#MalditaGuerra

Porque la Guerra es una mierda, se mire como se mire

"La gran aventura de Sir Wilfredo - El asedio de las sombras"

Una novela para disfrutar de las princesas y de los caballeros.

Microrrelatos en 3 Capítulos

Disfruta de más de cien historias cortas

La importancia de las librerías

Artículo publicado en Diábolo Magazine

31 de marzo de 2011

El Extraño

Salí del trabajo tarde, como casi siempre. Estaba más cansado y apagado de lo habitual. La calle por la que caminaba hacia la boca del metro parecía contagiada de mi estado de ánimo y se mostraba oscura y más solitaria que de costumbre. Y pasó algo extraño. Todos los días me cruzaba con dos operarios de Telefónica, siempre los mismos... pero aquella noche eran dos personas diferentes...

No le di la mayor importancia, pero a medida que desandaba la distancia que me separaba de mi destino todo se fue convirtiendo en un laberinto de rostros desconocidos que llegaron a preocuparme de verdad. La taquillera del metro era una chica distinta a la de siempre, los cuatro compañeros de viaje en el vagón no se parecían en nada a los que siempre me acompañaban. Al llegar a mi casa y ver cómo echaban los cierres de la Taberna de Aurelio no reconocí al camarero con el que tantas tertulias de bar había compartido...

La verdad es que todo era muy extraño, pero estaba tan cansado que supuse serían cosas mías, me acostaría temprano y dormiría diez horas seguidas, seguro de que al día siguiente todo volvería a la normalidad. Todo era fruto de mi cansancio,... por supuesto. Pero al llegar a casa y abrir la puerta no me recibió mi mujer, en bata y con los rulos puestos, con cara de mal humor por mi tardanza y humor de haber cenado hacía, por lo menos, tres horas. Ante mí estaba mi mujer, que no era la de siempre, era un bellezón espectacular, una mujer que me esperaba en lencería fina y una sonrisa traviesa bajo sus ojos de azabache. ¿Qué habría pasado? ¿Por qué todo el mundo era diferente? Lo pensé lo que dura un parpadeo. Después esa mujer salida de la portada de una revista erótica me abrazó y me besó en la boca con una pasión que me hizo recordar a la adolescencia. No sabía lo que había pasado en mi mundo, por qué todos eran distintos, tampoco me importaba en absoluto. A partir de ese momento dejé de pensar, mi sangre bombeó a un lugar diferente a mi cerebro y decidí que me iría a la cama temprano, como ya había planeado, pero no con a misma intención que antes de besar a ese bombón que me conducía a mi propia cama.

Al pasar frente al espejo aparté un segundo la mirada del cuerpo escultural que me arrastraba a una noche de lujuria y sueños cumplidos. Creí ver a un desconocido mirándome con mala leche y una sonrisa. ¿Quién era ese que me miraba? Mi mente quería gritarme algo... pero yo ya pensaba con otra parte menos inteligente de mi cuerpo.

29 de marzo de 2011

La ONU tiene artrosis


Ya estamos en Libia, batallando por la salud de un pueblo masacrado por un gobernante que, ahora por fin nos hemos dado cuenta, siempre ha estado loco, aunque fuese ese loco que tan bien nos venía hasta hace un mes y medio… en fin. Dicen que más vale tarde que nunca, pero yo eso se lo preguntaría a los pueblos que sufren los dictámenes de sátrapas y dictadores o a los libios de bien que, durante semanas, han sido asesinados por las tropas fieles a su mandamás. No me gustan las guerras, no soy partidario de empezarlas, pues al final siempre acaban dañando a los mismos, a los más débiles y terminan destruyendo aquello que tanto costó construir a sus sufridores, pero hay ciertos casos en los que se convierte en un mal inevitable, en el único medio para conseguir que un pueblo entero deje de estar bajo el yugo esclavizador de unos pocos y albergue la esperanza de un futuro mejor.

El caso de Libia es uno de esos casos inevitables en los que hay que estar sí o sí. Gadafi ha terminado de perder los estribos, se ha desenmascarado como lo que es, un matón y un terrorista y no le importa lo más mínimo su pueblo, ya ha dicho varias veces y de una manera zafia y amenazadora que hará cualquier cosa para mantenerse en el poder, a costa de la vida de los libios y de cualquiera que se ponga a tiro de su locura insana.

Ya estamos ahí, finalmente las Naciones Unidas han decidido actuar en Libia… demasiado tarde. Dicen que cuanto más tardas en ponerte a arreglar algo más te cuesta solucionar el problema. La ONU tendría que hacérselo mirar, no podemos ser observadores de una masacre y no actuar hasta semanas y semanas después. Cada vez que veo algo en lo que esté involucrada la ONU, pienso en algo demasiado lento, demasiado burocrático, demasiado ajeno al mundo en el que vive.

Algo tiene que cambiar en nuestro mundo y la ONU es una de esas cosas que tiene que cambiar lo antes posible, no podemos permitir que tarde tanto en reaccionar ante los males que sacuden a los que se supone que debe defender. No podemos seguir permitiendo que bajo el amparo de una cúpula millonaria, a salvo y a costa de sus pueblos, estos seres de traje y corbata sigan tardando semanas en reaccionar ante las injusticias, catástrofes y masacres nos sacuden cada día.

Si no puede correr más o ser un ente más ágil y útil a la población mundial, la ONU debería jubilarse y dejar paso a una nueva organización más joven, rápida y efectiva, que no se preocupase tanto por las formas, los negocios internacionales y por las reuniones bajo cúpulas millonarias y sí lo hiciese del bienestar de las personas que, se supone, debe proteger. La ONU está muy vieja o mal gestionada. Ojalá en el futuro se convierta en otra cosa mucho más útil y realmente representativa de lo que es a día de hoy. Solo así podremos construir realmente un mundo mejor.

25 de marzo de 2011

Asco de Mundo


¿Podría ser peor de lo que veía? ¿Podía todo acabar siendo peor? No era posible. El mundo había sido destruido de una manera brutal, atroz. Los escasos supervivientes se arracimaban en casas mugrientas y oscuras, intentando ocultarse de los "Otros", la mayoría de las veces sin lograrlo. No había electricidad, ni agua corriente, ni comodidad alguna. Encontrar el sustento diario era una hazaña...

‎...y cuando se hallaba siempre era escaso. La Tierra era una ruina y los caminantes que llegaban de lugares lejanos, exhaustos y moribundos, siempre contaban que habíamos tenido suerte, que nosotros al menos disponíamos de bazofia que llevarnos a la boca, ¿cómo podría ser peor? Ya no había prensa ni información, ya no había entretenimiento, los hombres éramos una manada más a la búsqueda de la supervivencia...

¿Podría ser aún peor? Era evidente que no. El mundo era un completo desastre y los hombres no sobreviviríamos al próximo invierno. O moriríamos de hambre o de inanición... y sin embargo, cuando un tipo alto y desgreñado vestido con una camiseta de Iron Maidem me empujó levemente y me dijo con su aliento a cerveza caliente que me moviese, supe que sí, que podía ser aún peor... el mundo seguía igual que siempre, pero el que estaba en la cola del Paro era yo... ¡vaya una mierda!

¡Asco de mundo!

24 de marzo de 2011

Resolución tardía

Una vez más y como siempre, llegamos tarde. Al aterrizar y salir precipitada pero ordenadamente del helicóptero, tal y como tantas veces habíamos entrenado, nos situamos en las posiciones estratégicas para controlar todo el perímetro. Las armas estaban preparadas y nuestros cuerpos desprendían la adrenalina necesaria para el combate. Estábamos listos para empezar...

‎...y no era de extrañar que lo estuviésemos, llevábamos días esperando que diesen luz verde a la operación y por fin, casi dos semanas después del inicio del problema, estábamos al fin sobre el terrero. Nos movimos con precisión vertiginosa, éramos el mejor grupo de asalto, nos desplazábamos como si fuésemos uno solo. Siete personas y un mismo propósito...

Al poco de llegar ya supimos que algo no iba bien. El aire era pesado y pestilente. El ambiente lóbrego y el silencio no ayudaban en absoluto. Alcanzamos el objetivo fijado en pocos minutos. Habíamos llegado. Salvaríamos a esas personas… pero al llegar solo encontramos sus cadáveres pútridos. Habíamos llegado demasiado tarde… una vez más y como siempre, llegamos tarde.

Buscando un nombre desesperadamente

Ya la he liado otra vez, ya estoy enganchado a una historia. El año pasado me ocurrió lo mismo con ese cetrero tan antipático y desagradable que inició sus aventuras por aquí y terminó en la azotea de una catedral... (ey, no os voy a contar nada, tendréis que leerlo cuando esté a la venta). El caso es que Roland empezó como una broma, como un juego en el que quería desfasar un poco con la fantasía épica que tanto me gusta y tantos buenos ratos me ha proporcionado.

Como os digo, todo empezó como un juego, como una broma hacia un personaje faltón, lujurioso, maleducado y zafio (entre otras cosillas), pero termino convirtiéndose en mi séptima novela (que está pendiente de publicación).

Con "La noche del cetrero" estaba todo muy claro desde el principio, incluso cuando era solo un juego. Sabía qué iba a pasar, quiénes eran los personajes y cómo era cada cual... aunque claro, cuando uno escribe, después suele llevarse alguna sorpresa y la acción se le puede escapar de las manos como a un dios despistado... en fin, que ya os lo leeréis (espero).

Con "La dama del claro" me ha pasado algo parecido. Un pensamiento fugaz durante las uvas de esta Nochevieja se convirtió en la primera entrada de un personaje misterioso. Sin nombre y sin recuerdos, pero molón de verdad. Un asesino bestia y sanguinario que no dejaba títere con cabeza y que comenzaba hablando con su caballo y pensando en los problemas que le habían traído las cosas que había tenido entre las piernas... el caso es que el viaje de este personaje continuó adelante, sin ningún sentido original más que el de enfrentarse y matar a todo lo que se le ponía a tiro...

Y pasó como de constumbre, que al final la historia ha terminado por aparecer y al final, esta primera serie de entradas se ha convertido en la primera parte de una presunta nueva novela, cuya historia me tiene picado a mí, porque la he ido descubriendo según se escribía, no tenía nada pensado, no tenía nada decidido y se ha abierto ante mis ojos mientras escribía y publicaba en el blog... en fin.

Ya sabéis cómo soy (o lo vais descubriendo). El caso es que ahora tengo una historia en la mente (al menos el grueso de una), tengo un personaje que me encanta, azotado por la culpa y más bestia que un "arao", pero que puede ser tierno y se ha convertido en el protector imposible de un bebé... casi nada ¿verdad?

El caso es que estoy sin nombre para él y me gustaría tener uno, pero, por primera vez, no me atrevo a ponérselo yo solo, porque su nombre debería ser perfecto, no quiero equivocarme. Aquí es donde entra el título de esta entrada, necesito vuestra ayuda para ponerle un nombre... si habéis leído alguno de los capítulos (o lo hacéis ahora), me encantaría que dejáseis un comentario con el nombre que podríamos ponerle ¿os apetece ser parte de esta historia?

Mil gracias de antemano...

PD. Y leed, que esto promete ser divertido.


La Dama del Claro XXXI


Te he visto.

Acabo de verte en la distancia.

Sé que eres tú, nunca podré olvidar el dorado de tus cabellos no el movimiento de tus hombros al caminar. Nunca podré olvidarte.

Corro hacia ti, desesperado, importunado por primera vez por el peso de la pequeña que llevo en brazos, aunque procuro que ella no note mi agitación. Estoy tan cerca… y de repente estás de nuevo muy lejos de mí. Tan lejos que te siento inalcanzable.

Espera, te has parado y me miras y me sonríes y me saludas con la mano. Mi corazón, ese que creí haber perdido para siempre, estalla en mi pecho. Bombea y palpita, lo estoy notando, por primera vez en años lo estoy notando. Las piernas me flojean y me impiden correr con velocidad hacia ti. No puedo creer que estés aquí, en el norte, después de tanto tiempo… no puedo creer que me esperases. Ishbell… no puedo creer que me estuvieses esperando.

Y no estás sola, contigo está el pequeño, cogido de tu mano esta Aleph. El pequeño y risueño Aleph, al que perdí en el pasado desencadenando mi locura. No puedo creer que ambos me estéis esperando después de todo.

No os vayáis, no os vayáis… esperadme. Pero os alejáis de mí, os perdéis en la niebla y en la oscuridad. Esperadme, he llegado. Después de tantas luchas, de tantas muertes, después de tanto sufrimiento y de vagar mi condena, he alcanzado mi destino. Ya no soy una sombra, ya soy de nuevo un ser entero. Ya soy de nuevo… estoy aquí. No os marchéis.

Por favor… no os marchéis. Quiero contaros que he cambiado, que ya no soy el asesino despiadado que os mató a los dos. Por favor, necesito que me escuchéis, necesito volver a veros, por favor… dejadme salir por fin de esta condena que yo mismo me impuse. Dejadme ser de nuevo un ser completo. Esperadme…

Mi mirada se nubla a causa de las lágrimas… ¡estoy llorando! Solo los dioses serán testigos de este hecho, nunca he llorado, ni siquiera cuando encontré a Aleph lo hice, ni siquiera cuando tuve que matar a Ishbell. Estoy llorando…

Estoy cansado, estoy tan cansado…

Caigo de rodillas en el suelo rocoso del norte. Siento una punzada en las rodillas, pero apenas noto el dolor y la sangre que rezuma de mis nuevas heridas. Solo puedo pensar en Ishbell y en Aleph y en la pequeña que está en mis brazos. Solo puedo pensar en ellos, yo no importo lo más mínimo. Solo ahora caigo en la cuenta de que yo no valgo nada, de que soy un ser que los dioses deberían castigar.

Quizá lo hagan. Quizá esté cumpliendo parte de su castigo.

Estoy tan cansado…

Tiemblo. Ya no puedo más. El norte era una trampa, un señuelo ¡estúpido! He caído en mi propia trampa. Solo lo siento por la pequeña, cuyo destino está ligado al mío. No puedo seguir adelante, no tengo fuerzas, estoy sumamente cansado.

La dejo con cuidado en el suelo, poniendo especial atención en que no tenga piedras bajo la espalda o a su alrededor, después me quito el amuleto y lo pongo en su cuello blanquecido, adornado con runas de plata. Es tan bonita. Es un ser tan tierno y delicado… me hubiese gustado verla crecer, ser para ella algo así como un padre. Hubo un tiempo en el que me habría encantado ser el padre de Aleph… pero le perdí…

A esta pequeña la he traído hasta el norte. Espero que los dioses la amparen. Yo no puedo más, estoy muy cansado para poder hacer nada más. Finalmente la fatiga, el dolor, el frío y el esfuerzo podrán conmigo, después de tantos años de batalla.

No llora, es fuerte. Es más fuerte que yo.

Dos lobos cuidan que nada turbe su descanso, ellos y mi hoja negra son todo lo que quedan.

Junto a la pequeña, con una sonrisa triste en mis labios, finalmente caigo, abatido al fin.

La he traído hasta el norte.

La he salvado.

Ishbell. Todo lo he hecho por ti.

La noche se cierne sobre mí.

Todo es noche.

Yo soy noche.

Por fin me ha llegado el turno de visitar a la muerte.

Adiós…

La Dama del Claro XXX


He llegado.

Al fin he llegado al norte y no hay nada…

Solo esta ella, esta pequeña que descansa entre mis brazos y sus runas de plata. Solo ella y al fin, después de tanto tiempo, el dolor que desatan mis recuerdos. El lacerante rugido de mi pecho herido por la muerte de mi amada, por la pérdida… al fin estoy completo, he dejado de ser una fulgurante sombra en la floresta, vuelvo a ser el asesino implacable, el peligro. Vuelvo a ser yo. Frío y perverso y sanguinario. El dolor de mis víctimas recorre nuevamente los latidos de mi corazón. Sé quién soy, al fin, después de tanto tiempo que sería imposible calcularlo.

Yo me impuse esta condena eterna.

Lo hice cuando tuve que matar a Ishbell, cuando no fui capaz de romper el juramento. Mi querida Ishbell… ¿por qué tuvo que ser así? ¿Por qué tuve que conocerte? Yo era el Mal, el poder, el fuego de la venganza… yo era un arma imposible de parar, una herramienta de la oscuridad. Yo era un asesino implacable… te odiaba a muerte… ¿por qué tuve que conocerte? ¿Por qué tuve que sufrir? ¿Por qué tuve que matarte?

Me hiciste jurar que lo haría, me hiciste jurar que te mataría si era preciso. ¡Maldita sea! ¡Lo juré! ¡Maldita sea! Lo juré… te quería tanto, te he echado tanto de menos… Ishbell…

Ni siquiera cuando perdí al pequeño que encomendaste a mi cuidado, ni siquiera cuando fui incapaz de cuidar de Aleph pudiste odiarme, ni siquiera entonces lo hiciste… ya lo hice yo por ti. Removí cielo y tierra hasta encontrarle… pero ya era tarde para entonces, ya era muy tarde…

Ishbell…

Me prometiste, que pasara lo que pasara, me aguardarías en el norte. Ahora lo recuerdo, me dijiste que esperarías mi llegada… pero no estás aquí. No me has esperado. El norte está vacío, no hay nadie esperando a mi alma condenada. No me extraña nada, no merezco redención, las pecas de la muerte han saludado a más víctimas mías de las que soy capaz de calcular, muchas de ellas inocentes… no merezco redención alguna, merezco esta condena que me impuse cuando tuve que matarte.

¡Maldita seas Ishbell! ¡Maldita seas por haberme hecho jurar que haría cuanto estuviese en mi mano para salvarlos a todos!

Nunca he roto un juramento.

Tampoco he roto el último que te hice. Estoy aquí, en el norte, como te aseguré que ocurriría. Te dije que fuese cual fuese la condena y costara lo que costara, acabaría por abrirme paso y llegar hasta la costa. No me creíste y por eso no quisiste esperarme.

Hiciste de mí una sombra. Un ser sin sosiego, un errante solitario y oscuro. Hiciste de mí una sombra tiznada con runas negras. Te quise Ishbell, te quise tanto como te odié. Y aquí estoy, en el norte, como juré que pasaría.

Estoy aquí.

¿Dónde estás?

¿Dónde estás Ishbell?

Siempre fuiste un problema, desde la primera vez que nos vimos. Para aquel entonces yo era un asesino despiadado y tú una víctima, un recurso para ser más poderoso que mi padre. Tu sangre era vital para que mi espada fuese capaz de atravesar la piel de mi padre. Todo habría resultado rápido y sencillo, ni siquiera habrías notado la hoja en tu cuello antes de verte ante la Parca. Pero no pude hacerlo, no pude matarte. Provocaste un estremecimiento en mi alma. Me cambiaste en un instante. En algún momento llegué a pensar que me habías ablandado, pero hiciste justo lo contrario, me di cuenta tiempo más tarde, cuando la guerra se adueñó del mundo y todo fueron cenizas, sangre y oscuridad. Durante la guerra comprendí que habías fortalecido mi espíritu. Contigo fui más peligroso que nunca…

Hasta que perdí al pequeño… y me alejé de ti para encontrarlo. Y al hacerlo, al encontrar a Aleph víctima de mi propia obra, enloquecí…

Después…

No es necesario recordar lo que vino después Ishbell…

Es mejor no hacerlo.

Estoy en el norte y solo tengo conmigo a esta pequeña. No me esperaste, al final decidiste no esperarme, no te lo reprocho. Ojalá hubiese roto el juramento que hice entonces, ojalá no te hubiese escuchado…

Pero todo ocurrió hace demasiado tiempo como para poder cambiarlo. El destino está fijado por cada una de nuestras acciones y yo siempre seguiré siendo un solitario errante, un viajero sin rumbo, un guerrero siempre en la batalla. Esa es mi condena por matarte. Esa es mi condena…

Nadie quiso creer que lo haría, pero estoy aquí, estoy en el norte.

He llegado.

Pero no hay nadie esperando mi llegada…

23 de marzo de 2011

La Dama del Claro XXIX


Estoy cansando de este viaje.

Estoy muy cansado…

Mi cuerpo sangra, mi propia alma está sangrando. Estoy cerca del final de este viaje sin retorno y aún no sé si llegaré a ninguna parte. Este es mi castigo, ahora lo sé, estoy cumpliendo mi condena por matarla… estoy cumpliendo la condena que yo mismo me impuse por matarla. La amaba tanto… la odiaba tanto.

Este es mi justo castigo.

Había perdido al niño ¡lo había perdido! Y ella volvió a perdonarme, siguió creyendo en mí, a pesar de todo siguió haciéndolo… y yo… yo tuve que matarla. No quedó otra opción. Mi hoja negra atravesó su corazón y su piel y su alma.

No quedó otra manera.

He enviado miles de almas a la pecosa, he sido amigo suyo, la Muerte siempre me ha tratado con respeto, creo que incluso podría decir que me tiene cierto cariño, si es que es capaz de albergar un sentimiento semejante. Nunca he tenido reparos en enviar almas a conocer sus pecas sonrientes, pero con Ella… con Ella todo fue diferente, lo fue. Y antes de que todo ocurriese ya sabía que lo sería, matarla fue como arrancarme el corazón de cuajo, como matarme a mí mismo. Matarla fue una condena y aún sigo errando en mi destierro.

Estoy cansado del camino.

Nunca llegaré a ese norte que me arrastra.

Las ruina de la fortaleza han quedado lejos hace tiempo cuando sale la luna llena, es una luna enorme y roja, tal y como debe ser cuando se ha derramado sangre en el ocaso. Es una noche perfecta para dejarse llevar por el olvido, para morir después de tanto tiempo… puedo hacerlo, sé que puedo hacerlo. Solo tengo que rendirme… pero yo nunca me rindo, nunca rompo una promesa.

Prometí cuidar del niño y no lo hice, y después, tras matarla, juré ante su sangre y la hoja negra de mi espada que hallaría la forma de vengarla, que encontraría el norte, costase lo que costase.

Nunca rompo una promesa. No si puedo evitarlo.

Pero aquella vez fallé y esta vez… creo que esta vez nada será diferente. No podré cumplir mi promesa, no podré llegar al norte. Las runas lo gritan en la noche, su fuego lo proclama. No podré alcanzar el norte, tampoco cumpliré esa promesa.

Entonces le veo venir hacia mí. Es alto y su caminar arrogante. Se atavía con ropas oscuras y luce un cabello largo que se agita a su espalda. En sus manos porta un arma fabulosa, una espada reluciente y brillante. Sus ojos me miran con odio y una sonrisa taimada me saluda en su gesto desafiante.

Suspiro.

Es la última batalla del viaje.

Más allá de este enemigo está el añorado norte que me arrastra.

Es el último obstáculo.

Podría dejarme derrotar, podría dejarme llevar a la nada del olvido, pero entonces recuerdo a la pequeña y me enfurezco, he realizado un juramento. No dejaré que nada la haga daño. Estoy presto para la batalla.

Es un solo hombre y solo porta una espada. Su mirada es de acero y su porte soberano y recio, sabe luchar, es peligroso, quizás sea el ser más peligroso con el que me he cruzado en mi destierro. Pero solo es un hombre. Solo un enemigo.

He realizado un juramento.

Estoy ligado a la pequeña.

Me preparo.

Rozo mi amuleto con la diestra y dejo que la pareja de lobos que aún vive se haga cargo de la niña, para este combate he de estar concentrado. No puedo distraerme. Antes de depositar a la pequeña en el suelo la beso en la frente y realizo un nuevo juramento, diciéndome a mí mismo que no debería implicarme tanto y menos aún implicar para ello mi alma. Da igual, no puedo evitarlo. Lo hago, juro que, pase lo que pase, no dejaré que me derrote, voy a vencer.

Estoy ligado a ese cuerpo menudo que sonríe, cobijado entre dos lobos furiosos. Estoy ligado a ella y esta vez no estoy dispuesto a fallar en mi cometido. Esta vez no cometeré ningún error. Esta vez no habrá enemigo que me separe de mi pequeña.

Mi espada no refulge, yo tampoco. No necesito subterfugios para ser peligroso y mortal. Miro a mi enemigo y me doy cuenta al instante de que parezco su sombra. Soy él… soy su otro lado. Él sonríe con malicia, es todo lo que yo fui en el pasado: cruel, arrogante, poderoso, inteligente… ya no soy nada de eso, solo soy un viajero, un superviviente con una niña a su cargo. Él no tiene nada que temer, nada que proteger, él es aún un ser completo, yo… yo soy solo una sombra.

Una sombra que ha realizado un juramento.

El combate comienza, la primera sangre es suya, como no podría ser de otra forma. Al cabo de los minutos de guerra sin cuartel, ambos estamos malheridos, pero seguimos en pie y luchamos como si nada nos dañase. No sé bien cuál de los dos soy yo, si el personaje vestido de negro que me ataca o por el contrario el desnudo y ensangrentado que se le opone. Solo soy una sombra de lo que fui y él lo sabe y toma ventaja en la contienda, en un par de ocasiones está a punto de ensartarme mortalmente, pero termino esquivándolo con mucha fortuna.

Va a derrotarme, solo soy una sombra de lo que era…

Volveré a romper mi juramento.

Y entonces la escucho, escucho llorar a mi pequeña y algo se remueve en mi interior, algo empuja mi espada. En el último momento detengo su última estocada y la desvío. La lucha se reanuda y hay algo que me otorga una energía que no recuerdo haber poseído nunca, ¿de dónde sale? Y de pronto lo sé y me asusto. Sale de mi propio juramento, sale de mi alma condenada.

Sale del amor a esta pequeña.

Adquiero velocidad y me percato al fin de la realidad, la verdadera sombra es él, yo soy quien incumplió una promesa, quien perdió al pequeño, quien mató a su amada. Yo soy quien está condenado a vagar para siempre en busca de un norte que nunca encuentra. Yo soy real y él es una mera sombra de mi alma.

La hoja negra de mi espada le atraviesa.

Cae.

Está muerto.

El viaje ha terminado.

Al fin, después de tanto tiempo, he llegado a mi destino…

La niña vuelve a sonreír.

Estoy en el norte.

22 de marzo de 2011

La muñeca de porcelana

Nik se acurrucó en un rincón. Sabía que tenía que ponerse bajo la mesa de la cocina o bajo el umbral de una puerta, pero no se atrevía a moverse en medio del temblor. A su alrededor todo se movía y se caía, rompiéndose en mil pedazos. Cuando vio caer la muchacha de porcelana que su madre tanto quería no pudo evitar ponerse a llorar, pensando en dónde y cómo estarían sus padres...

Un estrépito monstruoso le hizo gritar de terror, el tejado se derrumbó sobre su cabeza. Nik tuvo el suficiente aplomo como para mirar cómo la madera se le caía encima, desmigajada como un bizcocho aplastado por dedos ansiosos. Todo ocurrió a cámara lenta… sabía que los escombros iban a encerrarle y encadenarle a la oscuridad, quizá para siempre…

Y cuando ya sentía las primeras briznas de polvo sobre su cabeza vio los ojos azules de una niña pequeña que le sonreía y ofrecía una mano blanquecina. No sabía si cogerse de su mano o seguir acurrucado, llorando junto a la pared. En un impulso se aferró a la mano tendida por la pequeña y salió al sol justo cuando su casa se desmoronaba completamente, convirtiéndose en un amasijo de madera, piedras y cemento…

Alguien le llamó en la distancia, al mirar vio a su madre corriendo hacia él con los brazos abiertos. Fue el mejor abrazo de toda su vida. Abrazado a su madre escuchó la voz de su padre, que se acercaba desde el otro lado de la casa. Los tres estaban bien. Nik buscó a la pequeña que le había salvado. No la encontró, pero de pronto, a sus pies, se topó con la muñeca de porcelana. La cogió y vio sus ojos azules de niña pequeña y sus diminutas manitas blancas…

Esos valientes poetas


De dónde surgen las palabras,
De dónde surgen los poetas…

Es un manantial profundo e insondable,
un río caudaloso surcado por mil misterios,
una ventana incierta que se abre
para encender el corazón un día
y marchitarlo con crueldad extrema el día siguiente.

Un pozo negro del que nunca se sale indemne,
una caída sin apoyo al que aferrarse,
un muro con el que golpearse hasta la muerte,

nunca sabrá el poeta de dónde surgen las palabras,
nunca será capaz de descifrarlo.

Las palabras son traviesas y voraces,
llegan, te susurran su condena y te rehúyen,
se alejan para siempre,
dejando al poeta a la deriva,
solo unos pocos se atreven a rasgarlas de su mente,
a grabarlas, sinuosas, cariñosas o mordaces, en mil cuerpos,
en mil seres diferentes,
en mil frentes,
solo algunos se lanzan al abismo a rescatarlas,

solo esos valientes se atreven a ser poetas
y a sufrir de la condena susurrada,
del desvelo acaecido en su presencia
de la esclavitud impuesta por su estancia,

solo algunos osan surcar el río incierto y misterioso,
profundo, caudaloso e insondable
donde vagan,

solo algunos son poetas,
solo ellos se desnudan y desangran,
se desuellan
para que el resto disfrutemos de sus mares,
solo algunos nos relatan sus dolores,
sus amores,
sus luces y sus sombras,
sus dichas y
cuando se sienten fenecer,
el oscuro divagar de sus pesares.

Este río es su condena.
Solo algunos valientes se atreven a ser poetas.

El lago donde viven las palabras


El lago donde viven las palabras
es un patio de colegio,
a veces se llena de platas y dorados,
la alegría lo invade
y todo se puebla de sonrisas,
de juegos, de pecas y caricias,
de felicidad y amor
y fantasía…

Otras veces
las sombras y nublados lo conquistan
y todo es gris y azul oscuro
y nostalgia, llanto, dolor,
melancolía…

El lago donde viven las palabras
es un patio de colegio,
allí todas son iguales
y esperan que alguien las acoja
y las mezcle y las eduque…

El lago donde viven las palabras
es un patio de colegio
y los poetas,
pescadores que acuden a él cada mañana,
esperando que sus plumas
sean capaces de pescarlas,
para tejer con ellas tapices
de pasión,
dolor, amor, entrega, tristeza, anhelo, fantasía,
sonrisa, nostalgia, plata, gris, azul oscuro,
dorado, melancolía
y una pizca pequeña de esperanza.

El lago donde viven las palabras
es un patio de colegio
repleto de risas, dudas, certezas,
lágrimas, paz, libertad, ansia, añoranza…
allí pescan los poetas
usando sus plumas
como redes o como cañas.

18 de marzo de 2011

Noche de copas


Había estado charlando y bebiendo hasta las tantas de la madrugada. A duras penas llegué a casa y me tambaleé hasta la cama. Estaba solo, una noche más estaba solo y desquiciado e insomne. Era un momento tan bueno como cualquier otro para ponerme a escribir. La conversación sostenida sobre la barra del bar había deambulado sobre los escritores malditos, aquellos que bebían hasta la saciedad antes de escribir...

Después, habíamos optado por reordenar y mejorar el mundo. Es gracioso cómo uno se siente capaz de cualquier cosa después de unas copas con los amigos. Como eso de escribir un libro, ¿era capaz de hacerlo? Al menos, ahora que estaba en el paro y sin ningún trabajo u ocupación a la vista, podría intentarlo. Estaba tan mareado que me costaba ver las líneas que garabateaba a duras penas…

Y entonces, de pronto y sin previo aviso, ocurrió algo que me hizo comprender la verdad y consiguió que temblase de miedo. Lo adiviné antes de que ocurriese, un segundo antes de que todo se fuese a la mierda. Alguien decidió tacharme de su cuaderno pintarrajeado de azul y me convertí en un simple borrón encerrado en un cuaderno de cuadros… un triste y borroso olvido en una hoja perdida de un cuaderno cualquiera.

La Dama del Claro XXVIII


Ishbell.

Ahora te recuerdo.

Ahora sé quién soy y por fin te recuerdo.

Ishbell, mi querida Ishbell. La del sol oculto entre sus rizos de oro y la mirada limpia como un claro bajo la luz de la luna. No sabes cuánto te he echado de menos en mi destierro, no sabes cuánto te he añorado en estos años, no sabes cuánto te amé por fin al perderte para siempre…

Ishbell…

No quedará piedra sobre piedra.

El Mal te alejó de mi lado… el Mal y mi pérdida, mi terrible pérdida. Perdí a Aleph en la ciudad, allí, en el sitio de Yoll´bell perdí mi alma. La perdí para encontrarla oculta en una jaula oxidada, la encontré pútrida y desnutrida. Te amaba Ishbell, no sabes cuánto te amaba. Pero perdí al niño ¡lo perdí! Y al encontrarlo supe al fin cuánto dolor había causado, supe el sufrimiento que mis actos provocaban.

Nunca dejé de odiarte, nunca dejé de morir por ti, nunca dejé de amarte. Eras una cadena inquebrantable, las raíces que me mantenían en la tierra. Gracias a ti no llegué a perderme del todo, un resquicio de mí se quedó en alguna parte de tus rizos, escondido en tus pupilas… un resquicio que se hizo un todo al ver a aquel pequeño enjaulado como una alimaña.

Yo era el Mal, yo era el causante último del mal que sufría el pequeño que había de cuidar.

Había jurado proteger su vida de cualquier peligro… y fui yo… fui yo Ishbell, fui yo quien le maté, quien le convirtió en un despojo ensagrentado…

Fui yo…

¡Por todos los demonios del Abismo! ¡Fui yo!

Tú fuiste la que hizo que sintiese compasión, tú me obligaste a cuidarle… y te fallé, me fallé a mí mismo. Te odio Ishbell, te odio, nunca antes había odiado de esta forma, por tu causa… fui yo… yo fallé. Hiciste que sintiese compasión y por primera vez en mi vida algo me dañó de veras.

Fuiste tú Ishbell…

Me dañaste.

La visión del niño tras los barrotes me hizo enloquecer, me desterró del mundo que conocía, me convirtió en un proscrito, en un enemigo de mis antiguos aliados. La visión del niño…

Estoy sollozando… ¿por qué sollozo?

En mis brazos algo se remueve y me hace volver al presente. Es la niña, la niña está inquieta y llora, está llorando. Algo la ha asustado. Miro a las jaulas de barrotes oxidados, están vacías… el niño ya no está. Fallé en el pasado… fallé… y eso me volvió loco…

La niña está llorando.

Esta vez nadie me ha obligado a cuidar de ella, yo he elegido protegerla, lo he jurado. En el pasado no fui capaz de mantener mi juramento, fallé, no volverá a ocurrir… nunca más romperé un juramento.

No quedará piedra sobre piedra…

Se acercan, mis propias tropas se acercan a mí, me rodean… aquella vez también me rodearon. De pronto las jaulas vuelven a estar llenas de despojos con apariencia de hombres… y en el fondo de una de ellas le veo, allí está, allí está el pequeño que juré proteger… mi respiración se agita, mi pecho arde, mis puños se contraen. Esto ha dejado de ser un viaje, es algo más. Sé que es algo más.

La pequeña sigue llorando y es entonces cuando veo de nuevo a Ishbell, mi amada, la mujer que más he odiado en toda mi existencia. Allí está, tras las filas de enemigos que corren a mi encuentro. Estoy preparado para la batalla.

Mi espada negra rompe los candados de las jaulas y una multitud de harapos intenta huir desesperada, las flechas emponzoñadas de mis bestias acribillan a los hombres… en mi intento de salvarles he terminado de condenarles a la muerte.

Aleph…

Nunca volví a ver a mi pequeño. Había jurado protegerle…

Maldita seas Ishbell. Me obligaste a sentir compasión. Maldita seas…

Miro a la pequeña, vuelve a estar tranquila, sabe que esta vez no fallaré, sabe que esta vez cumpliré mi juramento.

Sonrió con calma aunque mis enemigos me acechen a la carrera y enarbolando rugidos de venganza. Ya he pasado por este trance y sé cómo va a terminar. El viaje ha concluido.

Deposito a la pequeña en una de las jaulas con ternura. No quiero tenerla entre mis brazos para lo que estoy a punto de hacer… les veo llegar con la ira y la sangre en los ojos. Las runas arden en mi piel, pero la runa de plata que ella me ha regalado hace que ya no me duela su fuego, es un presente.

La espada negra está en mis manos, un ejército de bestias corre hacia mí y yo sonrío con tristeza.

No quedará piedra sobre piedra.

Estamos todos condenados.

La batalla es atroz.

Dejo que los primeros atacantes se acerquen y los parto en dos con un único mandoble. Varias flechas se clavan en mi pecho, pero las arranco de cuajo mientras emito un grito de cólera. Hasta aquí ha durado su ataque. Ahora llega mi turno.

La batalla solo dura unos minutos, no me ha hecho falta mucho más.

Regreso a por la pequeña, sigue dormida. La regojo con cuidado y la envuelvo con mi brazo. La espada ha vuelto a cobijarse tras mi carne. La fortaleza se desmorona, la tierra tiembla, he vuelto a cumplir con mi palabra.

Atravieso ríos de sangre que se cruzan bajo mis pies y evito los cuerpos de los enemigos derribados. Truena y empieza a llover. Podría correr, podría correr a cobijarme, pero dejo que la lluvia nos empape y limpie los restos sanguinolentos que me cubren. He vencido, una vez más he cumplido el juramento.

Esta vez no perderé a mi protegida.

Esta vez el juramento es eterno.

Ishbell no volveré a fallarte jamás.

Abandono la fortaleza caminando con desgana. Mi mundo ha quedado atrás, como ya quedó en el pasado, el viaje ha terminado. Nunca perdonaré que Ishbell me perdonase antes de morir. Nunca podré perdonarla por obligarme a matarla. La odio, la odio tanto…

Mis lágrimas se confunden con la lluvia que me empapa, pero sé que estoy llorando, lo sé… y ella lo sabe.

Atrás, bajo el umbral de piedra de la fortaleza derruida, una mujer esbelta de cabellos dorados, piel blanca y mirada cristalina mira cómo me marcho. Puedo sentirla a mi espalda, puedo verla, puedo recordarla… ahora puedo… y desearía no haberla recordado jamás. El dolor es demasiado profundo para seguir adelante… y aun así, continúo caminando.

El viaje ha concluido, lo presiento.

Ya estoy en el norte aunque aún no haya alcanzado mi destino último.

Lo siento Aleph, siento haberte fallado.

Miro a la pequeña y no puedo evitar sentir calor en su presencia. Esta vez mi juramento es irrompible, esta vez no habrá quien lo quebrante. Esta vez no fallaré… esa es mi promesa.

La niña sonríe entre mis brazos.





17 de marzo de 2011

La pregunta del millón

¿Por qué no apuestan las editoriales por los escritores noveles?


Muchas veces he escuchado ese reniego hastiado de los nuevos escritores, gimiendo al viento que son unos incomprendidos y que las editoriales no apuestan por su talento… aunque sí que me he topado con escritores noveles que han sido publicados a la primera de cambio. ¿Quién tiene razón? ¿Los que dicen que las editoriales apuestan solo por los valores seguros o los que opinan que las editoriales son capaces de arriesgarse cuando saben que va a merecer la pena?

No hay que olvidar que las editoriales son negocios, privados o públicos, que tienen que generar beneficios al final de cada curso y claro, no van a tirar piedras contra su propio tejado. Estoy seguro, no habría un solo editor que no publicase a un novel si estuviese completamente seguro de su éxito. Pero el público es muy difícil, preguntaos a vosotros mismos ¿qué leeríais antes, una novela de un autor al que conocéis y sabéis que os gusta cómo escribe o la obra de un autor novel que aún ni siquiera habéis escuchado nombrar?

Creo que es más que evidente ¿verdad? Y aun así, de tanto en tanto, el mercado se ve salpicado por obras de noveles, de excelente calidad y repletas de energía que hacen que ese escritor deje pronto de ser considerado un novel y pase a la lista de los más vendidos. Sí, estoy de acuerdo, hay autores conocidos, consagrados y famosos que, a veces, escriben fatal o cuyos nuevos libros nunca llegan a alcanzar el nivel de aquella obra que les catapultó a la fama… vale, es verdad. Pero a cambio cuentan con la fidelidad de sus viejos lectores y con el apoyo de los medios.

¿Cómo y cuándo una editorial cualquiera se fijará pues en un autor novel? ¿Cuándo preferirá arriesgarse con una obra realizada por savia nueva? Está claro, cuando sepa de antemano que lo que tiene en su poder, ante sus ojos, es una obra de calidad, una obra que no tiene por qué ser una obra de arte, ni una maravilla filológica, ni siquiera necesita obligatoriamente tener una calidad literaria excelsa. Solo tiene que tener los elementos básicos para asegurar el éxito de ventas y eso, amigos míos, es como encontrar la Piedra Filosofal. ¿Cómo saber que un libro será un éxito? ¿Cómo saber que se generará una nueva moda o un fenómeno de fans? No se sabe, nunca se sabe y por eso es tan complicado publicar a los noveles. Por eso las editoriales continúan apostando sobre valores seguros y solo de vez en cuando se animan a un gesto tan arriesgado como el de publicar a un novel.

No desesperéis, tengo la certeza de que los que escribís bien de verdad, tarde o temprano, llegaréis a publicar. Quizás no sea hoy, ni mañana. Puede que estéis años guardados en los fondos de un cajón, pero creedme. Si vuestro talento va unido a la constancia y las ganas, terminaréis siendo publicados.

Donde nadie te encuentre

Vista desde fuera, la Guerra Civil española debió parecer una guerra estúpida, cruel, sanguinaria… supongo que los europeos y americanos nos verían como alimañas capaces de enfrentar hermanos contra hermanos, de las peores acciones y como una jauría de enemigos desatados que eran capaces de lo peor. Venganzas, crueldades, asesinatos masivos, acciones despiadadas, insatisfacción nacional… supongo que las guerras y en concreto las guerras civiles, sacan siempre lo peor del género humano… y la nuestra no fue una excepción, sino un claro ejemplo de lo terribles que pueden ser las guerras entre vecinos.

Ahora nos asomamos con arrogancia sobre lo que ocurre en Libia, en Afganistán en Irak… y juzgamos lo que pasa por allí, como en su día nosotros fuimos juzgados por los demás, que nos contemplaban con una mezcla de interés y asco, pensando que nos comportábamos como alimañas, supongo que tenían razón, nos comportamos como meras alimañas, aunque, si escarbabas en nosotros, tanto en los pertenecientes a un bando como en los otros, acababas encontrando personas… o eso creo yo.

Ese era el caso de La Pastora, un ser huraño y cuasi mitológico que azotaba las masías castellonenses durante los años de las posguerra y que se convirtió en un Coco no solo para los niños, sino para los habitantes de esas masías y para la Guardia Civil, que anduvo tras ella durante años, hasta que, por culpa de un chivatazo, años después de finalizada la contienda, acabó siendo detenida y encarcelada… o encarcelado.

La Pastora siempre fue un ser extraño. Aunque tenía atributos de hombre, con una malformación de nacimiento, sus padres decidieron inscribirle en el Registro como mujer. Así, durante su infancia, adolescencia y primera juventud tuvo que aguantar las bromas de sus vecinos y se convirtió en un personaje huraño, malhumorado, rudo y solitario, aunque capaz de entablar amistad con quien tenía alrededor y no intentaba mofarse a su costa o de acudir a los bailes y festejos de su pueblo o los pueblos de su alrededor. Un personaje real que falleció en 2004 y que se convirtió en Maquis al final de la guerra, el único colectivo que le acogió como uno más, sin cuestionar su identidad, su sexo o sus ideas.

Alicia Giménez Bartlett ganó el Premio Nadal de este mismo año con este estupendo libro de aventuras, investigación y profunda interacción interior del lector, donde un psicólogo francés, fascinado por el reportaje sobre La Pastora de un periodista español, inicia un peligroso trabajo de investigación sobre la psique humana, que le llevará a través de los rescoldos de una contienda que aún no estaba cerrada del todo y que, no me preguntéis por qué, aún no ha cicatrizado.

A lo largo del libro nosotros y el psicólogo, Lucien Nourissier nos iremos enterando de cómo era nuestro país en las zonas rurales durante los años de las posguerra, un país de miedo, soplones, heridas sin cicatrizar y destierros por ideas políticas, un país en el que no se podía pensar en voz alta ni estar en desacuerdo con las ideas imperantes, so pena de ser juzgado y condenado ya no por las autoridades, sino por aquellas personas que te rodeaban. Nosotros, los que llegamos a esta guerra desde la distancia, somos sometidos a un zarandeo brutal por parte de la autora, apoyada en ciertos capítulos espeluznantes de nuestra cotidianeidad durante la guerra que harán temblar nuestros cimientos… Lucien y nosotros, comprenderemos al final del libro que nada es como parece a simple vista y que cualquiera de nosotros, según las vivencias personajes, podemos comportarnos como nunca pensaríamos que lo pudiésemos hacer.
Como compañero de aventuras de este psicólogo (y de nuestra lectura), un español a la vuelta de todo, un periodista cínico con ganas de ser escritor, pero puesto en su sitio, sabedor de que no es capaz de escapar de su destino. Carlos Infante es un cínico que ha vivido la guerra y la posguerra… y cree tener respuestas a todo lo que ocurre, aunque en su fuero interno está tan desvalido que acabará dejándonos ver su infierno interior… pero poco a poco, que os cuento el libro.

Con la excusa de esta investigación sobre la vida de La Pastora, o mejor dicho Teresa… o Teresot…o Florencio (el que lea el libro sabrá el por qué de estos nombres). Alicia nos lleva a través de la indignación e incredulidad de un francés llegado a España y el cinismo de un español herido por la contienda, por zonas rurales y montañosas, en las que las personas son, en ocasiones, más agrestes que las propias montañas o zonas boscosas.

No puedo decir que se disfrute con la lectura de este libro, más bien se sufre, se pasa mal, se indigna… pero se lee muy fácil, las páginas se pasan a una velocidad sorprendente y logramos identificarnos con los dos protagonistas, sufrimos con las barreras que se encuentran, odiamos a los traidores y pensamos que estamos por encima de la guerra y la lucha y la muerte y el miedo… hasta el final, cuando nos damos cuenta de lo fácil que habríamos caído en las trampas tendidas por la guerra.

Un libro que hay que leer, sí o sí. Un libro que nos sirve para entender una parte de esa guerra tan nuestra que devastó los corazones de varias de nuestras generaciones. Un libro con el que algunos aprenderán a no reírse de las malformaciones, defectos o errores de los demás, por lo que pueda pasar y, en definitiva, un libro para disfrutar con una estupenda lectura.

Me ha gustado a horrores este libro. Sus quinientas páginas se me han hecho cortas, aunque a veces lo he pasado mal con algunos pasajes, en serio. La brutalidad de la guerra se deja notar en la mente de los lectores y al final ya no sabemos ni a qué bando pertenecemos o, ni siquiera, si existe un bando al que pertenecer.

A veces nos encantaría estar en otra parte o ser de otros sitios. Pero esta es nuestra guerra, aún no está cerrada del todo, quizás por eso es tan necesario que se sigan escribiendo libros que nos hagan abrir los ojos ante las crueldades que se cometieron por parte de ambos bandos.

Un libro que os recomiendo leer encarecidamente, a mí me ha resultado esclarecedor y una lectura emocionante.

La víctima...

Venían a mi encuentro y procuraban rodearme, necios, no comprendían a qué estaban a punto de enfrentarse. Me mantuve impasible, con las manos ocultas bajo los pliegues de mi capa. Los ojos cerrados y la respiración tranquila. Ellos correteaban nerviosos, incapaces de comprender el error que estaban cometiendo. No habría piedad, si en vez de ser yo se tratase de un viajero descuidado ellos no la habrían tenido...

Podría haber sido clemente, podría haberles matado en un instante… ya estaban condenados. Aún estaban lejos cuando me deshice de la capa, dejando ver mi piel desnuda y tatuada que tanta lascivia provocaba. Sonreí al ver que ellos reculaban instintivamente, aunque la vista de mi desnudez les arrastró hacia mí, siempre se dejaban arrastrar, los hombres eran ríos y yo era el mar en el que todos terminaban desembocando…

Son más grandes que yo y sus ansias son evidentes, sobre todo ahora que han visto mis formas esbeltas y bien moldeadas por años de entrenamiento, no serán prudentes, aunque su instinto les grite que huyan vendrán a mí, siempre vienen. Sonrío. Ya tenía ganas de darme un festín. Hay uno de ellos en particular que no está mal, bien, él vivirá algo más... el resto... serán pasto de mis garras.

Epílogo...

Y yo, una vez más, seré víctima de este Mal que azota mi alma condenada por toda la eternidad. No moriré nunca, jamás seré derrotado por un hombre, tal y como pedí en mi juramento… jamás seré derrotada, jamás volveré a ser víctima de un hombre… pero tampoco encontraré jamás descanso para esta sed insaciable que me convierte en la más cruel de las asesinas…

La Dama del Claro XXVII

Me adentro en la fortaleza y el portón se cierra a mi espalda.

Sonrío.

Camino sin prisa, saboreando el encuentro de antemano, saboreando cada alma que mi espada siegue en honor de la pecosa, tenía razón, somos viejos amigos, ahora soy capaz de recordarlo todo con nitidez, ahora sé quién soy. Ahora sé que en este castillo se encierra la clave de mi condena, que puedo dar marcha atrás y volver a ser quien era. Mi castigo puede ser borrado, puedo volver a ser el adalid de la noche, el general oscuro, la siniestra guadaña de la muerte.

Ahora lo recuerdo.

Sé quién soy.

Miro a la niña. Ya no me mira, ya no sonríe. Se ha quedado dormida y ni siquiera sus runas de plata se dignan a lucir. No me teme, esta niña sigue sin temerme, a pesar de saber quién soy sigue tranquila en brazos de un asesino despiadado. De un heraldo insaciable del Mal…

Peor para ella, puede arrepentirse.

A los pocos pasos me topo con las caras llenas de pústulas y heridas de tres hombres ajusticiados. Sus gestos son los de aquellos que han sufrido lo indecible antes de morir, los tres están clavados en picas, como siniestra bienvenida a visitantes inesperados, sobre ellos hay cuervos que picotean y rasgan su piel oscurecida por la muerte. No me impresiona, he visto cosas peores, he hecho cosas peores.

Continúo y llego a una plaza ennegrecida por el fuego. Centenares de cadáveres se arraciman unos sobre otros. Recuerdo el sitio, recuerdo los cuerpos lanzados desde las catapultas al interior de las murallas, Recuerdo la viruela y la lepra y la peste. Recuerdo cómo disfrutaban las bestias que yo gobernaba cuando ensartaban a los hombres con sus armas. Recuerdo cómo disfrutaba yo mismo en la batalla.

El sitio fue terrible. Pero los humanos fueron valientes, no se rindieron, lucharon hasta el final y cuando ya no tenían fuerzas para hacerlo siguieron peleando hasta que todos cayeron bajo el filo de las armas o las garras…

No todos tuvieron la suerte de morir.

No todos murieron…

Otros fueron apresados.

Mi caminar me lleva entre las jaulas de hierros oxidados en los que se apiñaban los supervivientes. Jaulas que les llevarían al sur, a las minas de sal y carbón. Jaulas en las que muchos morirían antes de alcanzar cualquier destino.

Jaulas sangrientas.

Una mano se asoma entre los barrotes de una de esas jaulas. Una mano infantil, roñosa y ensangrentada.

No vayas, no mires esa jaula, no juegues con el destino, Ahora puedes volver a ser quien eras, recuerdas hasta el último detalle. No mires tras los barrotes de esa jaula. No, no vayas.

Me acerco a la jaula.

Aleph.

Roña y sangre recorren un brazo infantil. Un ogro lanza un latigazo y el brazo del pequeño se contrae, la sangre brota a chorros del brazo encogido, pero mientras me acerco vuelve a extenderse, valiente, decidido, arrogante.

No vayas.

Me acerco a los barrotes y cuando el ogro lanza un nuevo latigazo se topa con mi brazo desnudo. Dejo que el látigo desgarre mi carne y después lanzo una mirada repleta de odio a la bestia, que huye despavorida.

No debería asomarme a los barrotes, no debería mirar de quién es ese brazo. Lo recuerdo todo, lo recuerdo todo y sé que es un error mirar hacia dentro, hacia la oscuridad y la muerte y la mugre y el miedo y la sangre… es un error.

Pero la niña se encuentra a salvo entre mis brazos.

Y ella me ha guiado.

Y mi alma se conmueve una vez más, como entonces.

Aleph.

No debería haber mirado…

Y, como entonces, mi cólera se hace eterna y me embriaga de dolor.

Allí dentro está el pequeño que perdí en la ciudad. Malherido, roñoso, desnutrido, enfermo, moribundo… allí está el pequeño que perdí. Yo le he hecho esto. Yo le he condenado.

Mi rugido hace temblar los cimientos del castillo, mi ejército se detiene sin saber qué es lo que ocurre, qué me hace temblar de esa manera.

Los humanos tiemblan de terror.

Ahora lo recuerdo todo. Podría dar marcha atrás, podría olvidarme de él, podría volver a ser parte de la noche… pero ella está conmigo y mi juramento es eterno.

Ahora lo recuerdo todo. Aleph. Lo siento pequeño, lo siento tanto…

Sollozo… ¿qué hago sollozando?

La ira remueve mi conciencia. Aunque cierre los ojos sigo viendo la sangre y la roña y la muerte en la piel de mi pequeño.

Lo perdí y acabo de encontrarlo. Ya estoy condenado.

Lo sabía, no debería haber mirado entre aquellos barrotes oxidados.

Mi espada negra está en mis manos y antes de darme cuenta de lo que hago empieza la matanza.

Aleph…

16 de marzo de 2011

La Dama del Claro XXVI


He llegado. Esta vez sí que he llegado, aunque no esperaba encontrar algo así en el norte. No esperaba encontrar una fortaleza, una fortaleza humana.

La he visto despuntar desde la distancia. Desde que solo era un punto negro sobre una colina nevada he sabido que iba a apestar y a ser un nido de muerte y podredumbre. Desde lejos podía notar el mal que la acechaba y aun así he venido, aun así estoy ante su portalón y su muralla. El Mal está instalado en su interior, confortable y caliente. Lo sé, puedo percibirlo en la distancia, reconozco el Mal en cualquiera de sus formas pues yo fui Mal en el pasado y no sé si lo seguiré siendo en el futuro.

Fui Mal y solo cuando hice el bien fui infeliz. Tiene gracia cómo juega con nosotros el destino. Nunca sufrí tanto como cuando necesité servir a la luz y enfrentarme a las sombras. Nunca sufrí tanto como cuando me enfrenté al Mal.

Y sin embargo, a pesar del sufrimiento, soy un alma condenada, soy un espíritu errante en busca de un destino. Un ser que ni siquiera recuerda más que retazos de sí mismo, retazos inconexos y dolorosos.

Soy un sentimiento de culpa eterno. Un ser perdido. Una sombra.

Sonríe, mi pequeña sonríe y por fin ha abierto los ojos. Me está mirando y me sonríe. Soy una sombra que ha jurado proteger a un retoño perdido, quizás eso me convierta en un ser completo, en algo más que un espíritu errabundo. Debería alegrarme de tenerla.

Pero fui Mal, eso lo recuerdo, pertenecí a sus huestes oscuras, llevé la muerte al mundo, fui una peste… y nunca dejaré de pertenecer a su estirpe. Por eso soy capaz de saber que entre esas murallas se acomodan las sombras. Me están esperando.

Una vez me enfrenté a ellas en el pasado y salí vencedor, las derroté y extirpé de un mundo condenado, destinando con ello mi alma a un destierro eterno. Una vez derroté al Mal y por eso este me odia y me aguarda con ansias de venganza.

Sonrío.

Ya le derroté una vez, seguro que el enfrentamiento es divertido.

Las runas arden.

La niña sonríe.

Mi juramento es eterno.

Poso mi diestra en la madera carcomida del portón y este se abre con estrépito. He llegado, ya estoy en casa. La lucha se acerca.

Me preparo. Ardo en deseos de entrar en combate, de comenzar la refriega, pero nadie me sale al encuentro. Todo es silencio en el interior de las murallas. Todo es penuria y sufrimiento allí dentro. Ni siquiera la nieve ha osado profanar aquella tumba.

Recuerdo este castillo, ya estuve aquí en el pasado.

Aquí inicié una revolución. Yo, que era el paladín del Mal, su arma más mortífera, su aprendiz. Yo que era su mano derecha inicié una revuelta… y fue allí mismo. Eso lo recuerdo y recuerdo que la culpa la tuvo Ella.

Ella, a la que odiaba y amaba al mismo tiempo.

El Mal nos odió a ambos, pero más a mí, que había sido su aliado, el general de sus huestes infernales. Por eso mi condena fue más cruel, por eso continúo errando a través de este mundo sin consuelo, condenado por toda la eternidad. Por eso tuve que matarla para poder salvar al resto de los hombres, a mis enemigos ancestrales.

Un fogonazo de recuerdos me fustiga.

Mi vida pasada pasea frente a mí como un azote, pero mi castigo es no tener nunca el recuerdo, perderlo siempre.

Ella fue la causante de mi desgracia.

Nunca sufrí tanto como cuando decidí enfrentarme al Mal.

Soy mi propio enemigo.

Pero está ella. Esta pequeña es mi tabla de salvación, es mi juramento, es la que hace que sea algo más que una sombra sin rumbo. Gracias a esta pequeña y a sus runas de plata soy mucho más que un vulgar asesino, gracias a ella estoy aquí, firme frente al enemigo, con la espada en la mano, esperando.

Adelante.

Que todos tiemblen, pues el azote del mundo ha llegado a su destino.

La Dama del Claro XXV


Durante días he recorrido una costa cada vez más áspera y afilada, dejando el mar a mi derecha. Buscando el destino que me aguarda en el norte. La arena de playa dio paso a rocas con filos peligrosos y saltos verticales hacia un mar enfurecido y cada vez más frío y más oscuro.

En mi carrera he atravesado puentes colgantes sobre el océano turbulento, he recorrido tierras baldías y he visto a la tierra marchitarse junto a las olas, poco a poco, la he visto marchitarse hasta no ser más que un desierto de hielo y nieve y rocas como cuchillas mortales. Mis pies descalzos han pisado piedras que cortaban como el filo de una espada, he tropezado y resbalado a causa del hielo… mi propia alma ha sido herida por el llanto eterno de esta tierra vacía.

Y ella me ha acompañado en mi regazo, cobijada entre mis brazos, sonriente.

Desde el lance de la playa no ha vuelto a emitir un solo llanto. Se limita a dormir y ronronear tranquila bajo el amparo de mi piel acribillada.

Estoy cansado del viaje.

Estoy muy cansado, pero mi juramento sigue en pie, ella me tendrá siempre a su lado y lo sabe. Sé que lo sabe, en lo más profundo de mi corazón sé que lo hace y que se encuentra a salvo entre mis brazos. Se encuentra a salvo entre los brazos de un asesino despiadado. Tiene gracia… podría matarla ahora mismo, podría lanzarla al mar y dejar que las olas se la tragasen para siempre, condenarla a una muerte helada y segura. Solo tendría que hacer un gesto o soltarla, abandonarla al pie de este acantilado, ni siquiera tendría que tirarla yo mismo. Sería sencillo…

Pero yo nunca me rindo, siempre sigo adelante y nunca he roto un juramento.

Mi juramento es eterno.

El norte me espera.

Estoy cerca, lo presiento. Esta vez estoy cerca de verdad.

¿Qué será lo que me aguarda en el norte?

¿Quién soy?

Y la vuelvo a ver, como siempre, fugaz, huidiza, irresistible. Me está esperando, Ella me está esperando y me guía, ahora estoy seguro de que lo hace, lo ha hecho desde el principio. Me encantaría ser capaz de rebelarme, no seguir sus pasos… pero me ha estado guiando desde el principio, la dama me ha estado guiando hacia mi destino.

Siempre tras ella, siempre hacia el norte. La odio, algo dentro de mí se agita cuando aparece y me grita que la mate, que use con ella la hoja negra de mi espada y arranque su corazón con las manos desnudas. Algo grita en mi interior contra ella, me alerta de un peligro inigualable. Algo me empuja a odiarla y temerla al mismo tiempo. Pero hay algo más aquí dentro, algo más que no consigo descifrar y que me empuja a desearla. La odio, pero la amo al mismo tiempo. Y el deseo es más fuerte que ninguna cadena. El deseo y el amor me anclan a esta tierra magullada, a esta piel surcada por mil heridas, a estos pies descalzos.

Estoy anclado al sufrimiento.

Y ella es la culpable.

La odio… y la amo.

Y esta es la peor condena, saber que la deseo y que nunca será mía. Saber que la odio y seguirla eternamente.

No debería obedecer a mis instintos. Debería coger a esta pequeña y volver al sur, abandonar esta tierra helada. Debería obviar las huellas que me guían hacia el norte, olvidarme de su piel, de sus rizos… debería olvidarme de su aroma y regresar al calor y al bosque. Debería regresar a la lucha despiadada y dejar de adentrarme en este mundo incierto de los sentimientos, donde me siento inseguro y desvalido.

Debería olvidarla.

Debería olvidarme de ella para siempre y del juramento y de la pequeña y de mí mismo. Debería volver al mar y dejar que la espuma me arrastrara hacia la noche.

Pero nunca me rindo. Nunca rompo un juramento.

Siempre sigo adelante.

He de llegar al norte. He de saber.

He jurado protegerla de todo mal y ni siquiera Ella podrá retener mi juramento.

No lo hizo en el pasado y no lo hará ahora.

Nunca he roto un juramento, aunque me doliese cumplirlo.

Esta vez el norte está más cerca que nunca, mi corazón bombea desbocado y la pequeña se muestra inquieta. Las runas arden e incluso el colgante parece palpitar de nerviosismo. El norte está cerca.

Las preguntas se siguen agolpando.

El norte está cerca.

15 de marzo de 2011

Febrerillo el Loco


La lluvia se arrojaba sobre él con furia desmedida, con inusitada fuerza. Intentó mantenerse en pie, pero era tal la ira con la que el agua se precipitaba sobre su cabeza que tuvo que dejarse caer en el suelo y arrastrarse hasta encontrar un techo bajo el que cobijarse. Encontró un refugio endeble, cubierto por un tejado de uralita y aun así tuvo suerte, otros no fueron tan afortunados y...

...fueron sorprendidos por bolas de granizo del tamaño de una naranja. Intentó socorrer a una pareja de ancianos que procuraba resguardarse de los proyectiles mortales con sus brazos, pero fue en vano, ambos fueron golpeados brutalmente por el desmedido granizo. La chapa de uralita que le protegía cedía bajo el efecto de aquel furioso chaparrón. Tembló de miedo, no sabía qué hacer…

Y de pronto, sin previo aviso, la tormenta paró. Bajo un cielo de repente despejado y un luminoso arcoíris se preguntó qué es lo que sus antepasados habían hecho con la Tierra para que esta fuese tan inclemente con sus hijos. A su alrededor se amontonaban los cuerpos sin vida de más de cien personas menos afortunadas que él. El clima de febrero era tan loco como siempre, o eso decían los libros viejos de historia…

La Dama del Claro XXIV


Una trampa. He caído en una trampa. ¡Estúpido!

A pesar de la profundidad, a pesar de la distancia, a pesar de la garra que me arrastra puedo escuchar el llanto, puedo saborear el peligro al que se enfrentan sus runas de plata. La manada luchará hasta la muerte para protegerla, pues así lo he requerido, pero no será una barrera eficaz por mucho tiempo. Los he visto venir, sé a qué se van a enfrentar en la playa y tiemblo de pavor por ellos… y por la pequeña a la que he jurado proteger. No tendrán compasión, nunca la tienen. Los gusanos son asesinos despiadados, despreciables. Los conozco bien pues una vez estuve a su mando. Son poderosos y terribles, lo sé, pues yo les convertí en lo que son. Fui su líder y su maestro.

¡Por todos los dioses! ¿Quién demonios soy yo?

¿Por qué mi mente alberga solo retazos de recuerdos?

¿Quién soy?

Podría dejar que me llevase la corriente, abandonarme al empuje negro que me arrastra hacia el fondo oscuro y eterno, olvidar el juramento realizado, dejarme llevar… podría hacerlo, pero no lo hago. Nunca me rindo.

Una trampa maldito estúpido.

He caído en una trampa tendida por la noche y sus criaturas. Alguien pagará por esta afrenta, alguien pagará por mis heridas. Alguien tendrá que responder ante la hoja negra de mi espada por el juramento que me he visto obligado a realizar.

He caído en una trampa y el enemigo que me arrastra es poderoso. Mejor, la lucha es más entretenida e interesante cuando existe la posibilidad de una derrota. Sin darme cuenta vuelvo a sonreír. Estoy emocionado ante el combate.

Cuando todo es más difícil mi sangre ruge ante la lucha, cuando hay verdadero peligro es cuando me siento completo, cuando mi alma parece por fin en paz.

La niña llora y yo sonrío.

Ha llegado el momento de oponerme.

Mis runas arden bajo el agua, mi carne arde.

Mi propia voluntad es suficiente.

Me detengo en las profundidades y el propio mar parece amedrentado y tembloroso. La espuma crece a mi alrededor con mil y una formas diferentes, me atacan desde cualquier flanco posible. Soy incapaz de calcular cuántos enemigos lo hacen.

Da igual cuántos sean, he realizado un juramento inquebrantable.

Venzo, una vez más derroto a cuanto enemigo se me opone.

Emerjo con violencia. A mi alrededor la espuma se desvanece.

He vencido esta batalla.

Una vez más he vencido.

El llanto crece.

Bajo la luz de una luna amarillenta veo que la manada está a punto de ser derrotada por los gusanos. Ellos aún no me han visto. Se llevarán una desagradable sorpresa cuando lo hagan. Temblarán de arriba abajo al apreciarme llegar bajo la luna, armado con mi espada y con mi furia.

El juramento es para siempre.

La pecosa aún no tiene potestad sobre esa niña.

Antes de partir miro a mi espalda y la veo, una mujer hecha de espuma. Me observa con temor, tiembla.

¿Por qué? ¿Por qué me habéis tendido esta trampa? ¿Por qué me habéis engañado con una promesa de paz eterna para mi alma condenada?

¡Malditos mentirosos!

Antes de que pueda alejarse de mí la acorralo entre las olas. Intenta recular, me teme. A través del blanco espumoso veo unos ojos aterrados que piden clemencia. Imploran un perdón que no puedo entregar. Me han engañado con promesas falsas.

Me han engañado con una mentira cruel y despiadada.

No hay piedad para ella.

Mi espada la atraviesa y de la espuma veo brotar el carmín de la sangre cálida, sangre derramada sobre el oleaje salvaje.

Un alarido de dolor y temor y muerte alcanza la arena de la playa. Los gusanos al fin me han visto e intentan cumplimentar su trabajo lo antes posible. Han venido a llevarse a la pequeña o a matarla. No puedo permitirlo. Mi juramento me lo impide.

Atravieso las olas salpicadas de sangre y espuma. Tampoco habrá clemencia para ellos. El peligro es inminente, están muy cerca ya de la pequeña, sólo hay tres lobos en pie. Me tomo mi tiempo para llegar hasta la lucha y al hacerlo los gusanos me ven aparecer entre las olas, como la imagen de una deidad antigua.

E imploran que vuelva a ser su amo.

Hoy no habrá piedad ni clemencia para nadie.

He realizado un juramento.

La niña aún está llorando cuando hasta el último gusano acaba arrastrado por el agua y mi espalda vuelve a ser un recuerdo tatuado en mi piel castaña.

14 de marzo de 2011

La Dama del Claro XXIII


He llegado.

Después de tanto caminar he logrado alcanzar el norte… y aun así sé que aún no he alcanzado mi destino.

La brisa me salpica con su aroma salado. Frente a mí se extiende un oleaje infinito, impetuoso. El mar… recuerdo haber amado profundamente el mar. Recuerdo haberlo surcado en mil navíos, haberme enfrentado a sus enfados y sus caprichos. Recuerdo haber maldecido y añorado su oscuridad impenetrable, sus misterios. El mar… no podría haber sido de otra forma, mi viaje solo podría haber concluido frente a un mar de aguas espumosas y salvajes.

He llegado al norte.

Las runas de mi brazo rugen, pero por primera vez hago caso omiso de su señal inequívoca de peligro. La visión del mar me embruja y me atrae. He amado tan profundamente el mar, lo he echado tanto de menos.

Salto hasta la orilla. La arena, húmeda y refrescante, calma el dolor de mis pies descalzos. Me siento flotar sobre la playa y noto que el agua brava me espera, me está llamando. La pequeña parece presentir lo que me ocurre porque llora con todas sus ganas. Sus runas plateadas relucen a la luz de un sol radiante. He jurado protegerla de todo mal, he ligado mi alma a su destino, he realizado un juramento sagrado… y aun así soy incapaz de alejarme de las aguas. El mar me está llamando.

He estado tan lejos…

Aún no recuerdo quién soy, pero, ahora que lo tengo cerca, sé cuánto he añorado el salitre azotando mis sentidos, cuánto anhelaba la espuma, la sal y el oleaje. Cuánto necesito el mar.

He estado tan lejos…

Ella llora con todas sus fuerzas, el colgante reluce al son de sus runas de plata, mis propias runas negras me abrasan por dentro. Mi propio instinto de supervivencia me grita que me aleje, intenta avisarme. Todos lo intentan y como he hecho tantas veces en el pasado, procuro no escuchar sus advertencias.

La dejo en el suelo, con cuidado y haciendo gala de una ternura impropia de mis actos. La amo. Daría cualquier cosa por ella. He realizado un juramento. No sufrirá ningún mal. Chilla y llora con toda la fuerza de sus pulmones, no quiere que me aleje de ella, no quiere que me adentre entre las olas.

Miro a mi alrededor en busca de peligro. Solo encuentro arena y agua y olas y espuma y sal… no hay peligro, está a salvo. Aun así decido frotar el colmillo de lobo y pronto se encuentra rodeada por la manada. Está protegida.

Y es entonces cuando me decido. Olvido el resto del mundo y me lanzo hacia las olas. No hay nada más, solo yo y ese mar encabritado. Soy incapaz de calcular el tiempo transcurrido. El agua me incita a quedarme siempre entre sus olas, a ser uno más con ella. Podría quedarme allí, podría dejarme llevar y mecer para siempre por la espuma, podría ser feliz.

Decido quedarme. Decido quedarme para siempre entre las olas…

Y es entonces cuando, por encima del estruendo del oleaje, escucho el débil gemido de un lobo. Es un sonido lastimero y dolorido, es un sonido de muerte… ¡la niña! ¡Está en peligro!

Debería salir del mar, debería acudir en ayuda de mi pequeña protegida, pero se está tan bien en el agua… aquí me siento en paz, soy uno más con el océano. Podría dejarme llevar al olvido para siempre.

Pero las runas queman y tengo la sensación de estar en un peligro inminente.

Estoy tan bien entre las aguas que no deseo salir de ellas nunca más.

Hasta que la veo. La veo radiante en la orilla, bañada por la luz de un sol deslumbrante. Sonríe y se mueve con soltura, desde donde estoy parece que baila… sí, está bailando. La mujer de blanco baila y tras ella corretean juguetones sus rizos amarillos. ¡Es tan bella! Me gustaría abrazarla y besarla, desentrañar su misterio… pero eso es imposible, siempre desaparece sin dejar rastro. La mujer de blanco…

No quiero salir del agua, el vínculo que me incita a abandonarme entre las aguas es poderoso, me mantiene anclado entre las olas.

Y sin embargo… el vínculo que me arrastra hacia ella es mucho más fuerte.

De pronto me mira… ¡me está mirando!

Aleph.

¿Quién eres? Me gustaría gritar en la distancia, pero una vez más se desvanece antes de que pueda preguntarla.

Y los veo, los veo venir a por la niña.

Ella llora por mi suerte. He estado a punto de dejarme llevar por el agua… pero estoy aquí, en este mundo inhóspito y mortal. Soy un peligro y he jurado proteger a esta pequeña. La decisión está tomada.

He realizado un juramento.

Los lobos aúllan sobre la arena de la playa.

Ya vienen…

Y cuando por fin me decido a marchar, una mujer hecha de espuma marina me abraza y me lleva a las profundidades.

11 de marzo de 2011

Un banco y tres escenas diferentes...

¿Quién no recuerda un banco especial? Puede que no sea un banco, sino una esquina o una plaza o una farola... todos, absolutamente todos recordamos algún lugar especial ¿no es así? Bien, con esa premisa y con el deber trasmitir la pasión por la escritura me propuse hacer una obra para representar en la entrega de premios de Las palabras escondidas y...

Bueno, el que siga el blog ya sabrá que hubo algunas pegas de contenido y forma para poder representarlo en un acto como ese y tuve que hacer modificaciones...

Bien, aquí tenéis los enlaces a las tres obras (creo que se representará la tercera), pero me gustaría saber cuál de las tres es vuestra favorita.

¡Pasen y lean!

El escritor y su musa. El escritor en el banco 3.0


Se abre el telón. En el escenario, sobre un fondo oscuro (en el que puede haber o no una luna llena difuminada por la luz o las penumbras) solo hay un banco de madera alumbrado por una farola (lo deseable sería que la luz parpadease de tanto en tanto). Si hubiese posibilidad de añadir árboles de hoja caduca (desnudos o con muy pocas hojas castañas ya), mejor, así se daría a entender que estamos en otoño.

Tampoco sobraría una fuente de piedra (de cartón) situada junto al banco.

De la oscuridad surge un joven de aspecto desaliñado sin llegar a la exageración, lleva una bolsa de tela o cuero al hombro y camina despistado. Al llegar al banco y tras dar una vuelta completa a su forma decide sentarse. Se recuesta hacia atrás y sonríe, como si estuviese en el Paraíso. Abre los brazos y los apoya en la madera del respaldo. Cierra los ojos y respira hondo. Después abre los ojos y se queda un tiempo mirando a lo alto.

En ese momento se apaga la luz y se enciende en otro lugar del escenario, donde hay una chica, puede estar quieta o bailando o moviéndose distraída, al gusto del montaje. En la oscuridad se escucha la voz del joven recitando un poema. Aunque también existe la posibilidad de que sea la chica la que lo recite.

Miradas infinitas, ensueños.
Noches eternas de insomnes desvelos,
perenne agonía, rincón apartado,
pozo sin sombra que oculte mi cuerpo
y evite que se abrase con el ardor
de tus ojos de noche, donde me pierdo,
donde me pierde el deseo.

Quiero escapar de ti,
mas a ti me acerco.
Quiero dejarte atrás,
pero me sigues en sueños.

Vivir, morir, soñar o sentir,
Tanto da, pues soy incapaz de
borrar tu recuerdo.

Condena. Condenado soy a morir en tus besos
o dejarme llevar al infierno de una vida sin ti,
sin mis sueños.

No sé si podré vivir o será mejor morir cuerdo.

La luz vuelve a apagarse al cabo de los segundos… se vuelve a iluminar el banco donde está el joven. Este se inclina y abre la bolsa, de su interior saca un cuaderno de cuadros y un bolígrafo, cruza las piernas para apoyarse y empieza a escribir. Su voz será siempre tenue y cadenciosa.

Se me hace raro estar en este banco sin ella, escribir sin ella, estar sin ella. Se me hace raro el mundo sin su voz y su sonrisa. Me parece vacío… es curioso que me encuentre aquí, precisamente aquí, escribiendo estas líneas y recordándola, es curioso…

Todos me llaman escritor, todo el mundo lo hace. Y son muy pocos los que saben por qué escribo… o mejor dicho, por qué empecé a hacerlo, ¿por qué escribo? Me lo he preguntado muchas veces sin poder darme una respuesta concreta. No sé si lo hago por placer, por vanidad o por antojo. No sé por qué siempre acabo escribiendo sobre casi cualquier cosa. No sé por qué escribo, nunca soy capaz de responderme a esa pregunta. Aunque de algo estoy seguro, si empecé a tomarme esto de escribir en serio, si empecé a empeñarme en escribir, fue por Ella.

Se enciende el punto de luz que la ilumina. El joven sigue mirando al papel o al público, pero ella no deja de mirarle, aunque sin moverse, por miedo a que él la vea o por pura prudencia. Aún no se sabe y se debe dar esa sensación de apuro o temor de cara al espectador. Este poema lo recitarán los dos actores, entrelazando sus voces, como si lo compusieran al unísono.

No me mires así, con esos ojos oscuros
envueltos de piel castaña,
no vaya a ser que me enamore
y te pida que pases conmigo
el resto de tu vida.

No me lances esas miradas dulces,
furtivas e incisivas
que me lanzas y me clavas en el alma,
no vaya a ser que mi deseo
se vuelva de pronto más fuerte
que mi endeble templanza.

Por favor, morena, piel tostada
¡no me mires así!
No me arrastres.

No me sueñes en alto,
no suspires,
no respires a mi lado, susurrando,
no murmures frases bellas,
no me incites con tus dardos, quizá envenenados.

No, te lo suplico,
no me roces con el terciopelo de tus manos,
no te acerques callada,
no me abraces,
no me beses con tus jugosos labios,
no te me muestres desnuda
y anhelante,
no me invites a amarte.

Pero si lo deseas de verdad,
si lo haces,
si me arrastras,
si me sueñas en alto,
si suspiras,
si respiras a mi lado, susurrando,
si murmuras frases bellas,
si me incitas con tus dardos, quizá envenenados,
si me rozas con el terciopelo de tus manos,
si te acercas callada,
si me abrazas,
si me besas en los labios,
si me amas…

¡Ámame! –este verso se debe recitar al unísono si es posible.

Porque yo ya
sólo vivo

esperando. –acaba en un susurro


Es curioso que ella no esté aquí conmigo, incitándome a escribir, susurrándome al oído las palabras justas, aunque… quizás siempre me acompañe, quizá una parte de ella siempre esté conmigo.

Me gusta escribir, la verdad es que no sé cuándo me asaltaron las ganas de hacerlo, no creo que eso se decida un día en concreto, no soy capaz de recordarlo. No creo tampoco que esto sea algo que se decida o se busque, a mí, simplemente me pasó. Pongamos que es como una enfermedad crónica de la que algunos incluso llegan a morirse. Pero es que esto de ser escritor es algo que viene con uno de serie, no puede decidirse, no se puede rechazar. Si eres escritor lo serás para siempre, aunque nunca llegues a escribir nada.

Fue Ella la que me incitó a escribir, sabía que me gustaba y me pidió que la dedicase unos poemas… para ella escribí los versos más cursis que haya escrito en toda mi vida… espero que, ahora que ya no está, ahora que me ha dejado, no se acuerde de esos poemas tan malos y sencillos…

Espera, no, no voy a tachar esa última frase, pero no es verdad, espero que sí se acuerde de esos poemas cursilones y fáciles que escribí para ella, porque eran para ella y para nadie más y porque la encantaba saber que yo me pasaba horas y horas pensando en ella y trasmitiendo esos pensamientos en poemas dedicados. Ojalá nunca se olvide de esos poemas.

Ayer recorrí pasillos infinitos,
y volé por un cielo despejado,
ayer creí estar dormido, estar soñando.

En tus besos me perdí,
y la salida busqué desesperado,
pero al ver tus ojos,
al verte a ti,
deseé estar para siempre allí encerrado.

Allí, los dos,
para siempre, abrazados.

Sé que poniéndome melancólico no lograré que vuelvas, lo sé y aun así necesito rodearme de esta melancolía. No valdrá para mucho escribirte esta carta, pero es saludable contarse a uno mismo lo que se siente por dentro y la mejor manera de hacerlo es desangrándose poco a poco en una hoja de papel. No conozco un modo mejor. No hay mejor psicólogo que uno mismo y lo bueno del papel es que es casi imposible mentir, por mucho que lo intentes, por mucho que te engañes y te digas que no te reflejas en tus escritos, que no estás ahí, por mucho que lo hagas, siempre terminas estando, de una u otra forma. El papel en el que escribes es un espejo certero del que muy pocos son capaces de escapar y del que, añadiría yo, nadie escapa nunca por completo.

Ella me incitó a escribir, y nunca le di las gracias por hacerlo… nunca logré tratarla como se merecía. Siempre fui un tipo despegado e irónico que hacía chistes sin gracia, que hacía comentarios fuera de lugar. Solo mis escritos me comprenden. Ella dejó de hacerlo hace tiempo.

La chica sonríe y se acerca al joven sin que este se dé cuenta. Se agacha junto a su oído y recita un poema…

Soy la que te ama en el silencio
y te mira deambular en la penumbra,
soy yo la que te ansía beber entero
y se asoma al balcón de tus aromas.

Soy yo la que te quiere y no te olvida,
la que no es capaz de dejar atrás los versos
que grabaste en mis soles y mis sombras.

Me escribiste mil poemas,
diciendo en todos ellos que me amabas,
y te creí hasta que no me vi capaz
de enfrentarme a tu cuaderno,
a tus escritos,
a tus verdades esculpidas en mil hojas.

Aquí estoy, soy yo
¿Me recuerdas?
¿Recuerdas el sabor de mis suspiros?
¿Recuerdas mis tormentas?

Soy yo
sigo siendo yo,
siempre seguiré escuchando tus palabras,
aunque no me atreva a confesarlo.

Soy yo, amor.
Sigo aquí,
esperando que te acuerdes de mi sombra.


Siempre escribía por ella, siempre fue ella la que me guió a través de los cuadernos. Ahora lo sé. Han pasado los años, muchos años. Yo sigo escribiendo casi a diario, de casi cualquier cosa. He escrito poemas, relatos, cartas… incluso alguna que otra novela. Ella ya no está, hace tiempo que dejó de estar interesada en mis escritos o en mi vida… hace tiempo que se marchó para siempre… nunca volverá a leer mis poemas y sin embargo se los sigo escribiendo en este banco y lo seguiré haciendo para siempre.

Porque escribir es sacar las espinas que te atragantan, es contarte a ti mismo cómo estás, es sentir que tienes algo que decir. Porque escribir es mi vida. Ella ya no está conmigo, se marchó. Aunque en mis cuadernos viejos siempre estará el recuerdo de su sonrisa. Gracias a la escritura siempre podremos recordar las cosas más hermosas de nuestra vida.

Creo que ya he divagado demasiado por hoy. Gracias por estar siempre ahí querido cuaderno, gracias por estar ahí…

No creo que esto llegue a oídos de nadie o que se publique en un enorme mamotreto de memorias, pero si alguien lo lee o lo escucha solo le diré una cosa, que si le gusta escribir, si de verdad ama la escritura tanto como yo, nunca deje de amarla ni de escribir. Escribe siempre, aunque nadie llegue a leerte. Escribe y disfruta haciéndolo. La escritura es un mal acechante que nos atrapa, pero bendito mal que saca siempre lo mejor de nuestras almas furtivas y murmuradoras.

Adiós cuaderno, hasta la próxima. Gracias una vez más por estar siempre a mi lado.

El chico recoge el cuaderno, suspira y se levanta. Al hacerlo, de repente, se encuentra de frente con la chica, se acercan…

Eso de la escritura y el cuaderno está muy bien, en serio, me encanta que escribas y que me escribas, pero a veces es mejor dejarse de cuadernos. ¿No crees?

Se funden en un abrazo y si el director lo requiere se besan. La luz se apaga lentamente y se cierra el telón. FIN