21 de julio de 2011

El Solitario. VI


Caer al suelo, rodar y ponerse en pie con el arma a punto para disparar fue un solo movimiento para Jon, que vio con horror que estaba en medio de un grupo de unas veinte personas. Lo que no pudo ver, pero supo por los lamentos y los gemidos ansiosos que llegaban hasta sus oídos, fue que la habitación de la que acababa de saltar estaba ya atestada de criaturas, ¿es que aquello era una puta pesadilla? ¿No quedaba nadie con vida en toda la ciudad? ¿No habría Séptimo de Caballería que lo salvase?

Mientras disparaba en medio de la frente del afilador y apuntaba a dos señoras entradas en años que corrían hacia él a toda velocidad Jon no pudo menos que sonreír ante sus propios pensamientos y escupió en el suelo lanzando un reniego. Disparó a lo que quedaba de las dos mujeres y una vez comprobó que no volverían a moverse se giró en busca de más atacantes. Tuvo que hacer gala de todos sus reflejos para esquivar al muchacho de los Cody y dispararle en el cráneo antes de ser mordido y aún disparó tres veces más antes de verse rodeado por completo. Un sonido captó su atención y el hizo volver el rostro. Solo fue un segundo, un instante de vacilación que estuvo muy cerca de costarle la vida. Jon miró al Salón y comprobó horrorizado que de las ventanas surgían más y más manos ensangrentadas, todas dirigidas a su persona.

¡Mierda, no! –Exclamó al sentir el roce de unas uñas en su brazo izquierdo. Se giró como un relámpago y vio el rostro repleto de pústulas de Jim Hunter, el maldito Tuerto en persona. El Tuerto era un veterano de guerra, como él. Habían coincidido en una de las milicias que habían guerreado con los indios, allá en el desierto… y desde entonces no se llevaban demasiado bien. Jon siempre había deseado matar a aquel asesino despiadado. Lo había deseado desde que le vio violando a una de esas indias, una especialmente joven. Al ver su único ojo sano convertido en un amasijo grotesco de carne pustulosa y sangre Jon no pudo menos que recordar el momento en el que encontró a ese cabrón sobre la chiquilla… lo habría matado entonces, pero el capitán se lo había prohibido. Justicia Divina –pensó- esta vez no iba a escapar. Con una tranquilidad pasmosa extrajo uno de sus revólveres, sin soltar en ningún momento el bendito arma de Bill, y disparó al Tuerto en el ojo “sano”, para después recrearse con un tiro en las pelotas y rematarlo de un tiro entre ceja y ceja. No… ese cabrón no volvería a hacer daño a nadie más.

Y entonces fue cuando notó la cercanía de un aliento cálido y mohoso, de una peste inaguantable y un pánico viviente. La tranquilidad con la que se había tomado su venganza iba a costarle caro, había dado opción a una de esas bestias a cogerle por la espalda. Casi pudo ver cómo la criatura abría su mandíbula negra y repleta de sangre y bilis, cómo su dentadura se adentraba en su carne y le desgarraba músculos, piel, tendones y huesos… apenas le importaría, acabar con el Tuerto era satisfacción suficiente.

Había estado a punto de morir tres veces en su vida. La primera fue de la forma más estúpida. Apenas tenía veinte años y estaba aprendiendo el oficio de trampero, cuando una de las terribles trampas para osos se cerró de pronto y le atrapó la pierna derecha, rompiéndosela de una manera limpia, pero muy dolorosa. Jon estuvo más de tres días atrapado en aquel lugar, apenas recordaba nada de lo ocurrido en ese tiempo… por fortuna, había sido encontrado y puesto a salvo… nunca más cometió el descuido de que una de sus trampas se cerrase sola. Las otras dos veces habían transcurrido en la guerra, cuando el grupo con el que combatía fue rodeado por un ejército numeroso de indios. Las dos veces había tenido muy claro que su fin estaba cerca… y las dos veces se había salvado de milagro. En la primera ocasión, llegada la noche, Jon se había ocultado bajo el cuerpo de dos compañeros y se había hecho el muerto, lo que le salvó, puesto que los indios tenían cosas mejores que hacer que quedarse a hacer recuento de enemigos muertos. Y la segunda fue la oportuna llegada de refuerzos lo que había hecho que él, el Tuerto y dos hombres más salvaran la vida de una masacre… bien, pues esta era la cuarta vez que estuvo a punto de morir, y creyó que sería la buena.

Pero no fue así, porque en ese momento, como surgido de una leyenda que nadie había contado aún, llegó el Séptimo de Caballería y al ver ese apetitoso grupo de recién llegados, la inmensa mayoría de los muertos andantes se dirigió hacia ellos, dejando a Jon en una lucha desigual con el tipo que le sujetaba por la espalda.

Jon era un hombre valiente y un buen luchador, matarle no era tarea sencilla ni siquiera para un monstruo ansioso y mucho más fuerte que él. Como pudo se desasió de la presa del ser y al encararse con él estuvo a punto de caer al suelo de la impresión… tenía delante al alcalde Pet, un hombretón de dos metros de altura y cuerpo musculoso, un antiguo leñador que se había convertido en el regente de Long Town gracias a sus dotes persuasivas y a que todo el mundo confiaba en él. Pet era un tipo agradable, cariñoso y simpático, a Jon le caía estupendamente, era la única persona además del viejo Bill con el que podía hablar sin sentirse amenazado o insultado, aunque ahora… no creía que atendiese a razones.

Los primeros gritos de terror y dolor llegaron del lugar en el que había parado el orgulloso Séptimo, también se escucharon un par de órdenes y algunos disparos, aunque a Jon, ocupado como estaba en no ser atrapado por el alcalde Pet, le parecieron demasiado pocos. Mientras daba el segundo salto para apartarse a un lado y evitar ser mordido por el alcalde, creyó escuchar la voz de retirada y dos o tres caballos al galope… entonces escuchó otro gemido a su izquierda y con el arma de Bill disparó al alcalde en la cabeza una, dos, tres, cuatro veces… hasta que por fin éste dejó de moverse y se convirtió en un charco de vísceras y sangre en el suelo. El gemido de su izquierda se hizo más evidente y Jon tuvo el tiempo justo de levantar el arma de Bill y… gritar una maldición, se había quedado sin munición y no había forma humana de recargar antes de la llegada de la criatura. Con un reniego y un escupitajo lanzó el arma al que se acercaba desde su izquierda y desenfundó sus Colt 45. Jon disparó dos tiros, como los buenos pistoleros, uno con la izquierda y uno con la derecha… y el tipo cayó desmadejado en el suelo. Entonces hizo por ver qué había pasado con los soldados del Séptimo y no pudo evitar vomitar allí mismo.

Caballos y soldados por igual eran pasto de decenas de criaturas en un baño de sangre imposible de describir. El polvo levantado por dos o tres caballos se perdía en el horizonte, pero el resto… no había tenido ni una oportunidad, habían sido rodeados de pronto, sin estar preparados, sin las armas a punto, probablemente venían a descansar y quizás darse algún capricho en Long Town, pero habían encontrado una muerte espantosa y desconocida. Jon miró los carros que acompañaban a la caravana, descubrió un bulto conocido sobresaliendo de uno de ellos e ideó una forma de limpiar Long Town de muertos andantes. Estaba claro que no lo conseguiría con sus revólveres ni con su rifle. Había estado a punto de morir y ni siquiera había sido capaz de acabar con treinta de aquellos seres apestosos.

Se prometió que no se iría de allí hasta limpiar la ciudad.