11 de julio de 2011

El Solitario

Jon escuchó un estridente sonido de cristales rotos. No se alteró. Nunca lo hacía. La vida solitaria de un cazador de pieles había templado sus nervios, convirtiéndolos en un acero tan frío y eficiente como el de los raíles del tren que reposaban colina abajo, esperando que alguien los montase finalmente y echase a perder la tranquilidad de Long Town y, con ella, la paz interior de la que últimamente gozaba Jon. No se puso nervioso y con la velocidad adquirida en los años de vivencias a muerte pronto tuvo en su mano uno de sus preciados revólveres, el que reposaba en su cadera izquierda, el más preciso de los dos. Un hermoso Colt del calibre 45 con capacidad para seis tiros que siempre estaba cargado y en perfecto estado, presto para disparar.

Jon se acercó con cautela a su cabaña. Esperaba no tener demasiados problemas si se topaba con un par de sabandijas saqueando su hogar, esos ladrones cobardes nunca solían ser buenos tiradores. Es más, si se percataban de su presencia probablemente huirían con el rabo entre las piernas. Podría haberlos ahuyentado con un grito o con un disparo al aire, ya había expulsado de sus tierras a varios merodeadores inoportunos, pero esta vez tenía ganas de diversión. Llevaba dos días sin cazar una sola pieza. No sabía qué ocurría, pero los animales parecían estar huyendo despavoridos de la colina y no era por su presencia, pues llevaba años viviendo allí. Las dos últimas noches había buscado un gamo sin resultado alguno, pero tampoco había visto comadrejas ni osos, ni nada… era como si los animales se hubiesen volatilizado. Estaba confundido. En sus cuarenta años deambulando por el oeste no había visto nada semejante. Escupió al suelo la última brizna de tabaco que le quedaba, lo que acrecentó su humor de perros. Se había quedado sin tabaco y sin un gramo de café y tendría que bajar al pueblo a comprar más, algo que no le hacía ninguna gracia.

A Jon no le gustaba la gente. Prefería vivir en su cabaña del bosque, compartiendo su vida con la naturaleza, los animales y las pieles que encontraba. No recordaba cuándo o por qué decidió abandonar la civilización y la compañía humana, solo sabía que así era feliz. La única compañía que buscaba a bajar al pueblo era la del viejo Bill para comprarle aquello que necesitaba y, si ambos estaban de buen humor, algo que era sumamente complicado, compartir un trago en el Salón de Long Town. De vez en cuando, cuando bajaba y se dejaba ver por el resto de la humanidad, también buscaba la compañía algo más íntima de alguna de las chicas de Rossie, pero nunca repetía y a ninguna de las chicas les gustaba ser escogidas por El Solitario, decían que no disfrutaba con ellas, que simplemente se vaciaba con ellas, aunque sin mostrar el más mínimo ápice de pasión o de lujuria. Era buen pagador, así que nadie le ponía demasiados reparos y le dejaban vivir tranquilo en su cabaña mientras no se metiese en líos con nadie.

Mientras se acercaba a la cabaña de madera en silencio y escuchaba el escandaloso ruido que procedía de su interior y por el que alguien tendría que dar muchas explicaciones, Jon intentó recordar cuánto tiempo llevaba “viviendo” en Long Town, calculó que llevaría una docena de años por allí, donde había llegado al terminar la guerra con los indios, que ahora vivían a cuerpo de rey en las Reservas que el gobierno les había regalado. Volvió a escupir enfadado. ¿Cuántos hombres valientes habían luchado contra los indios para que todo terminase con unas tierras gratis y un apretón de manos? Deslizó el dedo índice de su mano izquierda por la cicatriz que recorría su cara desde la frente hasta la mejilla y que por muy poco no le había costado un ojo. Un recuerdo de los indios… aquello le puso aún de peor humor. La verdad era que casi lo sentía por el pobre diablo que había irrumpido en su cabaña.
¿Iba a matarlo? Probablemente no fuese más que un pobre diablo sin lugar en el que caerse muerto que había pensado que aquel era su día de suerte, ¿por qué iba a matarlo? Él mismo, antes de ser trampero, había entrado en un par de cabañas como aquella para encontrar algo que comer, claro que los ruidos del interior no aparentaban ser los de alguien que busca comida, más bien parecía que le estaban revolviendo toda la casa buscando algo… Jon pensó en su oro. ¿Sería alguno de los miserables que le habían expulsado de la veta de oro que había hallado en el sur? ¿Le habrían seguido después de tantos años? Se había marchado de allí con ganas de organizar una masacre, pero la riqueza no le importaba lo más mínimo, no era una persona ambiciosa. Así que al final había decidido marcharse al norte, buscar un lugar tranquilo y vivir en soledad de la caza y las pieles, claro que se había llevado de su veta un buen montón de oro, simplemente por no dar su brazo a torcer. No era una persona de principios, pero tampoco era de los que se arredraban ante el peligro y mucho menos ante los acosadores y los bandidos.

Con una sonrisa torcida recordó la cara de sorpresa de aquel idiota que habían enviado a asustarle cuando notó el plomo en sus entrañas. Le mató sin compasión, igual que él le habría matado de tener la posibilidad de hacerlo. Después se había marchado de allí, dejando a aquel imbécil junto a un buen puñado de oro, como el mejor de los mensajes.

No, Jon no era de los que se arredraba ante el peligro.

Un nuevo estruendo de cristales rotos, ¿qué diantres le pasaba a aquel tipo? ¿Es que pensaba destrozar toda su casa? Con un reniego saltó hacia la puerta y la abrió de un tirón, mientras se preparaba para disparar, no habría piedad ni perdón para ese tipejo, iba a pagar muy caro el haber entrado en su hogar.

Entonces lo vio.

Se sentó en el quicio de la puerta y se rió como nunca antes lo había hecho en su vida. Ante él, con un montón de trastos y cristales rotos a sus pies, había un mapache mirándolo con incredulidad, como si no pudiese creer que le hubiesen interrumpido en su divertimento. Jon se armó de paciencia, podría haber descerrajado al bicho de un tiro, pero aquello le había hecho tanta gracia que se veía incapaz de pegarle un tiro al animal. Después de todo, se había marchado de la ciudad para vivir en la naturaleza y encontrarse en su cabaña con un mapache era mucho mejor que hacerlo con un grizzli.

Además, aquel era el primer mamífero que veía en tres días.