23 de septiembre de 2011

Sin rumbo



La vi paseando por la playa. No era la mujer más hermosa que había visto en mi vida pero me cautivó su manera de caminar, el aura de seguridad que desplegaba a su alrededor. Las miradas de todos aquellos con los que se cruzaba se perdían en sus interminables piernas bronceadas y pude descubrir a más de uno -y una- soñando con descubrir lo que se ocultaba bajo su escasa vestimenta. Realmente no era la mujer más hermosa que había visto en mi vida, pero sí la que más miradas acaparaba...

Espero que nadie se pregunte el por qué de lo que pasó a continuación, porque fue una de esas acciones improvisadas que uno ni siquiera se plantea, sino que simplemente ocurren. Ella, la acaparadora de miradas, la mujer de piernas infinitas y mirada turbadora, se alejó de la playa a través del laberinto de calles que comenzaban a despertar con el alba y yo, sin saber por qué lo hacía, borracho de su bronceado, me encontré siguiendo su estela a distancia, disfrutando del paisaje, ávido de aventura... desde lejos, me limitaba a soñar con cómo sería el tacto de su piel tostada...

Y la seguí durante más de un cuarto de hora, sin disimular y sin intentar siquiera arrancar mis ojos de sus piernas, sus caderas bailonas y, por qué no decirlo, de otras partes de su cuerpo menos poéticas, pero mucho más incitadoras… la seguí por las calles aún sin desperezar, por entre los primeros coches de la mañana, a través de la duermevela y el desvelo provocado por su caminar decidido, por la seguridad con la que daba cada uno de sus pasos, por la claridad de su vestido apenas presente en mis pupilas. La seguí sin rumbo fijo, sin importar el dónde ni el cuánto… esquivando mi indecisión y cobardía… y de pronto mi viaje concluyó, ella se detuvo, levantó una mano al aire, deteniendo un taxi, decidida, desplegando todo su poder de seducción y al perderse para siempre tras la puerta de aquel vehículo desconsiderado me miró por primera y única vez en toda mi vida… y yo me olvidé de su bronceado, de su seguridad, de su vestido, de sus piernas y del resto de su anatomía, quedando para siempre enamorado de la sonrisa traviesa que me dedicaron sus labios sonrosados.