19 de julio de 2011

El Solitario. V


Usando el arma de Bill acabó con los tres engendros lo más rápido posible y cuando ya sentía que los primeros monstruos alcanzaban el pie de la escalera saltó hacia adelante, acelerando el paso al escuchar un nuevo grito. Llegó al pasillo de las habitaciones. Haciendo un repaso rápido del lugar se dijo que había visitado todas y cada una de esas habitaciones, probablemente con una chica nueva cada vez. Volvió a recordar a la muchacha pelirroja, pero esta vez el deseo y la lujuria no tenían nada que ver con sus sentimientos. Pensaba dónde estaría, en los ojos inocentes que había descubierto en ella hacía un par de meses y en cómo habría sido esa chica de no verse obligada a servir en un Salón. El pasillo estaba a oscuras, no se escuchaba un solo ruido o paso o arrastre. Jon recordaba nítidamente donde estaba cada puerta, cada ventana, con quién había estado en cada una de esas habitaciones.

Con el arma a punto continuó caminando, esperando a desvelar de dónde llegaban los gritos… dobló un recodo y se encontró frente a frente con todas las chicas del Salón. Jon las miró sin saber si encontrarlas totalmente repulsivas o perturbadoramente deseables. Decían que no sentía nada al estar con ellas… pero podía recordar los lunares más escondidos de cada una de esas chicas. Sintió un nudo en el estómago.

Formaban un grupo colorido y compacto. Sus deseables pieles, sus curvas, se habían tornado en siluetas ensangrentadas y putrefactas que olían tan mal como la cuadra abandonada de un potro muerto. Jon se descubrió poniendo nombre a cada uno de esos monstruos. Mary, Sue, Isabel, Sofía, Shelly… las conocía a todas. A la mayoría desde hacía años, lo que más le sorprendió fue ver allí a Rebecca, la muchacha pelirroja, la más novata de las “bailarinas” del Salón. Su elección para esa noche… Todas llevaban el Can-Can, como si estuviesen a punto de bajar a bailar ante la parroquia… tuvo suerte de tener unos reflejos rápidos, porque gracias a ellos pudo recular lo suficiente como para que no le atrapasen a la primera. Jon no creía en Dios, pero se descubrió rezando, habían estado muy, pero que muy cerca. Pensó en bajar las escaleras, pero allí le aguardaban decenas de seres más, poco a poco el Salón se llenaba como si fuese un día de fiesta, no había escapatoria posible escaleras abajo. Así que puso todas sus esperanzas en el extraño arma encontrada en los aposentos de Bill. Gracias a su cargador inusualmente grande y a su monstruoso calibre, se pudo abrir paso entre las chicas, a las que dejó inmóviles al pie de las escaleras. Antes de perderse pasillo adelante, envió un beso a cada uno de los cuerpos inertes…

Cuando volvió a escuchar el grito olvidó a los que subían por las escaleras y corrió hacia la habitación 10, lugar del que parecía que provenían los gritos. Una mano femenina se aferró a su tobillo y le hizo caer. Con un grito de angustia y un disparo fruto de los reflejos y los años de experiencia en la guerra frente a los indios, Jon mató por completo al ser que le había hecho caer, una de las chicas a las que había disparado… debía haber fallado el tiro, algo que, a bocajarro, era imposible. Aquella era una lucha imposible de vencer ¿cómo era posible que hubiese errado un tiro? Jon, desesperado y muy asustado, llamó a la puerta… pero nadie pareció escucharle.

Pasaban los segundos y nadie le abría. Insistió e insistió, pero dentro no se escuchaba ruido alguno salvo el llanto y el lamento sordo de una mujer. No sabía qué hacer… no podía volver atrás. El pasillo era oscuro y la habitación 10 era la última. No sabía qué estaba ocurriendo más allá del recodo, pero lo suponía demasiado bien. Además, escuchaba cómo el pasillo se llenaba poco a poco de engendros. Escuchaba cómo se acercaban. Era una marea que no se detendría ante nada. No había escapatoria. Estaba atrapado.

Jon no era ningún cobarde, lo había demostrado con creces a lo largo de toda su vida, pero en ese momento se descubrió temblando como un niño pequeño y golpeó la puerta, acompañando a su llamada de una súplica llorosa. El llanto del interior se detuvo, alguien se levantó y se acercó a la puerta, alguien cogió el pomo… y lo soltó de pronto. Con horror, el pistolero solitario vislumbró por el rabillo del ojo que una mano se aferraba a la esquina… una mano repleta de sangre, una mano tan negra como el carbón de la mina en la que había trabajado a los quince años y en la que estuvo cerca de morir tres o cuatro veces a causa de derrumbamientos e incluso una terrible explosión. El miedo le hizo gritar, nunca había gritado de ese modo, con un gemido inarticulado repleto de pánico. Su grito pareció impulsar al monstruo que solo tardó unos segundos en doblar la esquina y lanzarse hacia él. No sabía por qué, pero ese ser parecía ser algo más grande que el resto y mucho, mucho más rápido que todos los demás. Su rostro no parecía demacrado y moribundo, era el puro reflejo del mal, era la cara del Diablo.

Se descubrió pensando en Dios una vez más y se maldijo en silencio, recordando el último día que había pisado una iglesia hacía ya más de veinte años, cuando estuvo cerca de casarse con la buena de Sue… y disparó en el mismo instante en el que el engendro se lanzaba hacia él con un ímpetu y una fuerza imposibles de comprender, el disparo desgarró el pecho de la criatura y la lanzó de nuevo hacia la esquina. Jon pudo ver la oscuridad del pasillo a través del boquete abierto en el plexo solar del ser… y se acordó de la madre de Bill, ¿qué guardaba bajo esa máscara de apacible anciano? No había en todo Long Town ni en los alrededores un arma como la del viejo tendero.

Aún tuvo que disparar dos veces más a la criatura antes de que esta se quedase completamente inmóvil… y no fue hasta que no destrozó su cabeza que lo hizo. Tomó nota mental del detalle, no volvería a fallar. Sus sentidos acostumbrados a la guerra y la lucha le indicaron que varias criaturas más avanzaban hacia su posición. Miró a la puerta y pensó en volver a llamar, pero se lo pensó mejor. Tomó un par de metros de impulso y se lanzó contra la madera, astillándola por completo y dejándola totalmente inservible. Aquella puerta nunca más serviría para evitar que nadie pasase a la habitación número 10. No había vuelta atrás. Por suerte había visitado la habitación 10 las veces suficientes como para saber que tenía una ventana que daba al tejado del Salón, no tendría más remedio que escapar por ahí. Porque si una cosa tenía clara era que no se iba a dejar atrapar y que saldría de Long Town como fuese.

Al entrar se topó con una escena para la que no estaba preparado… una chica… Susan, creía recordar que se llamaba. Se encogía sobre sus propias rodillas y se balanceaba adelante y atrás, sosteniendo como si fuese un niño un rifle retorcido y cubierto de sangre. La chica ni siquiera le miró al entrar, no sabía que estaba allí. En la cama que tantas veces había usado él mismo descansaban los cuerpos destrozados de lo que parecían dos personas, ambos con la cabeza abierta y los cuerpos llenos de plomo. Jon no tardó más que unos segundos en adivinar lo que había pasado en el interior de aquella habitación y sintió lástima por la muchacha. También comprobó que la sangre que la cubría no era suya en su mayoría. Aunque tenía una fea herida en el brazo izquierdo que se sujetaba con un pañuelo repleto de sangre reseca…

Se imaginó siendo mordido de esa manera por una persona, por muy aspecto de bestia salvaje que tuviese… y se estremeció. En un impulso repentino se alejó un par de pasos de la chica y se llevó una mano al lugar en el que ella estaba herida, notó que se le erizaba el vello de la nuca.

Lo que ocurrió entonces sucedió en unos segundos y fue como si un huracán hubiese invadido la habitación. Fue un milagro que Jon lograra salir de allí.


Desde el pasillo se escucharon gemidos y gritos cada vez más numerosos y violentos. Jon supuso que allí habría al menos dos docenas de antiguos vecinos de Long Town, deseando comérselo para cenar. Pero lo que de verdad le perturbó fue escuchar el sonido de varios de esos seres corriendo escaleras arriba, procedían del piso de abajo y avanzaban a grandes zancadas, como si fuesen bestias. Recordó al tipo más grande al que había reventado en el pasillo y se alarmó al imaginarse siendo atacado por varios de esos monstruos a la vez. Por suerte, la multitud del pasillo les retuvo unos segundos… los suficientes. Aun así, Jon escuchó que esos seres más grandes y violentos, atacaban a los otros, a los lentos. Estaban de caza, él era la presa y nada podía detenerles más que un tiro certero en el cerebro.

¡Joder!

Y en ese momento Susan se movió unos centímetros. Pareció percatarse por primera vez de que estaba con ella en la habitación. Ni siquiera soltó el rifle al levantarse. Se giró hacia él… y Jon supo que estaba en problemas. Lo adivinó en los ojos de ella… en su mirada vacía y ansiosa, en sus movimientos inarticulados. Apenas tuvo tiempo de amartillar el arma y disparar antes de tenerla junto a él. Calló como una muñeca de trapo. Algo en la mente de Jon le dijo que estaba gritando.

Se sacudió con terror allí donde ella le había rozado, poniendo cuidado en no tener ninguna herida… y se lanzó hacia la ventana.

El sonido de cristales rotos irrumpió en la extraña paz instaurada en Long Town…


1 comentarios :

Daniel Rubio dijo...

Nunca había leído nada parecido, excelente, me ha gustado. Un saludo.