27 de octubre de 2011

El Dragón


Todo fue tan rápido que pasó inadvertido para el resto de la gente, pero ocurrió, juro que en la calleja, donde estaba la librería del abuelo Miguel, vi un dragón hurgando en la basura... claro, nadie me creyó, ¿quién iba a creer a un niño con una imaginación sacada de una montonera infinita de cuentos y novelas de caballería? 

Se lo conté a todo el mundo y se rieron de mí ¿cómo iba a haber un dragón en la calleja? ¿Y encima hurgando en la basura? Se burlaron de mi imaginación y de mi fantasía desbordada. Todos, a excepción del abuelo, que me miró por encima de sus gafas, con esos ojos que parecían adivinar todo lo que estaba pensando y albergar más saber que todos los libros de la librería juntos. Él sí que me creyó. No solo eso, al escuchar la descripción que hice del dragón en cuestión sonrió, orgulloso de mí y me regaló un libro nuevo, como hacía cada vez que estaba verdaderamente contento con algo de lo que yo había hecho. 

El abuelo sonreía, pero los demás siguieron riéndose de mi ocurrencia y mi fantasía. A mí eso me molestaba bastante, porque era cierto, yo había visto ese dragón en la calleja… estuve mucho tiempo enfadado con todo el mundo por no creerme, a algunos incluso dejé de hablarles. Ahora que soy mayor ya no estoy enfadado con ellos por su incredulidad, he comprendido que para ellos era difícil comprender que un dragón pudiese hurgar en la basura cuando todo el mundo sabe que los dragones solo viven en zonas abiertas, nunca se acercan a las ciudades y tienen toda la comida que puedan desear cerca de sus bosques, sin necesidad de hurgar en ninguna papelera…