7 de junio de 2011

Lluvia en la Feria del Libro

La tormenta resonó en el horizonte y un destello fulgurante iluminó las cubiertas de los libros refugiados bajo los toldos de lona que, poco a poco, se inundaban de agua, amenazando con desparramar su hielo sobre los incautos viandantes y convirtiéndose en los únicos refugios inciertos bajo los que cobijarse de la lluvia.

Como pudo y empujando a codazos a un par de señoras rubicundas, armadas con arrugas que ya contaban canas y ojos de querer y no poder, el joven se refugió bajo la endeble tela, rumiando una maldición contra el dios de la lluvia y procurando que los libros comprados y debidamente firmados esa misma tarde, no se empapasen con el líquido elemento, que continuaba cayendo inclemente sobre su cabeza.

Una vez acomodado en el refugio, seguro de que sus adquisiciones estaban a cubierto y haciendo caso omiso de las protestas airadas emitidas a voz en grito por las dos señoronas, se deleitó con el repiqueteo de los truenos y el tronar inclemente de la lluvia torrencial. Se sentía a la par alegre y ofuscado por el irrumpir de la tormenta… una tormenta que acababa de interrumpir su tarde perfecta. Entonces la vio. Una belleza morena que avanzaba tranquilamente bajo el llanto grisáceo de las nubes. Sus ojos recorrieron cada paso dado, cada contoneo, cada gota de agua colándose por donde él soñaba podrían colarse sus dedos o sus labios…

Ella le miró. Solo fue un segundo, como de pasada, pero una sonrisa que sonaba a invitación iluminó aquella cara, aquel pedazo de cielo azul bajo la tormenta y el joven se volvió un segundo hacia las señoronas con la mejor de sus sonrisas en el rostro. Cada una de aquellas viejas recibió con estupor el regalo de un libro comprado y firmado aquella tarde, un libro que nunca leerían. Ella caminaba tranquila, mesándose el pelo sin prisa, sacudiendo la lluvia con su caminar pausado.

Sin libros en la mano, sin nada que proteger de la lluvia, sin ataduras, libre al fin, el joven se dejó llevar hasta la muchacha, la abrazó por la cintura y, sin decir nada, caminó junto a ella bajo la tormenta…