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"La gran aventura de Sir Wilfredo - El asedio de las sombras"

Una novela para disfrutar de las princesas y de los caballeros.

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La importancia de las librerías

Artículo publicado en Diábolo Magazine

28 de septiembre de 2011

La muerte del héroe


Cada vez que nace un superhéroe aparece en el mundo su super villano antagónico, es una ley natural, el mecanismo utilizado por la madre naturaleza para defender al resto del mundo de un súbito acceso de locura de los poseedores de esos poderes sobrenaturales. Claro, que eso no lo supe hasta cierto tiempo después, el día en el que me estrellé contra dos edificios de nueve plantas y me los llevé conmigo al infierno (con todas las personas que había en su interior).

No me preguntéis de dónde coño surgieron mis poderes, porque no tengo ni idea. Sólo sé que un día era el esmirriado de la clase y al día siguiente estaba tan cachas como el tío que me agobiaba cada mañana al llegar al instituto. Además, descubrí que podía volar, que tenía la fuerza de veinte hombres y que –sí, es alucinante- podía ver a través de la ropa de mis compañeras de clase, era tan molón como en los tebeos que me gustaba leer y claro, me flipé un poco.

Yo era un amante de Spiderman, me sentía identificado y me dejé guiar por la estupidez de los guionistas, que no se han llevado un buen puñetazo en su vida. Me hice un disfraz y me dediqué a salir de vez en cuando a ayudar a mis vecinos… después de llevarme algunos disgustos… ¿cómo lo hacía Superman para llegar siempre a tiempo a los sitios? Empecé a cogerle el rollo a esto de ser un supertipo, acaparé portadas, me hice algo famosillo… y claro, debería haber prestado más atención a los tebeos… como descubrí meses después, mientras me zambullía de lleno en aquel mar de ladrillos, azulejos, vigas de hierro, polvo y gente… ahora, hay una cosa que los guionistas no comprenden, si los malos te pegan de mala manera, también te mueres, ¡no te jode!

23 de septiembre de 2011

Sin rumbo



La vi paseando por la playa. No era la mujer más hermosa que había visto en mi vida pero me cautivó su manera de caminar, el aura de seguridad que desplegaba a su alrededor. Las miradas de todos aquellos con los que se cruzaba se perdían en sus interminables piernas bronceadas y pude descubrir a más de uno -y una- soñando con descubrir lo que se ocultaba bajo su escasa vestimenta. Realmente no era la mujer más hermosa que había visto en mi vida, pero sí la que más miradas acaparaba...

Espero que nadie se pregunte el por qué de lo que pasó a continuación, porque fue una de esas acciones improvisadas que uno ni siquiera se plantea, sino que simplemente ocurren. Ella, la acaparadora de miradas, la mujer de piernas infinitas y mirada turbadora, se alejó de la playa a través del laberinto de calles que comenzaban a despertar con el alba y yo, sin saber por qué lo hacía, borracho de su bronceado, me encontré siguiendo su estela a distancia, disfrutando del paisaje, ávido de aventura... desde lejos, me limitaba a soñar con cómo sería el tacto de su piel tostada...

Y la seguí durante más de un cuarto de hora, sin disimular y sin intentar siquiera arrancar mis ojos de sus piernas, sus caderas bailonas y, por qué no decirlo, de otras partes de su cuerpo menos poéticas, pero mucho más incitadoras… la seguí por las calles aún sin desperezar, por entre los primeros coches de la mañana, a través de la duermevela y el desvelo provocado por su caminar decidido, por la seguridad con la que daba cada uno de sus pasos, por la claridad de su vestido apenas presente en mis pupilas. La seguí sin rumbo fijo, sin importar el dónde ni el cuánto… esquivando mi indecisión y cobardía… y de pronto mi viaje concluyó, ella se detuvo, levantó una mano al aire, deteniendo un taxi, decidida, desplegando todo su poder de seducción y al perderse para siempre tras la puerta de aquel vehículo desconsiderado me miró por primera y única vez en toda mi vida… y yo me olvidé de su bronceado, de su seguridad, de su vestido, de sus piernas y del resto de su anatomía, quedando para siempre enamorado de la sonrisa traviesa que me dedicaron sus labios sonrosados.

Falta de atención


Soy de los que se leen todo lo que encuentran a su paso. Lo mismo me da un tomo cualquiera de la enciclopedia, abierto por cualquier página, que el prospecto de las aspirinas o los ingredientes del champú cuando no tengo otra cosa a mano. Otra cosa no, pero leer, lo que se dice leer, leo mucho y con mucho mimo, me encanta leer...

y leer y leer... cuando leo me dejo llevar, me pierdo, no sé ni donde estoy. Incluso leo las etiquetas de los zumos, leches, cereales y demás mientras desayuno, ¡en todos los idiomas impresos! En fin, que soy de esos que les gusta leer, sin más, ¡me gusta leer! Ha quedado claro ¿verdad?

y entonces... si me gusta tanto leer... ¿por qué no me fijé en el estúpido cartelito del ascensor donde pone que no se utilice en caso de incendio?