27 de julio de 2011

La caída

Sentí que llegaba, en realidad ya hacía días que lo sentía, pero esta vez era inminente, algo me decía que no había vuelta atrás. Me encogí de hombros, lo que tuviese que pasar pasaría, siempre lo hacía. No tenía sentido oponerse o luchar, todo ocurriría hiciese lo que hiciese. Había llegado demasiado tarde...

…nunca aprendería a estarme quieto, a no meterme en los asuntos que no me incumbían. Me gustaba afrontar cometidos que no estaban a mi alcance y solía pagarlo caro. Las cicatrices que adornaban buena parte de mi piel así lo demostraban. Bien, esta vez no sería diferente, el fracaso era obvio y aún así…

Me lancé. Era definitivo, era un loco, casi un kamikaze. La cuesta abajo era brutal, pero me dio igual. Entrecerré los ojos, afiancé mis manos en las empuñaduras y comencé a dar pedales como un poseso. Entonces sentí el vacío a mi derecha, la inevitable caída era inminente, ¿a quién se le ocurría quitarme los “ruedines” tan pronto? Claro, a mi padre, que estaba tan loco como yo…