1 de agosto de 2011

El Solitario. y X


Dos hermosos caballos, acompañados de una mula repleta de provisiones, aguardaban a una veintena de metros de la caravana. Uno de los carros había servido para que los muertos no llegasen hasta los tres equinos e hiciesen con ellos lo mismo que habían hecho con los animales de Long Town que no habían podido escapar… devorarlos en vida, sin piedad. Había un modo de escape. Era complicado, era imposible, era desesperado, pero era viable. Podrían salir de allí. Entonces, mientras elegía nuevos blancos para disparar y ayudar al indio en su huida, un recuerdo le hizo mirar en los carros de la caravana del Séptimo y lo vio, un carro repleto de pólvora y municiones, un auténtico fortín andante.

Sonrió y escupió a los pies del coronel, agradeciéndole en silencio aquella carga. Sahalé y los muertos estaban ya muy cerca. Jon sabía que el indio se estaría preguntando por qué no utilizaba la Gatling y seguía el plan. Seguramente estaría pensando que le había traicionado o que estaba muerto, pero no se rendía, no detenía su carrera, estaba decidido a escapar de Long Town como fuera, con ayuda o sin ella.

Jon vio con horror que había tres o cuatro bichos de esos de piel más oscura y carrera veloz. Por fortuna estaban detrás de los otros y no les era sencillo superar a las decenas y decenas de cuerpos que perseguían al piel roja. Sahalé tendría que darle unos segundos más, tendría que mantenerse con vida un poco más mientras él preparaba todo.

Al cabo de medio minuto todo estaba listo. Sonriente, Jon recogió del suelo de carro un puñado de tabaco olvidado por alguien en una bolsa deslustrada y grasienta que se colgó de la cintura. Masticó un buen puñado mientras enfundaba las Colt y volvía a extraer el Winchester de su espalda. Con parsimoniosa lentitud se levantó con el rifle cargado, apuntó a la espalda del indio y descargó el fuego mortal sobre la cabeza de uno de los asesinos más veloces. Acertó de lleno y el muerto se llevó en su caída a tres o cuatro bichos más pequeños y lentos. El indio gritó con todas sus fuerzas de puro contento, su esperanza renacida de un tiro lejano.

Jon aún disparó tres veces más para acabar con la existencia de otros tres muertos veloces y agresivos. Se estaba quedando sin munición. Y lo peor de todo. Se estaban quedando sin tiempo…

Calculó. No era bueno calculando, pero aun así supuso que si el indio no apretaba el paso ambos estaban bien jodidos.

De pronto, uno de los muertos a los que no había disparado en su carrera hacia la caravana se interpuso entre el indio y las carretas del ejército. Jon soltó un reniego y maldijo a voz en grito. No tendrían tiempo… y Sahalé tendría mucha suerte si lograba escapar. Saltó hacia delante, esperando llegar a tiempo de socorrer al indio… y vio con horror, asombro y una buena dosis de admiración que este extraía un puñal de su cinturón y lo lanzaba a la carrera, acertando de lleno en el entrecejo de la criatura más cercana. Él llegó por detrás del otro tipo y le pegó un tiro en el cráneo, ganándose una sonrisa agradecida del indio.

Escuchó los gemidos demasiado cerca, casi notó el aliento pestilente y podrido de aquellas gargantas ansiosas, sus pasos retumbaban en el suelo de Long Town y él estaba poco acostumbrado a correr. Al girarse tropezó. ¡Maldita sea! ¿Cómo podía ser tan torpe? Desde el suelo escuchó el sonido de los muertos llegando hasta ellos y algo que pasaba por encima de su cabeza. Al incorporarse vio al indio luchando con las manos desnudas frente a dos de esos tipos rápidos y de piel oscura y sangrienta. Jon, sin saber demasiado bien qué hacer, dejó caer el rifle y desenfundó los dos revólveres en el movimiento más rápido y certero que había realizado en toda su vida. El grupo de muertos estaba ya muy cerca, muy cerca… disparó.

Sahalé quedó inmóvil.

Fueron unos segundos de terror e incertidumbre. Pero al cabo de un instante, el indio se giró hacia él y le ayudó a levantarse. Los dos corrieron con todas sus fuerzas y Jon recordó lo que había hecho, volvió a calcular y se maldijo por estúpido, no tenía ni idea del tiempo del que disponían. Se lo jugaban todo a una carta… y no tenían más ases en la manga. Ya habían hecho todas las trampas posibles en aquel juego mortal.

Instó a Sahalé a acelerar el paso un poco más. Atravesaron la caravana y el indio vio con alegría a los dos caballos y a la mula esperando nerviosos, piafando y caracoleando, intentando soltar las ataduras que les mantenían demasiado cerca de la muerte. Por suerte para ellos, cualquier indio sabía bien cómo calmar a una montura encabritada. En un par de segundos Sahalé y Jon estaban a lomos de los caballos, con una mula a su lado repleta de armas, agua, ropas y provisiones.

Espolearon a sus monturas y se alejaron rápidamente de Long Town, algo que a los caballos no les importó en absoluto. Cuando apenas distaban doscientos metros de la ciudad escucharon la explosión. Por suerte y a petición de Jon, ambos se habían parapetado tras unas rocas y estaban a salvo de cualquier peligro ocasionado por el polvorín del Séptimo, que ahora no era más que hollín y cenizas.

Un momento después, ambos jinetes contemplaban lo que quedaba de la ciudad. Un gran incendio la consumiría por completo antes de que llegase el alba y con un poco de suerte todas aquellas criaturas arderían con ella. Desde la distancia creyeron atisbar un pequeño grupo de seres tambaleantes que se alejaban hacia un punto indeterminado del desierto.

Sahalé vio la caja de armas que portaba la mula y sonrió.

-Deberíamos asegurarnos de que no encuentran a nadie vivo. No me gustaría que esta tierra se convirtiese en un lugar en el que la muerte te ronde tras cada roca –comentó el indio.
-¿Acaso no es así sin necesidad de muertos que se ponen en pie? –Terció Jon.
-Precisamente por eso, amigo, no me gustaría que fuese aún peor.

Jon no supo qué contestar. Podría irse a su casa, a su río, seguirían trampeando como hasta ahora. Claro, ya no podría bajar regularmente a Long Town a pasar el rato con una de las chicas, a brindar con Bill o a hacer negocios. Tampoco es que le importara mucho, ya que podría vivir con total comodidad sin necesidad de volver a ninguna ciudad. Podría llevar al indio con él, seguro que les venía bien la mutua compañía…

Pero por alguna razón desconocida supo que no volvería jamás a su antiguo hogar. Ahora, precisamente ahora, necesitaba saber que la gente estaba bien, que estaban vivos y seguían con sus vidas, que le mundo no era una locura llena de muertos andantes… siempre había sido un solitario, pero ahora…

-¿Sabes? Creo que tienes razón. Además, puede ser divertido. Pero antes, deja que te invite a un trago. Amigo. –Comentó, escupiendo un gran lapo de tabaco oscuro y aromático.

Ambos se sentaron en el suelo. Encendieron un fuero y brindaron durante buena parte de la noche con dos botellas de whisky encontradas en el interior de la caja de armas. Ninguno de los dos sabía que aquel fuego sería el último del que podrían disfrutar en mucho tiempo.

-¿Sabes qué? –Sentenció Jon antes de irse a dormir- creo que este puede ser el inicio de una gran amistad.

Y se durmió con la sensación de que ya había escuchado esas palabras con anterioridad. Después sonrió. El mundo se había convertido en un lugar horrible y peligroso. Pero, por todos los demonios, también en un lugar terriblemente divertido.


¿FIN?


 

2 comentarios :

Yosu Rc! dijo...

Genial.
Un final épico que no me esperaba. Esta parte me ha gustado más que las otras. Te has lucido, amigo...

Javi dijo...

Gracias Josué.

Con lectores como tú...