21 de julio de 2011

El Solitario. VII


O moriría en el intento.

Lo primero era llegar hasta los carros, ¿cómo iba a hacerlo? ¿Cómo iba a sacar a todos esos engendros de allí el tiempo suficiente como para prepararlo todo? Ya empezaban a acosarlo de nuevo, algunos se acercaban tímidamente, pero otros corrían tanto o más que él. Jon se fijó en una particularidad, aquellos que corrían más que el resto tenían la piel mucho más oscura que los demás, por fortuna eran mucho menos numerosos, porque eran peligrosos de verdad. Los otros, los lentos, eran sencillos de esquivar y de no ser por su cantidad, apenas representarían un peligro de no encontrarse uno con ellos de pronto y sin saber qué demonios eran y cómo se comportaban. Empezó a sentirse intranquilo, la calle se llenaba de cuerpos tambaleantes, algunos de los que se asomaban a las ventanas del Salón cayeron desde allí al suelo y volvieron a levantarse, todos iban hacia él… necesitaba un sitio seguro, un lugar en el que pensar, un sitio que se pudiese proteger bien… y entonces lo supo, supo a qué lugar tenía que ir. A la cárcel.

Enfundó las pistolas y extrajo de la funda el Winchester para disparar a los cuatro bichos que corrían hacia él como bestias salvajes. Jon era un gran tirador y no erró ninguno de los cuatro disparos de su rifle. Sin dejar de mirar a todas partes con cautela y prestando atención al color de la piel de las criaturas con las que se cruzaba, para disparar a los más peligrosos, corrió hacia el edificio de la cárcel. Un edificio gris, con dos únicas ventanas enrejadas y una puerta que se podría atrancar con facilidad. Además, Jon creía recordar que la cárcel tenía una azotea o al menos eso es lo que había supuesto al ver la trampilla que había sobre la mesa del Sheriff la noche que pasó en ella tras una pelea con tres tipos que quisieron hacerle trampas al Póker y que habían terminado con varias costillas y un par de narices rotas… Jon había pasado una noche en la cárcel de Long Town, pero a buen seguro aquellos tres tipejos no habían vuelto a hacer trampas al Póker.

Mientras corría la distancia que le separaba de la cárcel aún tuvo que disparar tres veces más su rifle, dos de ellas a un tipo que saltó desde una ventana hacia él y al que tuvo que disparar dos veces para matar del todo y una tercera al doblar una esquina y toparse cara a cara con una chica joven, de unos dieciocho, años que vestía un bonito vestidito rosa y llevaba un sombrero a juego. Al llegar al edificio Jon se descubrió rezando para que la puerta estuviese abierta. Si no era así…

La inmensa mayoría de las criaturas había seguido su rastro hacía allí. Por fortuna parecía que ya no quedaban de esos que corrían más y todos los que le perseguían lo hacían con esos movimientos torpes y vacilantes que daban mucha grima, pero eran sencillos de esquivar. Aunque claro, esquivar a casi dos centenas de personas no era nada fácil en un lugar como Long Town…

A pesar de su lentitud, Jon comprendió que si la cárcel estaba cerrada estaría en un verdadero aprieto, porque el edificio del sheriff estaba en medio de la ciudad y su olor o su presencia o su vete tú a saber qué, atraía a los muertos desde todos los puntos cardinales. No había escapatoria posible por ninguna de las calles y Jon empezó a plantearse seriamente si la elección de la cárcel había sido una opción acertada. Afortunadamente, la puerta estaba entreabierta y al entrar, cerrar y apoyar la espalda en la madera exhaló un suspiro aliviado. Allí estaría a salvo, por lo menos durante unos minutos. Cerró los ojos y sonrió. Tras los nervios y la agitación de la última hora de su vida, su cuerpo se relajó de pronto. Algo en su mente le dijo que debería afianzar la puerta y asegurarse de que estaba solo allí dentro, pero se permitió un minuto de relax…

¡Cuidado! –Gritó alguien sacándole de su bienestar y recordándole de pronto toda la porquería en la que andaba metido. Abrió los ojos y apenas tuvo tiempo de apartarse del camino de uno de esos seres veloces e imprevisibles que parecían más bestias salvajes que personas. Entonces y solo entonces vio la sangre que regaba la oficina del sheriff, los barrotes rojos, las paredes cubiertas de pedazos de carne… y las lustrosas botas de lo que parecía ser un cuerpo incompleto. Un ruido gutural le indicó que no había una única criatura allí dentro, al menos había dos. Mierda, mierda, mierda. Ahora sí que estaba jodido.

Una vocecilla insistente le hacía que se preguntase quién le había advertido, porque alguien lo había hecho. Pero su ocupación principal consistía en sobrevivir y afianzar la puerta de las narices, porque estaba seguro de que en muy pocos minutos estaría rodeado de esos tipejos asquerosos. La suerte volvió a aliarse con él en ese instante, porque la criatura que se escondía en las sombras corrió en su busca y tropezó con una silla que había en el suelo, cayendo cuando largo era en el suelo. Jon era un superviviente y no desaprovechaba las oportunidades que le ofrecía la vida, disparó a bocajarro al recién caído y lo mató. El otro era otro cantar. Quiso dispararle, pero descubrió con un terror inaguantable que se había quedado sin cartuchos y no tendría tiempo de desenfundar sus revólveres, así que, sin importarle que el cañón del rifle quemase como el mismísimo infierno, lo aferró con fuerza con las dos manos y lo lanzó a la cabeza del monstruo, lanzando al tipo varios metros hacia atrás.

Jon recordó al indio que le tiró del caballo y le atacó con las manos desnudas y un puñal de hueso. La lucha fue a muerte, brutal y primaria. Un puñal y dos hombres en una pelea de igual a igual. El indio era mejor luchador, pero él estaba desesperado y casi no tenía aprecio por su vida, aunque sí un instinto de supervivencia infinito… ese día se había lanzado hacia adelante, instintivamente, sin pensar, entregado en cuerpo y alma a la lucha, a la guerra y a la sangre. Un ataque de locura que le salvó la vida y acabó con ese indio en el polvo del desierto… volvía a estar desarmado ante un enemigo mucho más formidable que él, un enemigo que le mataría sin un ápice de duda, una bestia infernal que luchaba sin sentimientos y por puro instinto. Se abandonó, se dejó llevar y con el rifle en las manos como si fuese un palo o una espada, se lanzó hacia el muerto sin pensar en la victoria, ni en la vida, ni en la muerte…

Diez minutos después Jon permanecía sentado junto a la criatura, muerta e inmóvil para siempre. Una vez más había vencido a la muerte. Había afianzado la puerta con el mobiliario de la cárcel y parecía perdido en un abismo del que no era capaz de regresar. Poco a poco fue venciendo a la negrura y recuperando el aliento… en su mente se abrieron paso los gemidos y alaridos, los arrastres y golpes que los centenares de habitantes de Long Town dedicaban a su presencia en el edificio. Sentían que estaba allí, vivo, normal… si es que alguna vez lo había sido en realidad… y parecía que no les gustaba que fuese diferente. Jon siempre había sido forastero en todas partes, allí donde iba le habían hecho saber que le toleraban pero no le terminaban de apreciar del todo, pero lo de esas criaturas iba mucho más allá. Le odiaban, firme y profundamente, le odiaban con toda su alma… y le ansiaban, ansiaban su carne, su sangre, su muerte…

Bueno, pues aún les costaría poder acabar con él. Había sobrevivido a varias batallas, a desagradables encuentros con osos y a bandas de forajidos, unos putos pueblerinos no iban a acabar con él, por muy bestiales que pareciesen.

1 comentarios :

Mili dijo...

http://momentosdemili.blogspot.com/2011/07/tu-corazon-es-mi-premio.html
Esto es para ti.
Nos leemos pronto.
Un beso