actuar con inteligencia y sangre fría. Hay que saber mantener la calma. Esto no será demasiado complicado. Podría eludir entrar en combate con ellos, escabullirme y hacer que me siguiesen montaña arriba durante toda la noche. Pero tengo prisa, Ella me espera, mi víctima, mi presa… no tiene escapatoria y lo sabe. Mas al menos la ofrezco el intentarlo, soy un cazador generoso.

Podría perdonar sus vidas. Podría hacerlo, pero si lo hiciese no sería yo. No hay enemigo que escape, no hay heridos ni prisioneros en la lucha. Todos los combates son a muerte, tal y como mi padre me enseñó de niño.

Todos los combates son a muerte.

Cada miembro del grupo que me ataca me dobla en peso y en altura. Algunos tienen a la vista músculos que yo ni siquiera sabía que existían. Son fuertes, cualquiera temblaría ante su ataque y yo, sin embargo, me limito a esperarles llegar y sonrío al pensar en la desagradable sorpresa que están a punto de llevarse. Tantos años de entrenamientos y luchas para acabar enfrentados a mí… pobrecillos, no saben la que les espera. Ninguno de ellos sabe todavía que no verá salir la luna esta noche.

Qué ironía, sobrevivir a la batalla más cruenta de toda la historia de los hombres, para acabar muriendo en un combate en el que no pueden ni soñar ganar, aunque ellos no lo sepan. Podría apiadarme de ellos…

Podría…

Pero sé que no lo haré. Estoy de caza y cuando soy cazador no hay nadie que me detenga. Mi presa me lleva ventaja. No importa. No tiene escapatoria.

Ya los tengo encima.

Ni siquiera uso un arma.

Sus ataques son lentos y previsibles, su fuerza es demasiado bruta, no piensan. No son buenos guerreros. Podría enseñarles, podría hacerles soldados de élite… pero ya no soy ese hombre. He cambiado. Solo soy un guerrero, un cazador… y mi presa está muy lejos.

Pronto, la sangre del primero de ellos empapa la nieve que pisamos. Antes de darse cuenta o de poder emitir un quejido de dolor, está muerto. Demasiado fácil. El combate apenas dura unos segundos.

Al cabo de un suspiro, estoy solo en la nieve. A mi alrededor se amontonan los cadáveres y las entrañas de mis últimos enemigos. A lo lejos escucho los gemidos y los lamentos de los heridos.

Levanto la mirada.

Aún no he terminado.

Mi presa me lleva ventaja, pero no verá la luz del día siguiente.

Desnudo, corro sobre la nieve en su busca. Soy un cazador.

No tiene escapatoria.

No cuando quien la sigue soy yo.

Casi siento lástima por ella.