28 de julio de 2011

El Solitario. VIII

-Para vencer a una bestia a veces hay que ser una bestia –musitó una voz procedente de la oscuridad.
-¿Quién anda ahí? –Preguntó Jon contrariado, recordando la advertencia que, probablemente le había salvado la vida.
-Un amigo… espero –respondió la voz aún desde las sombras- no esperaba ver a un hombre blanco luchando por su vida como tú lo has hecho.
-¿Un hombre blanco? Asómate, déjame verte. Cobarde… he estado a punto de morir y no has movido un dedo por ayudarme. ¡Muéstrame tu cara para que te la pueda partir, Amigo! Sal de las sombras y déjate ver.
-Me encantaría hacerlo, pero no puedo hacerlo.
-¿Dónde estás? ¡Maldita sea! ¿Dónde estás?
-En la celda. El sheriff me encerró anoche sin un motivo aparente… dijo que los indios traen problemas en las ciudades de bien… y me encerró. Creo que gracias al sheriff de Long Town estoy vivo.
-¿Indio? ¿Eres un indio? ¿Eres un jodido indio? –Se sorprendió Jon, que no obstante se acercó a la celda para ver a su interlocutor, el otro permaneció sentado en el catre y solo levantó la vista para que el trampero pudiese verlo bien.

El indio era alto y corpulento. Vestía ropas castañas de pieles y lucía una amplia melena parda que le caía por debajo de los hombros, llevaba varios collares de cuentas por encima de sus ropajes y poseía una mirada seria y firme que resaltaba una nariz recta. Por lo demás parecía un hombre común. Corpulento, pero común… y lo peor del caso, era un jodido indio.

-Así es…
-No me gustan los indios…
-A nadie parece gustarles por estas tierras…
-Los indios sois diferentes, por eso no nos gustáis. Siempre estáis con esas charadas de los chamanes y la tierra… os importan más las bestias que los hombres… os conozco bien… sois rastreros y traidores, sois peores que los chacales. He matado a más de cien de los tuyos…

Jon miró a los ojos del indio, esperando encontrar odio en ellos, pero solo halló un chispazo de jovialidad y una sonrisa serena, el indio ni siquiera cambió de postura para hablar.

-Bien, entonces estamos más o menos empatados… supongo, porque yo he hecho lo propio en la guerra con los tuyos…

El trampero miró con curiosidad al indio, no sabía si le tomaba el pelo o le hablaba completamente en serio. Calibró el desafío en la mirada por si resultaba amenazador, pero solo encontró serenidad y camaradería. Aquel hombre no suponía peligro alguno, al menos de momento. Se encogió de hombros. Supuso que eran veteranos de la misma guerra. Ya no había guerra con los indios… de hecho a él nunca le habían tratado demasiado mal cuando se había topado con ellos en las montañas… además, encontrar a una persona normal por allí, con el recibimiento que había tenido…

-Has hablado del sheriff ¿Dónde está ese viejo tramposo? Me gustaría saber qué ha pasado por aquí
-Creo que a tus pies, amigo mío… se ha pasado toda la noche intentando sacarme de la celda en la que me metió… aunque claro, quería sacarme de un modo muy diferente…

Jon calibró el sentido del humor del indio, buscando algún punto insultante en sus palabras por el que debiese molestarse, pero no encontró nada hiriente. Además, si él se hubiese pasado toda la noche en una celda con un tipo intentando entrar para matarle… reírse de él sería lo de menos. Sacaría al indio, era un solitario, pero en una situación como en la que se encontraba venía bien tener compañía.

-Si llevas toda la noche aquí supongo que podrás ponerme al día de lo que ha pasado en Long Town. Así que, si quieres salir de esa apestosa celda, ya puedes ir hablando.
-¿Sabes? –Sonrió abiertamente el indio ante la mirada ceñuda de Jon- creo que tú y yo vamos a llevarnos muy bien.

Sahale –que era el nombre del indio- le contó a Jon lo poco de lo que se había podido enterar en el interior de la celda, que no era demasiado pero que fue suficiente como para que ambos se hiciesen una imagen mental de los hechos. Un forastero desconocido había aparecido arrastrándose por el desierto hacía dos días, venía terriblemente herido en la cara y en el torso, hasta el punto de que parecía imposible que continuase en pie. Los hermanos Calwody le habían llevado a la clínica del doctor, un joven que acababa de llegar a Long Town el verano pasado. El doctor acomodó al hombre en su clínica e hizo cuanto pudo por ayudarle, pero finalmente murió desangrado.

Llamaron al oscuro señor Timby, el dueño de la funeraria, para que tomase nota de las medidas del forastero. En la clínica se reunieron el alcalde, el sacerdote, el doctor y algunas personalidades y personas influyentes de Long Town. Fue entonces cuando se desató el caos. Según las informaciones que le llegaron al sheriff –y que este recibió en la misma cárcel, sin moverse un solo metro para constatarlas- el muerto se había puesto en pie y había atacado a todos los presentes, mordiendo, arañando y arrancando de cuajo pedazos de piel de al menos siete personas antes de recibir un tiro en el entrecejo y quedarse quieto de una vez por todas.

Aún conmocionados por el suceso, los heridos fueron atendidos por el doctor de sus heridas, ninguna demasiado grave, a excepción del gran agujero en el hombro de Phill, el granjero de Buena Nueva, la explotación más grande de la ciudad, que tuvo que ser cosido con varios puntos de sutura y cauterizado con fuego para dejar de sangrar. Todos volvieron a su casa… y a la mañana siguiente, Long Town era un manicomio repleto de disparos, gritos, carreras y sobre todo, muerte.

-Es una maldición de la Madre Tierra. Los muertos se levantan y atacan a los vivos. Es una maldición –repetía Sahale en una cantinela atormentada.

Jon no le culpó, era como para volverse loco, había visto a hombres cabales perder la cabeza en una batalla, así que, una noche encerrado con una bestia así atacando los barrotes sin descanso… aun así, no terminaba de comprender lo que el indio le decía, lo que le estaba contando era imposible, los muertos morían y ya está. Le estaba embaucando con cosas de indios.

-¿Me estás diciendo que los muertos se levantan? ¿Estás loco?
-No, no lo estoy. Yo mismo lo he visto hombre blanco, en serio. Mira, el sheriff se encerró aquí cuando todo empezó, sabía que la cárcel era un lugar seguro. Pero su ayudante tenía la llave y al verse superado por las bestias intentó entrar. Llamó a la puerta, la golpeó hasta sangrar, suplicó, lloró y finalmente, cuando ellos estaban muy cerca, logró entrar. Aunque ya era tarde, uno de ellos, uno de esos tipejos rápidos y bestiales le había mordido en la espalda… pero entró y el sheriff intentó echarle a patadas. El bueno del ayudante, un tipo bastante más valiente que su jefe, intentó luchar, finalmente sucumbió a los golpes del sheriff, aunque no sin antes dejarle un feo arañazo en el antebrazo. En ese momento me encogí en las sombras, aunque llevaba todo el día pidiendo al sheriff que me dejase salir de allí. Algunos entraron, mordieron al sheriff hasta matarle y después intentaron entrar en la celda, aunque por fortuna los barrotes son sólidos y fueron incapaces de entrar. Entonces algo llamó su atención en el exterior, supongo que eran más personas vivas y todos se marcharon, dejando aquí el cuerpo sin vida del sheriff…
-El mismo que me ha atacado a mí ¿verdad?
-Exacto… ¡y estaba muerto! Te repito que es una maldición, no sé qué ha hecho esta ciudad para enfurecer de tal modo a los dioses. Los muertos se levantan y atacan a los vivos.

A Jon no le gustaba nada esa explicación, pero todo encajaba. Eso explicaba que se hubiese topado con tantos conocidos con ganas de morderle la yugular. Estaban muertos… y eso les hacía odiar y buscar a los vivos. Maldita sea. Claro que encajaba. Nada tenía sentido, pero encajaba. Masculló una maldición y escupió al escuchar golpes en la puerta. Sabían que estaba allí. Los malditos muertos sabían que estaban allí dentro… e intentarían entrar para matarles.

-¡Pues os costará hacerlo! ¡Os costará matar a Jon el Solitario! ¿Me oís malditos bastardos? Os costará matarme.
-¿Vas a sacarme de aquí o no? –Preguntó Sahalé con intención.
-Espera un momento –anunció Jon, que no tenía intención alguna de dejar allí al indio. Era un indio, sí, pero era una persona, estaba viva… los vivos antes que los muertos –se dijo, estableciendo una prioridad- daba igual cómo fueran esos vivos.