#MalditaGuerra

Porque la Guerra es una mierda, se mire como se mire

"La gran aventura de Sir Wilfredo - El asedio de las sombras"

Una novela para disfrutar de las princesas y de los caballeros.

Microrrelatos en 3 Capítulos

Disfruta de más de cien historias cortas

La importancia de las librerías

Artículo publicado en Diábolo Magazine

22 de agosto de 2011

Fieramente Humano

Rodolfo Martínez

Cuando el policía Gabriel Márquez conoció al enigmático doctor Jasón Zanzaborna, no podía imaginar lo que se le venía encima. Desde luego, nada sabía de lo ocurrido treinta años atrás, ni de todas las deudas impagadas que el doctor dejó entonces. Menos aún del pasado de la misteriosa mujer que acompañaba al doctor a todas partes. O del estrafalario individuo tuerto que un día apareció por su casa. Lo que menos podía sospechar era que él mismo, de un modo incomprensible, había estado involucrado en esa historia desde antes de lo que creía. Ahora, mientras la amenaza de algo sombrío y terrible se extiende sobre su ciudad y su vida, Gabriel Márquez deberá desentrañar su propio pasado para resolver, por fin, su futuro.

Con «Fieramente humano» Rodolfo Martínez vuelve a la misteriosa ciudad que ya visitó en «El abismo en el espejo» y «Los sicarios del cielo», y lo hace para traernos una historia cargada de presagios y momentos inquietantes por la que desfilan algunos de sus mejores personajes. «Fieramente humano» es, pues, su novela más reciente del ciclo narrativo de «La Ciudad»: una serie de relatos donde se dan cita, a plena luz de día y en la ciudad contemporánea, algunos de los elementos más oscuros e inquietantes de la tradición fantástica.


Opinión personal

A parte de otras muchas cosas de las que hablaremos en un instante, Fieramente Humano es el conjunto de dos enormes novelas unidas para formar un único novelón. Un novelón de esos que nos mantienen atados a sus páginas hasta acabar de desentrañar una trama, que, por coral sobre todo, es difícil de desentrañar, con una mezcolanza de personajes, vivencias, situaciones y aventuras no terminadas de contar que podría dejar sin aliento a los lectores menos infatigables.

Dicen que la literatura fantástica que más nos gusta suele ser anglosajona, pero creo que los que lo hacen es porque no se han parado a leer lo que tenemos más cerca. Rodolfo Martínez es de esos escritores que tienen una legión de seguidores a sus espaldas. Ganador del premio Ignotus, del Minotauro, participante activo en la Hispacón y en la Semana Negra de Gijón es, lo que diríamos, un protagonista activo de la fantasía nacional y, o mucho me equivoco, es un amante declarado de los tebeos de superhéroes.

Porque, aunque no he encontrado referencias a esto en ninguna de las reseñas que he leído tras devorar Fieramente humano, puedo decir, como lector habitual de tebeos que soy, que Rodolfo también lo es, o al menos eso creo yo. Porque esta novela, escrita en dos periodos de tiempo diferentes en la vida de Rodolfo, tiene en una de sus partes un aroma inequívoco a los tebeos de superhéroes. Al leerlo, uno tiene la sensación de estar ante uno de esos eventos periódicos que las grandes casas de tebeos mundiales hacen cada cierto tiempo para unir a todos sus supertipos en una misma aventura, un Team Up que se llama, un todos unidos frente a un enemigo común e inexpugnable, que está siempre muy cerca de destruir el Universo conocido como el que se suena un resfriado a media mañana.

Fieramente Humano es una novela que pertenece a la serie La Ciudad, protagonizada por varios personajes sobre los que Rodolfo ya ha escrito con anterioridad. Gabriel Márquez, un detective relacionado con asuntos poco comunes, Eva, Laura, dos cuervos con mucha inquina, algunos personajes extraños más y, sobre todo y por encima de todos, el Doctor Jasón Zanzaborna, un personaje misterioso y enigmático, creado, podría apostar, gracias a las lecturas de Rodolfo de las aventuras del Doctor Extraño de la Marvel.

Pero como os he dicho antes, esta novela tiene mucha más miga de la que aparenta al ver la corteza. En su interior guarda otra novela, una que el autor comenzó a escribir hace 20 años, una novela de terror en la que una serie de desconocidos se encuentran en el Cairo para buscar al mismísimo diablo… o a uno de sus ayudantes más poderosos.

Dos intrigas entrelazadas, con más de 20 años de diferencia, pero que Rodolfo une de manera magistral, presentándonos una atípica novela de fantasía, ambientada en la actualidad, en una ciudad sin nombre, no demasiado difícil de adivinar, que se convierte en una protagonista más de una acción que se intuye siempre antes de leerla, porque el autor nunca nos da todos los datos, siempre deja hueco a nuestra propia imaginación para que completemos los momentos que él nos va aportando.

Una lectura adictiva. Fieramente humano es oscura, opresiva, bastante políticamente incorrecta, con dosis de humor corrosivo y momentos de verdadera claustrofobia. En algunos momentos nosotros mismos parecemos presos de la novela, aunque contemos con toda una hueste de personajes dispares para salir del aprieto cuando lo necesitemos de verdad.

Os recomiendo leer Fieramente Humano, lo vais a pasar muy bien… o muy mal, el caso es que si empezáis a hacerlo, ya no podréis dejar de leer. Una novela que se puede leer por sí sola, sin necesidad de haber visitado anteriormente la saga, aunque cuando la leáis, seguro que queréis leer “El abismo en el espejo” y “Los sicarios del cielo”, yo ya lo estoy deseando…

19 de agosto de 2011

Lágrimas de Guitarra


 En homenaje a Federico García Lorca...
       ...y a todos los asesinados en nuestra terrible guerra...
...fuesen del bando que fuesen...


Una guitarra española tañe sus noches en Granada,
su melodía es gris y tenue y triste, suena cansada
el temblor de sus cuerdas grita una rugiente pena apagada,
su música son lágrimas de acordes traducidos en palabras,
lamentos hondos, rasgando almas, pechos y gargantas,
compases de silencios que hablan de poesía arrebatada,
suspiros teñidos de sangre a los pies de la Alhambra,
versos que se desangran ante la multitud callada,
guitarra española que llora y canta la muerte cobrada
y repite el eco de los cadalsos temido en todas las casas,
bandos que se codician, se odian, se necesitan, se matan…
murmullos en horas grises de muerte, dolor y venganza.

Una orden furiosa,
una muerte,
un trueno vil,
una muerte,
un disparo,
una muerte,
un sonido sordo y silencioso,
una muerte,
un estertor recitado,
una muerte,
miles de versos perdidos para siempre,
una muerte,

y la guitarra que llora
y llora y grita

y canta
y lamenta
y sufre
y muere
y habla,

poesía derrumbada,
melodía doliente y gastada
y triste y tenue y gris
y apagada,

música lamentando la muerte,
la muerte,
y la locura,
la desgracia,

elegías que pueblan los pueblos de nuestra España,
lutos rigurosos tiñendo todas las casas,
familias derruidas, temerosas, derrotadas,

¡vergüenza!

Dolor,
muerte,
yugo,
cadenas,
poesías bajo las almohadas,
palabras libres,
frases jamás calladas,

dos bandos locos,
generación derramada,
juventud perdida,
toda España asesinada.

Y la guitarra llorando,
cantando
su melodía gastada.

Una salva sin honores,
magia pura asesinada,
un pelotón plantado frente a un muro,
una orden, un trueno vil, un disparo, un estertor,
una muerte,
talento fusilado,
justicia disfrazada
¡venganza!

Y la poesía llorando cual madre desconsolada
y el mundo mudo de asombro
asombro mudo en el mundo
por tanta poesía enterrada

y la guitarra… llorosa,
doliente, cansada…
llorando notas gastadas
bajo el calor de la Alhambra.



El Bastón Rúnico - Reseña

Michael Moorcok

Michael Moorcock es de esos autores que uno odia o idolatra según avanza a través de sus páginas y sus lecturas. No es un escritor ante el que uno pueda quedar indiferente. Hasta ahora solo había leído Los cuentos del lobo blanco, de entre los que podría sacer muchos cuentos geniales de fantasía y/o ciencia ficción, y algunos que… bueno, pues que no me gustaron demasiado.

Leí estas “Crónicas de Dorian Hawkmoon” gracias a una recomendación que me afirmó que estaba ante uno de los libros fantásticos que había que leer sí o sí… y bueno, tras leer sus más de 600 páginas (hay que decir en honor de la verdad que, aunque sea un solo libro, agrupa cuatro volúmenes diferentes), puedo decir que teniendo una trama, personajes y directrices estupendas, siendo emocionante, vibrante y lleno de aventuras geniales, no es uno de esos libros que engrosarán mi lista de favoritos el día de mañana.

Demasiado Moorcock para un solo libro

Como he dicho en el titular, me parece que es demasiado para un solo tomo. Tiene mil tramas, aventuras, criaturas, artefactos, viajes, situaciones y metas diversas, uno no sabe demasiado bien nunca si está acompañando a un héroe o a un loco (el juego de Moorcock entre la heroicidad y la locura es algo que atrae bastante de esta lectura). La historia en sí es buenísima, aunque con un final demasiado precipitado y poco elaborado para todo lo que nos ha contado hasta alcanzarlo, sus líneas maestras me han gustado y resultan apetecibles por lo que cuentan, la lucha de unos pocos resistentes ante un imperio todopoderoso y sanguinario, pero a veces, esa lucha se diluye en las millares de aventuras que corre el protagonista en su viaje en busca de mil cosas diversas, cada cual más extraña e imaginaria.

La imaginación de Moorcock es tal que llega a apabullar en algunos momentos (por lo menos a mí, que no me suelo asustar ante nada), lo mismo nos encontramos con artefactos mágicos, como pseudo-helicópteros que combaten en el aire frente a flamencos gigantes…

En líneas generales el libro está muy bien, aunque por momentos a mí se me hizo largo y aburrido, quizá peca un poco de demasiado en todo. Muchas batallas, muchas escaramuzas, muchas huidas, muchos aliados, muchos enemigos encarnizados… lo dicho, un poco de demasiado en todo (o eso creo yo). Aun así, me ha parecido encontrar algunos detalles que me he encontrado en lecturas y películas recientes, lo que dice mucho a favor de este libro y de su autor.

Una de las cosas que más me atraen de Moorcock y su Multiuniverso es que nunca sabes bien al leerle si estás ante una trama de Ciencia Ficción o de Fantasía Épica. Ya lo dijimos al hablar de Elric, su “padre” literario nos habla de un único héroe capacitado para ofrecer sus servicios y desfacer entuertos tanto en el pasado, como en el presente o en el futuro.

Ya os digo que no me ha entusiasmado esta lectura, aunque reconozco todos sus méritos. Tampoco me ha gustado demasiado su final complaciente con el héroe o algunas de las ideas defendidas por el autor, aunque sí me ha gustado esa valentía para que una heroína protagonista combata en sus propias batallas y no sea la típica princesa que aguarda en la torre a su héroe valeroso. Algo que en 1967 no era tan común como lo es hoy en día (bueno, en algunas lecturas solamente).

Cuatro libros componen las Crónicas de Dorian Hawkmoon: La joya en la frente (1967, la mejor de las cuatro), El amuleto del dios loco, La espada del amanecer (1968) y El bastón rúnico (1969).

Cuatro libros contra las tiranías… aunque de aquella manera, contra las injusticias y a favor del héroe eterno, ese que siempre aparece para salvarnos en cualquier situación, aunque él mismo las pase canutas para conseguir sus objetivos y sea herido, torturado, encerrado, perseguido y deportado.

Un libro para aprender que los héroes también lo pasan mal y que las tiranías terminan devorándose a sí mismas.

Para amantes de la fantasía y, sobre todo, de la mente imaginativa y desbordante de Michael Moorcock, ganador de los premios Nebula, Guardian, British Fantasy, World Fantasy y John Campbell Memorial.

1 de agosto de 2011

El Solitario. y X


Dos hermosos caballos, acompañados de una mula repleta de provisiones, aguardaban a una veintena de metros de la caravana. Uno de los carros había servido para que los muertos no llegasen hasta los tres equinos e hiciesen con ellos lo mismo que habían hecho con los animales de Long Town que no habían podido escapar… devorarlos en vida, sin piedad. Había un modo de escape. Era complicado, era imposible, era desesperado, pero era viable. Podrían salir de allí. Entonces, mientras elegía nuevos blancos para disparar y ayudar al indio en su huida, un recuerdo le hizo mirar en los carros de la caravana del Séptimo y lo vio, un carro repleto de pólvora y municiones, un auténtico fortín andante.

Sonrió y escupió a los pies del coronel, agradeciéndole en silencio aquella carga. Sahalé y los muertos estaban ya muy cerca. Jon sabía que el indio se estaría preguntando por qué no utilizaba la Gatling y seguía el plan. Seguramente estaría pensando que le había traicionado o que estaba muerto, pero no se rendía, no detenía su carrera, estaba decidido a escapar de Long Town como fuera, con ayuda o sin ella.

Jon vio con horror que había tres o cuatro bichos de esos de piel más oscura y carrera veloz. Por fortuna estaban detrás de los otros y no les era sencillo superar a las decenas y decenas de cuerpos que perseguían al piel roja. Sahalé tendría que darle unos segundos más, tendría que mantenerse con vida un poco más mientras él preparaba todo.

Al cabo de medio minuto todo estaba listo. Sonriente, Jon recogió del suelo de carro un puñado de tabaco olvidado por alguien en una bolsa deslustrada y grasienta que se colgó de la cintura. Masticó un buen puñado mientras enfundaba las Colt y volvía a extraer el Winchester de su espalda. Con parsimoniosa lentitud se levantó con el rifle cargado, apuntó a la espalda del indio y descargó el fuego mortal sobre la cabeza de uno de los asesinos más veloces. Acertó de lleno y el muerto se llevó en su caída a tres o cuatro bichos más pequeños y lentos. El indio gritó con todas sus fuerzas de puro contento, su esperanza renacida de un tiro lejano.

Jon aún disparó tres veces más para acabar con la existencia de otros tres muertos veloces y agresivos. Se estaba quedando sin munición. Y lo peor de todo. Se estaban quedando sin tiempo…

Calculó. No era bueno calculando, pero aun así supuso que si el indio no apretaba el paso ambos estaban bien jodidos.

De pronto, uno de los muertos a los que no había disparado en su carrera hacia la caravana se interpuso entre el indio y las carretas del ejército. Jon soltó un reniego y maldijo a voz en grito. No tendrían tiempo… y Sahalé tendría mucha suerte si lograba escapar. Saltó hacia delante, esperando llegar a tiempo de socorrer al indio… y vio con horror, asombro y una buena dosis de admiración que este extraía un puñal de su cinturón y lo lanzaba a la carrera, acertando de lleno en el entrecejo de la criatura más cercana. Él llegó por detrás del otro tipo y le pegó un tiro en el cráneo, ganándose una sonrisa agradecida del indio.

Escuchó los gemidos demasiado cerca, casi notó el aliento pestilente y podrido de aquellas gargantas ansiosas, sus pasos retumbaban en el suelo de Long Town y él estaba poco acostumbrado a correr. Al girarse tropezó. ¡Maldita sea! ¿Cómo podía ser tan torpe? Desde el suelo escuchó el sonido de los muertos llegando hasta ellos y algo que pasaba por encima de su cabeza. Al incorporarse vio al indio luchando con las manos desnudas frente a dos de esos tipos rápidos y de piel oscura y sangrienta. Jon, sin saber demasiado bien qué hacer, dejó caer el rifle y desenfundó los dos revólveres en el movimiento más rápido y certero que había realizado en toda su vida. El grupo de muertos estaba ya muy cerca, muy cerca… disparó.

Sahalé quedó inmóvil.

Fueron unos segundos de terror e incertidumbre. Pero al cabo de un instante, el indio se giró hacia él y le ayudó a levantarse. Los dos corrieron con todas sus fuerzas y Jon recordó lo que había hecho, volvió a calcular y se maldijo por estúpido, no tenía ni idea del tiempo del que disponían. Se lo jugaban todo a una carta… y no tenían más ases en la manga. Ya habían hecho todas las trampas posibles en aquel juego mortal.

Instó a Sahalé a acelerar el paso un poco más. Atravesaron la caravana y el indio vio con alegría a los dos caballos y a la mula esperando nerviosos, piafando y caracoleando, intentando soltar las ataduras que les mantenían demasiado cerca de la muerte. Por suerte para ellos, cualquier indio sabía bien cómo calmar a una montura encabritada. En un par de segundos Sahalé y Jon estaban a lomos de los caballos, con una mula a su lado repleta de armas, agua, ropas y provisiones.

Espolearon a sus monturas y se alejaron rápidamente de Long Town, algo que a los caballos no les importó en absoluto. Cuando apenas distaban doscientos metros de la ciudad escucharon la explosión. Por suerte y a petición de Jon, ambos se habían parapetado tras unas rocas y estaban a salvo de cualquier peligro ocasionado por el polvorín del Séptimo, que ahora no era más que hollín y cenizas.

Un momento después, ambos jinetes contemplaban lo que quedaba de la ciudad. Un gran incendio la consumiría por completo antes de que llegase el alba y con un poco de suerte todas aquellas criaturas arderían con ella. Desde la distancia creyeron atisbar un pequeño grupo de seres tambaleantes que se alejaban hacia un punto indeterminado del desierto.

Sahalé vio la caja de armas que portaba la mula y sonrió.

-Deberíamos asegurarnos de que no encuentran a nadie vivo. No me gustaría que esta tierra se convirtiese en un lugar en el que la muerte te ronde tras cada roca –comentó el indio.
-¿Acaso no es así sin necesidad de muertos que se ponen en pie? –Terció Jon.
-Precisamente por eso, amigo, no me gustaría que fuese aún peor.

Jon no supo qué contestar. Podría irse a su casa, a su río, seguirían trampeando como hasta ahora. Claro, ya no podría bajar regularmente a Long Town a pasar el rato con una de las chicas, a brindar con Bill o a hacer negocios. Tampoco es que le importara mucho, ya que podría vivir con total comodidad sin necesidad de volver a ninguna ciudad. Podría llevar al indio con él, seguro que les venía bien la mutua compañía…

Pero por alguna razón desconocida supo que no volvería jamás a su antiguo hogar. Ahora, precisamente ahora, necesitaba saber que la gente estaba bien, que estaban vivos y seguían con sus vidas, que le mundo no era una locura llena de muertos andantes… siempre había sido un solitario, pero ahora…

-¿Sabes? Creo que tienes razón. Además, puede ser divertido. Pero antes, deja que te invite a un trago. Amigo. –Comentó, escupiendo un gran lapo de tabaco oscuro y aromático.

Ambos se sentaron en el suelo. Encendieron un fuero y brindaron durante buena parte de la noche con dos botellas de whisky encontradas en el interior de la caja de armas. Ninguno de los dos sabía que aquel fuego sería el último del que podrían disfrutar en mucho tiempo.

-¿Sabes qué? –Sentenció Jon antes de irse a dormir- creo que este puede ser el inicio de una gran amistad.

Y se durmió con la sensación de que ya había escuchado esas palabras con anterioridad. Después sonrió. El mundo se había convertido en un lugar horrible y peligroso. Pero, por todos los demonios, también en un lugar terriblemente divertido.


¿FIN?


 

En la cama


Lo más difícil del asunto fue convencerla... la verdad es que me costó horas y horas de infinita paciencia que se diese la vuelta y se pusiese a cuatro patas, pero al final lo conseguí, era un sueño hecho realidad. Siempre había deseado hacer algo así. Estaba tan excitado que estuve a punto de terminar aquella aventura antes de empezarla. Tener a toda una mujer así, a tu disposición, me hacía sudar de la emoción.

Quería hacerlo como en las películas de internet, me puse de pie y me preparé lo mejor posible. Antes apagué la luz, para que la sensación fuese todavía más placentera. Empecé a salivar de pura emoción. Estaba tan cerca… esperaba estar a la altura de las circunstancias. Cerré los ojos y me acerqué a su piel, despacio aunque presa de una ansiedad difícil de ocultar. Estaba preparado. Sonreí en la oscuridad…

Y entonces, con todo el ímpetu que pude acumular me senté a horcajadas sobre la espalda de mi mamá, levanté la mano y grité como los pistoleros de las películas. Mi madre aguantó conmigo encima solo un par de minutos, pero nunca podré olvidar la sensación de montar un auténtico caballo purasangre.

El Solitario. IX


Sahalé vio con horror que el trampero se perdía de su vista y por unos instantes notó que el pánico se adueñaba de su corazón. Era de mentalidad tranquila y práctica, durante la noche, encerrado en aquella celda con un sheriff furioso y sanguinolento procurando entrar para asesinarlo sin piedad y devorarlo… no necesariamente en ese orden, se había hecho a la idea de que estaba muerto, de que por mucho que luchase sería imposible salir de aquella jaula gracias a la que había podido sobrevivir al infierno desatado en Long Town, pero ahora, tras ver una nimia oportunidad de escapatoria, incluso su corazón apacible chillaba por escapar, por salir de allí, por vivir.

Rezó todo lo que supo para que ese hombre blanco lo sacase de la cárcel y, en silencio, siendo aún dueño de su propia hombría, suplicó a los dioses no quedarse encerrado hasta la inanición tras aquellos odiosos barrotes.

Jon tuvo que entrecerrar los ojos al ser deslumbrado por la luz del sol. Nunca hubiese dicho que la cárcel estuviese tan oscura, pero al salir a la tarde y dejar que su piel y sus ojos fuesen expuestos a la luz, percibió toda la oscuridad que reinaba bajo sus pies. Estaba en el tejado del edificio de dos plantas, supuso que ninguna criatura podría llegar hasta allí arriba, a no ser que supiesen usar escaleras o saltasen más de tres metros de altura. Un murete de medio casi un metro de alto protegía el suelo que pisaba. No cerró la trampilla que daba acceso al interior del edificio por si se veía en apuros y precisaba buscar refugio y haciendo el menor ruido posible se acercó al muro que protegía a los visitantes de esa azotea de posibles caídas.

Al asomarse contuvo un estremecimiento, la cárcel estaba rodeada por completo por decenas y decenas de criaturas gimientes, ansiosas. Algunas parecieron percibir su presencia y levantaron la mirada hacia el lugar en el que estaba, pero fueron incapaces de localizarlo y pronto volvían a la azarosa tarea de buscar un hueco por el que irrumpir en el interior del edificio, no solo lo sentían a él…

Jon contabilizó unas doscientas o trescientas personas rodeando la cárcel, además, de las callejas colindantes surgían muchas criaturas más, Creyó reconocer a algunos bebedores de whisky con los que se solía juntar en el Salón, al hijo del herrero y al sacerdote de Long Town y se sintió desfallecer… ¿cómo diablos pensaban salir de aquel atolladero? Entonces su mirada se posó en el final de la calle, en el convoy abandonado y ensangrentado, en el escudo del ejército grabado en los carros… y supo cómo saldría de allí… o, por lo menos, cómo lo iba a intentar.

-Tú –dijo. Acercándose al cuerpo inmóvil del sheriff y buscando entre sus ropas las llaves que retenían al indio- ¿corres mucho? ¿Estás acostumbrado a hacerlo?
-Sí… ¿por qué?
-Porque necesito un cebo para salir de esta… y tú pareces la presa adecuada…

Jon puso al indio al corriente de su plan antes de sacarle finalmente de la celda y no buscó las llaves en las ropas del sheriff hasta que este no aceptó cumplir su parte en el intento de huida.

Sahalé no era ningún cobarde, había alcanzado la madurez cazando un lobo con las manos desnudas en una noche de luna llena, enfrentándose a una manada de lobos para hacerlo y después había combatido en muchas luchas desiguales más para ser un hombre temido y respetado en su tribu. Había ido a la guerra con los blancos y se arrojaba siempre con pasión y una sonrisa a la batalla. Pero lo que le pedía aquel pistolero era poco más que un suicidio.

El blanco estaba convencido de que en el convoy militar había una ametralladora Gatling, capaz de realizar 200 disparos en un minuto. Aquel insensato pretendía acabar con todos los habitantes de Long Town… Sahalé sabía que era una locura. La Gatling era un arma poderosa, lo había sufrido en sus propias carnes, cuando más de cien miembros de su tribu habían sido abatidos por los disparos de una de esas escupidoras de muerte. Pero pesaba más de cuarenta quilos, estaría desmontada y desarmada… además, normalmente hacían falta dos personas para manejarla correctamente. Definitivamente ese hombre estaba loco.

Y sin embargo tenía razón, tenían que huir de Long Town, tenían que salir de aquella trampa mortal… y no podrían hacerlo corriendo, los muertos no se cansaban, no dejaban de caminar o correr o devorar fuese la hora que fuese, pasara el tiempo que pasara. No había más remedio que intentarlo. No era ningún cobarde.

Cogió el revólver que reposaba en la mesa del sheriff y lo enfundó en su cinturón vacío, no sin antes comprobar su estado y que el cargador estaba lleno. No iba a lanzarse a una carrera suicida sin tener, al menos, algo con lo que defenderse… o en el peor de los casos, “otra vía de escape”. Aunque el indio se llevó una agradable sorpresa al ver aparecer al blanco con dos Winchester relucientes y una gran cantidad de munición.

-Con un poco de suerte, tendrás que correr algo menos.

Apenas veinte minutos después, Jon y Sahalé, armados hasta los dientes, abandonaron la cárcel y se asomaron a la azotea, para comprobar que el número de monstruos continuaba creciendo de forma alarmante. No debía haber muchos vecinos de Long Twon más por las callejas. Casi todos estaban alrededor suyo.

No tardaron más que un par de minutos más en estar parapetados en lugares cómodos, en elegir las víctimas y comenzar a apretar el gatillo.

Minutos después, Jon disparó el último cartucho de su Winchester. Habían acabado con decenas de esos bichos asquerosos, pero aún había muchos intentando alcanzar la parte alta del edificio, por fortuna sin demasiado resultado. Aun así, habían conseguido abrir un pequeño hueco por el que intentar salir de allí. Tendrían que actuar al unísono y ser veloces. Jon miró al convoy, estaba a unos quinientos metros de allí y para alcanzarlo debería acabar, por lo menos, con una docena de esas bestias tambaleantes. Calculó lo que tardaría en llegar y empezó a sudar, pero era un tipo duro, no iba a demostrar ningún temor en ese momento y menos delante de un sucio indio.

Sahalé vislumbró la ruta que debía seguir para llevarse a la mayor parte de bestias de allí y permitir al blanco alcanzar los carros del ejército. Era rápido, pero llevaba toda la noche sin dormir, además, no podía saber si en alguna de esas callejas le esperaba un grupo rezagado de muertos andantes con ganas de cortarle el paso… dejó de pensar. Era el momento de actuar.

Ambos hombres se miraron. La repulsión mutua y la enemistad desaparecieron, dando paso a la camaradería y al respeto mutuo. Ambos sabían que el otro era un tipo valiente y que haría todo lo posible por salir de allí. Ambos eran hombres de honor. Ambos sabían que se jugaban algo más que la vida en esa carrera única y mortal. No hicieron falta más palabras. Ambos echaron a correr.

Jon saltó hacia el norte. Sahalé hacia el sur y los muertos no supieron hacia dónde ir. Por un instante. Un mínimo instante que sirvió para que ambos hombres abriesen una minúscula brecha entre ellos y sus perseguidores. Jon aprovechó ese momento para escurrirse en el interior de la cantina, donde rezaba porque no quedase nadie. Y ese fue el momento en el que el indio comenzó a hacer todo el ruido posible. El momento pasó, la confusión fue obviada por el instinto asesino y homicida, por el hambre. Los muertos se giraron hacia el lugar en el que estaba el indio y con un grito, este comenzó a correr con todas sus fuerzas, notando que una marea imparable le seguía, una marea hambrienta de sangre.

Jon no se demoró demasiado. Apenas notó que los muertos se giraban hacia el indio salió de la cantina. Antes, aprovechando una botella olvidada en un rincón, apuró un buen trago de whisky, que ardió en su garganta y sirvió para darle un buen empujón hacia la calle. Ya en ella, desenfundó sus dos revólveres y corrió como alma de lleva el diablo hacia los carros abandonados del ejército. Un par de tipos notaron su presencia y se arrastraron hacia él. El pistolero se aguantó para no dispararles, no quería llamar la atención de los demás, por lo menos aún no.

Llegó ante los carros. Tres o cuatro muertos mordisqueaban los restos de un cadáver ataviado con una chaqueta de coronel de los Estados Unidos, mientras que otro par salió de detrás de una de las carretas al notar su llegada. Con toda la frialdad y precisión de la que fue capaz, disparó sus dos revólveres, sin detener su carrera, friendo a los muertos mientras buscaba con ansiedad el carro que guardaba la Gatling.


Al final lo encontró y al subir hasta él ahogó un grito de terror. No había ninguna Gatling, ese maldito coronel solo conducía una carreta de pega, un engaño. Se sabía que las ametralladoras eran muy costosas y que no todos los destacamentos podían contar con una. También se contaba que muchos carromatos solo servían para engañar al enemigo en la batalla. Pero aquel subterfugio solo había servido para que dos hombres valientes muriesen esa tarde.

No hizo ninguna falta que se asomase para saber que Sahalé y todos los muertos que le perseguían llegaban ya, que la muerte se acercaba, veloz y segura. No tenía el valor suficiente para asomarse y mirar a los ojos al indio, para demostrarle con la mirada que le había fallado, que le había enviado a una muerte segura y dolorosa. Preparó los revólveres.

Primero le dispararía a él. Haría que su muerte fuese rápida y precisa, lo más indolora posible, recordó las muertes de algunos de sus enemigos y revivió la sorpresa en sus gestos. Sí, aquellos gestos hablaban de sorpresa, no de dolor… después se aseguró de que quedase una bala para él…

Y fue entonces, cuando se preparaba para disparar, cuando escuchó los relinchos.