1 de agosto de 2011

El Solitario. IX


Sahalé vio con horror que el trampero se perdía de su vista y por unos instantes notó que el pánico se adueñaba de su corazón. Era de mentalidad tranquila y práctica, durante la noche, encerrado en aquella celda con un sheriff furioso y sanguinolento procurando entrar para asesinarlo sin piedad y devorarlo… no necesariamente en ese orden, se había hecho a la idea de que estaba muerto, de que por mucho que luchase sería imposible salir de aquella jaula gracias a la que había podido sobrevivir al infierno desatado en Long Town, pero ahora, tras ver una nimia oportunidad de escapatoria, incluso su corazón apacible chillaba por escapar, por salir de allí, por vivir.

Rezó todo lo que supo para que ese hombre blanco lo sacase de la cárcel y, en silencio, siendo aún dueño de su propia hombría, suplicó a los dioses no quedarse encerrado hasta la inanición tras aquellos odiosos barrotes.

Jon tuvo que entrecerrar los ojos al ser deslumbrado por la luz del sol. Nunca hubiese dicho que la cárcel estuviese tan oscura, pero al salir a la tarde y dejar que su piel y sus ojos fuesen expuestos a la luz, percibió toda la oscuridad que reinaba bajo sus pies. Estaba en el tejado del edificio de dos plantas, supuso que ninguna criatura podría llegar hasta allí arriba, a no ser que supiesen usar escaleras o saltasen más de tres metros de altura. Un murete de medio casi un metro de alto protegía el suelo que pisaba. No cerró la trampilla que daba acceso al interior del edificio por si se veía en apuros y precisaba buscar refugio y haciendo el menor ruido posible se acercó al muro que protegía a los visitantes de esa azotea de posibles caídas.

Al asomarse contuvo un estremecimiento, la cárcel estaba rodeada por completo por decenas y decenas de criaturas gimientes, ansiosas. Algunas parecieron percibir su presencia y levantaron la mirada hacia el lugar en el que estaba, pero fueron incapaces de localizarlo y pronto volvían a la azarosa tarea de buscar un hueco por el que irrumpir en el interior del edificio, no solo lo sentían a él…

Jon contabilizó unas doscientas o trescientas personas rodeando la cárcel, además, de las callejas colindantes surgían muchas criaturas más, Creyó reconocer a algunos bebedores de whisky con los que se solía juntar en el Salón, al hijo del herrero y al sacerdote de Long Town y se sintió desfallecer… ¿cómo diablos pensaban salir de aquel atolladero? Entonces su mirada se posó en el final de la calle, en el convoy abandonado y ensangrentado, en el escudo del ejército grabado en los carros… y supo cómo saldría de allí… o, por lo menos, cómo lo iba a intentar.

-Tú –dijo. Acercándose al cuerpo inmóvil del sheriff y buscando entre sus ropas las llaves que retenían al indio- ¿corres mucho? ¿Estás acostumbrado a hacerlo?
-Sí… ¿por qué?
-Porque necesito un cebo para salir de esta… y tú pareces la presa adecuada…

Jon puso al indio al corriente de su plan antes de sacarle finalmente de la celda y no buscó las llaves en las ropas del sheriff hasta que este no aceptó cumplir su parte en el intento de huida.

Sahalé no era ningún cobarde, había alcanzado la madurez cazando un lobo con las manos desnudas en una noche de luna llena, enfrentándose a una manada de lobos para hacerlo y después había combatido en muchas luchas desiguales más para ser un hombre temido y respetado en su tribu. Había ido a la guerra con los blancos y se arrojaba siempre con pasión y una sonrisa a la batalla. Pero lo que le pedía aquel pistolero era poco más que un suicidio.

El blanco estaba convencido de que en el convoy militar había una ametralladora Gatling, capaz de realizar 200 disparos en un minuto. Aquel insensato pretendía acabar con todos los habitantes de Long Town… Sahalé sabía que era una locura. La Gatling era un arma poderosa, lo había sufrido en sus propias carnes, cuando más de cien miembros de su tribu habían sido abatidos por los disparos de una de esas escupidoras de muerte. Pero pesaba más de cuarenta quilos, estaría desmontada y desarmada… además, normalmente hacían falta dos personas para manejarla correctamente. Definitivamente ese hombre estaba loco.

Y sin embargo tenía razón, tenían que huir de Long Town, tenían que salir de aquella trampa mortal… y no podrían hacerlo corriendo, los muertos no se cansaban, no dejaban de caminar o correr o devorar fuese la hora que fuese, pasara el tiempo que pasara. No había más remedio que intentarlo. No era ningún cobarde.

Cogió el revólver que reposaba en la mesa del sheriff y lo enfundó en su cinturón vacío, no sin antes comprobar su estado y que el cargador estaba lleno. No iba a lanzarse a una carrera suicida sin tener, al menos, algo con lo que defenderse… o en el peor de los casos, “otra vía de escape”. Aunque el indio se llevó una agradable sorpresa al ver aparecer al blanco con dos Winchester relucientes y una gran cantidad de munición.

-Con un poco de suerte, tendrás que correr algo menos.

Apenas veinte minutos después, Jon y Sahalé, armados hasta los dientes, abandonaron la cárcel y se asomaron a la azotea, para comprobar que el número de monstruos continuaba creciendo de forma alarmante. No debía haber muchos vecinos de Long Twon más por las callejas. Casi todos estaban alrededor suyo.

No tardaron más que un par de minutos más en estar parapetados en lugares cómodos, en elegir las víctimas y comenzar a apretar el gatillo.

Minutos después, Jon disparó el último cartucho de su Winchester. Habían acabado con decenas de esos bichos asquerosos, pero aún había muchos intentando alcanzar la parte alta del edificio, por fortuna sin demasiado resultado. Aun así, habían conseguido abrir un pequeño hueco por el que intentar salir de allí. Tendrían que actuar al unísono y ser veloces. Jon miró al convoy, estaba a unos quinientos metros de allí y para alcanzarlo debería acabar, por lo menos, con una docena de esas bestias tambaleantes. Calculó lo que tardaría en llegar y empezó a sudar, pero era un tipo duro, no iba a demostrar ningún temor en ese momento y menos delante de un sucio indio.

Sahalé vislumbró la ruta que debía seguir para llevarse a la mayor parte de bestias de allí y permitir al blanco alcanzar los carros del ejército. Era rápido, pero llevaba toda la noche sin dormir, además, no podía saber si en alguna de esas callejas le esperaba un grupo rezagado de muertos andantes con ganas de cortarle el paso… dejó de pensar. Era el momento de actuar.

Ambos hombres se miraron. La repulsión mutua y la enemistad desaparecieron, dando paso a la camaradería y al respeto mutuo. Ambos sabían que el otro era un tipo valiente y que haría todo lo posible por salir de allí. Ambos eran hombres de honor. Ambos sabían que se jugaban algo más que la vida en esa carrera única y mortal. No hicieron falta más palabras. Ambos echaron a correr.

Jon saltó hacia el norte. Sahalé hacia el sur y los muertos no supieron hacia dónde ir. Por un instante. Un mínimo instante que sirvió para que ambos hombres abriesen una minúscula brecha entre ellos y sus perseguidores. Jon aprovechó ese momento para escurrirse en el interior de la cantina, donde rezaba porque no quedase nadie. Y ese fue el momento en el que el indio comenzó a hacer todo el ruido posible. El momento pasó, la confusión fue obviada por el instinto asesino y homicida, por el hambre. Los muertos se giraron hacia el lugar en el que estaba el indio y con un grito, este comenzó a correr con todas sus fuerzas, notando que una marea imparable le seguía, una marea hambrienta de sangre.

Jon no se demoró demasiado. Apenas notó que los muertos se giraban hacia el indio salió de la cantina. Antes, aprovechando una botella olvidada en un rincón, apuró un buen trago de whisky, que ardió en su garganta y sirvió para darle un buen empujón hacia la calle. Ya en ella, desenfundó sus dos revólveres y corrió como alma de lleva el diablo hacia los carros abandonados del ejército. Un par de tipos notaron su presencia y se arrastraron hacia él. El pistolero se aguantó para no dispararles, no quería llamar la atención de los demás, por lo menos aún no.

Llegó ante los carros. Tres o cuatro muertos mordisqueaban los restos de un cadáver ataviado con una chaqueta de coronel de los Estados Unidos, mientras que otro par salió de detrás de una de las carretas al notar su llegada. Con toda la frialdad y precisión de la que fue capaz, disparó sus dos revólveres, sin detener su carrera, friendo a los muertos mientras buscaba con ansiedad el carro que guardaba la Gatling.


Al final lo encontró y al subir hasta él ahogó un grito de terror. No había ninguna Gatling, ese maldito coronel solo conducía una carreta de pega, un engaño. Se sabía que las ametralladoras eran muy costosas y que no todos los destacamentos podían contar con una. También se contaba que muchos carromatos solo servían para engañar al enemigo en la batalla. Pero aquel subterfugio solo había servido para que dos hombres valientes muriesen esa tarde.

No hizo ninguna falta que se asomase para saber que Sahalé y todos los muertos que le perseguían llegaban ya, que la muerte se acercaba, veloz y segura. No tenía el valor suficiente para asomarse y mirar a los ojos al indio, para demostrarle con la mirada que le había fallado, que le había enviado a una muerte segura y dolorosa. Preparó los revólveres.

Primero le dispararía a él. Haría que su muerte fuese rápida y precisa, lo más indolora posible, recordó las muertes de algunos de sus enemigos y revivió la sorpresa en sus gestos. Sí, aquellos gestos hablaban de sorpresa, no de dolor… después se aseguró de que quedase una bala para él…

Y fue entonces, cuando se preparaba para disparar, cuando escuchó los relinchos.