28 de julio de 2011

¡Comida!


Sobrecogido, el buitre creyó atisbar en el lejano suelo un bulto oscuro que parecía comida ¡por fin! Llevaba días sin probar bocado alguno y empezaba a estar hambriento de verdad. Aprovechó las corrientes cálidas para descender lo más rápidamente posible y poco a poco, las grietas del suelo yermo se fueron haciendo más y más evidentes. ¡Maldita sequía! Estaba acabando con todo y los cadáveres muertos de deshidratación no eran nada apetecibles.

En fin, la vida en aquellos parajes nunca había sido sencilla y ahí seguía, era un superviviente nato y además no le hacía ascos a nada, así era más fácil sobrevivir… pero al llegar al suelo no pudo evitar un gemido consternado. Un niño humano, un pequeño de unos dos o tres años con aspecto de anciano decrépito se arrastraba por el suelo, daba pena ver aquella desvalida criatura.

No es que al buitre le cayesen bien los humanos, la verdad es que eran una raza odiosa y malcarada, un auténtico mal endémico que no paraba de propagarse por toda la tierra, no, no le caían nada bien los hombres, pero incluso para él se hacía complicado estar ante ese niño, era algo antinatural.

Tenía un hambre terrible, aquel niño era un saco de huesos, pero incluso de ese esqueleto negro podría extraer carne, siempre lo hacía… se acercó al pequeño, abrió el pico y entonces el niño abrió los ojos y le miró. El buitre quedó conmocionado, nunca antes había visto tanta tristeza en una mirada…

Se marchó volando de allí con un nudo en el estómago. Al cabo de una hora regresó al lugar, iba acompañado de un elefante y una hiena. La hiena llevaba en la boca comida que había robado en el campo de refugiados situado a apenas quinientos metros del lugar en el que el pequeño había caído y el elefante llevaba varios litros de agua con los que, primero bañó al niño y después le dio de beber.

Recuperado ínfimamente, el niño se levantó y continuó caminando hacia el campamento. Los tres animales se miraron satisfechos, había otorgado una mínima oportunidad a ese niño perdido y abandonado, habían obrado un diminuto gran milagro en aquella tierra cuarteada y vacía. Sonreían en mutua camaradería.

Pero en ese momento llegó el ratón, el más pequeño de los cuatro, que se había entretenido royendo un poquito de maíz en el almacén del campamento y les preguntó por qué sonreían tan contentos. El buitre, el elefante y la hiena le explicaron su hazaña y su buena acción. Y en ese momento el ratón sintió que se le saltaban las lágrimas.

Señaló a sus tres amigos que mirasen a sus espaldas y los cuatro lloraron amargamente al ver los miles de niños que se arrastraban por el suelo, sin comida, sin agua, sin fuerzas, sin fe, sin esperanzas…

Los cuatro fueron sacudidos por un tusnami silencioso que apenas nadie conocía, una fuerza imparable que se miraba con indiferencia en gran parte del mundo.

2 comentarios :

tanqueta dijo...

genial, un magnifico uso de la fabula, para contar una realidad que nadie quiere que le cuenten....

Javi dijo...

Gracias, hay que hacer todo lo posible para que esto no sea lo normal, hay que gritarlo de cualquier forma y en cualquier momento. No podemos permitirlo, ¡este asunto sí es para estar indigando!