11 de mayo de 2011

Inmóvil


Me quedé parado. No supe qué hacer ni qué decir. No pude mover ni un solo músculo. Lo había visto todo desde un puesto privilegiado, era un testigo de excepción. Aunque siempre había soñado con ser el protagonista de mi propia historia, me convertí en un simple espectador de lo que sucedía. No era más que público indeciso de mi propia existencia. Por dentro alguien me gritaba que actuase, pero...

...no pude hacer caso de esa voz acusadora que me impelía a moverme, que me chillaba y me recriminaba mi pasividad. No hice nada, no moví un solo músculo. Parecía sumido en una de esas pesadillas en las que sabes que eres capaz de hacer algo pero, a los pocos segundos de haberlo hecho, cuando más lo necesitas, te es negado. Ni siquiera cambié el gesto, parecía una réplica en cera de mí mismo.

Ni siquiera cuando la sangre tiñó las paredes hice nada por evitarlo. Presencié el brutal asesinato como si no estuviese presente, como si lo contemplase a través del velo impermeable de una pantalla de televisión de última generación. Mientras me desplomaba, pensé que era una pena morir así, desangrado a causa de una cuchillada en el estómago. Con todo lo que me quedaba de vida era una pena no haber luchado por sobrevivir.

2 comentarios :

Un corazón enamorado dijo...

Qué fuerte debe ser vivir la muerte en carne propia y al mismo tiempo sentirse impotente. Trágico conflicto, gran descripción en pocas letras, bien entrelazadas.

Polo dijo...

un texto sorprendente! Sigue así!
Saludos! :-)