30 de diciembre de 2011

Un pobre desgraciado


Siempre había sido un pobre desgraciado. La mala suerte parecía perseguirle como la lluvia a los días nublados, pero lo del último año había sido el colmo: despedido de la empresa tras treinta años de entrega casi completa, divorciado de la mujer con la que se había casado al poco de ponerse a trabajar y, por si fuera poco, enfermo de un cáncer terminal que acabaría con él en unos pocos meses, algo que se había callado por pura cabezonería. Desde entonces vivía en la calle, abrigado por cuatro cartones y acostado sobre el mármol del banco que se había quedado con su casa después de veinticuatro años pagando los plazos. El mundo era una mierda.

Y él era un pobre desgraciado, desde el colegio, lo sabía y se odiaba por ello. Era inseguro, debilucho y muy imaginativo, lo que desde siempre había propiciado las burlas de sus compañeros. Los granos en la pubertad y que le pillasen masturbándose en el baño del instituto tampoco habían sido de mucha ayuda a la hora de quitarse el sambenito de perdedor que llevaba marcado en el alma. Se casó de puro milagro (vamos, de penalti) con una vecina a la que dejó embarazada en una noche de borrachera conjunta y fue otro golpe de suerte el encontrar ese trabajo de repartidor en el que había empeñado toda la vida y en el que fue el escalafón más bajo de la empresa hasta el día de su despido.

La verdad es que la vida era un asco. Comía lo que encontraba en el contenedor, sus hijos no le hablaban y vestía más harapos que ropas. ¡Estaba harto! Así que, ese día, decidió que su suerte iba a cambiar. Encontró una navajilla multiusos oxidada que alguien había decidido hacer pasar a mejor vida y se dijo que ese nuevo golpe del destino iba a cambiar su desgracia por fin, por algo había que empezar, lo más importante era la actitud. Espero a que cayese la noche y a una de las figuras solitarias que deambulaban en la oscuridad solitaria de aquella calleja de tanto en tanto, siempre había despistados que caían en la boca del lobo. Vio al chaval. Parecía delgado y no demasiado fuerte. Decidió que había encontrado a su víctima, seguro que llevaba dinero en el bolsillo.

Esperó a que el chico pasara a su lado sin prestarle la más mínima atención y se levantó ruidosamente con la navajilla entre los dedos ateridos de frío y llenos de heridas. Dijo una de esas frases que se dicen cuando se atraca a alguien y por un momento pensó si no se habría quedado mudo, porque el chaval ni se inmutó. Pero no estaba sordo, lo sospechaba porque escuchaba en ese momento un ruido sordo y veloz que se acercaba. El chico llegó caminando tranquilamente al puente que atravesaba la línea del Cercanías y el atracador frustrado, desgraciado hasta para delinquir (¡maldita sea!) escupió y tuvo que acelerar el paso para alcanzar a su objetivo. Lanzaba miradas nerviosas a uno y otro lados, por si venía alguien. Nadie. Estaban solos. Atracador y atracado. Perfecto. Nada podía fallar otra vez. Un retumbo invadió el piso, pero estaba tan enfrascado en su acecho que ni se percató.

Se acercó de nuevo a la espalda del chaval desconocido y gritó aún más fuerte. Un insulto, una imprecación y una amenaza, todo a la vez, para dar énfasis al peligro que representaba. Y el chico continuó caminando como si tal cosa (¡Joder, ¿Qué coño le pasa a este tío?). Volvió a intentarlo, por lo menos tres veces, antes de abandonar el puente. Hasta que decidió ir un punto más allá. Agarró al chico por el brazo y le hizo volverse, con tan mala suerte que se le cayó la navaja de las manos. El chaval le miró con cara de despiste. El sonido era cada vez más potente. La navaja estaba en el suelo. El chico se llevó una mano a la oreja izquierda y sacó de ella un pequeño auricular apenas perceptible (¡Mierda! Si es que soy un jodido desgraciado).

    -Perdone ¿Quería usted algo?
    -No, disculpe, le he confundido con alguien (¡joder! Vaya mierda)
    -Ok. Buenas noches.
    -Buenas noches.

Casi habían tenido que gritar por culpa del molesto ruido ambiental. Había vuelto a fracasar, como siempre. Pero había dado un primer paso, la esperanza se abrió paso en su mente. A partir del día siguiente su vida iba a cambiar, iba a dar un giro radical a su existencia.

En ese instante, mientras regresaba hacia su cama de cartón y piedra, tropezó con la navaja multiusos oxidada. Quedó colgando unos segundos de la barandilla (¡Por fuera! Mira que tengo mala suerte ¡Joder!), pero pronto se quedó sin fuerzas. El ruido era ahora algo más que una molestia insistente, era una amenaza.

Joder, qué mala suerte tenía el pobre hombre. Nació desgraciado, no lo he dicho antes, pero al nacer le diagnosticaron más de cien alergias al pobre. Vivió siendo un desgraciado y, ¡lo habéis descubierto! Qué lectores más inteligentes tengo. Murió, desgraciadamente, al caer a la vía del tren, después de tropezar con una navaja oxidada que había pretendido utilizar en un atraco frustrado.

Si es que era un desgraciado. Nadie se enteró de quién era el tipo que cayó en la vía y fue arrollado por el tren, así que, nadie fue a su entierro.