28 de septiembre de 2011

La muerte del héroe


Cada vez que nace un superhéroe aparece en el mundo su super villano antagónico, es una ley natural, el mecanismo utilizado por la madre naturaleza para defender al resto del mundo de un súbito acceso de locura de los poseedores de esos poderes sobrenaturales. Claro, que eso no lo supe hasta cierto tiempo después, el día en el que me estrellé contra dos edificios de nueve plantas y me los llevé conmigo al infierno (con todas las personas que había en su interior).

No me preguntéis de dónde coño surgieron mis poderes, porque no tengo ni idea. Sólo sé que un día era el esmirriado de la clase y al día siguiente estaba tan cachas como el tío que me agobiaba cada mañana al llegar al instituto. Además, descubrí que podía volar, que tenía la fuerza de veinte hombres y que –sí, es alucinante- podía ver a través de la ropa de mis compañeras de clase, era tan molón como en los tebeos que me gustaba leer y claro, me flipé un poco.

Yo era un amante de Spiderman, me sentía identificado y me dejé guiar por la estupidez de los guionistas, que no se han llevado un buen puñetazo en su vida. Me hice un disfraz y me dediqué a salir de vez en cuando a ayudar a mis vecinos… después de llevarme algunos disgustos… ¿cómo lo hacía Superman para llegar siempre a tiempo a los sitios? Empecé a cogerle el rollo a esto de ser un supertipo, acaparé portadas, me hice algo famosillo… y claro, debería haber prestado más atención a los tebeos… como descubrí meses después, mientras me zambullía de lleno en aquel mar de ladrillos, azulejos, vigas de hierro, polvo y gente… ahora, hay una cosa que los guionistas no comprenden, si los malos te pegan de mala manera, también te mueres, ¡no te jode!