#MalditaGuerra

Porque la Guerra es una mierda, se mire como se mire

"La gran aventura de Sir Wilfredo - El asedio de las sombras"

Una novela para disfrutar de las princesas y de los caballeros.

Microrrelatos en 3 Capítulos

Disfruta de más de cien historias cortas

La importancia de las librerías

Artículo publicado en Diábolo Magazine

31 de enero de 2011

La Dama del Claro IX



Estoy agotado.

Es una suerte saber que tengo límites y que no soy todopoderoso, ese bicho ha demostrado ser mucho más resistente de lo que había pensado. He tenido suerte, porque ahora sé que hay seres tan inteligentes y poderosos como yo… podría haber muerto, pero he vuelto a sobrevivir y no puedo remediar sonreír ante el recuerdo de la lucha mortal que acaba de enfrentarme con un ser que, ahora lo sé, era mucho más peligroso que yo… he vuelto a mostrar a la noche cuán peligroso soy. No creo que nadie vuelva a subestimarme, aunque, esta vez he de reconocerlo, he sido yo el que ha pecado de soberbia. Ese ser, ese monstruo debería haberme aplastado. Podría haberlo hecho sin demasiado esfuerzo, era mejor que yo, más inteligente y más fuerte, ¿por qué he vuelto a sobrevivir? ¿Cómo he podido hacerlo una vez más?

Estoy tan cansado que procuro pasar desapercibido para recuperar algo de resuello. Aunque creo que ahora mismo me he ganado unos minutos de sosiego. En cuanto surgí de entre el monstruo vi aparecer, como de la nada, a centenares de seres humanoides que avanzaban hacia mí. Estaban desnudos y caminaban en una pose extraña, ni erguidos ni agachados del todo. Parecían fuertes y musculosos, parecían un peligro más de la noche. Sus ojos, saltones y amarillentos, lucían con un brillo mortecino, dándoles un aspecto tenebroso. Su piel era rosada y parecía cubrir lo justo para dejar ver sus músculos. Se movían veloces y surgían de todas partes. Vi aparecer algunos debajo de la tierra, otros bajaron de las copas de los árboles y dos o tres surgieron de debajo de las arenas movedizas en las que casi había muerto ahogado. Me encaré con ellos y me preparé para la batalla… pero ni siquiera se me acercaron, no venían a por mí.

Eran carroñeros.

Sigo sentado en una sima granítica, a pocos metros de la figura del bicho con el que acabo de batirme y pienso que, de haberse resuelto de otra manera, mi cuerpo podría haber servido de carroña para esos seres atroces y repulsivos que se arrastran alrededor su la gigantesca mole del monstruo.

Pero aquí estoy, agotado y dolorido, vivo.

Los veo devorar rápidamente el cuerpo negro y siento a la vez una mezcla de repulsión y admiración ante la imagen. Sí, son seres atroces, despojos, pero su función es tan importante como la de cualquier otra criatura. ¿Quién es más horrible? Ellos se limitan a seguir sus instintos de supervivencia, pero yo…

Pienso en ella, una vez más pienso en ella y noto como mi cuerpo se tensiona y mi mandíbula se retuerce de odio, ¿quién es esa mujer que tanto me agita? ¿Quién demonios soy yo?

Busco la luna con la mirada y no la encuentro sobre mi cabeza, me sorprende un conjunto de estrellas rojizas que destellan en el firmamento, conforman un extraño dibujo… espera ¿es eso una espada?

Entonces recuerdo las runas brillantes de mi brazo, recuerdo la ausencia de mi espada y blasfemo a los dioses que me escuchen con todos los reniegos que recuerda mi mente indecisa. Miro mi costado y una vez más lo hallo vacío. En un impulso arranco la tela de la prenda que cubre mi brazo izquierdo… y las veo, veo las runas grabadas a fuego alrededor de mi brazo. No sé leerlas, no sé lo que significan, aunque sé que son vitales para mi existencia. Cuento más de una docena de runas, todas diferentes entre sí, tatuadas con formas alargadas y de aspecto amenazador. Mi brazo está rodeado de ellas y en mi mano concluye en punta el trazo de la más alargada de todas. Y sé que es por ellas que soy un peligro inaudito. Sé que no preciso de arma alguna pues el arma soy yo.

El espectáculo puede durar aún horas y yo, aunque siga sin saber el por qué, continúo teniendo mucha prisa por alcanzar un punto aún lejano situado en el norte. Todavía estoy muy cansado, pero eso me enseñará a no despreciar a ningún nuevo oponente, esta vez ha estado demasiado cerca. Esta vez podría haber perdido la batalla.

Sonrío.

Debo estar loco.

Me levanto y dedico un gesto de mi cabeza a la criatura. Realmente ha sido un oponente digno y cualquier otro ser habría perecido en una batalla semejante. Pero yo no soy cualquiera, yo soy un verdadero peligro.

Tras el saludo continúo adelante, el norte me espera.

Y es cuando me pongo en camino cuando la veo perderse tras una roca puntiaguda. La escucho sonreír y llamarme.

La cogeré.

Por todos los demonios del abismo, la cogeré y ay de ella cuando lo haga. Deseará no haberme eludido tanto.

Deseará no haberme conocido

El Lobo Feroz

El Lobo salió al bosque en busca de Caperucita, pero en vez de encontrarse con la odiosa niña vestida de rojo, se topó frente a frente con una chica bastante mayor que ella, vestida con chupa de cuero, minifalda muy corta, botas altas y mirada insinuante... y se relamió, estaba encantado de cómo había cambiado el cuento.

28 de enero de 2011

La Dama del Claro VIII


Antes de dejar que el monstruo me aferre con uno de sus asquerosos tentáculos y sentir su terrible fuerza, su deseo de estrujarme hasta la muerte, la miro. La miro y veo cómo ella me mira a mí. Su gesto no es de alegría ni de deseo, tampoco parece estar alertada por la presencia del pulpo o la suerte que yo pueda correr. Sus labios parecen musitar una salmodia queda, sus ojos no reflejan emoción alguna… y de pronto sé qué está haciendo, está esperando. Me espera.

Algo, un rincón minúsculo de mi memoria me grita que ella no está allí, que solo es un reflejo, que no es real. Y sin embargo está, no solo puedo verla al borde del pozo de lodo, también puedo sentirla, noto su color, su estremecimiento. La noto y mi cuerpo recuerda su presencia, todo mi ser se agita cuando está cerca, ¿quién demonios es esa mujer? ¿Qué hace allí?

La veo llevar de nuevo la flauta hasta sus labios y una vez más escucho la canción de mi tormento. Después ella vuelve a llamarme, la miro, apartando la mirada de la muerte negra que tira de mí sin remedio, que me intentará arrebatar la vida en unos pocos segundos. Pero ella ya no está. No queda ni un solo vestigio de su existencia, salvo la música en mis oídos y mi nombre, ese que escucho continuamente de sus labios y aún no soy capaz de recordar.

El apretón del tentáculo del pulpo se acrecienta y me hace perder el aliento. Bueno, por fin un ser capaz de ponerme en un verdadero aprieto.

En realidad ha sido una verdadera suerte su llegada, porque gracias a él he podido escapar de las arenas. Quizás podría haber intentado salir de ellas, pero no creo que hubiese sido posible. En fin, ese es un problema que ya no hay que resolver.

Me fijo entonces en mi enemigo. Realmente es un ser asqueroso y repugnante. Está cubierto de centenas de tentáculos, más o menos gruesos, pero ninguno inferior al grosor de un hombre adulto. Los tentáculos bailan a mi alrededor, ansiosos. Sé que aquella criatura intentará devorarme, no sé hasta dónde alcanzará su inteligencia, si será un ser consciente o no, pero una cosa sí que es segura, ninguna criatura de ese tamaño coge a un ser inferior por capricho. Tiene hambre, está ansiando devorarme… bien, eso me da ventaja.

Mientras me fijo en su rostro baboso y repleto de ojos amarillentos, en su desmedida boca y sus afilados colmillos, retorcidos, largos e irregulares palpo mi pierna en busca de mi espada. No soy idiota, he dejado que me aferrase su tentáculo negro sí, pero antes he tenido la precaución de separar el brazo lo justo como para mantenerlo libre de su atadura.

Y es en ese instante cuando me doy cuenta de algo en lo que debía haber reparado antes, en realidad no tengo una espada ¿o sí la tengo y la he perdido en las arenas? No hay tiempo para averiguarlo, estoy tan cerca de las fauces del leviatán que puedo sentir su siniestro respirar y sus ronquidos. Su aliento es asqueroso y sus ojos no dejan de mirarme como a un suculento manjar.

Decido no luchar. Sí, sé que parece una estupidez dejarme devorar por una criatura gigantesca extraída de las peores pesadillas de un escritor loco, pero luchar contra sus centenares de tentáculos no parece una locura menor. Dejo de luchar y parece contrariado, como si no esperase de mí aquella desidia. Su tentáculo me aleja de sí, como si temiese algo de mí. Me teme. Sí, aquel ser enorme y monstruoso, aquel gigante de pesadilla me teme. Hace bien. Es más inteligente de lo que sospechaba.

Pero sus dudas apenas duran un par de minutos. Me zarandea y algunos de sus tentáculos se acercan indecisos, como si esperasen una reacción violenta por mi parte, la verdad es que no es nada agradable que un pulpo gigante te sobe con sus tentáculos, pero sé que es mi mejor opción frente a él si quiero vencerle.

Permanezco inmóvil, me tranquilizo todo lo posible y me muestro dócil.

Es inteligente, sí, pero no tanto. Al cabo de unos pocos minutos noto que se estremece entre convulsiones y si no sospechase que eso es imposible, podría pensar que se está riendo ante mi derrota. Está feliz y satisfecho con su presa. ¡Maldito demonio!

Sigo en calma, respirando solo lo necesario. Sé que podría escapar de su atadura y luchar. Pero esa lucha duraría horas y aunque aún no sé si mis fuerzas son limitadas no estoy dispuesto a estar varias horas combatiendo con ese bicho. Así que, sigo esperando.

Y entonces, repentinamente, me arrastra hacia su garganta. Soy rápido y mis ojos captan casi todo el movimiento, pero antes de darme cuenta de lo que está ocurriendo estoy en el interior de las fauces del calamar.

Es entonces cuando siento un cosquilleo en mi brazo izquierdo, es entonces cuando las runas se iluminan y veo los tatuajes plateados que cubren mi mano y la luz que destella de los que guardan mis ropas. Es entonces cuando recuerdo dónde está mi espada.

Yo soy la espada, yo soy el peligro. Él lo sabe y por eso tiembla. La luz de mis runas quema su paladar, su lengua. Sabe que ha cometido un terrible error, que no debería haberme llevado hasta allí, más allá de la frontera de sus tentáculos. Ruge de puro terror e intenta escupirme. Ante mi resistencia intenta sacarme con algunos de sus zarcillos negros.

Pero no podrá sacarme, estoy dentro y de nuevo vuelvo a tener mi espada en la mano, reluciendo la única runa de su empuñadura negra. Mi brazo ha dejado de picarme, pronto, la sangre de aquella bestia regará la noche y emponzoñará la niebla.

Sonrío con malicia cuando clavo la espada hasta la misma empuñadura en el paladar y un surtidor de sangre púrpura me envuelve. He vuelto a vencer en la batalla.

Tarjeta Roja

Y finalmente el partido se tuvo que suspender, el balón protestó porque todo el mundo le daba patadas y el árbitro decidió sacarle tarjeta roja.

La más hermosa

Te miré bajo la lluvia, ¡estabas preciosa! Así, con los ojos cerrados y el cabello chorreante era como siempre te había imaginado, con la piel empapada y el rostro levantado hacia el cielo. Estabas más hermosa que nunca...

En mi trabajo había visto a muchas como tú, magníficas todas, perfectas, sencillamente perfectas o eso me parecía a mí entonces, aunque ninguna había alcanzado la cima a la que tú te asomabas sin recato, ninguna había subido tan alto...

Mi señor estaría contento cuando te viera, tan suculenta y jugosa como me lo parecías a mí, casi podía saborearte yo mismo, aunque aquello era un imposible, le pertenecías a él, como siempre. Serías un bocado inigualable con unas formas tan apetitosas y un cuerpo tan bien contorneado como el que tenías. Estaba seguro de recibir una paga extra cuando te llevase al castillo esa misma tarde y el duque degustase tu carne, la carne de la mejor ternera de todo el rebaño.


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27 de enero de 2011

La Dama del Claro VII

¿Y ahora cómo salgo de aquí?

Esa es la primera idea que me ronda por la cabeza a descubrirme hundido hasta el pecho en esa masa viscosa de barro. Lo segundo que pienso es que soy un imbécil y lo tercero en lo mal que huele ese barro en particular.

¿Y ahora cómo salgo de aquí? Vuelvo a preguntarme poniendo especial cuidado en permanecer tranquilo y moverme lo menos posible. A pesar de mi falta de recuerdos sé que no debo moverme en las arenas movedizas, pues cada uno de mis movimientos me llevará irremisiblemente al fondo de aquella trampa mortal.

A pesar de la oscuridad y la niebla giro el cuello lo suficiente como para tomar conciencia de mi situación real, podría estar poniéndome nervioso por una estupidez, pero no, no es una estupidez, estoy demasiado lejos de cualquier lugar al que aferrarme para salir de allí. Ni siquiera podría alcanzar las ramas más bajas de varios sauces llorones deshojados que crecen en aquel remedo de pantano sin agua.

Sin saber de dónde, un recuerdo fulgura en mi cabeza, un recuerdo cruel y estúpido en una situación semejante. La Tribu de los Somaehd tenía una tradición antigua. Cuando sus niños varones alcanzaban la decena de años eran arrojados a un pozo como este en el que me encuentro ahora, solo aquellos que lograban sobrevivir eran considerados aptos para ser Somaehds adultos… no creo que queden muchos varones en esa tribu y, a pesar de mi peligrosa situación soy incapaz de reprimir una leve sonrisa ante mi ocurrencia. Vaya, no sabía que era capaz de hacerme reír. Eso sí que tiene gracia.

Lo que no la tiene es esa imagen que aparece a la orilla de las endiabladas arenas ni la melodía que llega hasta mis oídos. Una melodía dulce y melancólica que evoca imágenes difusas en mi mente. Conozco esa melodía triste, la conozco y la amo y la odio… y, antes de verla, sé que ella está de nuevo allí. La mujer del bosque está a apenas unos metros de mí y sé que está fuera de mi alcance una vez más. Reniego en voz alta y grito algo, es la primera vez que grito en mucho tiempo y noto mi garganta desacostumbrada al ejercicio. Me raspa el hablar y por eso decido guardar silencio, pero no puedo evitar mis nervios ante su presencia, no puedo hacerlo y noto cómo me hundo lentamente en el fango. Antes de darme cuenta de ello estoy hundido hasta el cuello. No me había dado cuenta hasta ahora, pero mis dos brazos se encuentran también bajo las arenas… no puedo moverme.

Procuro calmarme, pero ella me mira y sé que me ha visto, lo adivino es sus ojos claros y en el baile danzado por sus rizos, me ha visto y sus ropajes blancos entonan una siniestra melodía. De pronto, la música de su flauta se torna en algo oscuro y fúnebre. Sabe que estoy a punto de morir, que en un par de instantes terminaré hundido en el barro, ahogado, muerto… quizás termine formando parte de esos infelices que he visto en las aguas estancadas del pantano, quizás ni siquiera merezca esa condena… no sé con certeza quién soy, aún no, pero sí sé que mi castigo debería ser mucho mayor que ese.

De pronto la música enmudece y la veo acercarse a la orilla fangosa, ¿qué hace? ¿Acaso no presiente el peligro en el que está a punto de meterse? ¿No conoce las arenas movedizas? Pero antes de poner sus pies en el barro sonríe y me dedica una mirada radiante. Me está esperando, sé que me está esperando… ¿por qué me espera? ¿Qué ocurre allí? ¿Quién demonios es ella y quién soy yo?

La música se reanuda y me dejo llevar por su cadencia. Es tan placentero el dejarse vencer por su magia que apenas veo los tentáculos que surgen sinuosos de entre los tallos retorcidos de los sauces. Pero los veo, los veo retorcerse hacia mí presas de un ansia a duras penas controlada. Los veo a pesar de su negrura, a pesar de la niebla y la oscuridad y la noche. Los veo y mi mente se abre paso poco a poco entre la magia.

Despierto y dirijo mi mirada hacia la orilla, allí sigue Ella, tocando su melodía, flotando sobre el barro. No ha dejado de sonreír. Me espera…

Es entonces cuando dos tentáculos, tan robustos como troncos centenarios, repletos de ventosas se acercan a mí y mi sonrisa se hace aún más amplia. Al final sí podré salir de aquella muerte asegurada.

Aunque para ello deba derrotar al padre de todos los monstruos del Bosque.

Espero que ese ser tenga sentimientos, porque esto le va a doler mucho más que a mí.

La música del viento

Hace unos pocos minutos que he cerrado este libro... creo que he dejado marcadas un par de páginas con lágrimas, sí, con lágrimas. Ya sé que no queda demasiado bien que un tipo como yo, con 32 años a sus espaldas, confiese que ha llorado, aunque solo haya sido un poco, con un libro para chavales de 12. Pero qué queréis, ayer mismo discutía con unos amigos sobre nuestra "ceguera colectiva" ante lo que ocurre a nuestro alrededor día a día y hoy, me encuentro leyendo un libro que me confirma, de un modo más que evidente, aquello que yo siempre he defendido... sobre todo en los últimos tiempos. Que estamos ciegos, que estamos muy cómodos con nuestra ceguera y que, por injusto que sepamos que es el mundo, pocos lucharemos realmente por intentar cambiarlo.

Como hace muchas veces, una noticia o un reportaje real, sirve de base a Jordi para trenzar esta historia tan estremecedora y tan repleta de esperanza al mismo tiempo. Con algunas licencias, como el cambio de país y, por supuesto, la ficción que acompaña a la historia real que se guarda en su interior, "La música del viento" nos presenta la terrible situación que hoy día viven millones de niños en todo el mundo, sobre todo en Asia, África y algunos países de Latinoamérica, niños esclavos, niños que trabajan de sol a sol para que nosotros podamos gozar de la vida que llevamos, de nuestra comodidad y nuestra "Crisis económica".

Antes de ponerme a escribir esta reseña me he quedado unos minutos sentado en el sofá, tenía la tele encendida (una manía mía, tener la tele encendida mientras leo), pero no la veía ni la escuchaba, pensaba en los niños de esta novela, en ellos y en todos aquellos que nunca protagonizarán una novela, pero que sé que están ahí, en alguna parte, sufriendo mil injusticias... y no he podido evitar venir a escribir, a pesar de las horas que son... querría tener el valor de hacer una locura como la que hace Alberto, el protagonista de esta historia, pero me conozco demasiado bien como para saber que nunca haré nada semejante... es triste, pero lo sé, sin un ápice de duda.

Esta es una novela corta para los cánones adultos, 200 páginas que se leen en un suspiro, con la prosa sencilla y directa de Jordi, con letras grandes y una lectura amena, aunque se hace muy dura, su lectura es como un desgarrón en el corazón, sobre todo para los que intentamos mantener viva nuestra conciencia. Nos grita verdades a la cara, nos lanza golpes sin avisar y nos recuerda el mundo que habitamos. Pero es indispensable que leamos historias como esta, es necesario, es obligado.

Creo que "La música del viento" es una novela que debería leerse en los colegios, no solo porque está muy bien escrita y animará a nuestros chavales a seguir leyendo en el futuro, sino además porque despierta nuestros corazones, nos solivianta ante la injusticia y nos hace sentirnos demasiado pequeños como para quedar indiferentes ante su historia. Y si llegáis a esta lectura siendo adultos... en fin, os invito a perderos por las calles de la India y por los recovecos de vuestras propias conciencias.

Aunque os hago una recomendación. Cuidado. Este libro empezará a quitar algunas de las vendas de nuestros ojos, si es que aún somos tan inocentes como para que quede alguna.

En fin... un libro terrible y hermoso, escrito en clave juvenil pero duro como un muro de piedra, afilado como una navaja y cruel, aunque no más que un día "normal" para muchos niños de nuestra Tierra. Leedlo, escuchad su historia, dejaos llevar por sus páginas y empezad a comprender que cualquier acto, por pequeño que parezca, es válido.

Gracias a Jordi por este estupendo libro y por contarnos la historia de Iqbal.

25 de enero de 2011

La mala noticia

Al terminar de leer la noticia me estremecí... mis ojos pretendieron llorar, mi cuerpo me pidió un gemido... pero hice lo que casi todos hacemos casi siempre, me olvidé al instante, me encogí de hombros y seguí como si aquello no hubiese existido nunca.

23 de enero de 2011

Confíanza

Pregunté a la princesa si confiaba en mí y en su asentimiento vi nuestra mutua salvación. Nos perseguían y nuestra única salida era saltar por la ventana de su habitación... y claro, como no vuelo ni nada de eso, ahora los dos estamos cerca de espachurrarnos en el suelo... si es que no se pueden ver tantas películas ni tanta televisión... mierda.

22 de enero de 2011

Los Reyes Magos se acordaron de Hans


Una noticia estupenda

Sí. y la verdad es que no sé por qué he tardado tanto tiempo en contaros esto... debe ser que, al dar tantas noticias sobre los demás, pues eso, que uno termina por dar las suyas propias, pero bueno, más vale tarde que nunca así que os cuento.

Este año, en la cabalgata de Navas del Rey han hecho algo que llevo años reclamando, a los niños y niñas, los Reyes Magos les han regalado libros de parte de su ayuntamiento ¿no es genial? Y no solo eso, también llevan unos años en los que Baltasar en negro de verdad, a ver si en Madrid toman nota de esto...

Pues eso, resulta que me llevé un sorpresón al ver que a los niños más grandes (creo que los de 5º y 6º de primaria) los Reyes les regalaban ejemplares de... sí, lo habéis adivinado, de Un ejército para Hans. Qué emoción.

Ayer por la tarde ya hubo una madre que me dio la enhorabuena por el libro y me pidió una dirección donde poder comprar más libros míos, ¡qué grandes son los Reyes Magos, por Dios! Y eso que en "Un ejército para Hans" hago publi de su competencia...

Gracias a Navas del Rey por hacer este pedido en su carta a los Reyes Magos y, sobre todo, por regalar libros en una noche tan especial. A Moisés le tocó un estupendo ejemplar de Bambi con un CD, que casi me gustó más a mí que a él.

¿No es una estupenda noticia?

21 de enero de 2011

Solo entre la gente

Sentí una punzada en lo más profundo del estómago y me encogí todo lo posible. Dudé entre enderezarme y continuar agazapado, tenía frío y calor al mismo tiempo y la cabeza me daba vueltas. La vista borrosa, las piernas me temblaban y sabía, en algún lugar de mi conciencia, sabía, que mi mundo acababa de dar un vuelco sin retorno...

Me enderecé como pude, la música retumbaba en mis oídos y tuve que apoyarme en la barra para no caer a plomo allí mismo. Tambaleante, me sentí terriblemente solo en medio de toda aquella gente que cantaba, bailaba y reía. Me sentía solo, sencillamente solo en medio de un gentío inmenso...

Mis ojos se fijaron en tu espalda, te marchabas de allí, te marchabas. Te alejabas de mí para siempre. Había estado tan cerca de besarte... tan cerca de acariciar tus mejillas y besarte, de abrazarte, de sentirte, de quererte... había estado tan cerca... Y, sin embargo, mientras veía cómo te alejabas sonreí con tristeza, sabía que nunca volvería a verte y tu dulce recuerdo quedaría para siempre en mi memoria.


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La Dama del Claro VI

Soy un monstruo. Un monstruo horrible y sediento de sangre.

Si me quedaba alguna duda sobre mi naturaleza se ha desvanecido en mi terrible enfrentamiento con las dos criaturas de fuego. La lucha ha sido feroz y una vez más he prevalecido, aunque en esta ocasión no he salido de ella indemne. La verdad es que esos dos eran peligrosos y mortales, como demostrarán por la mañana –si es que esta se digna a llegar- decenas de moratones en mi magullado cuerpo, sus golpes aún resuenan en mi cabeza, sus golpes y sus carcajadas. Además de peligrosos eran dos dementes. Aunque en realidad… ¿no seré yo el verdadero demente?

Les he destruido físicamente antes de matarlos, no me he limitado a vencerles, no. Antes les he herido todo lo posible, les he mutilado a conciencia y les he hecho sufrir cuanto he podido, les he humillado y he sentido placer al hacerlo. Dios ¿quién demonios soy?

Al estar frente a ellos me he percatado de que en realidad, aquella cicatriz en el pecho de una de las criaturas era una cicatriz que no tenía nada que ver con mi espada, aunque el material del que está hecha se asemeja en mucho a la piel rocosa de los dos charcos de magma que rezuman en el suelo, a mis pies.

Estoy sudando… estos dos sí han logrado hacerme sudar y gemir de dolor. Y mi rostro siempre llevará un recuerdo de esta batalla en forma de tres profundos arañazos en mi mejilla izquierda. Pero he vuelto a vencer… he vuelto a demostrar que deben temerme.

Decido detenerme a descansar, aprovecharé el calor del magma para sentarme y calentar algo mis huesos entumecidos tras esa dura contienda. Me siento a pesar de que mi instinto me dice que no dispongo de tiempo, a pesar de que una voz interior me sigue gritando furiosa que corra hacia el norte. Debería continuar mi carrera asesina, pero me siento. Necesito ordenar mis ideas si no quiero volverme loco.

¿Acaso soy realmente un monstruo?

¿Qué clase de criatura es capaz de asesinar sin piedad y disfrutar con ello?

Un aullido lejano resuena en la noche y me hace volver la vista atrás. Los recuerdos se agolpan en mi mente, intentando hacerse paso y reflotar en mi memoria, pero son tantos y están tan apelmazados que no soy capaz de recordar nada. Cierro los ojos pero sé que no servirá de nada.

Y de pronto allí está de nuevo, sentada frente a mí, sonriendo con esos labios que me muero por besar. Sé que la odio, sé que debería levantarme de un salto y cercenar su cuello con el filo negro de mi espada, pero algo me incita a permanecer allí, sentado como un idiota, mirándola. Y aunque tiemble a causa del esfuerzo de contener mis impulsos homicidas, permanezco inmóvil, silencioso, embrujado.

¡Debería matarla allí mismo! Manchar mis manos con su sangre y gritar presa de un júbilo incontenible… ¡La odio! ¡La odio a muerte! ¡Y la amo…!

Un pestañeo, un simple pestañeo la aleja a decenas de metros de mi improvisado campamento. Vuelve a sonreírme y me indica con un gesto de la mano que vaya tras ella. Se me hace la boca agua… la deseo, deseo acariciar su cuerpo y arrancar las gaseosas ropas que cubren sus formas incitantes. Parece tan… tan pura y yo tan negro, tan siniestro, ¿Podrían amarse la luna y el sol? No lo creo…

Me llama… vuelve a llamarme con ese nombre que no recuerdo tener y que no entiendo. Me llama y la mera mención de mi nombre hace que me levante y camine detrás de ella, ya ni siquiera trato de alcanzarla… es peligrosa, lo sé. Todo mi ser me grita a cada instante que la rehúya y me aleje de ella todo lo posible, sé que será mi perdición… que es más peligrosa que yo… y aun así la sigo, sin prestar atención a cuanto me rodea.

Pero termina desvaneciéndose en la nada ¿o fue al rodear aquella encina retorcida? Ni lo sé ni me importa. Ahora estoy más cerca de mi destino que antes, el norte me sigue llamando. A mi alrededor todo son troncos desnudos y el suelo es una amarillenta alfombra de hojas secas. Estoy en una extensa arboleda de álamos, cuyos troncos grises se extienden hasta donde alcanza mi vista. Me siento pequeño en aquel paraje, no hay criaturas a las que combatir y sin la lucha, sin la muerte no soy más que un cascarón vacío.

No soy nada.

Durante horas camino entre los álamos, acompañado por el crujir de las hojas bajo mis pisadas y por el mando de niebla que me cubre hasta las rodillas. Estoy asustado, lo reconozco y me odio por ello. Pero la ausencia de un enemigo concreto hace que tiemble como un chiquillo. La alameda parece no tener fin… ¿y si estuviese condenado a vagar por esa arboleda para siempre? ¿Y si no hubiese un norte al que llegar? ¿Y si realmente estuviese loco?

Mi nombre vuelve a ser invocado por esa voz tan sugerente que me invita a continuar aún más deprisa hacia el norte. Mi destino me aguarda.

En mi caminar creo atisbar un destello de bucles dorados perdiéndose tras los troncos, pero nunca consigo alcanzarlo. Ella me sigue evitando, ella sigue haciéndome débil…

De pronto algo se mueve bajo la niebla, algo me ataca y mi ánimo se recobra. Pero antes de poder enfrentarme a lo que quiera que me aceche pierdo el paso y caigo por una pendiente situada bajo mis pies. No sé cuánto tiempo estoy resbalando y rodando montaña abajo, pero mi caída se detiene con un seco chapoteo… y al intentar salir del charco, me doy cuenta de que estoy en un pozo de arenas movedizas.

La noche se pone interesante.

20 de enero de 2011

Tres rosas rojas y una copa de coñac

Por si tenéis un ratejo y os apetece leer un relato sobre la extraña figura que pululaba por el cementerio de Baltimore cada 18 de enero hasta que, desde hace un año, dejó de hacerlo misteriosamente...

Es una descarga gratuita de Bubok, apenas son cinco páginas, pero creo que podéis pasarlo muy bien con este cuento.

Fue merecedor del premio del II Concurso de Relato Las Palabras Escondidas, de Villa del Prado.


Desde hace más de cincuenta años hay una figura misteriosa que recorre el cementerio de Baltimore cada 18 de enero para llevar a la tumba de Poe tres rosas rojas y una copa de coñac...

19 de enero de 2011

La Dama del Claro V

Pero no, el bosque es finito, lo sé, algo me dice que hay una salida, aunque aún está lejos. Mi teoría se reafirma cuando llego al lago, o lo que debió ser un lago en el pasado. Ahora, el barro y millares de troncos, podridos y agujereados, envilecen sus aguas emponzoñadas. Es como si una terrible plaga hubiese derribado el bosque, como si el tiempo se hubiese detenido en aquel pedazo de arboleda. Montañas de ramas y troncos me permiten caminar sobre las aguas y lo hago. El camino más corto hacia un lugar es siempre la línea recta y yo debo ir veloz hacia el norte.

De tanto en tanto la madera podrida cede bajo mis pies y chapoteo en el fango, de lo que un día debió ser un lago caudaloso. Todo está lleno de animales en descomposición y aguas estancadas. En algún punto de mi recorrido unos brazos, tan podridos como los árboles, intentan aferrarse a mis tobillos y luchan por llevarme al fondo, apenas son un mero entretenimiento en mi viaje. Aunque tras segar el quinto brazo seguido, me acerco al agua para ver quiénes intentan atraparme de una forma tan burda e inútil.

Y los veo… veo a los habitantes de aquel lugar infernal. Hay decenas, cientos de personas bajo las agua… son humanos, o lo fueron en el pasado. Sus cabellos flotan bajo las aguas y sus bocas están abiertas en una mueca eterna de hambre y terror, las cuencas de sus ojos están vacías y reflejan una oscuridad insana. Están hambrientos y lo estarán para siempre… ese bosque es mucho más de lo que parece a simple vista.

Los miro durante largos minutos, sacudiéndome sus garras de vez en cuando. Es una visión espeluznante la de sus calaveras dirigidas hacia uno… pero ya no se puede hacer nada por ellos, están muertos o algo mucho peor… no morirán jamás. Sacudo los hombros y sonrío, después dejo de prestarles atención y continúo mi camino. Ya puedo ver el otro lado del pantano.

Allí, en la orilla opuesta, por primera vez en lo que llevo de travesía, me encuentro con el primer enemigo a tener en cuenta de verdad, un ser bastante más peligroso que la serpiente que acabó con Leviatán. Es un Coloso, una criatura del averno muy difícil de matar, lo sé por experiencia propia y me sorprendo de estar recordando algo en concreto, al fin. El Coloso tiene más de dos metros de altura y casi uno y medio de envergadura, es un ser de cuidado. Fiero y temible, además de inteligente. Su fuerza bruta solo es superada por su velocidad extrema. Tiene figura humana, aunque su piel está compuesta de roca, una roca negra con olor a azufre que parece hacer imposible la velocidad con la que se mueve, proceden del magma que rezuma de los volcanes, ese que se forma durante años y años bajo la corteza de la tierra, y por eso arden a voluntad y se disuelven al morir, abrasando a los luchadores más descuidados. Esta vez no me enfrento a mi enemigo a la carrera ni suelto mi espada… esperad un momento, mi espada… mi espada parece estar hecha con la piel de un Coloso.

Ese pensamiento parece ser mi presentación, el enorme monstruo olfatea el aire y levanta la cabeza, confundido… su confusión apenas dura un segundo antes de saber dónde estoy. Me mira y sonríe con maldad. Parece como si él me buscase a mí. Sonríe y sus carcajadas resuenan en mi cabeza y habla, aunque no comprendo sus palabras, habla y es como su una montaña se derrumbase.

Un nuevo derrumbe se desata en mi interior y veo por qué se carcajeaba, sabe que no intentaré huir de la batalla, que no rehusaré luchar, parece conocerme muy bien… entonces, desde lejos, veo una cicatriz en su pecho, una cicatriz que reluce, un hueco sin piel… y comprendo que estoy ante la criatura de la que está hecha mi espada negra.

Aunque hay algo más –me digo mientras continúo acercándome al coloso-, algo que se me escapa de su alegría y que no consigo comprender. Da igual, la lucha será a muerte una vez más, como todas… y yo no pienso morir. Es entonces cuando escucho el rugido a mi espalda y noto un calor inaguantable… son dos. Mi enfrentamiento es con dos colosos gigantescos y tan sanguinarios como yo.

Utilizo la pérdida de Leviatán para enfurecerme, si es que hace falta una excusa para luchar.

Allí no está la mujer, ni sus cabellos rizados, ni sus ojos azules, allí estamos ellos dos y yo. Allí soy el Peligro.

¡Que tiemblen ante mi ira!

18 de enero de 2011

El hombre marcado

Soy un lector asiduo de literatura fantástica, desde que me dio por leer libros “gordos”, la literatura fantástica ha sido la que ha llenado la mayor parte de mi vida lectora, durante estos años he leído de todo, algunos libros excelentes, otros muy buenos, otros algo más aburridos… me he encontrado con criaturas de toda clase y condición, personajes más o menos originales, magias diferentes, deidades diversas, héroes y antihéroes… de todo. Vamos, que cuando hablo de novela fantástica sé de lo que me hablo (aunque siempre habrá cosas que no haya leído o que no sepa y gente que sepa aún más que yo).

Cuando leí el dosier de prensa de “El hombre marcado”, su sinopsis y vi la genial cubierta que anunciaba la primera parte de “La saga de los demonios”, en seguida supuse que estaba ante uno de esos libros que me gustan. Además, me llamaba especialmente, como solo te llaman esos libros que sabes que te van a gustar te encuentres lo que te encuentres en su interior. A veces, esas suposiciones iniciales te llevan a llevarte más de un chasco.

Pero no ha sido así, este libro ha cumplido con creces mis expectativas. ¡Qué gran libro de fantasía!

“El hombre marcado” es una novela oscura, siniestra, poblada de muerte y escenas desgarradoras, si fuese una película seguro que nos encontrábamos en todas las escenas con una espesa y siniestra niebla y colores mortecinos. Nos presenta un mundo perpetuamente atemorizado por unos seres horrendos e invencibles que atacan solo por la noche o cuando el sol desaparece a causa de una tormenta especialmente fuerte.

La vida de este mundo es la de cualquier libro de fantasía, castillos, ciudades amuralladas, aldeas (de una de ellas surge nuestro protagonista principal, como en la inmensa mayoría de estas historias)… pero tiene algo diferente, todos los personajes de este mundo, sean valientes o cobardes, fuertes o débiles, inteligentes o idiotas… todos, absolutamente todos se refugian en cuanto cae la noche tras los borrones de una magia olvidada que les protege de los demonios, los seres de la noche, surgidos del abismo cada vez que cae el sol, asesinos despiadados a los que nadie osa enfrentarse salvo una tribu del desierto que todo el mundo considera locos.

Aunque esto no fue siempre así, dicen los juglares, al menos, una vez al año hay uno que acude a la aldea de nuestro protagonista gracias a la protección mágica de un Enviado, un personaje valeroso que no se enfrenta a los demonios, pero que posee retazos de magia que le protegen de su ataque… casi siempre, dice los juglares que hubo un tiempo en el que los hombres combatieron a los demonios, en el que poseían armas capaces de herirlos y matarlos… un tiempo en el que los hombres expulsaron a los demonios de su mundo.

Nuestro protagonista principal, Arlen, piensa que se debería combatir a los demonios, lo piensa aunque su padre le diga que es una locura y que no es de cobardes ocultarse tras los grafos protectores, la magia incompleta y desgastada recordada de tiempos lejanos, cuando atacan los demonios, sino de prudentes… aunque cuando la madre de Arlen se queda fuera en la noche y su padre no se atreve a dar un paso para socorrerla de una muerte segura Arlen comprende que todo eso es una excusa. Ahí es cuando comienza su aventura, una aventura que le llevará primero a querer ser un Enviado y después a enfrentarse una y otra vez a los demonios que nadie osa enfrentar.

Una aventura nueva, una magia diferente y olvidada que lucharemos por encontrar junto a Arlen y varios personajes diferentes a los que cogeremos mayor o menor cariño a medida que leamos sus extensas 510 páginas, pero que nos llevarán de la mano hacia una de las mejores novelas de fantasía que he leído en los últimos tiempos.

Además de la historia de Arlén, nos encontraremos con otros dos personajes claves en la historia, sobre todo en el devenir de las nuevas entregas de la saga, Rojer, un aprendiz de juglar a quien los demonios dejaron huérfano y con dos dedos de menos; y Leesha, una joven herborista conocedora de los secretos de una de las últimas herboristas de antaño.

Una novela apasionante, repleta de misterio y de acción. Original a más no poder y con detalles nuevos con los que nunca antes me había topado, regada con los toques de género que la convierten en una novela de las de siempre con cosas que no se han visto anteriormente y la hacen la mar de apetecible.

Si eres aficionado a la literatura fantástica y quieres adentrarte en la espesura, para nada aburrida por otra parte, de una nueva saga fantástica, no dudes en leerte este “Hombre marcado”, creo que es un descubrimiento. De hecho, estoy leyendo ahora mismo que se han comprado los derechos para llevarla al cine… no me extraña, por otra parte.

"El hombre marcado" está traducido al alemán, japonés, polaco, checo, francés, español, holandés y portugués. Prueba evidente de que será un éxito rotundo.

Pues bien, puedes ser uno de los primeros en leerlo. Es altamente recomendable

Peter V. Brett se crió con una estricta dieta a base de novelas de fantasía, cómics y juegos de rol, y escribe relatos de fantasía desde que tiene memoria. Se licenció en Literatura Inglesa e Historia del Arte por la Universidad de Buffalo en 1995, y pasó más de una década trabajando en una editorial farmacéutica antes de retomar su gran pasión. El hombre marcado es su primera novela.

Más información en www.petervbrett.com


El Manco, el Demonio de las Rocas que persigue a Arlen durante buena parte del libro

El rescate

El caballero cayó de rodillas delante del dragón, estaba agotado, rendido... su armadura estaba completamente destrozada y apenas podía mover el brazo derecho a causa del garrotazo de uno de los ogros con los que había tenido que combatir en el monte. Sudaba profusamente y su valentía se amortiguaba delante de aquella bestia descomunal...

Había llegado hasta aquella cueva en busca de la princesa, una beldad mundialmente conocida, con los cabellos dorados como el fuego, los ojos azules como un cielo despejado y una sonrisa divina. Pero ahora, al ver el tamaño del leviatán que la había secuestrado del castillo... se dijo -bueno, tampoco es que conozca de nada a la princesa ¿y si no somos compatibles? ¿Y si no salta la chispa del amor entre nosotros?

Envainó la espada lentamente, para no provocar al dragón, humilló la cabeza y, fatigado como estaba, comenzó a arrastrarse hacia atrás, como los bardos decían que uno debía comportarse ante un bicho de ese porte. La princesa gritó algo, pero el caballero no la entendió y siguió alejándose de lo más rápidamente posible. De pronto el dragón rugió y, como un rayo, se situó frente al humano. Su rostro evidenciaba una furia temible. El leviatán inhaló una buena bocanada de aire antes de abrir sus fauces y el caballero suspiró, sabiendo que estaba perdido, nada podría hacer ante el fuego de un monstruo semejante.

Y entonces el dragón acercó la poderosa testa a la del caballero y en un susurro le dijo: -llévatela, por favor, por lo que más quieras, llévatela...

16 de enero de 2011

Enamorado...

Tanto la amaba, que al verla sonreír sin él, al verla feliz por primera vez en la vida, decidió olvidarla para siempre...

15 de enero de 2011

La Dama del Claro IV

Y es al ir a correr cuando la veo. Una mujer. Hay una mujer tras el tronco rugoso de un roble.

Intento acercarme a ella, pero sonríe y se aleja de mí. Al principio lo intento tímido, pero poco a poco la furia me embarga y corro hacia ella, poseído por un deseo incontenible de tenerla entre mis brazos. Sin embargo siempre se mantiene lejos. La veo sonreír junto a una roca, junto a todos los árboles del bosque, en medio del arroyo… es como un reflejo inalcanzable, aunque sé que está ahí de verdad. No la recuerdo, pero sé que es real, sé que esa mujer es real, a pesar de ser una presencia totalmente fuera de lugar en ese bosque siniestro y tortuoso.

Es como el sol que no aparece en el horizonte. De ella emana una luz que me debilita. Es hermosa, más de lo que podría serlo jamás ninguna otra mujer. Su mirada me hace temblar y su sonrisa… Diablos, ¡odio esa sonrisa! La mataría si la atrapase. Sé… algo me dice que esa mujer es el fruto de todos mis problemas, es mi perdición.

Su cabello dorado, sus bucles rizados perdidos tras sus hombros desnudos me huele a miel y a licores suaves. Tengo que sacudir la cabeza ante algunas visiones que me sacuden y me hacen estremecer. Noto calor en mis entrañas. Esa mujer… ¿quién es esa mujer? ¿Con qué veneno me ha envenenado? ¿Cómo puede un solo ser poseer tanta grandeza?

Sé que no está allí y sin embargo sí lo está. La huelo, noto la cercanía de su piel de terciopelo, el vacío en el que me sumerge su mirada azul. Noto la debilidad de mis miembros y la punzada de remordimientos que me apuñalan de nuevo el estómago y la garganta. Sé que ella es mía… lo fue… estuvo entre mis brazos y me amó… por todas las bestias endemoniadas del abismo, sé que ella me amó… y que yo fallé a su amor. Y eso me duele más que cualquier herida que me hayan infringido en mi dilatada vida.

No –me digo- yo no soy el peligro… el peligro es ella. El verdadero peligro, el mal, es esa mujer hermosa. Es esa sonrisa, es esa túnica clara que deja entrever sus formas sinuosas y sugerentes. El peligro son sus rizos dorados.

Yo solo soy un humilde siervo.

No soy nada

Caigo de rodillas en el cieno y parpadeo… y al hacerlo, ella ya no está a mi lado. La busco con la mirada, la llamo aunque no sepa su nombre, pero no está, se ha ido y su pérdida supera con creces a la de Leviatán. ¿Quién es ella? ¿Por qué me hace sentir como un chiquillo? ¿Por qué tiemblo en su presencia?

Y recuerdo que la amo…

Por suerte tres criaturas imprudentes piensan que mi ataque de debilidad es un momento inmejorable para ensartarme con sus armas y sus garras. Pronto descubren lo rápido que me repongo de cualquier mal y lo poco que tiemblan mis miembros cuando Ella –de momento, hasta que recuerde su nombre, la llamaré así- no está.

Tampoco esta vez desenvaino la espada. Uso mis manos desnudas para hurgar en las entrañas de mis atacantes y robarles la vida. Y mientras los asesino lentamente, desbordado por la furia, les pregunto una y otra vez que quién es Ella, les pregunto dónde está, les pregunto quién es ella… aunque no les doy tiempo de contestar.

Sé que debo ir hacia el norte. Ahora sospecho cuál es el motivo y eso es suficiente aliciente como para que no me detenga ni para recobrar el aliento.

Mis cálculos me dicen que llevo varios días correteando por el bosque y aún no parece que vaya a alcanzar el final del mismo, quizá sea eterno, quizá sea imposible abandonar el bosque y esté atrapado para siempre.

El regreso

Durante décadas vivió solo y feliz en su propia isla desierta, pero cuando se enteró del holocausto zombi que destruyó el mundo en apenas unos meses, decidió regresar a la marchita civilización por un repentino sentimiento de soledad.

14 de enero de 2011

La Dama del Claro III

No recuerdo quién soy, pero a medida que recorro el bosque y la ciénaga que lo inunda voy tomando constancia de mis cualidades. Este lugar apesta, el agua me llega hasta las rodillas y la niebla se ha tornado una cortina densa y persistente que no parece tener muchas ganas de levantarse. Camino a ciegas, a veces me sorprendo corriendo. Y no sé por qué pero sé que tengo prisa, tengo prisa por llegar al norte lo antes posible. Por eso corro bajo la niebla, sin importarme lo más mínimo lo que pueda encontrar delante. Estoy agotado… llevo horas buscando criaturas con las que desahogar el nudo de mi garganta… aún no lo he conseguido, Leviatán era mucho más que una montura o un caballo, ahora lo sé, Leviatán era mi amigo y por eso odio a estas criaturas con cada fibra de mi ser.

Ya no dejo que huyan de mí…

Mis rugidos amedrentan incluso a las ramas más ocultas de este bosque, mi espada ha bebido de decenas de criaturas durante esta carrera a ciegas. No he reparado en colores, ni en razas ni en tamaños. He asesinado sin piedad a cuanto ser se ha cruzado en mi camino, me he bañado en su sangre y he rugido como una bestia hasta sofocar mi pérdida, aunque sé que es irreparable, nunca volveré a tener un amigo como Leviatán.

Los monstruos… si es que no soy yo el verdadero y único monstruo de estos parajes, ya no se dignan a combatirme ni a emboscarme, los espías parecen no seguirme, solo los lobos continúan tras mi rastro, los huelo y los siento correr veloces a mi espalda, apenas tocan el suelo con las mullidas plantas de sus zarpas, pero yo puedo sentirlos y sé que es a ellos a los únicos seres de aquel lugar a los que no quiero dañar en lo más mínimo, al menos de momento.

Sigo estando furioso, pero, a medida que avanzo sin encontrar seres en los que descargar mi furia, siento que un nuevo sentimiento se abre paso en mi garganta, me ahogo y sé que no es de cansancio o agotamiento, podría seguir corriendo y asesinando sin piedad durante semanas enteras, sin descanso alguno, pero noto que el nudo de mi estómago se ablanda y corretea nervioso hacia mi garganta. Desconozco ese nuevo sentimiento, no sé de dónde viene ni qué significa, pero sé que es dañino y que, tarde o temprano deberé sacarlo de allí, aunque para ello deba degollarme a mí mismo.

Aunque no recuerde quién soy o dónde estoy sí que recuerdo cosas básicas sobre el mundo en el que vivo, como el que llevo corriendo demasiadas horas bajo el amparo de la noche, debería haber llegado la mañana, lo sé tan bien como que necesito respirar para continuar en pie. No parece haber mañana en aquel bosque, ni sol, ni claridad.

Mejor –pienso con una media sonrisa- así no me debilitaré lo más mínimo.

La niebla se disipa al bordear una colina y el suelo es ligeramente menos pantanoso. En mi carrera sorprendo a varias figuras humanoides de un tono gris acerado. Su piel escamada es robusta y parece cuero muy grueso o incluso un metal ligero. Son tan altos como yo y sus músculos demuestran que son guerreros habituales. Se plantan sobre dos piernas robustas y van armados con guadañas y cimitarras tan anchas como mis brazos. Sé que son peligrosos. Desde su cola repleta de pequeñas púas aceradas a sus colmillos, son peligrosos y son muchos, al menos cuento diez en el camino. Podrían resultar un verdadero peligro. Me miran con gestos hoscos, como animándome al combate. De pronto sé que ellos me servirán de desahogo y que esta lucha será el último homenaje que le dedique a Leviatán, aunque se merecería tener varios altares en su nombre. Acepto el desafío y dejo caer mi espada negra, que parece gemir contrariada al quedarse fuera de la lucha.

Ellos se miran entre sí y se sonríen de mi estupidez. Me vuelven a desafiar, esta vez con insultos en un idioma desconocido para mí y con bravatas de soldado. Parecen unos bravucones ignorantes, pero mientras me chillan veo que adoptan una inesperada posición de combate. Pertenecen a un ejército bien aleccionado… o pertenecieron a alguno. Bien, será más divertido.

Me lanzo a la carrera ante sus gestos de confusión. Al principio parecen ligeramente conmocionados ante mi locura, pero se reordenan rápidamente y se preparan para acabar conmigo de una manera rápida y limpia. Se llevan una nueva sorpresa. Ni siquiera esos reptiles acostumbrados a la batalla y a la guerra se esperan el salto que me sitúa en el centro de su formación. Casi ni yo mismo soy capaz de entenderlo, pero allí estoy y me basta para hacerme con una lanza.

Eso debería ser suficiente…

Y lo es. Al cabo de unos minutos todos ellos están muertos, asesinados sin piedad por mi ira. Miro la espada desde lejos, la veo destellar apesadumbrada por no haber combatido a mi lado… y es entonces cuando sé hasta dónde soy capaz de llegar, el arma no me guía, yo soy el asesino que guía su filo. Yo soy el peligro.

El nudo es entonces demasiado fuerte incluso para mí, me llevo las dos manos a la garganta creyendo que voy a ahogarme… y es entonces cuando ocurre. Lo primero que noto es el calor de un líquido en mis mejillas, después saboreo su salinidad y más tarde me convulsiono irrefrenablemente entre sollozos. Nunca había llorado en toda mi existencia, ni siquiera de niño, es algo que sé aunque no recuerde nada sobre mi pasado, nunca había llorado, por nada ni por nadie.

Y sin embargo estoy llorando por Leviatán.

Mi rugido dolorido levanta ecos en el bosque. Alguien va a pagar muy caro estas lágrimas, aunque aún no sepa de quién se trata.

Tras ese bramido me levanto, recojo mi espada y vuelvo a caminar hacia el norte. Me encuentro mucho mejor, la pena por la pérdida de mi montura sigue ahí, pero he extirpado ese doloroso nudo en la garganta.

Tengo que darme prisa, no sé por qué, pero tengo que ir hacia el norte lo antes posible.

13 de enero de 2011

Fuera de Lugar

Al llegar allí me sentí extraño, fuera de lugar. No eran iguales a mí, aquellos con los que me cruzaba eran altos, elegantes, miraban con aires de superioridad... y yo caminaba tan desgarbado como siempre, tan irrespetuoso con las solemnidades, vestía con vaqueros y camisa, en un afán de disfrazarme, pero por dentro seguía vistiendo con el chandal de siempre...

Llegué a mi destino y supe, antes de cruzar el amenazador umbral, que no encajaría, que me sentiría incómodo y vulgar, que estaba fuera de sitio. No me había esforzado con mi disfraz y estaba claro que todos lo podía apreciar, lo noté en el descaro con el que miraban por encima de sus hombros enfundados en ropas de marca y perfumados con colonias caras, algunas quizá costasen más que toda mi ropa junta.

Estaba fuera de lugar, era un borrón en su historia, un ente difuso que casi nadie pareció ver, puesto que no me saludaron ni me dedicaron una leve sonrisa o un cabeceo de camaradería... pero tras un tiempo deslumbrado por su comportamiento recobré la vista y me di cuenta de que yo era el único feliz con mi manera de ser y que ellos solo actuaban conforme a sus prejuicios.

La Dama del Claro II

Yo también sigo nervioso, aunque sé que no hay motivo… acabo de despachar a cinco criaturas que me doblaban en estatura y corpulencia sin apenas esforzarme, de hecho, creo que he actuado de manera bastante temeraria, aunque visto el resultado no me extraña que sea capaz de actuar así. Pero si soy tan peligroso y mortal como parece ¿por qué estoy tan agitado? ¿Por qué no se va este molesto nudo en el estómago?

Llevo cabalgando un par de horas desde que acabé con los toros y no me he topado con ninguna criatura más. En realidad, con ninguna que quisiera atacarme o enfrentarse a mí. Mis sentidos son capaces de distinguir el arrastrar de decenas de criaturas a mis espaldas. Seres escurridizos que se adentran en las sombras. Además de varias aves que han sobrevolado sobre mí. Cuervos y urracas, ¡espías! No sé por qué, pero sé que estoy siendo vigilado por el propio bosque que me cobija. Alguien quiere saber cada paso que doy y eso es algo que me disgusta. Alguien deberá darme muchas explicaciones antes de morir.

A Leviatán se le escapa un relincho y es en ese instante cuando sé que la cosa se va a poner fea de verdad. La runa de la espada reluce y mi corazón se desboca en palpitaciones aceleradas. Esto no me gusta. No debería estar tan nervioso ni asustado. No debería estar asustado ni temblar…
Descabalgo de un salto y mi espada fulgura fuera de la vaina antes de que mis botas negras se posen en el acolchado suelo repleto de hojas muertas y moho húmedo. Cada vez se ve menos en el bosque, una espesa niebla se ha posado y no me deja ver más allá de mi brazo estirado. Suerte que mis sentidos funcionan a la perfección, así puedo saber que algo más me acecha, una criatura nauseabunda y siniestra que repta en el tronco de un árbol situado a mi derecha.

Un simple movimiento me basta para acabar con la serpiente. Suelto una maldición al sentir la quemazón de su sangre en mi piel. Me he quemado el brazo, pero, por suerte para mí, eso es mucho menos de lo que me habría ocurrido si hubiese permitido que la serpiente se me acercase. Esta vez he tenido suerte, pero el bosque es cada vez más peligroso, lo presiento.

Leviatán relincha nervioso ¿dónde está? Ahí, a tan solo una decena de metros… pero llego tarde, antes de empezar a correr sé que no llegaré a tiempo. Su piafar aterrado hace que me estremezca de pavor. La niebla se espesa y pierdo de vista su pelaje negro como la noche y sus ojos infinitos. Pero puedo escuchar cómo lucha por sobrevivir, cómo patea en el suelo pantanoso y caracolea furioso. Leviatán es un señor entre los caballos, forma parte de su realeza y su orgullo se hace patente en la batalla desencadenada fuera de mi alcance. Escucho su bravo relincho, su batalla y lo siento cada vez más lejano, más sordo… mis botas chapotean en el fango y me hacen resbalar, apenas me percato, pendiente como estoy de localizar a mi caballo. Ahora sé por qué estaba tan nervioso, sabía que iba a morir aquella noche, Leviatán lo sabía e intentaba decírmelo. Aprieto los puños y blasfemo a voz en grito.

Escucho un último relincho…

¿Por qué suena como si viviese de arriba? Al levantar la mirada le veo, veo a mi caballo… o lo que queda de él, Leviatán está destrozado y su cuerpo repartido entre cuatro copas diferentes… entonces, con la juguetona niebla a mis pies, veo al causante de la muerte de mi montura. Es un ser irreal y monstruoso. Un ser que reparte su cuerpo entre varios árboles diferentes, es enorme.

Parece una serpiente. Una serpiente enorme. La madre de todas las serpientes.

Tiene los ojos amarillos y relucientes, su mirada destila una malévola inteligencia que la convierte en un peligro mayor de cuantos me he encontrado hasta el momento. No la veo venir hasta que ya la tengo encima, se mueve como un rayo y, antes de esquivar su repentino ataque puedo ver que cuenta con varias hileras de colmillos en el interior de sus fauces, cada uno de ellos al menos tan alto como y mismo.

Antes de poder felicitarme por haber esquivado su primera ataque, la bestia contorsiona su cuello y lanza contra mí un nuevo ataque de sus colmillos y sus fauces. De lo que ocurre a continuación apenas guardo un recuerdo. Mi movimiento es increíblemente rápido y parece instintivo, me sirve para esquivar a la serpiente gigante y, a la vez, lanzarme hacia ella con todo el peso de mi ira. Leviatán está muerto y eso me convierte en un peligro mayor aún para el Bosque, ya no hay ser que retenga mi venganza.

Al cabo de escasos minutos la serpiente reposa a mis pies, aún agoniza mientras me arrodillo ante sus fauces y la miro directamente a los ojos, donde encuentro una vez más un terror inaudito hacia mí. Pienso en matarla de una vez, para que no sufra… las heridas que le he infringido son graves, mortales de necesidad, así que –pienso- por qué iba a acabar con ella tan pronto, lo mejor será que agonice antes de morir, así todo el bosque sabrá lo mucho que quería a Leviatán.

Ahora… ahora estoy solo en el bosque, ahora soy un peligro.

Que se preparen todos. Creo que nunca antes había estado tan cabreado como lo estoy ahora mismo… al menos no lo recuerdo.

Ese bosque y sus moradores se van a arrepentir de tenerme entre sus invitados.

7 de enero de 2011

El Sueño

El último día, justo antes de escuchar la última de las campanadas que anunciaba a todo el mundo que el año se había terminado al fin, deseó fervientemente un único deseo, lo deseó con todas sus fuerzas, imaginando por un segundo que pudiera hacerse realidad si lo deseaba con convicción.

‎El primer día del año siguiente volvió a desearlo con todas sus fuerzas, continuaba pensando que la convicción total sería suficiente. El segundo día siguió soñando y el tercero y el cuarto y el quinto...

...y cuando llegó la última campanada del año siguiente, volvió a brindar con un deje de despiste en la mirada y, como si despertase de un sueño o un letargo, se percató de haber estado todo un año entero soñando, sin haber hecho nada por cumplir su único sueño.

6 de enero de 2011

Mi carta a los Reyes Magos


Queridos Reyes Magos:

Este año he sido regular, porque bueno, bueno, lo que se dice bueno... tampoco lo he sido, pero bueno, podría haber sido mucho peor también... en fin, mejor me callo ¿verdad?

Os escribo esta carta para pediros un par de cosillas sin importancia, nada del otro mundo, pero ahora que llega 2011 y eso... pues que me apetece pediros algo, como todo hijo de vecino. La verdad es que son las tantas de la madrugada y ya estaréis al llegar a mi casa, ahora me voy a dormir, no vaya a ser que os encontréis conmigo en el salón y no me dejéis nada... bueno, tampoco es que esté demasiado lúcido a estas horas, así que, perdonad mi torpeza al redactar.

Bueno, como lo de la Paz Mundial y el Hambre sé que es imposible, porque con tantas veces como os la hemos pedido unos cuantos, si aún no lo habéis conseguido es que sois magos, pero no dioses omnipotentes... pues eso que no os lo pido otra vez, aunque no estaría de más un nuevo intento. Me voy a limitar a pediros salud para todos los míos, con eso casi me basta y me sobra. Pero además, quiero... bueno, quiero muchas cosas y si me pusiera aquí a pediros todo no terminamos. No, me quedo con lo de la salud y con vuestro intento de conseguir que mañana sonrían la mayor parte de niños posible en todo el mundo.

Bueno, ahora que he calentado, también quiero que la musa que me susurra versos y escritos no me abandone nunca, sin ella... bueno, ella mueve una parte muy extensa de mi mundo, así que eso, espero que no se vaya y que esté siempre cerca de mí, aunque no pueda atraparla del todo. Que mi inconstancia me permita acabar una nueva novela y corregir las que tengo aún pendientes.

Y muchas cosa que no os voy a pedir, pero que me dedicaré a soñar. Gracias por vuestra atención, espero que vuestro viaje sea leve y tranquilo. Podría pediros mucho, pero lo iré pidiendo durante años y años, así que (vaya deseo subliminal ¿eh?).

Muchas gracias por leer mi carta, espero que me traigáis algo de lo que os he pedido, yo prometo portarme mucho mejor el año que acaba de empezar.

Hasta otra.

2 de enero de 2011

La Dama del Claro


Leviatán está nervioso… y asustado, algo a tener muy en cuenta en estas tierras que recorro. Además, siempre hay que tener muy en cuenta todo aquello que tenga que ver con algo que uno tenga entre las piernas, no sabéis en la de líos y peligros que me he metido por cosas que están entre mis piernas y no todas son tan inocentes como un caballo de guerra…

Es extraño que Leviatán tiemble como un potrillo, pues, desde que lo recuerdo a mi lado, poco más de una semana, nos hemos enfrentado juntos a trolls de barro, duendes y un feroz ogro que estuvo muy cerca de matarnos y devorarnos. Y hasta hoy se había mostrado como un caballo fiel y templado, un aliado en la batalla. Mis recuerdos son muy sesgados y están emborronados, pero supongo que Leviatán y yo ya hemos combatido juntos en más ocasiones de las que soy capaz de recordar. En los últimos días he perdido la cuenta de las veces que me ha salvado la vida, se mueve veloz como el relámpago y furioso como el rayo, parece un apéndice más de mi cuerpo, tan certero en los movimientos el cuerpo a cuerpo como mi espada negra y mi arrojo en la batalla. Por eso, no es de extrañar, que ante su agitación, me turbe como una chiquilla a punto de perder la virginidad. No me gusta reconocer ese tipo de cosas, pero estoy asustado, no puedo negarlo, lo noto en el sudor frío que recorre mi espalda, en el vello de punta de mi nuca, en mis manos temblorosas. Estoy asustado y eso hace que mi rabia se multiplique por cien.
No debería estar asustado.

¿Por qué me asusto? En esta semana he mutilado, asesinado y herido a más de una docena de criaturas oscuras, algunas mientras intentaban huir de mí… ¿por qué asustarme entonces? Sea lo que sea lo que hay más allá de esos robles retorcidos me enfrentaré a una muerte asegurada, llevo siete días y siete noches haciéndolo. No sé dónde diablos me encuentro, pero este maldito bosque oscuro y marchito parece no tener fin y mi agresividad parece fuera de todo límite. ¿Debería temer a las criaturas que me acechan si hasta ahora me he mostrado más fiero y peligroso que todas ellas? Lo dudo, y aun así soy incapaz de tranquilizarme, estoy más nervioso de lo que me gustaría aceptar y supongo que el nerviosismo de Leviatán acrecienta mi desasosiego.

Perdonad que no me presente, me encantaría hacerlo, supongo que sería lo aconsejable en una situación como esta. Os diría mi nombre, quién soy y, puede, que incluso mis atributos físicos, pero no puedo hacerlo. ¡No sé quién demonios soy! Y aunque suene mal decirlo, esa frustración de desconocer de donde vengo es la que ha hecho que asesinase sin piedad a alguno de los enemigos con los que me he encontrado en este puto bosque, cuando podría haberles vencido y olvidado, hacerles huir o, incluso, asustar sin más, alejarlos de mí… aunque, por esa frustración de no saber quién soy he preferido matarles a todos. Por esa frustración y porque he podido hacerlo, no sé quién soy, pero sí que puedo asegurar que soy poderoso y un guerrero formidable. El único recuerdo de esta semana en el infierno es un arañazo en mi antebrazo izquierdo, un negro arañazo de una daga de duende, un arañazo que debería haberme matado, porque la hoja de la daga estaba envenenada… y sin embargo, aquí estoy. Nervioso, asustado… pero vivo al fin y al cabo.

Como ya os he dicho no sé quién soy ni dónde estoy. Me desperté bajo un conjunto de álamos desnudos, envuelto en hojas amarillentas. A mi alrededor solo se oía el ulular del viento y algún tenue aullido lejano, supongo que de lobos. Junto a mí pude ver los restos humeantes de una hoguera y un fardo de ropa que, supuse, pertenecían a una mujer, por sus colores cálidos y su tamaño. No había nada más junto a mí, a excepción de Leviatán, mi caballo y la espada con la que me llevo defendiendo desde entonces. Un terrible dolor de cabeza y un pequeño charco de sangre me indicaron que había sufrido un fuerte golpe en el cráneo, probablemente, ese golpe sea la causa de esta amnesia que me impide recordar ni cómo me llamo. Por fortuna no he olvidado cómo se lucha ni cómo sobrevivir a solas en un bosque repleto de alimañas.

No sé qué lugar es este, pero está impregnado de maldad. Todo es peligroso, todo es mortal… lo bueno del asunto, es que, de momento, yo soy lo peor que hay por aquí. Desde mi despertar de hace una semana no he visto salir el sol un solo día. Aunque, de haberlo hecho, la frondosa cúpula arbórea que tengo sobre la cabeza tampoco habría dejado ver demasiada luz. No sé quién soy, ni qué, pero no me importa demasiado la ausencia de luz, casi diría que su ausencia me otorga fuerzas y sentidos irracionales. Veo en la oscuridad, siento a mis enemigos antes de toparme con ellos, huelo el alimento necesario, distingo los frutos venenosos de los que no lo son… soy un guerrero experimentado y un excelente rastreador, de eso no me cabe ninguna duda. Llevo una semana viviendo gracias a ello y a Leviatán y a la misteriosa espada que mora en mi vaina de cuero.

Desde que desperté en el claro no he parado de caminar hacia el norte, algo me grita insistentemente que me dirija hacia el norte, aunque todos mis instintos de guerrero me dictan que abandone y me encamine hacia el sur. Algo me dice que estoy buscando algo o a alguien. He perdido algo muy preciado, es imposible no admitirlo y ese algo es lo que me ordena que me dirija hacia el norte lo más rápido posible.

Hay un olor… no sé decir demasiado bien de a qué pertenece, pero hay un olor suave y aterciopelado, un olor fresco, que me impulsa a no detenerme ni un instante. Cada vez que lo noto mis sentidos se agudizan, siento que la sangre me hierve y noto una punzada dolorosa en el estómago. Cuando me topo con ese olor es cuando sé, sin lugar a duda alguna, que he perdido algo, que me lo han arrebatado y que haré lo imposible por recuperarlo.

Pero espera… creo que escucho algo.

Sí, ahí está, es un sonido inconfundible, algo se arrastra por el suelo, noto el crujir de las hojas caídas, la arena y el musgo deslizándose despacio. Un murmullo apenas audible, aunque para mí resuena como un grito en la noche. Tres criaturas me acechan tras los robles. Tres criaturas grandes y corpulentas… probablemente más grandes que yo. Bien, ya llevo ocioso demasiadas horas, necesito ejercitar los músculos. Por suerte mis ropas son negras y opacas, sólo el brillo de mis pupilas podría delatarme. Por eso cierro los ojos.

Y por eso me bajo de Leviatán lentamente, muy despacio. Está nervioso, lo sé y no lo está por esas tres criaturas que nos aguardan unos metros más adelante, algo le tiene nervioso de verdad, le noto preocupado. Acaricio su lomo con ternura y le susurro unas palabras tranquilizadoras mientras le indico que me espere allí, que no tardaré en regresar a por él. Después voy hacia los robles, hacia las tres criaturas que me aguardan. Sé que me acechan y que intentarán matarme no bien irrumpa en el claro, pero ni siquiera desenvaino mi espada, será divertido ver hasta qué punto son capaces de ponerme en aprietos. No recuerdo quién soy, por eso llevo toda la semana poniéndome a prueba, divirtiéndome… es como si nunca hubiese podido divertirme tanto en toda mi existencia, como si nunca hubiese forzado mi saber. Y es terriblemente adictivo. Cuantas más vidas sesgo más necesito sesgar, cuanto más me arriesgo más divertido e interesante me parece todo esto.

Sé que este bosque es peligroso, que es una trampa mortal y sin embargo, me resulta tan interesante estar aquí, estoy tan nervioso como un chiquillo con un juguete nuevo. Podría decirse que estoy feliz por estar siempre en peligro. La verdad, sinceramente, no debo estar demasiado cuerpo para pensar de semejante manera, me encantaría saber quién soy… supongo que tarde o temprano acabaré por recordarlo, eso si antes no soy vencido y masacrado.

Antes de llegar a los robles sé cómo me atacarán, es una emboscada en toda regla. Mis tres enemigos son grandes, muy grandes, uno de ellos me dobla en estatura, no me preguntéis cómo lo sé, pero lo sé y eso me basta por el momento. Sus armas son casi tan formidables como ellos y me odian con toda su alma, eso sí que es evidente, porque rezuman un aura oscura que me amenaza en silencio. Sus corazones están tan podridos como su aliento, alguien les debería haber dicho que para emboscarme a mí deberían haber sido mucho más cuidadosos, pero no lo han hecho mal para lo toscos que son. Me tienen rodeado o me tendrían si yo no fuese quien soy y si no fuese un guerrero tan condenadamente bueno como lo soy.

Me hago el despistado, así es mucho más divertido. Dejo que se levanten en silencio, que se crean que me han cogido por sorpresa y me ataquen. Así es mucho más divertido el matarlos, así puedo ver sus caras de terror cerca, muy cerca, puedo saborear su terror y sentirme poderoso, sentirme eterno. Es una sensación increíble y misteriosa la que me embarga cuando esto ocurre. Y después la sangre, ¡ah! La jugosa y cálida sangre resbalando entre mis manos.

Uno me sale de frente y otros dos a mi espalda… y justo en el último momento siento uno más que surge a mi derecha, vaya, eso sí que no me lo esperaba, al final resulta que son más listos de lo que me pensaba, bien, ya os he dicho que así es más divertido, cuando el peligro es real. Su estrategia está muy bien planteada y creo que alguien les ha informado sobre mí, porque saben que soy zurdo, me gusta, esto se pone interesante. Quizás, si encuentro a su informador pueda averiguar quién demonios soy.

Su emboscada es hábil y sencilla, cubren todo el espacio de defensa, en especial el derecho, que es donde tengo la espada. En teoría, yo debería intentar saltar a la izquierda, buscando la única escapatoria posible, pero estoy casi seguro de que allí me espera otro ejemplar de tres metros de criatura desconocida y portentosa, además de repulsiva. No sé dónde estoy, pero todos los seres con los que me he topado son verdaderamente repulsivos, palabra. Así que hago lo que menos se esperan que haga, salto hacia la derecha, hacia el gigantón que corre hacia mí. Supongo que, mi figura esbelta les ha podido engañar, supongo que habrán supuesto que eran más robustos y fuertes que yo… puede ser, pero soy un guerrero experimentado y sé cómo hacer daño a un enemigo, por grande que este sea. No me cuesta demasiado arrebatar el resuello y el fuste de mi primer oponente. Los otros cuatro, sí, a mi izquierda ha aparecido otro Minotauro sin cuernos –al menos eso es lo que parecen estos seres-, se han detenido un segundo, apenas un segundo de duda. Pero ese segundo ha sido suficiente como para que desenvaine mi espada negra.
No es momento de descripciones, pero la verdad es que merece la pena describir mi extraña espada. No es de metal, parece de piedra, no sé, granito… o incluso carbón, quizás sea de obsidiana, no lo sé. Es un arma de lo más tosca y anodina, ni siquiera debería estar afilada… y sin embargo es mortal y sanguinaria. Creo que, en algunos momentos de algunas refriegas, es ella y no yo la que busca los puntos débiles de mis enemigos. No solo los busca, los halla y los ataca sin piedad. Solo la empuñadura es metálica y en el pomo de su salvaguarda hay una única runa plateada que no sé qué diablos significa, pero que reluce cuando hay algún peligro cercano o cuando la sangre de un enemigo baña su hoja aparentemente desafilada.

De un solo tajo rebano el cuello de uno de los toros –dejadme que les llame así- que me atacan desde la espalda. El bruto cae de rodillas entre sonidos guturales y no tarda en desangrarse y ahogarse con su propia sangre. Embravecidos por esta primera sangre derramada, el resto de atacantes se lanza hacia mí en masa, pensando que su corpulencia y número bastarán para derrotarme. Pobres, no saben con quién se la están gastando… en menos de un minuto acabo con ellos. Destripados y mutilados, así es como suelen acabar siempre mis oponentes. Sigo pensando que esta espada extraña es la causante de casi todas las heridas, yo me limito a bailar con ella.
Mierda –pienso casi en el mismo instante en el que cerceno la cabeza del quinto toro masacrado- debería haber dejado a alguno con vida para que me contase qué pasa en este bosque, quién soy y por qué todo el maldito mundo me ataca allá donde voy.

Debería haber dejado a alguien con vida, pero esta maldita espada…

Tras un par de minutos rebuscando entre las ropas y pertenencias de los toros regreso hasta donde se encuentra Leviatán y me subo a su grupa. El pobre sigue nervioso, puedo notarlo entre mis piernas, pero le obligo a continuar hacia delante, sin saber qué habrá más allá de los robles.

Barco sin Puerto


Soy un navío sin rumbo ni horizonte,
un bajel avejentado, sombrío,
un barco sin puerto al que arribar,
ese soy yo cuando me acuesto
y me levanto,
un fantasma errante perdido en alta mar,
un extraño en tierra propia,
un oscuro mal que no lo sabe,
un siniestro pirata sin coraje,
un reniego,
un susurro,
un lejano recuerdo de otro mar,

no tengo patria que me acoja
ni nostalgias en las que añore algún hogar
mis banderas no disponen de colores,
ya no los tienen,
se los dejaron en mil puertos,
se dejaron los colores,
los mezclaron con retazos de vivencias y de aromas,
olvidaron los colores de mi patria
los dejaron en mil puertos diferentes
y nunca los podré recuperar,
no tienen pues, colores mis banderas
ni mis velas saben hacia dónde me tienen que llevar,
pero me llevan,
siempre recogen los vientos y me llevan,
siempre hacia delante,
siempre procuran llevarme hacia delante
azotadas por los vientos,
sin colores, sin recuerdos, sin retorno,
pues no hay patria a la que tener que regresar,

soy de todas partes y ninguna al mismo tiempo,
todos me aceptan en sus muelles un instante
antes de recordarme que no merezco su madera y su salitre,
que nunca serán míos,
que solo los tomaré prestados
pero que siempre los tendré que abandonar,
que no soy dueño de nada
y que, más tarde o más temprano
terminaré por tenerme que marchar
y que si no lo hago,
seguiré siendo de otro mar,
siempre de otro mar,
una bandera sin colores,
un bajel perdido y sin cañones,
un extraño llegado de otro mar,
un extranjero sin patria ni colores,
aunque ya no tenga patria ni la busque
aunque jamás pertenezca ya a otro lugar,
aunque siga sin colores para siempre,
aunque mis velas se rasguen
y nunca más me permitan viajar hacia otros puertos,
aunque me tenga que quedar,

todos me aceptan con un sonrisa
y me guardan las amarras,
me dan sus manos,
pero al final todos me recuerdan
que su casa es su morada
y nunca podrá ser mi lugar,

soy emigrante,
no procuré patera alguna
pero naufragué sin sentir el oleaje,
me ahogué y nunca lo he sabido,
viajé sin visado ni equipaje
y nunca dejarán de recordarme mis rarezas,
aunque sea igual a ellos,
aunque mi ancla este firmemente clavada
en lo más hondo de su mar,

siempre seré un extranjero,
sin colores,
sin patria,
sin mar,
aunque no me lo digan
siempre terminan susurrando a mis espaldas,
siempre seré un extranjero
aunque cuide y sea amante de su mar,
no tengo puerto,
ni bandera,
ni oleaje,
ni muelle,
ni hogar,

no tengo puerto
y mis amarras
no me anclarán nunca con firmeza
a ningún lugar.

Un nuevo año, un nuevo cuaderno que emborronar

Empiezo un nuevo cuaderno con el nuevo año que empieza. No es que sea una tradición mía, ni siquiera una manía habitual ni nada parecido, pero creo que es una costumbre que voy a tener desde hoy mismo, una tradición que inauguro en este 2011 que acaba de echar a rodar… y sí, la fecha está bien, no hay fallo alguno, esta es una tradición que, desde el primer día arranca fuera de fecha, pero es que, casi todo lo que yo hago está fuera de fecha (por exceso o por defecto… viene de serie con mi chasis, qué le vamos a hacer). Sí, hoy es 2 de enero… ni 1 ni 31 de diciembre, como habrían mandado los cánones de un propósito personal en toda regla, pero es que nunca he sido una persona de fechas señaladas, al menos en cuanto a este pluriempleo oficioso que me gasto como escritor. No me preguntéis la razón, porque nunca sabré darla, pero me es muy complicado el ponerme a escribir en los días clave, nunca suelo hacerlo, siempre lo hago unos días antes o unos días después… aunque casi siempre (y eso debería ser un punto a mi favor) lo termino haciendo si soy capaz de engañar a mi inconstancia crónica y a mi mente futurista, que siempre está pensando en lo que hará mañana, aunque aún no haya hecho todo lo que me había propuesto hacer hasta la fecha…

Y si alguien se para a leer esta extravagante parrafada en el blog que suscribo (uno de ellos), podría llegar a pensar “¿Y este tío por qué nos habla de que acaba de empezar un cuaderno si está escribiendo en un blog?”, bueno, eso sí que os lo puedo responder sin temor a equivocarme y sin mentir, siempre, siempre usaré cuadernos para escribir (aunque en esto también soy bastante inconstante). Sí, publicaré en blogs, escribiré directamente en el ordenador o usaré el boli digital, último modelo, que me trajo Papá Noel el otro día en uno de los regalos más acertados que recuerdo en los últimos años. Sí, usaré todos los medios a mi alcance para escribir, aunque siempre seguiré recurriendo a mis queridos cuadernos de cuadros para expresarme, tengo decenas de cuadernos de cuadros azules. El día de mañana, Moisés (si es que le apetece hacerlo por algún motivo) podrá encontrar en ellos muchas ideas, poemas o cuentos que se quedaron en ese instante y nunca llegaron a nadie más que a mis cuadros azules y a mí mismo. Tengo todo lo que escribo grabado en archivos de ordenador, pero algunas cosas sin aparente importancia o sin sentido u olvidadas por descuido, algunos retazos de mi alma siempre estarán garabateadas con una letra horrible (y con tachones) en uno de mis cuadernos de hojas desgastadas, retorcidas y emborronadas con mi letruja.

En fin, he empezado este cuaderno para dejar azul sobre blanco (con cuadrados) algunas de mis ideas para este año que comienza. No, no voy a hacer ninguna lista ni ninguna promesa extraña y llena de sentido (porque luego ya se sabe lo que pasa con esas listas y promesas), pero sí que voy a dejar una lista de propósitos que después podré incumplir, solo por darme el gusto de incumplirlos y por ser, al menos de vez en cuando, como todo el mundo y no resultar siempre un bicho raro (algo que cada vez tengo más claro que soy y que fomento, sí, sí, lo de ser un bicho raro digo).

Bien, solo prometo que seguiré soñando con imposibles e inalcanzables, así, aunque nunca los alcance me servirán al menos para seguir adelante con mis escritos y con mis ilusiones, si soñase con cosas plausibles… me aburriría de ellas al conseguirlas (al menos eso creo), es lo que tiene el sentirse un verdadero romántico. Bueno, también prometo empezar (que lo de acabar ya es otro cantar) algún que otro cuaderno más, prometo seguir siendo muy pesado y muy, muy raro (todo lo raro que se puede ser sin que lo insulten a uno, ya se sabe) y bueno… podría prometer muchas cosas más, como… y esta sí que es una propuesta en firme, volver a compartir mi vida con ciertos personajes a los que he dejado algo de lado y que en 2011 (Dios mediante) pegarán con todas mis fuerzas (que no son demasiadas, ya lo sé) y prometo empezar muchas nuevas historias que no sé si terminaré jamás. De hecho, con las campanadas se me apareció un extravagante personaje que lleva ya dos días dándome la barrila en la cabeza y cuya primera historia está a punto de ser gestada…

Bueno, para no querer hacer una lista creo que me he flipado un poco ¿no?

Lo dicho, que el año 2011 sea nuestro año. Procuraré disfrutarlo con los míos y con todos los que estéis a mi alrededor… además, espero poder “olvidarme de escribir” en las campanadas del año que viene, será señal de que estamos por aquí de nuevo.

Aunque, como dice una de las protagonistas de alguno de mis escritos, lo mejor es no hacer planes a largo plazo… qué verdad más grande y concluyente, así que, hasta mañana a todos.

Os deseo que empecéis el 2011 lo mejor posible y que mejore día a día…