11 de julio de 2011

El Solitario. II


Se detuvo antes de alcanzar el pueblo. Había algo que no le gustaba en el ambiente. Su instinto le gritaba que se diese la vuelta y regresara a su cabaña… solía hacer mucho casi de su instinto, en más de una ocasión le había salvado la vida y no iba esta a ser la primera vez que dejase de hacerse caso. Además, sabía que algo extraño e irreal ocurría. Los huidizos animales eran prueba más que evidente de ello, pero además estaba también esa sensación de peligro inminente que parecía encorsetada en su garganta y anudaba su estómago desde la noche anterior. Presentía que ocurría algo extraño y que la calle principal de Long Town estuviese vacía a primera hora de la mañana no ayudaba a que se tranquilizase, aquello no era natural, a esas horas la ciudad debería bullir de movimiento.

Escupió en el suelo y meditó la posibilidad de regresar a su apacible vida en la montaña, pero se maldijo por lo bajo. No era alguien que se arredrase así, sin más. No tenía ni un gramo de tabaco, no tenía café. Por más que le jodiese tenía que ir a la tienda del viejo Bill y quizás se tomase un trago con él. Además, hoy le apetecía a horrores acostarse con una de las chicas de Rossie… sí, tal vez esa pelirroja de las pecas y la mirada traviesa… notó el calor de la excitación recorriendo su entrepierna, sabía que las chicas odiaban acostarse con él y que murmuraban a sus espaldas que lo hacía sin un atisbo de placer, pero sí que gozaba con ellas, ¡vaya si lo hacía! El problema es que había decidido ser un tipo duro en cualquier situación y aquella no iba a ser una excepción. De todos modos… sí, esa noche se llevaría a la pelirroja a la cama y le enseñaría algo de su pasión y excitación…

Su humor había mejorado bastante con aquellos pensamientos y por fin decidió bajar al pueblo, sin prestar demasiada atención a la voz interior que le gritaba que se mantuviese en la montaña, que regresase a su casa a todo correr y se preparase para cualquier cosa, porque algo extraño pasaba y no sabía discernir qué era.

Sus espuelas resonaban en cada paso, levantando ecos acompañados por el sinuoso gemir del viento. Un par de bolas de heno volaron ante sus ojos. Nadie se cruzó en su camino. Se le erizó el vello de la nuca y desenfundó sus dos revólveres. A la espalda llevaba un Winchester, como de costumbre, pero algo le dijo que incluso el potente rifle serviría de poco ante lo que estaba por venir. Sacudió la cabeza, enfadado consigo mismo. No iba a permitir que un pueblo vacío y una mente repleta de fantasmas le azorasen. Casi deseaba tener a alguien en quien descargar su frustración ¡maldita sea! ¿Qué coño estaba pasando en ese pueblo?

Llegó ante la puerta de Bill sin encontrarse con nadie y su extrañeza aumentó, pero luego pensó que bien pudiera ser que estuviesen todos en la parroquia, en un entierro o una misa improvisada de ese reverendo achaparrado que ya había intentado convencerle de asistir a su iglesia en, al menos, tres ocasiones y al que la última vez había estado a punto de mandar a su iglesia con los pies por delante. Jon el Solitario no era un tipo de iglesias ni de dioses.

La campanilla de la tienda le dio la bienvenida, pero Bill no estaba al otro lado del mostrador, ni le pidió que aguardase un momento, tampoco estaba por allí su hijo, el pequeño Tomas… y eso fue lo que terminó por advertirle que algo no marchaba como debía. Que algo extraño estaba ocurriendo en Long Town. Ni siquiera un entierro prematuro podría sacar a Bill y a su hijo a la vez de su tienda de comestibles. Jon miró en la tienda sin encontrar nada salvo una ventana rota y restos de sangre. Incluso él, un tipo curtido, tuvo que hacer un gran esfuerzo para no vomitar cuando se topó en el almacén con el cuerpo de Bill… estaba completamente destrozado, con los ojos abiertos en un gesto de dolor imposible de definir y el cuerpo desmadejado, como si una jauría de coyotes furiosos le hubiese devorado. Tenía mordeduras por todas partes y una de sus manos se estiraba en actitud suplicante. El viejo Bill había sufrido lo indecible antes de morir. Jon comprobó con un par de arcadas que las tripas del anciano recorrían buena parte del almacén ¿Qué diablos había pasado allí?

Un ruido serpenteante y un gemido de ultratumba captaron su atención. Jon no era ningún asustadizo, pero se volvió con el terror impregnado en la cara y una urgencia impropia de alguien acostumbrado a los peligros. Algo se arrastraba hacia la tienda, hacia él. Algo que procedía de la vivienda de Bill. Miró una vez más al viejo y supuso que su hijo habría corrido la misma suerte que su padre, con lo que cabía la posibilidad de encontrarse con el pobre tomas con las tripas por el suelo y el cuerpo destrozado a dentelladas. Si era así, Jon se prometió que acabaría con su vida de un solo disparo, no dejaría que el pobre chiquillo sufriese a causa de esas terribles e incurables heridas.

Con un revólver en cada mano regresó a la tienda.

Y fue en ese momento cuando deseó no haber abandonado jamás la comodidad de su cabaña.

Entre él y la puerta de salida se topó con Tomas… el chico tenía una única herida en el hombro derecho, parecía una fea mordedura que tardaría mucho tiempo en cicatrizar y que amenazaba con dejar al chico inválido de su brazo derecho. Jon había visto e intentado curar demasiadas heridas en la guerra como para no saber que una herida es prácticamente incurable. La sangre manaba a chorros por la herida abierta, pero eso no era lo peor. Lo peor era el gesto inerte que pudo apreciar en el rostro del chiquillo, su gemido continuado, la saliva cayendo por las comisuras de su boca abierta, sus movimientos errabundos… aquel chico estaba mal, muy mal. Jon enfundó sus revólveres y se acercó a él, estaba más apenado que enfadado, ¿quién podía haber hecho algo así? ¿Quién podía haber herido a un chiquillo de un modo tan brutal?

Se acercó con la intención de socorrer a Tomas, extendió una mano hacia él, con cuidado, por miedo a asustarlo y solo tuvo una milésima de segundo para apartarla antes de que el chico se la arrancase de un bocado bestial. Jon apreció con aprensión el cambio producido en el rostro del chiquillo. Su mirada distraída se convirtió en un gesto de ira al verle. El ansia era evidente en sus movimientos. Aquel chico quería morderle, ¡maldita sea! ¡Quería morderle! ¡Joder! De un salto Jon se alejó lo suficiente del muchacho como para mirarlo de nuevo y vio el nuevo brillo que adquirían sus ojos sin vida. De pronto su inquietud, sus temores y su instinto le gritaron a la vez que se alejase del chico y que no se dejase tocar por él.

¡Mierda! Por el rabillo del ojo vio que la calle principal de Long Town se llenaba de movimientos titubeantes de personas que se acercaban a la tienda de Bill. No sabía qué había pasado en el pueblo, pero parecía evidente que estaba en peligro, tenía que salir de allí lo más rápido posible y regresar a su hogar. Tenía que averiguar qué diantres había ocurrido allí. ¡Y tenía que marcharse rápido!

Comprobó que los movimientos del niño eran lentos y titubeantes, no creyó que tuviese demasiados problemas en sortearlo y salir de la tienda. Iba a marcharse cuando algo le sujetó por el tobillo y le hizo trastabillar y caer al suelo. Jon profirió un grito de terror. Nunca en toda su vida había gritado de ese modo. Con movimientos torpes y con el pánico a punto de ahogarle se percató de que quien le había aferrado del tobillo era el viejo Bill, su amigo, aquel con el que podía pasar tardes enteras sin acordarse de la soledad y el sosiego de su cabaña de madera. Pero al mirarle descubrió que Bill ya no estaba, que en su lugar había un monstruo imposible de definir, un ser horrendo que pretendía matarle y devorarle. Por un segundo pensó en el dolor que sentiría al ser mordido por una mandíbula humana y se vio como el pobre de su amigo, medio devorado por decenas de mordiscos humanos.

De pronto algo le indicó que el chico estaba muy cerca y abandonó esos pensamientos. Tanto Bill como su hijo estaban a pocos centímetros de él y ambos pretendían morderle. El sonido de cristales rotos le indicó que más y más personas entraban en la tienda. Gimió de terror al escuchar los gemidos ansiosos de aquellas bestias. Estaba bien jodido…