16 de julio de 2011

El Solitario. IV

Calculó que si saltaba al tejado de la tienda de armas podría alcanzar el suelo antes de que muchas de esas bestias estuviesen tan cerca como para resultar peligrosas. Después no sería demasiado complicado subir a lomos de su caballo y alejarse para siempre de Long Town, pero su exiguo plan se quebró de manera repentina al escuchar los relinchos aterrados de su caballo. Asomado a la ventana vio que algunas de aquellas criaturas se cebaban con el noble animal y le arrancaban pedazos de carne sin importarles las coces que este les propinaba. Oteó con orgullo que su montura quebraba el cerebro de dos de esos monstruos antes de perecer bajo el ataque de su hambre y se obligó a ver el terrible espectáculo de sangre y muerte que se desencadenó a continuación, cuando su caballo, débil y herido, ya no fue capaz de hacer frente a esos seres. Así acabaría él si no era capaz de mantenerlos a ralla.

Y entonces escuchó el grito.

Era un grito de mujer. Sonaba repleto de terror y algo se removió en el corazón del aventurero. No era ningún héroe. En la guerra solo había sobrevivido gracias a la ayuda de los demás y a que había sabido escabullirse en los peores momentos, pero no era ningún torpe en el arte de la lucha a muerte, se había librado de morir, gracias a sus propios medios, en más de una docena de ocasiones, no es que hubiese usado sus artes para ayudar casi nunca a los demás… su lema era “tú la haces, tú la pagas”, pero algo le decía que aquella situación no era culpa de nadie en especial y aquella sensación le impulsaba a socorrer a cualquiera que se viese atacado por aquellos engendros. El grito volvió a llegarle, esta vez nítido y claro. Sonaba tremendamente aterrado. No le hizo falta demasiado para saber que procedía del Salón y se maldijo por su mala suerte, con lo bien que se lo podría haber pasado en aquel lugar esa noche…

Enfundó la Winchester en el asidero situado a su espalda, afianzó su saca, aseguró los revólveres en el cinto después de recargarlos y agarró con fuerza el sombrero polvoriento antes de lanzarse desde el tejado y correr hacia el Salón. Para llegar allí tuvo que descerrajar de tres disparos a tres de los vecinos del pueblo, a los que, detrás de la sangre y la mirada de odio que le lanzaron, descubrió al herrero y a dos vaqueros con los que habitualmente jugaba a las cartas. Antes de penetrar en el Salón comprobó con estupor que casi la totalidad de los vecinos de Long Town se dirigían hacia allí, como si un instinto primario e inviolable les advirtiese de que allí había alguien con vida.

Entrar en el Salón resultó una odisea. No había un solo movimiento en su interior, no había música ni risas ni broncas… Jon tuvo que hacer un gran esfuerzo para percatarse de que en realidad estaba allí dentro. Algunas mesas estaban volcadas y había restos de lucha por todas partes. Aquí y allá había cadáveres desmadejados y olvidados en posturas imposibles. La sangre salpicaba las cartas, la ruleta e incluso el cuerpo sin vida de Mary, la Madamme, que estaba tumbado boca arriba sobre la barra, con un cuchillo sobresaliendo de su corazón y tres tiros en el estómago. Escuchó de nuevo un grito, además de un siniestro sonido de arrastre sobre su cabeza. Jon examinó la decena de cuerpos que encontró en el Salón para comprobar que estaban muertos del todo antes de subir las escaleras. Los gritos procedían del primer piso.

Al alcanzar los primeros escalones escuchó el conocido quejido de las bisagras de la puerta abatible y supo que por allí ya no podría salir. No era nada creyente, pero se santiguó tres veces antes de subir los escalones.

Subió despacio, haciendo el menor ruido posible. Pero incluso haciéndolo de esa manera, al llegar arriba, ya tenía tres tipos buscando sus tripas y su vida. Jon reconoció a los banqueros de Long Town, los hermanos Henry, y a Lucas, el tabernero y se maldijo por pensar en ellos como si fuesen personas. Aquellos ya no eran quienes el había conocido, no eran más que monstruos y carroña para los buitres.