22 de diciembre de 2011

A veces



A veces me miras con esos ojos
traviesos y profundos que atesoras,
eternos y brillantes,
                   risueños,
y creo sentir cómo me robas el alma
y te la guardas.
Cómo me atrapas en tus redes,
tejidas por tu aroma a pasión
y promesas de noches de cama.

Entonces, en ese instante
te siento mi amante,
mi musa privada,
mi mujer,
lujuriosa e incitante,
                   seductora,
volátil y esquiva,
              candente.

Y deseo morir allí,
en el lugar que me invita
a morar tu mirada,
a morir de amor
y después añorar para siempre tus brasas.

Otras veces soy yo
el que te busca anhelante,
                            ardiente
y presa del deseo más profano
y te abraso con mi fuego, desde lejos,
aunque parezca que tú no lo notas,
que no quieres sentir el ardor de
                    mi mirada.

Y entonces me siento vacío,
como perdido en noche sin luna,
sin guía en el desierto de tu olvido
y quiero volver a morir
en aquélla pasión hace tanto tiempo olvidada.

Querría decirte lo mucho que te quiero,
cuánto te añoro sin haberte tenido,
cómo me ahogo por no poder beber
del frescor de tus labios rojos,
de seda, llameantes,
                  jugosos,
promesas de una pasión
que nunca será saciada.

No devoraré tus besos con ansia
y tú no me darás a probar
de su aroma dulzón, de tu deseo.

No probaré el sabor de tu carne sabrosa
y tú no dejarás que mis manos
recorran suavemente tu cuerpo tembloroso,
salvaje y firme,
sencillamente sensual,
                      gimiente,
                      sudoroso,
pura pasión en movimiento.

No me dejarás,
Lo sé y muero por ello,
                enloquezco.

No rozaré siquiera tu piel
para que pueda quemarme,
abrasarme con su llama hiriente,
dejarme marcado para siempre,
como una res que pertenece
a tu rebaño obediente.

No,
no lo haré
y en el fondo ambos sabemos
que ya hemos probado nuestra carne,
que ya he rozado tu piel llameante
gimiente y sudorosa,
sensual, salvaje y firme
con mis manos temblorosas,
violentamente tímidas,
                furtivas…                            
que ya me he saciado con tus labios,
que ya me has buscado anhelante…

Y que, si llegamos a encontrarnos
en un camino desierto
jamás podríamos volver a evitarnos.

Y que la pasión que siento,
este deseo tenaz y loco,
sería colmado mil veces
y que tu propia pasión,
                       tu anhelo,
                     tu deseo
habría de ser por mí saciado,
hasta consumir para siempre
el fuego eterno de las llamas,
el ardor
        en el que me incita a morir
                       tu mirada.


1 comentarios :

KaRoL ScAnDiu dijo...

¡¡Lo conozco!! y puedo decir que oí al autor en persona recitarlo en directo, jejeje, ¡¡precioso, Javier!!