6 de diciembre de 2011

Luces en la Niebla


Jack caminaba con prisa, apurado, sin prestar atención a su alrededor. No hacía falta. No necesitaba ver por dónde iba, conocía el camino sobradamente. Cualquier persona con la que se hubiese cruzado en aquel instante habría corrido para apartarse de su lado. Su aspecto era tenebroso, inquietante. El rostro huraño bajo una chistera. Un bastón decidido, rematado con motivos metálicos. Un cuerpo hosco, de andares desafiantes, oculto bajo una levita oscura y un luminoso chaleco dorado. Todo el conjunto bajo el espesor de la niebla erigida desde el río. Apenas había luz. Tenía prisa. Parecía huir de alguien… o de algo. No miraba atrás, pero se imaginaba observado a través de la bruma. Siempre le ocurría después de uno de esos paseos nocturnos.

De pronto un chirrido, un desconocido amasijo de metal, vapor y luces frente a él, escasamente a diez metros de donde se hallaba.

Cuando la niebla se aclaró misteriosamente en aquel punto en concreto deseó estar en cualquier otro lugar, aunque no supo por qué a ciencia cierta. Una silueta extraña descendía de un carruaje esférico repleto de tubos y luces intermitentes. Pudo ver varias llaves de paso circulares de las que surgía vapor de agua y algunas válvulas de presión demasiado grandes como para resultar tranquilizadoras.

La silueta se acercó a él a través del vapor, la luz y la niebla. La máquina continuaba exhalando crujidos metálicos y protestas luminosas. Jack pudo ver que el desconocido vestía ropas muy semejantes a las suyas. Protegía sus ojos con extravagantes gafas oscuras, muy redondas. Llevaba un salacot en la cabeza y una gabardina bailaba a su alrededor, repleta de artilugios extraños que sobresalían por todas partes. A Jack no se le escapó el revólver que colgaba a su izquierda ni la seguridad de su oponente.

Cuando estuvieron más cerca, soltó un reniego. El recién llegado se llevó una mano al salacot a modo de saludo y esbozó una sonrisa mientras apartaba las gafas de unos ojos castaños y vivaces. Jack no pudo menos que corresponder al saludo con un toque de chistera, su honor de caballero le obligaba. 

De repente se sintió extraño, silenciosamente amenazado por el desconocido. Éste extrajo de uno de los bolsillos de la gabardina un reloj de bolsillo, lo contempló un par de segundos y esbozó una sonrisa inquietante. Después levantó la mirada y observó al desconocido con una repulsión oculta bajo un deje de caballerosidad.

-El señor Jack, supongo.

Asombrado, el aludido solo pudo asentir. De repente su habitual pose huraña y confiada dio paso a la de alguien terriblemente sorprendido. El extraño volvió a consultar su reloj. Asintió. Esta vez había acertado. El destripador jamás volvería a matar a nadie. Obligó a Jack a entrar en la Máquina del Tiempo y se lo llevó de allí para siempre.

1 comentarios :

Rosa dijo...

Me ha gustado como lo has escrito, pero el final, el final es raro! NO?