17 de noviembre de 2011

Una relación despompensada

 
Siempre supe que nuestra relación acabaría mal. Sí, te quise desde el primer día, te di todos los cuidados, te ofrecí mi corazón. Pero tú eras tan fría... ya el primer día hubo problemas, cuando me indicaste que la luz no era la adecuada para ti, que la temperatura no era justa, que el sitio era demasiado pequeño. Ya indicabas que todo te desagradaba. Y aun así dejé que te quedases en mi casa.

Pensé que el paso del tiempo amoldaría nuestros sentimientos, que la afinidad crecería. Pero no fue así. Incluso parecía que cada día éramos más distantes, más extraños. Yo te miraba con arrobo y admiración, pero tú me contemplabas desde la distancia, sin gesticular, en tu cima. Fue tan frustrante. Cada tarde, cuando caía la noche, corría desde el trabajo para llegar lo antes posible, para atenderte y ofrecerte mis cuidados. Pero tú no sonreías. Creo que nunca me dedicaste una sola sonrisa o una mueca. No sé cómo pude quererte tanto.

Tampoco eras para tanto. Cuerpo más bien vulgar, fisonomía apenas aceptable, ojos saltones, tacto desagradable, sin personalidad… no entiendo cómo pude enamorarme de ti y por qué pretendí cuidarte, por qué te llevé a mi casa y te regalé tantas atenciones. Al cabo de los días aborrecí correr para cuidarte, casi te odiaba. Y al cabo de tres semanas el odio se tornó en indiferencia, en dejadez. Así que cuando moriste no sentí más que el vacío que deja el sosiego. La tranquilidad del que se sabe por fin despegado de una cadena. Al tirarte por el desagüe me juré que era la última vez que me compraba un pez. Tenía que haberme comprado un perro o echarme una novia…