#MalditaGuerra

Porque la Guerra es una mierda, se mire como se mire

"La gran aventura de Sir Wilfredo - El asedio de las sombras"

Una novela para disfrutar de las princesas y de los caballeros.

Microrrelatos en 3 Capítulos

Disfruta de más de cien historias cortas

La importancia de las librerías

Artículo publicado en Diábolo Magazine

29 de julio de 2011

La llamada

Olga Guirao

Una novela sorprendente e impactante de la mano de una de las mejores voces de nuestra narrativa actual.

Este relato comienza con una llamada. Gracia Durán, una oscura y solitaria compositora de música clásica cuyo amante acaba de morir, recibe una misteriosa llamada en mitad de la noche, a consecuencia de la cual acudirá a una extraña cita en las afueras de Barcelona y tendrá un primer encuentro tan imprevisible como espeluznante. Después de eso, ya nada volverá a ser lo mismo para nadie. De pronto, en la insidiosa oscuridad de una noche de tormenta, ha dado comienzo una siniestra cuenta atrás para toda la humanidad.




¿Alguna vez te has preguntado las preguntas que ronda siempre al ser humano? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? ¿Qué somos? Y todas esas cosas… Olga Guirao nos da las respuestas en su primera incursión en la Ciencia Ficción y lo hace con una historia contada desde las perspectiva de un ser superior, un extraterrestre omnisciente y, aparentemente, omnipotente, que terminará preguntándose lo que nosotros siempre nos hemos preguntado… aunque será mejor que no cuente más de la novela, no vaya a ser que la destripe.

Con una llamada a altas horas de la madrugada comienza esta historia en la que acompañaremos a Gracia al fin del mundo y en la que nos seguiremos preguntando página a página todas esas preguntas existenciales que han movido la fe en el mundo desde que somos seres conscientes (si es que lo somos).

Con un texto sencillo narrado en primera persona por un escritor extraterrestre, Olga Guirao, licenciada en derecho en la Universidad Central de Barcelona y autora de “Mi querido Sebastián”, “Adversarios Admirables” y “Carta con diez años de retraso”, reescribe la historia del universo conocido con una maestría y una sencillez que nos seducen prácticamente desde la primera línea del texto.

A través de capítulos cortos y de sorpresas en cada salto de página, la autora nos hace hacernos una nueva pregunta aún más feroz que todas las que nos hemos hecho desde siempre, ¿qué sacrificarías para huir del fin del mundo? ¿Serías capaz de marcharte de la Tierra y dejar atrás a millones de seres inocentes si tuvieses la oportunidad?

Siempre ha habido líneas de pensamiento que nos considera un mal endémico de la Tierra, un virus que debería ser erradicado para que la Madre Naturaleza siguiese su curso como es debido, un error de cálculo en la Creación. ¿Y si solo fuésemos eso? ¿Y si fuésemos cobayas a las que se puede barrer sin ningún tipo de dolor o remordimientos? ¿Somos seres violentos sin posibilidad de redención?

Muchas preguntas sin respuesta, o con todas ellas, en el interior de esta apasionante novela de Ciencia Ficción de corte filosófico que nos hará preguntarnos a más de uno para qué estamos aquí o si estamos por un capricho del destino. Una única llamada nos podrá responder a todo lo que nos hemos preguntado desde siempre, pero una vez que se nos responda… ¿es posible que quien lo hace esté en lo cierto o que ni siquiera él conozca toda la verdad?

¿Y si por encima de Dios hubiese alguien más? Todas las respuestas… o ninguna, en la última novela de Olga Guirao, publicada en la colección de Ciencia Ficción de la Editorial Minotauro. 222 deliciosas páginas que nos harán plantearnos las dudas existenciales sin despegarnos del sillón, porque cuando empecemos a leerlo, ya no podremos dejarlo hasta el final.

28 de julio de 2011

El Solitario. VIII

-Para vencer a una bestia a veces hay que ser una bestia –musitó una voz procedente de la oscuridad.
-¿Quién anda ahí? –Preguntó Jon contrariado, recordando la advertencia que, probablemente le había salvado la vida.
-Un amigo… espero –respondió la voz aún desde las sombras- no esperaba ver a un hombre blanco luchando por su vida como tú lo has hecho.
-¿Un hombre blanco? Asómate, déjame verte. Cobarde… he estado a punto de morir y no has movido un dedo por ayudarme. ¡Muéstrame tu cara para que te la pueda partir, Amigo! Sal de las sombras y déjate ver.
-Me encantaría hacerlo, pero no puedo hacerlo.
-¿Dónde estás? ¡Maldita sea! ¿Dónde estás?
-En la celda. El sheriff me encerró anoche sin un motivo aparente… dijo que los indios traen problemas en las ciudades de bien… y me encerró. Creo que gracias al sheriff de Long Town estoy vivo.
-¿Indio? ¿Eres un indio? ¿Eres un jodido indio? –Se sorprendió Jon, que no obstante se acercó a la celda para ver a su interlocutor, el otro permaneció sentado en el catre y solo levantó la vista para que el trampero pudiese verlo bien.

El indio era alto y corpulento. Vestía ropas castañas de pieles y lucía una amplia melena parda que le caía por debajo de los hombros, llevaba varios collares de cuentas por encima de sus ropajes y poseía una mirada seria y firme que resaltaba una nariz recta. Por lo demás parecía un hombre común. Corpulento, pero común… y lo peor del caso, era un jodido indio.

-Así es…
-No me gustan los indios…
-A nadie parece gustarles por estas tierras…
-Los indios sois diferentes, por eso no nos gustáis. Siempre estáis con esas charadas de los chamanes y la tierra… os importan más las bestias que los hombres… os conozco bien… sois rastreros y traidores, sois peores que los chacales. He matado a más de cien de los tuyos…

Jon miró a los ojos del indio, esperando encontrar odio en ellos, pero solo halló un chispazo de jovialidad y una sonrisa serena, el indio ni siquiera cambió de postura para hablar.

-Bien, entonces estamos más o menos empatados… supongo, porque yo he hecho lo propio en la guerra con los tuyos…

El trampero miró con curiosidad al indio, no sabía si le tomaba el pelo o le hablaba completamente en serio. Calibró el desafío en la mirada por si resultaba amenazador, pero solo encontró serenidad y camaradería. Aquel hombre no suponía peligro alguno, al menos de momento. Se encogió de hombros. Supuso que eran veteranos de la misma guerra. Ya no había guerra con los indios… de hecho a él nunca le habían tratado demasiado mal cuando se había topado con ellos en las montañas… además, encontrar a una persona normal por allí, con el recibimiento que había tenido…

-Has hablado del sheriff ¿Dónde está ese viejo tramposo? Me gustaría saber qué ha pasado por aquí
-Creo que a tus pies, amigo mío… se ha pasado toda la noche intentando sacarme de la celda en la que me metió… aunque claro, quería sacarme de un modo muy diferente…

Jon calibró el sentido del humor del indio, buscando algún punto insultante en sus palabras por el que debiese molestarse, pero no encontró nada hiriente. Además, si él se hubiese pasado toda la noche en una celda con un tipo intentando entrar para matarle… reírse de él sería lo de menos. Sacaría al indio, era un solitario, pero en una situación como en la que se encontraba venía bien tener compañía.

-Si llevas toda la noche aquí supongo que podrás ponerme al día de lo que ha pasado en Long Town. Así que, si quieres salir de esa apestosa celda, ya puedes ir hablando.
-¿Sabes? –Sonrió abiertamente el indio ante la mirada ceñuda de Jon- creo que tú y yo vamos a llevarnos muy bien.

Sahale –que era el nombre del indio- le contó a Jon lo poco de lo que se había podido enterar en el interior de la celda, que no era demasiado pero que fue suficiente como para que ambos se hiciesen una imagen mental de los hechos. Un forastero desconocido había aparecido arrastrándose por el desierto hacía dos días, venía terriblemente herido en la cara y en el torso, hasta el punto de que parecía imposible que continuase en pie. Los hermanos Calwody le habían llevado a la clínica del doctor, un joven que acababa de llegar a Long Town el verano pasado. El doctor acomodó al hombre en su clínica e hizo cuanto pudo por ayudarle, pero finalmente murió desangrado.

Llamaron al oscuro señor Timby, el dueño de la funeraria, para que tomase nota de las medidas del forastero. En la clínica se reunieron el alcalde, el sacerdote, el doctor y algunas personalidades y personas influyentes de Long Town. Fue entonces cuando se desató el caos. Según las informaciones que le llegaron al sheriff –y que este recibió en la misma cárcel, sin moverse un solo metro para constatarlas- el muerto se había puesto en pie y había atacado a todos los presentes, mordiendo, arañando y arrancando de cuajo pedazos de piel de al menos siete personas antes de recibir un tiro en el entrecejo y quedarse quieto de una vez por todas.

Aún conmocionados por el suceso, los heridos fueron atendidos por el doctor de sus heridas, ninguna demasiado grave, a excepción del gran agujero en el hombro de Phill, el granjero de Buena Nueva, la explotación más grande de la ciudad, que tuvo que ser cosido con varios puntos de sutura y cauterizado con fuego para dejar de sangrar. Todos volvieron a su casa… y a la mañana siguiente, Long Town era un manicomio repleto de disparos, gritos, carreras y sobre todo, muerte.

-Es una maldición de la Madre Tierra. Los muertos se levantan y atacan a los vivos. Es una maldición –repetía Sahale en una cantinela atormentada.

Jon no le culpó, era como para volverse loco, había visto a hombres cabales perder la cabeza en una batalla, así que, una noche encerrado con una bestia así atacando los barrotes sin descanso… aun así, no terminaba de comprender lo que el indio le decía, lo que le estaba contando era imposible, los muertos morían y ya está. Le estaba embaucando con cosas de indios.

-¿Me estás diciendo que los muertos se levantan? ¿Estás loco?
-No, no lo estoy. Yo mismo lo he visto hombre blanco, en serio. Mira, el sheriff se encerró aquí cuando todo empezó, sabía que la cárcel era un lugar seguro. Pero su ayudante tenía la llave y al verse superado por las bestias intentó entrar. Llamó a la puerta, la golpeó hasta sangrar, suplicó, lloró y finalmente, cuando ellos estaban muy cerca, logró entrar. Aunque ya era tarde, uno de ellos, uno de esos tipejos rápidos y bestiales le había mordido en la espalda… pero entró y el sheriff intentó echarle a patadas. El bueno del ayudante, un tipo bastante más valiente que su jefe, intentó luchar, finalmente sucumbió a los golpes del sheriff, aunque no sin antes dejarle un feo arañazo en el antebrazo. En ese momento me encogí en las sombras, aunque llevaba todo el día pidiendo al sheriff que me dejase salir de allí. Algunos entraron, mordieron al sheriff hasta matarle y después intentaron entrar en la celda, aunque por fortuna los barrotes son sólidos y fueron incapaces de entrar. Entonces algo llamó su atención en el exterior, supongo que eran más personas vivas y todos se marcharon, dejando aquí el cuerpo sin vida del sheriff…
-El mismo que me ha atacado a mí ¿verdad?
-Exacto… ¡y estaba muerto! Te repito que es una maldición, no sé qué ha hecho esta ciudad para enfurecer de tal modo a los dioses. Los muertos se levantan y atacan a los vivos.

A Jon no le gustaba nada esa explicación, pero todo encajaba. Eso explicaba que se hubiese topado con tantos conocidos con ganas de morderle la yugular. Estaban muertos… y eso les hacía odiar y buscar a los vivos. Maldita sea. Claro que encajaba. Nada tenía sentido, pero encajaba. Masculló una maldición y escupió al escuchar golpes en la puerta. Sabían que estaba allí. Los malditos muertos sabían que estaban allí dentro… e intentarían entrar para matarles.

-¡Pues os costará hacerlo! ¡Os costará matar a Jon el Solitario! ¿Me oís malditos bastardos? Os costará matarme.
-¿Vas a sacarme de aquí o no? –Preguntó Sahalé con intención.
-Espera un momento –anunció Jon, que no tenía intención alguna de dejar allí al indio. Era un indio, sí, pero era una persona, estaba viva… los vivos antes que los muertos –se dijo, estableciendo una prioridad- daba igual cómo fueran esos vivos.

¡Comida!


Sobrecogido, el buitre creyó atisbar en el lejano suelo un bulto oscuro que parecía comida ¡por fin! Llevaba días sin probar bocado alguno y empezaba a estar hambriento de verdad. Aprovechó las corrientes cálidas para descender lo más rápidamente posible y poco a poco, las grietas del suelo yermo se fueron haciendo más y más evidentes. ¡Maldita sequía! Estaba acabando con todo y los cadáveres muertos de deshidratación no eran nada apetecibles.

En fin, la vida en aquellos parajes nunca había sido sencilla y ahí seguía, era un superviviente nato y además no le hacía ascos a nada, así era más fácil sobrevivir… pero al llegar al suelo no pudo evitar un gemido consternado. Un niño humano, un pequeño de unos dos o tres años con aspecto de anciano decrépito se arrastraba por el suelo, daba pena ver aquella desvalida criatura.

No es que al buitre le cayesen bien los humanos, la verdad es que eran una raza odiosa y malcarada, un auténtico mal endémico que no paraba de propagarse por toda la tierra, no, no le caían nada bien los hombres, pero incluso para él se hacía complicado estar ante ese niño, era algo antinatural.

Tenía un hambre terrible, aquel niño era un saco de huesos, pero incluso de ese esqueleto negro podría extraer carne, siempre lo hacía… se acercó al pequeño, abrió el pico y entonces el niño abrió los ojos y le miró. El buitre quedó conmocionado, nunca antes había visto tanta tristeza en una mirada…

Se marchó volando de allí con un nudo en el estómago. Al cabo de una hora regresó al lugar, iba acompañado de un elefante y una hiena. La hiena llevaba en la boca comida que había robado en el campo de refugiados situado a apenas quinientos metros del lugar en el que el pequeño había caído y el elefante llevaba varios litros de agua con los que, primero bañó al niño y después le dio de beber.

Recuperado ínfimamente, el niño se levantó y continuó caminando hacia el campamento. Los tres animales se miraron satisfechos, había otorgado una mínima oportunidad a ese niño perdido y abandonado, habían obrado un diminuto gran milagro en aquella tierra cuarteada y vacía. Sonreían en mutua camaradería.

Pero en ese momento llegó el ratón, el más pequeño de los cuatro, que se había entretenido royendo un poquito de maíz en el almacén del campamento y les preguntó por qué sonreían tan contentos. El buitre, el elefante y la hiena le explicaron su hazaña y su buena acción. Y en ese momento el ratón sintió que se le saltaban las lágrimas.

Señaló a sus tres amigos que mirasen a sus espaldas y los cuatro lloraron amargamente al ver los miles de niños que se arrastraban por el suelo, sin comida, sin agua, sin fuerzas, sin fe, sin esperanzas…

Los cuatro fueron sacudidos por un tusnami silencioso que apenas nadie conocía, una fuerza imparable que se miraba con indiferencia en gran parte del mundo.

27 de julio de 2011

La caída

Sentí que llegaba, en realidad ya hacía días que lo sentía, pero esta vez era inminente, algo me decía que no había vuelta atrás. Me encogí de hombros, lo que tuviese que pasar pasaría, siempre lo hacía. No tenía sentido oponerse o luchar, todo ocurriría hiciese lo que hiciese. Había llegado demasiado tarde...

…nunca aprendería a estarme quieto, a no meterme en los asuntos que no me incumbían. Me gustaba afrontar cometidos que no estaban a mi alcance y solía pagarlo caro. Las cicatrices que adornaban buena parte de mi piel así lo demostraban. Bien, esta vez no sería diferente, el fracaso era obvio y aún así…

Me lancé. Era definitivo, era un loco, casi un kamikaze. La cuesta abajo era brutal, pero me dio igual. Entrecerré los ojos, afiancé mis manos en las empuñaduras y comencé a dar pedales como un poseso. Entonces sentí el vacío a mi derecha, la inevitable caída era inminente, ¿a quién se le ocurría quitarme los “ruedines” tan pronto? Claro, a mi padre, que estaba tan loco como yo…

21 de julio de 2011

El Solitario. VII


O moriría en el intento.

Lo primero era llegar hasta los carros, ¿cómo iba a hacerlo? ¿Cómo iba a sacar a todos esos engendros de allí el tiempo suficiente como para prepararlo todo? Ya empezaban a acosarlo de nuevo, algunos se acercaban tímidamente, pero otros corrían tanto o más que él. Jon se fijó en una particularidad, aquellos que corrían más que el resto tenían la piel mucho más oscura que los demás, por fortuna eran mucho menos numerosos, porque eran peligrosos de verdad. Los otros, los lentos, eran sencillos de esquivar y de no ser por su cantidad, apenas representarían un peligro de no encontrarse uno con ellos de pronto y sin saber qué demonios eran y cómo se comportaban. Empezó a sentirse intranquilo, la calle se llenaba de cuerpos tambaleantes, algunos de los que se asomaban a las ventanas del Salón cayeron desde allí al suelo y volvieron a levantarse, todos iban hacia él… necesitaba un sitio seguro, un lugar en el que pensar, un sitio que se pudiese proteger bien… y entonces lo supo, supo a qué lugar tenía que ir. A la cárcel.

Enfundó las pistolas y extrajo de la funda el Winchester para disparar a los cuatro bichos que corrían hacia él como bestias salvajes. Jon era un gran tirador y no erró ninguno de los cuatro disparos de su rifle. Sin dejar de mirar a todas partes con cautela y prestando atención al color de la piel de las criaturas con las que se cruzaba, para disparar a los más peligrosos, corrió hacia el edificio de la cárcel. Un edificio gris, con dos únicas ventanas enrejadas y una puerta que se podría atrancar con facilidad. Además, Jon creía recordar que la cárcel tenía una azotea o al menos eso es lo que había supuesto al ver la trampilla que había sobre la mesa del Sheriff la noche que pasó en ella tras una pelea con tres tipos que quisieron hacerle trampas al Póker y que habían terminado con varias costillas y un par de narices rotas… Jon había pasado una noche en la cárcel de Long Town, pero a buen seguro aquellos tres tipejos no habían vuelto a hacer trampas al Póker.

Mientras corría la distancia que le separaba de la cárcel aún tuvo que disparar tres veces más su rifle, dos de ellas a un tipo que saltó desde una ventana hacia él y al que tuvo que disparar dos veces para matar del todo y una tercera al doblar una esquina y toparse cara a cara con una chica joven, de unos dieciocho, años que vestía un bonito vestidito rosa y llevaba un sombrero a juego. Al llegar al edificio Jon se descubrió rezando para que la puerta estuviese abierta. Si no era así…

La inmensa mayoría de las criaturas había seguido su rastro hacía allí. Por fortuna parecía que ya no quedaban de esos que corrían más y todos los que le perseguían lo hacían con esos movimientos torpes y vacilantes que daban mucha grima, pero eran sencillos de esquivar. Aunque claro, esquivar a casi dos centenas de personas no era nada fácil en un lugar como Long Town…

A pesar de su lentitud, Jon comprendió que si la cárcel estaba cerrada estaría en un verdadero aprieto, porque el edificio del sheriff estaba en medio de la ciudad y su olor o su presencia o su vete tú a saber qué, atraía a los muertos desde todos los puntos cardinales. No había escapatoria posible por ninguna de las calles y Jon empezó a plantearse seriamente si la elección de la cárcel había sido una opción acertada. Afortunadamente, la puerta estaba entreabierta y al entrar, cerrar y apoyar la espalda en la madera exhaló un suspiro aliviado. Allí estaría a salvo, por lo menos durante unos minutos. Cerró los ojos y sonrió. Tras los nervios y la agitación de la última hora de su vida, su cuerpo se relajó de pronto. Algo en su mente le dijo que debería afianzar la puerta y asegurarse de que estaba solo allí dentro, pero se permitió un minuto de relax…

¡Cuidado! –Gritó alguien sacándole de su bienestar y recordándole de pronto toda la porquería en la que andaba metido. Abrió los ojos y apenas tuvo tiempo de apartarse del camino de uno de esos seres veloces e imprevisibles que parecían más bestias salvajes que personas. Entonces y solo entonces vio la sangre que regaba la oficina del sheriff, los barrotes rojos, las paredes cubiertas de pedazos de carne… y las lustrosas botas de lo que parecía ser un cuerpo incompleto. Un ruido gutural le indicó que no había una única criatura allí dentro, al menos había dos. Mierda, mierda, mierda. Ahora sí que estaba jodido.

Una vocecilla insistente le hacía que se preguntase quién le había advertido, porque alguien lo había hecho. Pero su ocupación principal consistía en sobrevivir y afianzar la puerta de las narices, porque estaba seguro de que en muy pocos minutos estaría rodeado de esos tipejos asquerosos. La suerte volvió a aliarse con él en ese instante, porque la criatura que se escondía en las sombras corrió en su busca y tropezó con una silla que había en el suelo, cayendo cuando largo era en el suelo. Jon era un superviviente y no desaprovechaba las oportunidades que le ofrecía la vida, disparó a bocajarro al recién caído y lo mató. El otro era otro cantar. Quiso dispararle, pero descubrió con un terror inaguantable que se había quedado sin cartuchos y no tendría tiempo de desenfundar sus revólveres, así que, sin importarle que el cañón del rifle quemase como el mismísimo infierno, lo aferró con fuerza con las dos manos y lo lanzó a la cabeza del monstruo, lanzando al tipo varios metros hacia atrás.

Jon recordó al indio que le tiró del caballo y le atacó con las manos desnudas y un puñal de hueso. La lucha fue a muerte, brutal y primaria. Un puñal y dos hombres en una pelea de igual a igual. El indio era mejor luchador, pero él estaba desesperado y casi no tenía aprecio por su vida, aunque sí un instinto de supervivencia infinito… ese día se había lanzado hacia adelante, instintivamente, sin pensar, entregado en cuerpo y alma a la lucha, a la guerra y a la sangre. Un ataque de locura que le salvó la vida y acabó con ese indio en el polvo del desierto… volvía a estar desarmado ante un enemigo mucho más formidable que él, un enemigo que le mataría sin un ápice de duda, una bestia infernal que luchaba sin sentimientos y por puro instinto. Se abandonó, se dejó llevar y con el rifle en las manos como si fuese un palo o una espada, se lanzó hacia el muerto sin pensar en la victoria, ni en la vida, ni en la muerte…

Diez minutos después Jon permanecía sentado junto a la criatura, muerta e inmóvil para siempre. Una vez más había vencido a la muerte. Había afianzado la puerta con el mobiliario de la cárcel y parecía perdido en un abismo del que no era capaz de regresar. Poco a poco fue venciendo a la negrura y recuperando el aliento… en su mente se abrieron paso los gemidos y alaridos, los arrastres y golpes que los centenares de habitantes de Long Town dedicaban a su presencia en el edificio. Sentían que estaba allí, vivo, normal… si es que alguna vez lo había sido en realidad… y parecía que no les gustaba que fuese diferente. Jon siempre había sido forastero en todas partes, allí donde iba le habían hecho saber que le toleraban pero no le terminaban de apreciar del todo, pero lo de esas criaturas iba mucho más allá. Le odiaban, firme y profundamente, le odiaban con toda su alma… y le ansiaban, ansiaban su carne, su sangre, su muerte…

Bueno, pues aún les costaría poder acabar con él. Había sobrevivido a varias batallas, a desagradables encuentros con osos y a bandas de forajidos, unos putos pueblerinos no iban a acabar con él, por muy bestiales que pareciesen.

El Solitario. VI


Caer al suelo, rodar y ponerse en pie con el arma a punto para disparar fue un solo movimiento para Jon, que vio con horror que estaba en medio de un grupo de unas veinte personas. Lo que no pudo ver, pero supo por los lamentos y los gemidos ansiosos que llegaban hasta sus oídos, fue que la habitación de la que acababa de saltar estaba ya atestada de criaturas, ¿es que aquello era una puta pesadilla? ¿No quedaba nadie con vida en toda la ciudad? ¿No habría Séptimo de Caballería que lo salvase?

Mientras disparaba en medio de la frente del afilador y apuntaba a dos señoras entradas en años que corrían hacia él a toda velocidad Jon no pudo menos que sonreír ante sus propios pensamientos y escupió en el suelo lanzando un reniego. Disparó a lo que quedaba de las dos mujeres y una vez comprobó que no volverían a moverse se giró en busca de más atacantes. Tuvo que hacer gala de todos sus reflejos para esquivar al muchacho de los Cody y dispararle en el cráneo antes de ser mordido y aún disparó tres veces más antes de verse rodeado por completo. Un sonido captó su atención y el hizo volver el rostro. Solo fue un segundo, un instante de vacilación que estuvo muy cerca de costarle la vida. Jon miró al Salón y comprobó horrorizado que de las ventanas surgían más y más manos ensangrentadas, todas dirigidas a su persona.

¡Mierda, no! –Exclamó al sentir el roce de unas uñas en su brazo izquierdo. Se giró como un relámpago y vio el rostro repleto de pústulas de Jim Hunter, el maldito Tuerto en persona. El Tuerto era un veterano de guerra, como él. Habían coincidido en una de las milicias que habían guerreado con los indios, allá en el desierto… y desde entonces no se llevaban demasiado bien. Jon siempre había deseado matar a aquel asesino despiadado. Lo había deseado desde que le vio violando a una de esas indias, una especialmente joven. Al ver su único ojo sano convertido en un amasijo grotesco de carne pustulosa y sangre Jon no pudo menos que recordar el momento en el que encontró a ese cabrón sobre la chiquilla… lo habría matado entonces, pero el capitán se lo había prohibido. Justicia Divina –pensó- esta vez no iba a escapar. Con una tranquilidad pasmosa extrajo uno de sus revólveres, sin soltar en ningún momento el bendito arma de Bill, y disparó al Tuerto en el ojo “sano”, para después recrearse con un tiro en las pelotas y rematarlo de un tiro entre ceja y ceja. No… ese cabrón no volvería a hacer daño a nadie más.

Y entonces fue cuando notó la cercanía de un aliento cálido y mohoso, de una peste inaguantable y un pánico viviente. La tranquilidad con la que se había tomado su venganza iba a costarle caro, había dado opción a una de esas bestias a cogerle por la espalda. Casi pudo ver cómo la criatura abría su mandíbula negra y repleta de sangre y bilis, cómo su dentadura se adentraba en su carne y le desgarraba músculos, piel, tendones y huesos… apenas le importaría, acabar con el Tuerto era satisfacción suficiente.

Había estado a punto de morir tres veces en su vida. La primera fue de la forma más estúpida. Apenas tenía veinte años y estaba aprendiendo el oficio de trampero, cuando una de las terribles trampas para osos se cerró de pronto y le atrapó la pierna derecha, rompiéndosela de una manera limpia, pero muy dolorosa. Jon estuvo más de tres días atrapado en aquel lugar, apenas recordaba nada de lo ocurrido en ese tiempo… por fortuna, había sido encontrado y puesto a salvo… nunca más cometió el descuido de que una de sus trampas se cerrase sola. Las otras dos veces habían transcurrido en la guerra, cuando el grupo con el que combatía fue rodeado por un ejército numeroso de indios. Las dos veces había tenido muy claro que su fin estaba cerca… y las dos veces se había salvado de milagro. En la primera ocasión, llegada la noche, Jon se había ocultado bajo el cuerpo de dos compañeros y se había hecho el muerto, lo que le salvó, puesto que los indios tenían cosas mejores que hacer que quedarse a hacer recuento de enemigos muertos. Y la segunda fue la oportuna llegada de refuerzos lo que había hecho que él, el Tuerto y dos hombres más salvaran la vida de una masacre… bien, pues esta era la cuarta vez que estuvo a punto de morir, y creyó que sería la buena.

Pero no fue así, porque en ese momento, como surgido de una leyenda que nadie había contado aún, llegó el Séptimo de Caballería y al ver ese apetitoso grupo de recién llegados, la inmensa mayoría de los muertos andantes se dirigió hacia ellos, dejando a Jon en una lucha desigual con el tipo que le sujetaba por la espalda.

Jon era un hombre valiente y un buen luchador, matarle no era tarea sencilla ni siquiera para un monstruo ansioso y mucho más fuerte que él. Como pudo se desasió de la presa del ser y al encararse con él estuvo a punto de caer al suelo de la impresión… tenía delante al alcalde Pet, un hombretón de dos metros de altura y cuerpo musculoso, un antiguo leñador que se había convertido en el regente de Long Town gracias a sus dotes persuasivas y a que todo el mundo confiaba en él. Pet era un tipo agradable, cariñoso y simpático, a Jon le caía estupendamente, era la única persona además del viejo Bill con el que podía hablar sin sentirse amenazado o insultado, aunque ahora… no creía que atendiese a razones.

Los primeros gritos de terror y dolor llegaron del lugar en el que había parado el orgulloso Séptimo, también se escucharon un par de órdenes y algunos disparos, aunque a Jon, ocupado como estaba en no ser atrapado por el alcalde Pet, le parecieron demasiado pocos. Mientras daba el segundo salto para apartarse a un lado y evitar ser mordido por el alcalde, creyó escuchar la voz de retirada y dos o tres caballos al galope… entonces escuchó otro gemido a su izquierda y con el arma de Bill disparó al alcalde en la cabeza una, dos, tres, cuatro veces… hasta que por fin éste dejó de moverse y se convirtió en un charco de vísceras y sangre en el suelo. El gemido de su izquierda se hizo más evidente y Jon tuvo el tiempo justo de levantar el arma de Bill y… gritar una maldición, se había quedado sin munición y no había forma humana de recargar antes de la llegada de la criatura. Con un reniego y un escupitajo lanzó el arma al que se acercaba desde su izquierda y desenfundó sus Colt 45. Jon disparó dos tiros, como los buenos pistoleros, uno con la izquierda y uno con la derecha… y el tipo cayó desmadejado en el suelo. Entonces hizo por ver qué había pasado con los soldados del Séptimo y no pudo evitar vomitar allí mismo.

Caballos y soldados por igual eran pasto de decenas de criaturas en un baño de sangre imposible de describir. El polvo levantado por dos o tres caballos se perdía en el horizonte, pero el resto… no había tenido ni una oportunidad, habían sido rodeados de pronto, sin estar preparados, sin las armas a punto, probablemente venían a descansar y quizás darse algún capricho en Long Town, pero habían encontrado una muerte espantosa y desconocida. Jon miró los carros que acompañaban a la caravana, descubrió un bulto conocido sobresaliendo de uno de ellos e ideó una forma de limpiar Long Town de muertos andantes. Estaba claro que no lo conseguiría con sus revólveres ni con su rifle. Había estado a punto de morir y ni siquiera había sido capaz de acabar con treinta de aquellos seres apestosos.

Se prometió que no se iría de allí hasta limpiar la ciudad.

El viajero de las letras

Tenía miedo de abrir el libro, la última vez las cosas no habían empezado demasiado mal, pero pronto se complicaron y le mantuvieron en tensión horas y horas. A veces piensa que fueron días e incluso meses, no sabía con exactitud cuánto tiempo había estado atrapado. Solo al llegar al final había podido dejarlo a un lado y regresar a la vida normal...


Tras meditarlo durante más de media hora se sentó en su sofá preferido, el que tenía los brazos carcomidos por el paso del tiempo, sonrió, ese sofá había vivido tiempos mejores, debería tirarlo y comprar uno nuevo. Pero no lo haría, sabía que no, sabía que era un recuerdo de tiempos pasados, tiempos mejores. Era un recuerdo de cuando no estaba solo…

Pasó casi media hora más sentado en el sofá, rememorando el pasado que nunca regresaría, rumiando su soledad. Pero, finalmente abrió el libro, sabía de antemano que lo haría. Comenzó a leer la primera línea cuando el reloj marcaba las doce de la noche, ese era el trato… no había pasado de la primera página cuando notó el olor salobre del mar y escuchó el rugido de una tormenta sobre su cabeza… ¿por qué le gustarían tanto las historias de piratas? Ya estaba otra vez en un barco corsario, rumbo al Caribe y sin saber si esta vez sería polizón, capitán, tripulante o prisionero. Tanto daba, fuese como fuese, estaría a punto de morir más de una vez antes de poder escapar de la novela.

19 de julio de 2011

El Solitario. V


Usando el arma de Bill acabó con los tres engendros lo más rápido posible y cuando ya sentía que los primeros monstruos alcanzaban el pie de la escalera saltó hacia adelante, acelerando el paso al escuchar un nuevo grito. Llegó al pasillo de las habitaciones. Haciendo un repaso rápido del lugar se dijo que había visitado todas y cada una de esas habitaciones, probablemente con una chica nueva cada vez. Volvió a recordar a la muchacha pelirroja, pero esta vez el deseo y la lujuria no tenían nada que ver con sus sentimientos. Pensaba dónde estaría, en los ojos inocentes que había descubierto en ella hacía un par de meses y en cómo habría sido esa chica de no verse obligada a servir en un Salón. El pasillo estaba a oscuras, no se escuchaba un solo ruido o paso o arrastre. Jon recordaba nítidamente donde estaba cada puerta, cada ventana, con quién había estado en cada una de esas habitaciones.

Con el arma a punto continuó caminando, esperando a desvelar de dónde llegaban los gritos… dobló un recodo y se encontró frente a frente con todas las chicas del Salón. Jon las miró sin saber si encontrarlas totalmente repulsivas o perturbadoramente deseables. Decían que no sentía nada al estar con ellas… pero podía recordar los lunares más escondidos de cada una de esas chicas. Sintió un nudo en el estómago.

Formaban un grupo colorido y compacto. Sus deseables pieles, sus curvas, se habían tornado en siluetas ensangrentadas y putrefactas que olían tan mal como la cuadra abandonada de un potro muerto. Jon se descubrió poniendo nombre a cada uno de esos monstruos. Mary, Sue, Isabel, Sofía, Shelly… las conocía a todas. A la mayoría desde hacía años, lo que más le sorprendió fue ver allí a Rebecca, la muchacha pelirroja, la más novata de las “bailarinas” del Salón. Su elección para esa noche… Todas llevaban el Can-Can, como si estuviesen a punto de bajar a bailar ante la parroquia… tuvo suerte de tener unos reflejos rápidos, porque gracias a ellos pudo recular lo suficiente como para que no le atrapasen a la primera. Jon no creía en Dios, pero se descubrió rezando, habían estado muy, pero que muy cerca. Pensó en bajar las escaleras, pero allí le aguardaban decenas de seres más, poco a poco el Salón se llenaba como si fuese un día de fiesta, no había escapatoria posible escaleras abajo. Así que puso todas sus esperanzas en el extraño arma encontrada en los aposentos de Bill. Gracias a su cargador inusualmente grande y a su monstruoso calibre, se pudo abrir paso entre las chicas, a las que dejó inmóviles al pie de las escaleras. Antes de perderse pasillo adelante, envió un beso a cada uno de los cuerpos inertes…

Cuando volvió a escuchar el grito olvidó a los que subían por las escaleras y corrió hacia la habitación 10, lugar del que parecía que provenían los gritos. Una mano femenina se aferró a su tobillo y le hizo caer. Con un grito de angustia y un disparo fruto de los reflejos y los años de experiencia en la guerra frente a los indios, Jon mató por completo al ser que le había hecho caer, una de las chicas a las que había disparado… debía haber fallado el tiro, algo que, a bocajarro, era imposible. Aquella era una lucha imposible de vencer ¿cómo era posible que hubiese errado un tiro? Jon, desesperado y muy asustado, llamó a la puerta… pero nadie pareció escucharle.

Pasaban los segundos y nadie le abría. Insistió e insistió, pero dentro no se escuchaba ruido alguno salvo el llanto y el lamento sordo de una mujer. No sabía qué hacer… no podía volver atrás. El pasillo era oscuro y la habitación 10 era la última. No sabía qué estaba ocurriendo más allá del recodo, pero lo suponía demasiado bien. Además, escuchaba cómo el pasillo se llenaba poco a poco de engendros. Escuchaba cómo se acercaban. Era una marea que no se detendría ante nada. No había escapatoria. Estaba atrapado.

Jon no era ningún cobarde, lo había demostrado con creces a lo largo de toda su vida, pero en ese momento se descubrió temblando como un niño pequeño y golpeó la puerta, acompañando a su llamada de una súplica llorosa. El llanto del interior se detuvo, alguien se levantó y se acercó a la puerta, alguien cogió el pomo… y lo soltó de pronto. Con horror, el pistolero solitario vislumbró por el rabillo del ojo que una mano se aferraba a la esquina… una mano repleta de sangre, una mano tan negra como el carbón de la mina en la que había trabajado a los quince años y en la que estuvo cerca de morir tres o cuatro veces a causa de derrumbamientos e incluso una terrible explosión. El miedo le hizo gritar, nunca había gritado de ese modo, con un gemido inarticulado repleto de pánico. Su grito pareció impulsar al monstruo que solo tardó unos segundos en doblar la esquina y lanzarse hacia él. No sabía por qué, pero ese ser parecía ser algo más grande que el resto y mucho, mucho más rápido que todos los demás. Su rostro no parecía demacrado y moribundo, era el puro reflejo del mal, era la cara del Diablo.

Se descubrió pensando en Dios una vez más y se maldijo en silencio, recordando el último día que había pisado una iglesia hacía ya más de veinte años, cuando estuvo cerca de casarse con la buena de Sue… y disparó en el mismo instante en el que el engendro se lanzaba hacia él con un ímpetu y una fuerza imposibles de comprender, el disparo desgarró el pecho de la criatura y la lanzó de nuevo hacia la esquina. Jon pudo ver la oscuridad del pasillo a través del boquete abierto en el plexo solar del ser… y se acordó de la madre de Bill, ¿qué guardaba bajo esa máscara de apacible anciano? No había en todo Long Town ni en los alrededores un arma como la del viejo tendero.

Aún tuvo que disparar dos veces más a la criatura antes de que esta se quedase completamente inmóvil… y no fue hasta que no destrozó su cabeza que lo hizo. Tomó nota mental del detalle, no volvería a fallar. Sus sentidos acostumbrados a la guerra y la lucha le indicaron que varias criaturas más avanzaban hacia su posición. Miró a la puerta y pensó en volver a llamar, pero se lo pensó mejor. Tomó un par de metros de impulso y se lanzó contra la madera, astillándola por completo y dejándola totalmente inservible. Aquella puerta nunca más serviría para evitar que nadie pasase a la habitación número 10. No había vuelta atrás. Por suerte había visitado la habitación 10 las veces suficientes como para saber que tenía una ventana que daba al tejado del Salón, no tendría más remedio que escapar por ahí. Porque si una cosa tenía clara era que no se iba a dejar atrapar y que saldría de Long Town como fuese.

Al entrar se topó con una escena para la que no estaba preparado… una chica… Susan, creía recordar que se llamaba. Se encogía sobre sus propias rodillas y se balanceaba adelante y atrás, sosteniendo como si fuese un niño un rifle retorcido y cubierto de sangre. La chica ni siquiera le miró al entrar, no sabía que estaba allí. En la cama que tantas veces había usado él mismo descansaban los cuerpos destrozados de lo que parecían dos personas, ambos con la cabeza abierta y los cuerpos llenos de plomo. Jon no tardó más que unos segundos en adivinar lo que había pasado en el interior de aquella habitación y sintió lástima por la muchacha. También comprobó que la sangre que la cubría no era suya en su mayoría. Aunque tenía una fea herida en el brazo izquierdo que se sujetaba con un pañuelo repleto de sangre reseca…

Se imaginó siendo mordido de esa manera por una persona, por muy aspecto de bestia salvaje que tuviese… y se estremeció. En un impulso repentino se alejó un par de pasos de la chica y se llevó una mano al lugar en el que ella estaba herida, notó que se le erizaba el vello de la nuca.

Lo que ocurrió entonces sucedió en unos segundos y fue como si un huracán hubiese invadido la habitación. Fue un milagro que Jon lograra salir de allí.


Desde el pasillo se escucharon gemidos y gritos cada vez más numerosos y violentos. Jon supuso que allí habría al menos dos docenas de antiguos vecinos de Long Town, deseando comérselo para cenar. Pero lo que de verdad le perturbó fue escuchar el sonido de varios de esos seres corriendo escaleras arriba, procedían del piso de abajo y avanzaban a grandes zancadas, como si fuesen bestias. Recordó al tipo más grande al que había reventado en el pasillo y se alarmó al imaginarse siendo atacado por varios de esos monstruos a la vez. Por suerte, la multitud del pasillo les retuvo unos segundos… los suficientes. Aun así, Jon escuchó que esos seres más grandes y violentos, atacaban a los otros, a los lentos. Estaban de caza, él era la presa y nada podía detenerles más que un tiro certero en el cerebro.

¡Joder!

Y en ese momento Susan se movió unos centímetros. Pareció percatarse por primera vez de que estaba con ella en la habitación. Ni siquiera soltó el rifle al levantarse. Se giró hacia él… y Jon supo que estaba en problemas. Lo adivinó en los ojos de ella… en su mirada vacía y ansiosa, en sus movimientos inarticulados. Apenas tuvo tiempo de amartillar el arma y disparar antes de tenerla junto a él. Calló como una muñeca de trapo. Algo en la mente de Jon le dijo que estaba gritando.

Se sacudió con terror allí donde ella le había rozado, poniendo cuidado en no tener ninguna herida… y se lanzó hacia la ventana.

El sonido de cristales rotos irrumpió en la extraña paz instaurada en Long Town…


18 de julio de 2011

Aún soy independiente

 

Aún soy yo mismo.

No quiero ser marioneta
de nadie, tampoco un vocero
fiel y obediente,
solo soy portavoz de mis ideas
y aunque puedan ser equivocadas
las defiendo hasta la muerte,
de las noticias hago una media
y nunca me creo del todo lo que cuentan,
si tengo que dar opiniones
procuro estar informado
y solo me gusta hablar de lo que sé
o lo que hago,
soy enemigo de los dogmas
y lo que otros quieren que crea
lo intento dejar de lado.

No quiero que nadie me diga
qué tengo que hacer,
o decir,
o escribir,
o creer…

eso fueron otros tiempos,
pasados dolientes que aún sufrimos,
y aunque haya quien los ampare
espero perdonen que yo aborrezca,
y si alguien los recuerda con nostalgia
o ternura
incluso con pena…
lo siento por ellos
pues marchitaron,

hay que vivir del hoy
y no del ayer o del mañana…

y hoy, le pese a quien le pese,
aún puedo decir lo que quiera,
aún puedo pensar,
aún puedo hacer uso por entero
de lo que me dicte la conciencia.

No me gusta que me dicten,
ni ser
lo que otros quieren que sea.

Prima de Riesgo

Yo tenía una prima de riesgo, por desgracia ambos crecimos... ella se casó con un abogado con muy malas pulgas y yo con una profesora de ciencias con la que ya no me hablo. Nuna conseguí besarla. Ahora solo coincidimos en las reuniones familiares. Nunca pasamos de las miradas y las hormonas revueltas.

¡Qué lástima!

Tú también puedes


Me cansé de esperar, de ser siempre el que aguantaba, el que ponía la otra mejilla... me cansé de seguir siendo yo mismo y, por fin, me decidí a cambiar, a ser más agresivo, locuaz y decidido. Me preparé para ello cada día de mi nueva vida. Comencé a vivir sin miedo, a envalentonarme en las situaciones azarosas, a dejar de ponerme rojo de vergüenza cuando era el centro de atención... y disfruté de ello ¡vaya si lo hice!

Poco a poco fui cogiéndole el gusto a eso de hablar en público, a recibir las atenciones de esas personas que antes apenas me miraban de soslayo, a ser el alma de la fiesta. No era mi belleza o pulcritud lo que llamaba la atención de todo el mundo, era mi espíritu, mi coraje, mi desatada autoestima. Era un imán increíble que atraía amigos y conocidos por todas partes. Mi suerte creció exponencialmente…

Y cuando mejor me iba decidí dar un paso decisivo en mi existencia, me hice político. Como no tenía una ideología definida hablé con unos y con otros… se pegaban por tenerme entre sus filas, porque era un reclamo en potencia. Al final opté por el que mejor me pagaba, obvio. Fui el candidato presidencial, gané las elecciones y cuando estaba en la cima de mi carrera… morí de un infarto.


EPÍLOGO

Eso sí, en el Infierno soy el alma de la fiesta y estoy a punto de convertirme en socio capitalista del mismísimo Diablo. Estuve en el cielo, pero estaba muy aburrido y el bueno de San Pedro me recordaba demasiado a mí mismo antes del cambio, así que le di unos consejillos… y ahora es mi compañero de piso.

16 de julio de 2011

El Solitario. IV

Calculó que si saltaba al tejado de la tienda de armas podría alcanzar el suelo antes de que muchas de esas bestias estuviesen tan cerca como para resultar peligrosas. Después no sería demasiado complicado subir a lomos de su caballo y alejarse para siempre de Long Town, pero su exiguo plan se quebró de manera repentina al escuchar los relinchos aterrados de su caballo. Asomado a la ventana vio que algunas de aquellas criaturas se cebaban con el noble animal y le arrancaban pedazos de carne sin importarles las coces que este les propinaba. Oteó con orgullo que su montura quebraba el cerebro de dos de esos monstruos antes de perecer bajo el ataque de su hambre y se obligó a ver el terrible espectáculo de sangre y muerte que se desencadenó a continuación, cuando su caballo, débil y herido, ya no fue capaz de hacer frente a esos seres. Así acabaría él si no era capaz de mantenerlos a ralla.

Y entonces escuchó el grito.

Era un grito de mujer. Sonaba repleto de terror y algo se removió en el corazón del aventurero. No era ningún héroe. En la guerra solo había sobrevivido gracias a la ayuda de los demás y a que había sabido escabullirse en los peores momentos, pero no era ningún torpe en el arte de la lucha a muerte, se había librado de morir, gracias a sus propios medios, en más de una docena de ocasiones, no es que hubiese usado sus artes para ayudar casi nunca a los demás… su lema era “tú la haces, tú la pagas”, pero algo le decía que aquella situación no era culpa de nadie en especial y aquella sensación le impulsaba a socorrer a cualquiera que se viese atacado por aquellos engendros. El grito volvió a llegarle, esta vez nítido y claro. Sonaba tremendamente aterrado. No le hizo falta demasiado para saber que procedía del Salón y se maldijo por su mala suerte, con lo bien que se lo podría haber pasado en aquel lugar esa noche…

Enfundó la Winchester en el asidero situado a su espalda, afianzó su saca, aseguró los revólveres en el cinto después de recargarlos y agarró con fuerza el sombrero polvoriento antes de lanzarse desde el tejado y correr hacia el Salón. Para llegar allí tuvo que descerrajar de tres disparos a tres de los vecinos del pueblo, a los que, detrás de la sangre y la mirada de odio que le lanzaron, descubrió al herrero y a dos vaqueros con los que habitualmente jugaba a las cartas. Antes de penetrar en el Salón comprobó con estupor que casi la totalidad de los vecinos de Long Town se dirigían hacia allí, como si un instinto primario e inviolable les advirtiese de que allí había alguien con vida.

Entrar en el Salón resultó una odisea. No había un solo movimiento en su interior, no había música ni risas ni broncas… Jon tuvo que hacer un gran esfuerzo para percatarse de que en realidad estaba allí dentro. Algunas mesas estaban volcadas y había restos de lucha por todas partes. Aquí y allá había cadáveres desmadejados y olvidados en posturas imposibles. La sangre salpicaba las cartas, la ruleta e incluso el cuerpo sin vida de Mary, la Madamme, que estaba tumbado boca arriba sobre la barra, con un cuchillo sobresaliendo de su corazón y tres tiros en el estómago. Escuchó de nuevo un grito, además de un siniestro sonido de arrastre sobre su cabeza. Jon examinó la decena de cuerpos que encontró en el Salón para comprobar que estaban muertos del todo antes de subir las escaleras. Los gritos procedían del primer piso.

Al alcanzar los primeros escalones escuchó el conocido quejido de las bisagras de la puerta abatible y supo que por allí ya no podría salir. No era nada creyente, pero se santiguó tres veces antes de subir los escalones.

Subió despacio, haciendo el menor ruido posible. Pero incluso haciéndolo de esa manera, al llegar arriba, ya tenía tres tipos buscando sus tripas y su vida. Jon reconoció a los banqueros de Long Town, los hermanos Henry, y a Lucas, el tabernero y se maldijo por pensar en ellos como si fuesen personas. Aquellos ya no eran quienes el había conocido, no eran más que monstruos y carroña para los buitres.

11 de julio de 2011

El Solitario. III


Y entonces fue cuando su espíritu luchador y su experiencia se impusieron a su terror. Con una velocidad pasmosa se llevó las dos pistolas a las manos y disparó a bocajarro sobre aquellos engendros gimientes. La sangre de Bill se quedó impregnada para siempre en las paredes de su tienda, pero al menos se quedó quieto de una vez, un tiro en la frente es suficiente incluso para un monstruo sin vísceras. Con el muchacho lo tuvo algo más complicado. El primer tiro le dio en el centro del pecho, un tiro mortal de necesidad que solo sirvió para que el chico diese un par de pasos trastabillantes hacia atrás entes de reemprender su ataque. Jon, acostumbrado a calibrar la resistencia de un hombre antes de cualquier enfrentamiento no daba crédito a que el chico continuase en pie, aunque el tambor de su Colt aún guardaba cinco brillantes balas en su interior, tres de las cuales se alojaron en el pecho de Tomas. Cuando Jon vio que el chico volvía a levantarse y que nada parecía herirle de gravedad, utilizó las dos balas restantes para destrozar su cabeza y su cara. La sangre salpicó por todas partes y los restos del cerebro del chiquillo quedaron esparcidos por el suelo de la tienda… pero ya no se levantó más y Jon se sintió un poco más seguro al comprender que había una forma de acabar con esos seres, destrozando su mente asesina.

Apenas tuvo tiempo de ponerse en pie antes de que la tienda se viese ocupada por más de una docena de vecinos de Long Town, todos con un aspecto semejante o peor que el bueno de Tomas, al que siempre le habían gustado las aventuras de Jon. El Solitario notó un nudo en la garganta al percatarse de que acababa de matar al muchacho y que ya no habría nadie a quien contarle sus historias. Los recién llegados caminaban arrastrando los pies, con las manos hacia Jon y sus miradas muertas inyectadas en sangre. Jon solo tuvo que verlos una vez más antes de comprender que estaban muertos o algo parecido. Allí ya no estaban los vecinos de Long Town, sino unos seres sin conocimiento ni cerebro que querían comérselo vivo. Caminando de cara a los monstruos, se encaminó hacia la escalera que subía a las habitaciones de la casa de Bill. Hizo recuento de lo que sabía de la vida del tendero para hacerse a la idea de que allí no habría nadie. Bill vivía solo con su hijo desde la muerte de su mujer hacía más de una década. Arriba podría pensar algo y podría planear cómo salir del pueblo. Además, tenía que averiguar qué había ocurrido con el resto de paisanos de Long Town y encontrar al Sheriff para advertirle de lo que estaba ocurriendo.

Los engendros le seguían lenta pero inexorablemente y Jon supuso que tendría que abrirse camino a base de tiros. Era buen tirador. Descargó el cargador de su Colt aún llena en los cerebros de seis de aquellas criaturas. No erró un solo tiro y los seis cayeron en el suelo. Enfundó sus pistolas, no sin antes agradecerse los 17 dólares que se había dejado en cada una de aquellas joyas y extrajo de su espalda el Winchester, con el que disparó al resto de criaturas, destrozando sus cabezas mientras se escabullía escaleras arriba.
Al llegar allí buscó la habitación de Bill, en la que encontró cartuchos para su rifle y balas, además de un revólver de un calibre que apenas había visto, que se guardó en la bolsa de cuero que llevaba de un costado junto a más munición.

Fue entonces cuando se asomó a la ventana y ahogó un grito aterrado.

Long Town era un pueblo grande, de unos 500 habitantes… todos ellos estaban en la calle, ensangrentados, mutilados, heridos de muerte… todos caminaban trastabillando por las callejas de tierra. Algunos salían de las casas o locales comerciales, llamados por el instinto, deseosos de algo…

Vio que una ingente multitud surgía de las puertas destrozadas de la iglesia y tuvo que contenerse para no vomitar ante el espectáculo sangriento que se desencadenó ante sus ojos. Aquello parecía un río de muerte que recorriese un cauce ensangrentado. Sangre. El mundo del Solitario se pobló de terror y angustia y sangre…

Jon solo tardó unos segundos en apercibirse de qué era lo que querían, aquellos seres caminaban hacia un único destino… tenían hambre, podía saberlo… y él era el plato principal.

El Solitario. II


Se detuvo antes de alcanzar el pueblo. Había algo que no le gustaba en el ambiente. Su instinto le gritaba que se diese la vuelta y regresara a su cabaña… solía hacer mucho casi de su instinto, en más de una ocasión le había salvado la vida y no iba esta a ser la primera vez que dejase de hacerse caso. Además, sabía que algo extraño e irreal ocurría. Los huidizos animales eran prueba más que evidente de ello, pero además estaba también esa sensación de peligro inminente que parecía encorsetada en su garganta y anudaba su estómago desde la noche anterior. Presentía que ocurría algo extraño y que la calle principal de Long Town estuviese vacía a primera hora de la mañana no ayudaba a que se tranquilizase, aquello no era natural, a esas horas la ciudad debería bullir de movimiento.

Escupió en el suelo y meditó la posibilidad de regresar a su apacible vida en la montaña, pero se maldijo por lo bajo. No era alguien que se arredrase así, sin más. No tenía ni un gramo de tabaco, no tenía café. Por más que le jodiese tenía que ir a la tienda del viejo Bill y quizás se tomase un trago con él. Además, hoy le apetecía a horrores acostarse con una de las chicas de Rossie… sí, tal vez esa pelirroja de las pecas y la mirada traviesa… notó el calor de la excitación recorriendo su entrepierna, sabía que las chicas odiaban acostarse con él y que murmuraban a sus espaldas que lo hacía sin un atisbo de placer, pero sí que gozaba con ellas, ¡vaya si lo hacía! El problema es que había decidido ser un tipo duro en cualquier situación y aquella no iba a ser una excepción. De todos modos… sí, esa noche se llevaría a la pelirroja a la cama y le enseñaría algo de su pasión y excitación…

Su humor había mejorado bastante con aquellos pensamientos y por fin decidió bajar al pueblo, sin prestar demasiada atención a la voz interior que le gritaba que se mantuviese en la montaña, que regresase a su casa a todo correr y se preparase para cualquier cosa, porque algo extraño pasaba y no sabía discernir qué era.

Sus espuelas resonaban en cada paso, levantando ecos acompañados por el sinuoso gemir del viento. Un par de bolas de heno volaron ante sus ojos. Nadie se cruzó en su camino. Se le erizó el vello de la nuca y desenfundó sus dos revólveres. A la espalda llevaba un Winchester, como de costumbre, pero algo le dijo que incluso el potente rifle serviría de poco ante lo que estaba por venir. Sacudió la cabeza, enfadado consigo mismo. No iba a permitir que un pueblo vacío y una mente repleta de fantasmas le azorasen. Casi deseaba tener a alguien en quien descargar su frustración ¡maldita sea! ¿Qué coño estaba pasando en ese pueblo?

Llegó ante la puerta de Bill sin encontrarse con nadie y su extrañeza aumentó, pero luego pensó que bien pudiera ser que estuviesen todos en la parroquia, en un entierro o una misa improvisada de ese reverendo achaparrado que ya había intentado convencerle de asistir a su iglesia en, al menos, tres ocasiones y al que la última vez había estado a punto de mandar a su iglesia con los pies por delante. Jon el Solitario no era un tipo de iglesias ni de dioses.

La campanilla de la tienda le dio la bienvenida, pero Bill no estaba al otro lado del mostrador, ni le pidió que aguardase un momento, tampoco estaba por allí su hijo, el pequeño Tomas… y eso fue lo que terminó por advertirle que algo no marchaba como debía. Que algo extraño estaba ocurriendo en Long Town. Ni siquiera un entierro prematuro podría sacar a Bill y a su hijo a la vez de su tienda de comestibles. Jon miró en la tienda sin encontrar nada salvo una ventana rota y restos de sangre. Incluso él, un tipo curtido, tuvo que hacer un gran esfuerzo para no vomitar cuando se topó en el almacén con el cuerpo de Bill… estaba completamente destrozado, con los ojos abiertos en un gesto de dolor imposible de definir y el cuerpo desmadejado, como si una jauría de coyotes furiosos le hubiese devorado. Tenía mordeduras por todas partes y una de sus manos se estiraba en actitud suplicante. El viejo Bill había sufrido lo indecible antes de morir. Jon comprobó con un par de arcadas que las tripas del anciano recorrían buena parte del almacén ¿Qué diablos había pasado allí?

Un ruido serpenteante y un gemido de ultratumba captaron su atención. Jon no era ningún asustadizo, pero se volvió con el terror impregnado en la cara y una urgencia impropia de alguien acostumbrado a los peligros. Algo se arrastraba hacia la tienda, hacia él. Algo que procedía de la vivienda de Bill. Miró una vez más al viejo y supuso que su hijo habría corrido la misma suerte que su padre, con lo que cabía la posibilidad de encontrarse con el pobre tomas con las tripas por el suelo y el cuerpo destrozado a dentelladas. Si era así, Jon se prometió que acabaría con su vida de un solo disparo, no dejaría que el pobre chiquillo sufriese a causa de esas terribles e incurables heridas.

Con un revólver en cada mano regresó a la tienda.

Y fue en ese momento cuando deseó no haber abandonado jamás la comodidad de su cabaña.

Entre él y la puerta de salida se topó con Tomas… el chico tenía una única herida en el hombro derecho, parecía una fea mordedura que tardaría mucho tiempo en cicatrizar y que amenazaba con dejar al chico inválido de su brazo derecho. Jon había visto e intentado curar demasiadas heridas en la guerra como para no saber que una herida es prácticamente incurable. La sangre manaba a chorros por la herida abierta, pero eso no era lo peor. Lo peor era el gesto inerte que pudo apreciar en el rostro del chiquillo, su gemido continuado, la saliva cayendo por las comisuras de su boca abierta, sus movimientos errabundos… aquel chico estaba mal, muy mal. Jon enfundó sus revólveres y se acercó a él, estaba más apenado que enfadado, ¿quién podía haber hecho algo así? ¿Quién podía haber herido a un chiquillo de un modo tan brutal?

Se acercó con la intención de socorrer a Tomas, extendió una mano hacia él, con cuidado, por miedo a asustarlo y solo tuvo una milésima de segundo para apartarla antes de que el chico se la arrancase de un bocado bestial. Jon apreció con aprensión el cambio producido en el rostro del chiquillo. Su mirada distraída se convirtió en un gesto de ira al verle. El ansia era evidente en sus movimientos. Aquel chico quería morderle, ¡maldita sea! ¡Quería morderle! ¡Joder! De un salto Jon se alejó lo suficiente del muchacho como para mirarlo de nuevo y vio el nuevo brillo que adquirían sus ojos sin vida. De pronto su inquietud, sus temores y su instinto le gritaron a la vez que se alejase del chico y que no se dejase tocar por él.

¡Mierda! Por el rabillo del ojo vio que la calle principal de Long Town se llenaba de movimientos titubeantes de personas que se acercaban a la tienda de Bill. No sabía qué había pasado en el pueblo, pero parecía evidente que estaba en peligro, tenía que salir de allí lo más rápido posible y regresar a su hogar. Tenía que averiguar qué diantres había ocurrido allí. ¡Y tenía que marcharse rápido!

Comprobó que los movimientos del niño eran lentos y titubeantes, no creyó que tuviese demasiados problemas en sortearlo y salir de la tienda. Iba a marcharse cuando algo le sujetó por el tobillo y le hizo trastabillar y caer al suelo. Jon profirió un grito de terror. Nunca en toda su vida había gritado de ese modo. Con movimientos torpes y con el pánico a punto de ahogarle se percató de que quien le había aferrado del tobillo era el viejo Bill, su amigo, aquel con el que podía pasar tardes enteras sin acordarse de la soledad y el sosiego de su cabaña de madera. Pero al mirarle descubrió que Bill ya no estaba, que en su lugar había un monstruo imposible de definir, un ser horrendo que pretendía matarle y devorarle. Por un segundo pensó en el dolor que sentiría al ser mordido por una mandíbula humana y se vio como el pobre de su amigo, medio devorado por decenas de mordiscos humanos.

De pronto algo le indicó que el chico estaba muy cerca y abandonó esos pensamientos. Tanto Bill como su hijo estaban a pocos centímetros de él y ambos pretendían morderle. El sonido de cristales rotos le indicó que más y más personas entraban en la tienda. Gimió de terror al escuchar los gemidos ansiosos de aquellas bestias. Estaba bien jodido…

El Solitario

Jon escuchó un estridente sonido de cristales rotos. No se alteró. Nunca lo hacía. La vida solitaria de un cazador de pieles había templado sus nervios, convirtiéndolos en un acero tan frío y eficiente como el de los raíles del tren que reposaban colina abajo, esperando que alguien los montase finalmente y echase a perder la tranquilidad de Long Town y, con ella, la paz interior de la que últimamente gozaba Jon. No se puso nervioso y con la velocidad adquirida en los años de vivencias a muerte pronto tuvo en su mano uno de sus preciados revólveres, el que reposaba en su cadera izquierda, el más preciso de los dos. Un hermoso Colt del calibre 45 con capacidad para seis tiros que siempre estaba cargado y en perfecto estado, presto para disparar.

Jon se acercó con cautela a su cabaña. Esperaba no tener demasiados problemas si se topaba con un par de sabandijas saqueando su hogar, esos ladrones cobardes nunca solían ser buenos tiradores. Es más, si se percataban de su presencia probablemente huirían con el rabo entre las piernas. Podría haberlos ahuyentado con un grito o con un disparo al aire, ya había expulsado de sus tierras a varios merodeadores inoportunos, pero esta vez tenía ganas de diversión. Llevaba dos días sin cazar una sola pieza. No sabía qué ocurría, pero los animales parecían estar huyendo despavoridos de la colina y no era por su presencia, pues llevaba años viviendo allí. Las dos últimas noches había buscado un gamo sin resultado alguno, pero tampoco había visto comadrejas ni osos, ni nada… era como si los animales se hubiesen volatilizado. Estaba confundido. En sus cuarenta años deambulando por el oeste no había visto nada semejante. Escupió al suelo la última brizna de tabaco que le quedaba, lo que acrecentó su humor de perros. Se había quedado sin tabaco y sin un gramo de café y tendría que bajar al pueblo a comprar más, algo que no le hacía ninguna gracia.

A Jon no le gustaba la gente. Prefería vivir en su cabaña del bosque, compartiendo su vida con la naturaleza, los animales y las pieles que encontraba. No recordaba cuándo o por qué decidió abandonar la civilización y la compañía humana, solo sabía que así era feliz. La única compañía que buscaba a bajar al pueblo era la del viejo Bill para comprarle aquello que necesitaba y, si ambos estaban de buen humor, algo que era sumamente complicado, compartir un trago en el Salón de Long Town. De vez en cuando, cuando bajaba y se dejaba ver por el resto de la humanidad, también buscaba la compañía algo más íntima de alguna de las chicas de Rossie, pero nunca repetía y a ninguna de las chicas les gustaba ser escogidas por El Solitario, decían que no disfrutaba con ellas, que simplemente se vaciaba con ellas, aunque sin mostrar el más mínimo ápice de pasión o de lujuria. Era buen pagador, así que nadie le ponía demasiados reparos y le dejaban vivir tranquilo en su cabaña mientras no se metiese en líos con nadie.

Mientras se acercaba a la cabaña de madera en silencio y escuchaba el escandaloso ruido que procedía de su interior y por el que alguien tendría que dar muchas explicaciones, Jon intentó recordar cuánto tiempo llevaba “viviendo” en Long Town, calculó que llevaría una docena de años por allí, donde había llegado al terminar la guerra con los indios, que ahora vivían a cuerpo de rey en las Reservas que el gobierno les había regalado. Volvió a escupir enfadado. ¿Cuántos hombres valientes habían luchado contra los indios para que todo terminase con unas tierras gratis y un apretón de manos? Deslizó el dedo índice de su mano izquierda por la cicatriz que recorría su cara desde la frente hasta la mejilla y que por muy poco no le había costado un ojo. Un recuerdo de los indios… aquello le puso aún de peor humor. La verdad era que casi lo sentía por el pobre diablo que había irrumpido en su cabaña.
¿Iba a matarlo? Probablemente no fuese más que un pobre diablo sin lugar en el que caerse muerto que había pensado que aquel era su día de suerte, ¿por qué iba a matarlo? Él mismo, antes de ser trampero, había entrado en un par de cabañas como aquella para encontrar algo que comer, claro que los ruidos del interior no aparentaban ser los de alguien que busca comida, más bien parecía que le estaban revolviendo toda la casa buscando algo… Jon pensó en su oro. ¿Sería alguno de los miserables que le habían expulsado de la veta de oro que había hallado en el sur? ¿Le habrían seguido después de tantos años? Se había marchado de allí con ganas de organizar una masacre, pero la riqueza no le importaba lo más mínimo, no era una persona ambiciosa. Así que al final había decidido marcharse al norte, buscar un lugar tranquilo y vivir en soledad de la caza y las pieles, claro que se había llevado de su veta un buen montón de oro, simplemente por no dar su brazo a torcer. No era una persona de principios, pero tampoco era de los que se arredraban ante el peligro y mucho menos ante los acosadores y los bandidos.

Con una sonrisa torcida recordó la cara de sorpresa de aquel idiota que habían enviado a asustarle cuando notó el plomo en sus entrañas. Le mató sin compasión, igual que él le habría matado de tener la posibilidad de hacerlo. Después se había marchado de allí, dejando a aquel imbécil junto a un buen puñado de oro, como el mejor de los mensajes.

No, Jon no era de los que se arredraba ante el peligro.

Un nuevo estruendo de cristales rotos, ¿qué diantres le pasaba a aquel tipo? ¿Es que pensaba destrozar toda su casa? Con un reniego saltó hacia la puerta y la abrió de un tirón, mientras se preparaba para disparar, no habría piedad ni perdón para ese tipejo, iba a pagar muy caro el haber entrado en su hogar.

Entonces lo vio.

Se sentó en el quicio de la puerta y se rió como nunca antes lo había hecho en su vida. Ante él, con un montón de trastos y cristales rotos a sus pies, había un mapache mirándolo con incredulidad, como si no pudiese creer que le hubiesen interrumpido en su divertimento. Jon se armó de paciencia, podría haber descerrajado al bicho de un tiro, pero aquello le había hecho tanta gracia que se veía incapaz de pegarle un tiro al animal. Después de todo, se había marchado de la ciudad para vivir en la naturaleza y encontrarse en su cabaña con un mapache era mucho mejor que hacerlo con un grizzli.

Además, aquel era el primer mamífero que veía en tres días.

5 de julio de 2011

El lector


Al pasar junto a él y verle pegado a un libro, le miraban con extrañeza y articulaban expresiones varias, casi siempre acompañadas de erudiciones como "¡qué, culturizándote!" o "aprendiendo ¿no?"

Él les miraba de reojo, ya ni siquiera les contestaba, había decidido que no tenía ningún sentido hacerlo, pues con muchos de ellos ya había mantenido aquella "conversación" con anterioridad.

Apenas levantaba la vista del libro en cuestión y guardaba para sí una sonrisilla de, sí, por qué no decirlo, de suficiencia y una bizna de soberbia. Después, olvidado por aquellos seres de ida y vuelta, volvía a su lectura, sabiendo que todos aquellos comentaristas jamás conocerían el deleite que produce leer un buen libro.

El palacio de los espejos

Peter V. Brett

El hombre tatuado y sus compañeros tendrán que enfrentarse a una nueva raza de demonio, más inteligente y mortífero de lo que jamás habían conocido.

Durante cientos de años los demonios han sido dueños de la noche. Sin embargo, ahora los hombres han recuperado los antiguos grafos de combate para enfrentarse a los abismales.

Pero los demonios también juegan sus cartas y vigilan de cerca a Jardir de Krasia y Arlen del norte; uno autoproclamado Liberador; el otro elegido, contra su voluntad, por su propia gente.

Tras la conquista de Fuerte Rizón por parte de los krasianos, Arlen y sus compañeros deberán unir a las fuerzas del norte para enfrentarse a un enemigo común: el ejército de Jardir. Mientras, los príncipes abismales preparan el terreno para la gran batalla y la extinción de la raza humana.


Opinión personal


Hace poco que hemos hablado de "La lanza del desierto", la segunda parte de esta genial saga fantástica que me está haciendo descubrir nuevos horizontes en el mundo de la literatura que más me gusta. Así que no tengo mucho que decir salvo que estoy gratamente impresionado Si alguien me preguntase en el futuro por qué me gusta la fantasía, le remitiré a esta saga literaria para que sepa por qué me gusta. Es un placer leer cuando tienes a tu alcance libros como este.

Al hablar de "La lanza del desierto" comenté que la historia se había detenido relativamente para presentarnos a un nuevo personaje y que creía que la tercera parte retomaría la acción desorbitada y la emoción del primer tomo (El hombre marcado", que son sinónimos de esta "Saga de los demonios" tan espectacular, pensaba también que la saga concluiría con este tercer volumen del que hablamos hoy. Pues bien, la historia vuelve por sus fueros. Nos emociona, nos devuelve a personajes y escenarios de los que nos enamoramos en el primer tomo y no solo eso, sino que regresa a esa acción tan espectacular y nos presenta nuevos peligros, nuevas aventuras y nuevas perspectivas de la historia. No me equivocaba, la historia vuelve a coger velocidad y se vuelve vertiginosa por momentos, siempre espectacular y está repleta de grandes dosis de acción que nos obligan a seguir leyendo hasta el final sin descanso... casi a uno le entran ganas de coger un arma y salir por ahí a matar demonios... porque cualquier persona les vendrá bien a los valientes que se enfrentan a la noche sin descanso, algo que veremos en los siguientes números. Sí, porque en esto sí que me equivoqué (lo que me ha encantado), "La saga de los demonios" no concluye en esta tercera parte y sin miedo a equivocarme, creo que se le puede sacar varios números más sin desgastarlo, porque es de un tamaño y una magnitud impresionantes.

En este número, Arlen (el prota) vuelve a sus orígenes, regresa a casa y aunque reniegue de su pasado, terminará descubriendo que solo siendo él mismo será capaz de vencer a los demonios, si es que eso es posible algún día. Por otro lado, la guerra sigue en Thesa, los krasianos, bajo las órdenes de Jardir siguen desafiando tanto a demonios como a humanos, sin que haya nadie capaz de detener su avance sin freno... salvo el propio Arlen.

Este libro vuelve a ser tan espectacular como el primero y aún más, porque ya conocemos y queremos a sus personajes, porque ya hemos tomado partido, porque ya sabemos qué se juega cada uno de los protagonistas de la serie y porque empezamos a descubrir que el poder de los demonios es muy superior al que nadie sospechaba... ¡qué gran saga se ha sacado de la manga Peter V. Brett! 


Sin duda, estamos ante una de las series de fantasía épica más grandes e impresionantes de la última década, un futuro clásico de la literaura fantástica que no os podéis perder, porque tiene trazas de serie de éxito enorme.

Yo, sencillamente, soy fan de esta saga literaria y espero leer todos y cada uno de sus títulos. No os la perdáis, porque es de lo más impresionante que he leído en años. En serio.